martes, 31 de marzo de 2009

Lluvia acompañada de lágrimas I parte


En el post «El viaje, el mejor aprendizaje experiencial» hablaba de las principales motivaciones que nos llevaban a realizar un viaje. Estas eran: la curiosidad, que nos empuja a descubrir nuevos lugares y a conocer otras culturas; el cambio alejamiento para tomar perspectiva; la activación de unos sentidos que se enfrentan a olores, sabores y sonidos desconocidos; o la necesidad de expresar lo que sentimos que nos hace interpretarlo y contarlo.

Todas estas experiencias como os adelanté irán apareciendo en Soul Business bien como notas o anécdotas, bien como capítulos de mis diarios de viaje. Hoy y mañana os dejo el capítulo Lluvia acompañada de lágrimas de «Los sueños perdidos» donde relato el sentimiento de tristeza que, en ocasiones acompaña a los viajes cuando no sólo quieres ver sino también comprender.

Lluvia acompañada de lágrimas I parte - Los sueños perdidos

El hombre lucía un sombrero de paja tipo Panamá que le confería un tono distinguido. Vestía una camisa blanca y un pantalón color crema que le llegaba a las rodillas. Parecía merodear al borde de unas gradas que se elevaban hasta la puerta de una iglesia. En los primeros peldaños, un grupo de mujeres morenas, de pelo negro trenzado vestidas a la manera indígena, permanecían sentadas rodeadas de flores, bultos o sacas. En los escalones superiores, desparramados y difuminados por un humo que ascendía en ziz zag, varios hombres sentados de forma relajada en grupito o individualmente, pero ausentes unos de otros, completaban una estampa en la que intensos ocres y luz saturada sugerían una próxima puesta de sol.

Recuerdo haber visto muchas veces esa foto en un libro. Siempre me quedaba embobado observándola. El pie de foto decía Chichicastenango. No era la típica foto que atraviesas con los ojos y la olvidas. Había algo en ella que te fijaba la mirada, que traspasaba el papel irradiando una energía que se apoderaba por unos instantes de cuerpo y mente trasladándote a una dimensión donde se entrecruzaban los deseos, el temor y la curiosidad. Al principio no sabía donde ubicar esa población en un mapa; creía que pertenecía al norte de México. Su sonoro nombre y las fabulaciones que yo inventaba con la instantánea, hacían que Chichicastenango se me antojara como un lugar mágico donde algún día, en esas mismas escaleras, me sentaría a hacer no se qué muy bien, pero con la certeza de que ello me produciría una enorme deleite.

A las doce de la mañana, el servicio de lanzadera me había venido a recoger al pequeño hotel familiar donde me hospedaba. Iba, como me habían anticipado en la agencia de viajes, semivacío: tres parejas USA, que pasaban los cincuenta, dicharacheros y simpáticos con los que charlé de todo un poco (ellos en inglés y yo en el mismo dialecto que hablaban los indios sioux en las películas del Oeste) y un matrimonio rostro pálido que, a juzgar por su escaso interés en relacionarse con el resto de pasajeros, la desgana con la que recibieron mi ofrecimiento de cederles mi asiento para que fuesen juntos y la incompatibilidad de sus ojos cuando se cruzaban, auguraban un divorcio próximo. Todos, habíamos pagado un sobreprecio por viajar el miércoles, día previo al turístico mercado de Chichicastenango: los jueves y domingos, el trayecto ida y vuelta a Panajachel o continuación hasta Antigua valía menos de la mitad. Creo que esa fue la razón de que la edad media del pasaje pasase ampliamente los cuarenta y no me reencontrase con viajeros más jóvenes como había sucedido en días anteriores. En cualquier caso, me enriqueció mucho la compañía de los americanos, pues además de ser agradables en el trato – cualidad que se aprecia mucho en la vida -, contaban cosas interesantes, me daban pistas sobre mis próximos destinos, perdonaban los destrozos que hacía de su idioma, se esforzaban por entenderme y escuchaban sin interrumpir cuando alguien hablaba: asunto este que no suele darse entre los españoles a los que nos gusta hablar pero rara vez escuchar cuando conversamos en grupo.

