Como cantaba el
grupo gallego Golpes Bajos, son malos tiempo para la lírica. Especialmente para
la poesía. Seguramente no alcance a verlo, pero tengo la impresión de que en
unas décadas habrá desaparecido de las vidas de los hombres: por falta de
poetas y por falta de lectores. Más que nada porque, al paso que vamos,
viviremos en un mundo de rutinas, de precisión intelectual y programación emocional
de tal calibre que apenas dejará espacio en nuestro tiempo o nuestra cabeza
para leer, componer o recitar unos versos.
Vivimos tiempos
en los que la belleza que no se traduce en dinero no es útil. Muy pocos pueden
vivir hoy de la poesía; muy pocos leen, al menos una vez al año, una o dos
poesías y aún muchos menos los que la compran. Vivimos tiempos en los que el
verso ha dejado su lugar a la frase, a la reflexión contundente, comprensible y
práctica, quedándole a la palabra poco margen para la interpretación, para los
juegos de la imaginación.
Las frases y
reflexiones ajenas, las podemos hacer nuestras, compartirlas, pero no nos
pertenecen. La poesía, por el contrario, es siempre propiedad de quien la lee:
un poema no se escribe para comprender sino para sentir. La entonación, el
ritmo, el fondo, es leído y sentido de forma diferente por cada lector
convirtiendo los versos en algo único, en algo íntimo que nadie puede explicar.
Morirá la
poesía, y no se comprenderá eso que decía Rabindranaht Tagore que afirmaba que “La poesía es el eco de la melodía del
universo en el corazón de los humanos”. En unas décadas la mente del ser humano
sabrá perfectamente manejarse con las claves del Universo, pero su corazón
estará tan distanciado que apenas escuchará los ecos que realmente le unen con
el universo. Todo será tan frío, tan previsible que hasta el amor, sentimiento
universal del que se nutre la poesía, no será más que un concepto técnico, una
emoción casi residual.
La poesía nos
cuenta todo sobre los hombres, sobre lo que nos rodea, sobre lo que somos y lo
que aspiramos. En ella se encuentran muchas de las respuestas y claves a las
grandes cuestiones que nos planteamos y nos preocupan; pero claro, siempre es
más fácil consultar en Google y que te lo den hecho, a descifrar las palabras,
las ideas y emociones que se encadenan de una manera más bella y profunda.
Y a mi, que se
pierda la poesía, me produce una profunda tristeza. No por mí, sino por lo que
se van a perder los que vienen.
Hay cosas que
no deberían morir.
Os dejo uno de
mis favoritos que habla, al menos para mi, de la fuerza del amor. De don
Francisco de Quevedo
AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ
DE LA MUERTE
Cerrar podrá mis ojos
la postrera
sombra que me llevare
el blanco día,
y podrá desatar esta
alma mía
hora a su afán ansioso
lisonjera;
mas no, de es otra
parte, en la ribera,
dejará la memoria, en
donde ardía:
nadar sabe mi llama la
agua fría,
y perder el respeto a
ley severa.
Alma a quien todo un
dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto
fuego han dado,
médulas que han
gloriosamente ardido,
su cuerpo dejará, no su
cuidado;
serán ceniza, mas
tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado.