lunes, 20 de abril de 2009

El lado oscuro de la percepción

A lo largo de la vida, vamos modelando nuestro carácter y la manera de ver las cosas. El conocimiento que vamos adquiriendo, el entorno en el que nos movemos y las diferentes experiencias que se van sucediendo a lo largo del tiempo, van transformando nuestra forma de pensar e interpretar. Vamos, en definitiva, construyendo una estructura ordenada por la cual la información que recibimos (ya sea en forma visual o sensorial) puede ser catalogada e interpretada con el objetivo de darle un significado. Esto, que a priori, podría otorgarnos la virtud de la objetividad no es del todo cierto.

El hombre es por naturaleza un ser subjetivo: al ser un ente individual su proceso cognitivo y de aprendizaje será siempre diferente al de otro hombre. Además, al vivir en una sociedad influenciada o manipulada por los intereses de no se sabe quien (bueno, más o menos se sabe), que con el apoyo de los medios de comunicación pueden condicionarnos y hacernos creer lo que les venga en gana, la mente humana no se encuentra en la mejor situación para percibir con claridad.

Creemos que tenemos criterio propio cuando la realidad es que nuestra percepción está condicionada. Unas veces por repetición, otras por alguno de los pecados capitales (ira, envidia, soberbia, avaricia) y la mayoría de las veces por alienación y no vernos excluidos de esta «aldea global» que entre todos hemos creado y en la cual habitamos. El despotismo, las vejaciones, los nacionalismos excluyentes, la violencia que asoma con sus mil rostros, el racismo… casi todos los conflictos y problemas de este tipo se originan en este lado oscuro de la percepción. A mi todo esto me parece muy triste.

Desgraciadamente, no soy una excepción y mi percepción tiene su lado oscuro. Llevo años, quizás toda la vida, intentando curarme: No se si lo conseguiré pero por falta de ganas no va a ser. También he de decir que he tenido, tengo y tendré buenos maestros.

Cuando trabajaba en consultoría tenía un jefe que me hacía replantearme todo, aunque yo estuviese convencido de que las conclusiones e informes que presentaba eran los adecuados. Volvía a repetir el trabajo una y otra vez y siempre me decía que le diese una vuelta más. Llegaba a desesperarme, pensaba que lo hacía para medir mi paciencia y aguante en un mundo que exige mucho análisis y mantener la cabeza fría. Un día, le pregunté la razón de su conducta hacia mí y si existía algún problema con mi labor. Me contestó lo siguiente: «Mira Fernando, lo que parece no siempre es lo que es, y lo que es no siempre es lo que parece; lo que percibimos crea nuestra propia realidad. Tu trabajo resume perfectamente los informes y cifras que has manejado, pero no tu propia interpretación que es la que estaba pidiendo. El papel lo aguanta todo, pero el razonamiento no. Así que dame tu opinión sobre este plan de negocio sin tener en cuenta lo que se dice por ahí, sino lo que crees realmente.»

Mi percepción sobre mi jefe cambio instantáneamente. Desde entonces procuro ver las cosas desde diferentes puntos de vista y no precipitarme en los juicios o decisiones sobre nada ni nadie.

Os dejo un cuento que habla sobre la percepción. Sacad vuestras propias conclusiones.

La sombra de la sospecha
Un día, cuando un leñador se preparaba para salir a trabajar, no encontraba su hacha. Buscó por todos los sitios en vano. Trató de recordar dónde la había dejado el día anterior. Únicamente se acordó de que el niño del vecino lo estuvo observando mientras él partía leña en el patio. ¿No habrá sido el chico? Se le ocurrió que el hacha pudiera haber sido robada por el niño. Mientras seguía buscando infructuosamente en las habitaciones, crecía su sospecha. Cuando removió en vano las cosas del patio llegó a confirmar con certeza su conjetura.

—Seguro que ha sido él. Me estuvo observando hasta que terminé el trabajo —pensó. Incluso pudo imaginarse cómo entró el niño sigilosamente en su patio y se llevó el hacha corriendo. Justo en ese instante, el presunto ladrón se asomó por la tapia que separaba los dos patios, preguntándole:
— ¿Va a cortar leña otra vez?
El leñador lo miró con profundo resentimiento, tratando de interpretar el doble sentido del pequeño diablo.
—Sí. Ojala pudiera cortar también las manos del ladrón.
Al oír eso, el chico desapareció tras la tapia, de lo que dedujo el leñador que se sintió aludido.
Desde ese momento, el dueño del hacha siempre observaba el comportamiento del niño. Le parecía que su forma de andar sigilosa, su mirada huidiza y su hablar titubeante revelaban indudablemente su culpabilidad y su condición de ladrón. La sospecha creció, se consolidó y se convirtió en una categórica certeza. Ha sido el. Conforme iba pasando el tiempo, el hombre veía al niño cada vez más como un ladrón y cada vez más encontraba en su comportamiento indicios de haber hurtado su hacha.
Pero, un buen día, por pura casualidad, descubrió su hacha en el sitio menos pensado, dentro del montón de leña cortada.
Se acordó repentinamente que la dejó allí olvidada. A partir de ese momento, el niño le parecía totalmente distinto. Ni en su forma de andar, ni en su mirada, ni en su modo de hablar encontraba nada raro. Era un niño simpático, sincero y completamente normal en su conducta.

2 comentarios:

Cubelli dijo...

esto si que es genial, el cuento y sobre todo pensar los buenos maestros que has tenido y que algo de ellos me llevo, gracias por compartir tus experiencias, son y seran de gran ayuda.
abrazos
Cubellli

Fernando López Fernández dijo...

Cubelli:

Gracias una vez más por pasarte por aquí.La verdad es que de todo el mundo se ouede aprender cosas. Y tu me enseñas mucho aunque no lo creas.
Un abrazo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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