La camioneta ascendía lenta, renqueante por lo empinado de una carretera que en cada curva dejaba una postal fugaz e inmediata que era sustituida en cada volantazo por otra. Un camino que regalaba paisajes montañosos en los que las rocas desnudas parecían precipitarse; bosques de pinos que se desperdigaban por las laderas, alguno de ellos inclinándose en dirección al lago de Atitlán, como si avanzaran para sumergirse en unas aguas que a medida que nos alejábamos reflejaban el color de un cielo claro; helechos y vegetación desparramados sin sentido por cualquier recoveco dejado por la tierra; alguna cascada de caudal fino y brutal que jugueteaba con la piedra dejando al morir una sombra en la vía… Abandonábamos, no se si el lago más bello del mundo, pero si quizás el que encerraba más misterios: el que a lo largo de su historia había visto más dolor, más injusticias, pero también más vida.

Cruzamos la población de Sololá atascados por la actividad de un día inusualmente ajetreado que estrechaba aún más las desordenadas calles de pendientes desiguales en las que viejas camionetas pretendían maniobrar en espacios imposibles. En ese caos, improvisados reguladores de tráfico ayudaban a un conductor a recular su autobús que había quedado encajonado entre un motocarro mal aparcado y la calzada, y cuyo motor rugía desesperado vomitando humo negro y olores de goma quemada que asfixiaban el ambiente.

Continuamos hacía Los Encuentros, cruce de caminos de la carretera interamericana y vía de acceso al departamento del Quiché. La carretera estaba en obras, o eso me pareció, porque en algunos tramos la tierra dibujada por la marca que dejaban los neumáticos cubría el asfalto: sólo dos grandes paneles que señalaban los destinos te convencían de que realmente estabas en la carretera más importante del país.

Debido al embotellamiento que entre todos (automóviles, autobuses, camionetas, furgones) habíamos organizado, girar hacía Chichicastenango nos llevó más de quince minutos. Hasta ese momento, los pasajeros habíamos estado charlando de esto y aquello, comentando, desde que habíamos dejado Sololá, lo complicado que parecía conducir en Guatemala, aportando anécdotas de nuestras experiencias en tierras guatemaltecas y otros países.

En la bajada hacía Chichicastenango, el cielo se amorató y comenzó a llover de otoño; de mirar melancólico por el cristal de la ventana. A medida que se intensificaba la lluvia lo hacía el silencio. En unos minutos, dejaron de escucharse nuestras palabras, sólo el sonido del motor y el del agua golpeando contra el cristal y la chapa. Circulábamos por una sinuosa carretera de subes y bajas, con múltiples cambios de rasante que atravesaban valles de un color verde oscurecido por el agua donde el eco lo producían distantes bocinas que respondían al afónico claxon que parecía tocar en Morse, en cada curva, nuestro conductor. Un paisaje en el que en la lejanía se veían vacas pastando y, en la cercanía, diligentes niñas que pastoreaban ovejas o cabras, y saludaban a nuestro paso dejando sus sonrisas en nuestras almas.

Continuará

lunes, 30 de marzo de 2009

Dirigir, gestionar y liderar ¡qué difícil es!

Conozco muy poca gente que sea capaz de conseguir aunar estos tres conceptos en su persona: he coincidido a lo largo de mi vida laboral con excelentes directivos, con gestores cuya eficacia y resultados pueden llegar a asombrar y, menos a menudo, verdaderos líderes que fuesen capaces de conseguir la admiración y respeto de sus empleados; personas cuya forma de actuar inspira y provoca entusiasmo a su alrededor. Pero que reúna esas tres características, poquitas.

Hace poco, me encontré con una de ellas. Fue en una convención a la que habíamos ido a trabajar. En ocasiones, por necesidades de guión o solicitud expresa de los clientes, permanecemos en la sala durante las ponencias de los directivos. Muchos de los mensajes que escuchamos (da lo mismo el sector o actividad) suelen ser muy parecidos, como si todos lo directivos (insisto da lo mismo el sector) hubiesen comprado la última edición del libro «Claves para dirigir con éxito» o algún manual o libro similar. Puede estar bien, pero no es suficiente. Por eso, me sorprendió gratamente el discurso que hizo en ese evento el director general.

Me llamó la atención que lejos de enredarse en complicada o manida terminología se dirigiese a la audiencia de una manera muy cercana, contando las cosas con una sinceridad abrumadora, reconociendo y pidiendo perdón por los errores y felicitando a su gente por los éxitos. Miraba a los ojos transmitiendo verdad; contaba experiencias y ponía ejemplos para ilustrar su charla. Me gustó mucho su exposición y estoy convencido de que esa empresa no tendrá problemas en los próximos años.

Es uno de esos directivos tan escasos como necesarios que son capaces de ver dirigir, gestionar y liderar la empresa en sus «tres dimensiones.» Es decir que la viven en una dimensión organizacional (estructura, recursos, procesos, clientes, proveedores, formación, finanzas, producto etcétera), en una dimensión operacional (esto es; el día a día: urgencias de los clientes, caída de la red, no llega el pedido, se ha estropeado el aire acondicionado, no hemos cobrado etcétera, Fulanito está de baja) y una dimensión emocional (problemas personales, preocupaciones, estados de ánimos de la plantilla, etcétera) que dependiendo de cómo se maneje hará que las otras dos funcionen mejor o peor. Además cualquiera de estas tres dimensiones no son estables, cambian y mutan en función de múltiples factores y equilibrar las tres es sumamente complicado. El lo intentaba y creo que lo conseguirá porque su gestión, su dirección, su liderazgo se basa en la comprensión del todo y no sólo de una parte.

En los tiempos que corren y en los que vendrán los directivos deberán acostumbrarse a vivir la empresa con este concepto de las tres dimensiones, no descuidando que ninguna de ellas. Sólo así podrá dirigir, gestionar y liderar con serenidad, sin estresarse porque podrá afrontar cualquier dificultad que surja.

En el trabajo, para explicar conceptos empresariales nos inspiramos en ocasiones en diferentes disciplinas artísticas. Creemos que es una forma sencilla y entretenida de reforzar mensajes. Los clientes lo agradecen.

Para ilustrar el post de hoy os dejo un video de Chris Bliss, un malabarista que tiene un número formidable con música de The Beatles de fondo y que creo que refleja perfectamente lo que significa manejar las tres dimensiones y la inestabilidad. Pasión, atención, y conocimiento en un acto espectacular. Disfrutadlo.

domingo, 29 de marzo de 2009

Tres meses de Soul Business

Hacia tiempo que quería comenzar un blog. La verdad es que no sabía muy bien que quería publicar en el, pero si tenía claro que tenía que ser variado y que debía estar relacionado con experiencias y pensamientos míos y de otras personas: gente que por una razón u otra se han cruzado en mi vida y me gustan porque tienen "alma". Así, por este blog desfilaran personajes a los que apetece unir a tu vida, también gente que te ha enseñado o aportado algo.Soul Business no es un blog exclusivamente empresarial, pero mucho de lo que se publique considero que podría aplicarse al mundo de los negocios. Viajes, literatura, gastronomía, deporte, arte y muchas cosas también tendrán su espacio, al igual que lo que yo defino como el mundo de las buenas noticias, donde expondré noticias agradables y testimonios que ensalcen los valores humanos. En definitiva Soul Business será un blog que recoja lo mejor de nosotros.

Así comenzaba mi primer post tres meses atrás. Al principio, pensaba que no iba a tener tiempo para escribir, que me cansaría pronto, que el esfuerzo no me aportaría nada y que lo que tenía que decir no interesaba a nadie. Estaba equivocado: he disfrutado mucho haciéndolo.

Reconozco que ha habido días que me he sentido invadido por la pereza; otros, por la inquietud que me producía la elección del tema a tratar (en algunos momentos por el exceso de temas y en otros por la ausencia); pero también por la forma, el fondo, la extensión y la profundidad que me han llevado a reescribir varias veces algunos post y a arrojarlos a la papelera de reciclaje muy a menudo. A pesar de ello, me he divertido escribiéndolo, me ha permitido reflexionar sobre cosas que tenía medio olvidadas, rememorar paisajes, gentes y situaciones vividas, pero sobre todo, me ha ayudado en mi desarrollo personal.

Me ha servido como terapia personal para expresar algunas de mis emociones, de mis miedos y mis deseos; a ser más disciplinado por gusto y no por obligación, a investigar y saber más.

He descubierto que hay gente que te lee y, lo que es más importante, te escucha y comparte sus opiniones contigo. Que el mundo de los blogs está lleno de gente que escribe estupendamente y que cuenta cosas muy interesantes. En definitiva, que la comunicación no es tan fría y que el mundo está lleno de inquietudes y de gente que merece la pena.

Todo ello, me anima a seguir un trimestre más. Seguiré hablando de viajes, de negocios, de gente, de publicidad, de música y en general de todas aquellas cosas que me interesan.

Gracias por pasarte por Soul Business

jueves, 26 de marzo de 2009

Cuentos de las noches tristes: Todo por un sueño

El vuelo a Ámsterdam había sido interminable, y aún le quedaban cinco horas para llegar a su destino; dos de espera en unos asépticos bancos de plástico, y casi tres de vuelo a Madrid.

Los preparativos habían sido largos. Cinco años ahorrando cada una de las monedas que los clientes dejaban como propina en el pequeño café de la Plaza de la Iglesia donde trabajaba doce horas diarias sirviendo y limpiando mesas después de acudir al Mercado Central donde con las primeras luces del día descargaba a destajo enormes fardos que contenían hortalizas, frutas o verduras de los valles próximos. Luego, correr hasta la terminal de colectivos. Aún le caían gotas de sudor cuando tomaba «El Camioncito», un autobús ruidoso y desvencijado que le alejaba de las luces de la ciudad. Era el único momento en el que podía realmente descansar a pesar del bullicio y del asfixiante calor que siempre reinaba. Más de una vez, se había dormido arrullado por el brusco ronroneo del vehículo y por unas conversaciones que mudaban en susurros a medida que el pasaje descendía y se perdía por unas apagadas calles repletas de barro; un barrio triste de casuchas irregulares e inacabadas. En las últimas, las que se encontraban más aisladas de la carretera, tenía su hogar. Allí le esperaban ocho ojos: seis expectantes y dos de resignación.

Lo habían hablado muchas veces, pero él se resistía a dejar a su mujer y sus hijos solos en aquel triste suburbio. De todas formas, debía hacerlo. Necesitaban el dinero para poder tener la pequeña tienda de abarrotes, la ilusión de sus vidas, que procuraría un futuro mejor a sus tres hijos.

El día de la despedida había sido el más amargo de su vida. Ni llevar su mejor camisa, aquella que sólo vestía en los días de fiesta, lo animó. Acompañado de su mujer, el trayecto al aeropuerto fue un viaje de manos entrelazadas y silencios reflexivos. Al despedirse no lloraron, pero el dolor mutuo se reflejaba en sus miradas y en el abrazo final al anunciar su vuelo.

Las primeras semanas en Madrid fueron difíciles. La adaptación, el rechazo, la indiferencia. Buscar trabajo, desesperarse por no encontrarlo: sobrevivir. Incluso, no reconocía a sus compatriotas que, con más tiempo en la ciudad, parecían olvidar quienes habían sido por la forma tan arrogante con la que se dirigían a los nuevos que, como él, ignoraban las costumbres y forma de vivir de los españoles.

Encontró trabajo rápido gracias a la mediación de la prima de un amigo que había conocido en una parroquia de un barrio pobre cuando había acudido a pedir ayuda y consuelo.

Una habitación compartida con tres extranjeros como él, era su hogar. Su único entretenimiento era acudir a un parque, donde se reunían los domingos los emigrantes de su país que habían buscado una vida mejor. Ese día gastaba un poco más de dinero. Compraba dulces y empanadas a las mujeres que furtivamente las vendían a escondidas en pequeñas cestas. Se sentaba en un banco, desenvolvía la compra y comía despacio, cerrando los ojos. Cada mordisco dejaba en su boca el sabor de la añoranza, de las cosas que se desean y no se olvidan. Así pasaban los días y los meses.

Acababa de transferir a su mujer, desde un pequeño locutorio de barrio donde se podían encontrar todas las razas del mundo esperando turno para intercambiar palabras metálicas (que no por lejanas, dejaban de ser cálidas), casi todos sus ahorros; un año de trabajo mal pagado, y aunque aún no había llegado el día quince, día en que su mujer se desplazaba a la oficina de la compañía telefónica para hablar con él, le entraron unas ganas irresistibles de escuchar su voz. No podía ser.

Mirando los escaparates de las iluminadas tiendas, pensaba en lo bella que estaría ella con ese vestido de flores, o con ese conjunto azul y amarillo que había visto a la mujer de su último jefe. ¡Eso quedaba tan lejos!

De vuelta a casa, en el autobús se acordó de «El Camioncito». ¡Qué diferente al Circular!, ¡Qué diferente todo! Se acordó de los días de camarero, de la clientela, de los fardos que marcaban su espalda, de don Luis su vecino que fue maestro de escuela y con quien conversaba algunas noches antes de dormir. Pensando en ello, notó que su corazón latía más deprisa y su cabeza albergaba una única idea: había decidido volver.

Sus tres últimos meses en Madrid ya no fueron tristes. Trabajaba de sol a sol, pero el deseo de volver a estar con los suyos le daba fuerza. Su mujer no sabía nada de todo aquello. Un día antes de partir entró en una tienda y le compró un vestido a su mujer; un vestido estampado que causaría admiración en las fiestas de su barriada natal.

En el viaje de regreso, el único trayecto que se hizo largo fue el que iba desde el aeropuerto a su casa. Cuando vio a su familia, le faltaban brazos, besos y caricias. ¡Tenía tanto que recuperar!

Y es que, a veces, dejamos «Todo» por un sueño, cuando lo más lógico sería dejar los sueños por «Todo»

Este cuento pertenece a una serie de pequeños relatos «Cuentos de las noches tristes.» Lo escribí hace varios años pensando en todo lo que a veces dejamos en el camino por unos sueños que no siempre se cumplen y por los que tendemos a renunciar a lo que realmente nos importa. También ocurre al contrario: no intentamos hacer realidad nuestros sueños porque tenemos miedo a perder lo que ya hemos conseguido.

La vida es elección y buscar el equilibrio entre los sueños y lo que realmente se desea (aunque no se sepa) conlleva a una lucha interna que puede llegar a estancarnos y a que en nuestro espíritu asome la frustración al no avanzar ni tomar nunca una dirección. El protagonista del cuento tomó su decisión. Optó por ser feliz con su familia no en un futuro lejano, sino en ese momento aunque no hubiese alcanzado el dinero suficiente para la tienda de abarrotes. ¿Qué decisión habrías tomado tú?

Dicen que todos los cuentos tienen un final, pero los «Cuentos de las noches tristes» no lo tienen o su final es el punto de partida. Cada cual puede continuar la historia como le apetezca. Así que si quieres, crea e imagina la continuación de este cuento.




martes, 24 de marzo de 2009

La música, medicina y remedio para el alma

En un post anterior «El lenguaje de la música» comentaba que en mis viajes había podido comprobar como en los países donde se canta y la música invade las calles, la población parecía más feliz, como si las notas musicales fuesen alimento para el alma. Reflexionando sobre ello saque otra conclusión – que por supuesto no tiene ninguna base científica y se basa exclusivamente en mis percepciones - por la cual las los pueblos que habían sufrido más se habían servido de la música como bálsamo para el dolor. Me venían a la memoria varios ejemplos. Uno de ellos era el de los esclavos africanos que fueron llevados a América por los europeos: aparte de ser despojados de toda dignidad con las humillaciones a las que eran sometidos, sufrían todo tipo de enfermedades bien por las nulas condiciones de higiene durante unas travesías en las que viajaban (si eso es viajar) hacinados casi unos encima de otros, bien por otro tipo de infecciones que les debilitaba hasta la muerte. La música era lo único que tenían para aliviar el dolor, cohesionar al grupo, evocar sus raíces y expresar lo que sentían. Con el tiempo fueron adaptando sus antiguas manifestaciones musicales africanas a la colonia que en mala hora les tocó vivir. De hecho, la música que se hacía en Brasil, las Antillas, Cuba o América del Norte no tenían mucho que ver mucho que ver entre sí excepto en la raíz. La prueba es que los estilos fueron fusionándose con otras músicas y tan extraño se nos haría escuchar samba en Nueva Orleans como salsa en Brasil. Decía Platón que «la música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo.» La música no sólo expresa emociones sino que las canaliza hacia nuestro interior provocando una sensación de bienestar que, como en el caso de los esclavos africanos, reduce el sufrimiento.

Muchas de las patologías a las que nos enfrentamos hoy tienen su origen, o se acentúan en nuestra mente. Una mente fuerte puede ayudar a que la enfermedad cure más rápidamente. En este sentido, la música es un poderoso aliado que ayuda a combatirla. Hay muchos estudios y que lo corroboran. Incluso existen varias teorías que aseguran que también funciona con animales o plantas. En estos dos últimos casos no he podido comprobarlo.

Recuerdo haber leído en una revista empresarial hace ya tiempo una entrevista a un médico en la que comentaba que el hombre es un 90% emoción y un 10% razón. Si esto es así, que me temo que sí porcentaje arriba o abajo, la música es un tratamiento excelente para curar porque, en definitiva, la música no es más que una emoción placentera de la que nos servimos para equilibrar nuestra alma.
Os dejo un extracto de una película magnífica llamada «Cadena perpetua» en España «Sueños de libertad o Sueños de fuga» en Hispanoamérica y «The Shawshank Redemption » en el título original. Merece la pena verlo porque en el se ilustra perfectamente lo escrito más arriba y hay una de las más bellas reflexiones sobre lo que significa la música que he escuchado. Disfrutadlo.






lunes, 23 de marzo de 2009

Leyenda de Eliahu : precursor del desarrollo sostenible



Siempre me gustaron las leyendas y cuentos árabes. Quizá porque sus orígenes se encuentren en la tradición popular y sean el resultado de la mezcla cultural que dejaron las civilizaciones en sus tierras: sirios, persas, turcos, griegos, romanos, árabes nómadas, judíos, bereberes o negros del África central…Hay algo en ellas que las hace especiales: pueden ser divertidas, tristes, fantásticas pero casi todas ellas recogen situaciones y reflexiones de las que podemos aprender.


Las historias y los diálogos reflejan la condición humana con tal nitidez que pueden ser comprendidas y entendidas por cualquiera. Muchas de ellas rebosan sabiduría, lecciones entretenidas sobre como deberíamos obrar o actuar. Son una especie de guía personal.

Hoy os dejo una historia que me enviaron hace años y que habla de esperanza, solidaridad y desarrollo sostenible sin nombrarlos. Espero que os guste.

En un oasis escondido en el desierto, se encontraba el viejo Eliahu de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras. Su vecino Hakim, un acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a para que abrevasen sus camellos y vio a Eliahu sudando mientras parecía cavar en la arena.
-¿Cómo estás anciano? La paz sea contigo.
-Contigo sea - contesto Eliahu sin dejar de cavar.
-¿Qué haces aquí, con esta temperatura, y esa pala en las manos?
-Siembro - contestó el viejo.
-¿Que siembras aquí?
-Dátiles - respondió Eliahu mientras señalaba a su alrededor el terreno donde pensaba sembra.
- ¡Dátiles! - repitió el mercader sin salir de su asombro.
- El calor confunde tu mente, amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber un té.
-No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos...
-Dime, mi buen Elihau - ¿Cuantos años tienes?
- No sé... sesenta, setenta, ochenta, no sé... lo he olvidado... pero eso ¿qué importa?
- Mira Eliahu, los datileros tardan mas de 50 años en crecer y sólo después de ser palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes. Ojala vivas mucho, pero sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.
-Mira Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probar esos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto... y aunque solo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.
-Me has dado una gran lección, Eliahu. Déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me diste - y diciendo esto, Hakim le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.
-Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tu me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto y sin embargo, mira: todavía no he acabado de sembrar y ya coseché una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.
-Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy y es quizás más importante que la primera. Déjame pues que pague esta lección con otra bolsa de monedas.
-Y a veces pasa esto -siguió el anciano y extendió la mano mirando las dos bolsas de monedas-: sembré para no cosechar y antes de terminar de sembrar ya coseche no solo una, sino dos veces.
-Ya basta, viejo, no sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas tengo miedo de que no me alcance toda mi fortuna para pagarte...
El desarrollo sostenible es rentable. Se necesitan muchos Elihau.

sábado, 21 de marzo de 2009

Donde nacen los sueños Chamulas II parte


El suelo de la nave estaba cubierto por un denso follaje de hojas de pino desparramadas anárquicamente sobre el piso, formando una alfombra resbalosa que rodeaba cientos de velas encendidas simétricamente ordenadas, de diferentes tamaños y colores y frente a ellas, sentados o hincados de rodillas, grupos familiares y feligreses, absortos del mundo, rezaban, lloraban, gemían, pedían o gesticulaban. Esa primera contemplación, unida al olor entremezclado que emanaban las hojas de pino, del copal que a modo de incienso ardía en diferentes puntos y que rompía los vaporosos halos de luz que entraban por la ventana, los finos hilos del humo que desprendían las velas que impregnaba el ambiente, todo ello, me había sumido en una especie de alucinación que requería tomarse su tiempo para asimilar lo que ocurría. Comencé a andar a pasitos, tentando el suelo, cuidando de no derrumbar los cirios. Quería absorber todo y me asombraba buscando con la mirada en tres dimensiones las claves que me ayudasen a descifrar y comprender los rituales múltiples que se celebraban.

De diferentes anclajes situados en la cubierta caían colgaduras de telas estampadas en forma de uve invertida, sucias de hollín por el humo de las velas y el incienso. En los laterales de la iglesia, numerosas vitrinas de cristal encerraban santos católicos infantilmente coloreados; algunos tallados en madera. Otros, toscas esculturas de yeso, piedra o cerámica; pero la mayoría cubiertos con telas y listones, algunos muy engordados por los varios vestidos que portaban. Allí moraba sino todo, casi todo el panteón celestial: San Antonio de Padua, San Sebastián Pastor, San Marcos, San Lucas, Santiago, Santa Rosa de Lima, la del Carmen, Santa Marta, San Miguel Arcángel, San Judas Tadeo, los Pablos, San Pedro el de las Llaves… De sus cuellos colgaban uno o varios espejos que según supe era por si a alguien se le ocurría hacer mal de ojo, o algún turista intentaba fotografiarles, o como escuché a una guía, que explicaba en voz baja a un pequeño grupo que estaba cerca de San Marcos, «el espejo sirve para reflejar la imagen de quien se confiesa porque el ser humano nunca podría engañar a sus propia imagen». También me enteré de que a un santo, del que no recuerdo nombre ni milagros, lo habían vuelto cara a la pared castigado, como si hubiese sido un mal alumno, por no haber atendido o solucionado el encargo suplicado.
Al fondo de la iglesia y vigilado por mayordomos bastón en mano, se exhibía el altar presidido por San Juan Bautista «Señor de los Chamulas». A un costado, en un segundo plano, se hallaba la imagen de Cristo que para los Tzoztiles es una deidad maya, pues creen ellos que Cristo se levantó de la cruz para convertirse en Sol.

Una vez hube curioseado visualmente la iglesia me dediqué a observar los diferentes rituales que se llevaban a cabo. Una Ilole o curandera colocaba velas en el suelo de forma parsimoniosa. Lo hacía de manera solemne, estudiando la ubicación de cada bastoncillo de parafina. Hincada de rodillas frente a la imagen de San Miguel Arcángel, y ante la atenta mirada de la mujer para la cual hacía el rito y dos o tres turistas que allí nos encontrábamos, iba disponiendo velas de color blanco, de una en una, ordenándolas por hileras, de menor a mayor, encendiéndolas mientras recitaba frases o plegarias incomprensibles para mi en un tono de voz elevado que en nada recordaba a las recogidas oraciones o ruegos que se realizan en las iglesias católicas. Bebió primero de un frasco pequeño; luego de otro. Segundos después tomó una gallina de blanco sucio que albergaba en su regazo y la restregó con mimo contra el cuerpo de la mujer. Desplazaba el ave una y otra vez sin dejar de pronunciar sus ruegos y oraciones: con ello, conseguiría pasar los males de la mujer a la gallina, además de marearla. Más tarde, la depositó en el piso y durante unos momentos o minutos, que a esas alturas ya no sabía medir el tiempo porque me encontraba algo turbado y embobado con esa visión, aumentó el silencio creándome un desasosiego triste porque en esos momentos, a pesar de la curiosidad que me había llevado a San Juan Chamula, sabía que estaba profanando algo muy íntimo, invadiendo un lugar que exigía el más celoso respeto. La situación me incomodaba, me avergonzaba y me hacía sentir algo estúpido; yo no era quién para turbar, si quiera con mis ojos, aquellos instantes, aunque no podía evitar sentirme atraído hacia ello.


La curandera volvió a prender la gallina. La izó y la menó cabeza abajo por encima del humo de las velas. Volvió a depositarla en el suelo e imploró al santo casi con sollozos, muy concentrada en lo que hacía, mientras el corazón del ave latía resignado deseando su final. Unos minutos después elevó el pollo y retorció su pescuezo con un movimiento preciso muriendo a los pies de las velas. Se produjo un silencio que aproveché para continuar mi particular peregrinación.
Para los Chamulas, cuando una persona sufre de un mal se limpia su cuerpo con un huevo, símbolo de la fertilidad o con un gallo, si el mal es grave. La enfermedad y el pecado se irán con el gallo o en el huevo a freír espárragos.

Algunos hombres bebían un aguardiente de maíz llamado Posh y otros Coca Cola y refrescos. De cuando en cuando eructaban porque así se expulsan en Chamula a los espíritus y los pecados. Dialogaban en voz alta, valiente sin importar si eran escuchados por el resto de los hombres, porque en ese momento estaban hablando directamente de tu a tu, con absoluta convicción, a sus dioses.

A medida que avanzaba la mañana las velas iban iluminando prácticamente todo el templo. Apenas quedaban unos pequeños pasillos cuya anchura limitaba el espacio para dos cuerpos, uno de entrada y otro de salida; cuerpos que se rozaban y en ocasiones se restregaban a medida que más fieles se sentaban a rezar y comenzaban a disponer en el suelo o en pequeñas bancas las velas (que en la mayoría de la iglesia eran blancas y que sirven para pedir salud) , pero que en algunos rincones eran de colores: amarilla para el trabajo, verde, como no podía ser de otra manera, para la esperanza y negras para «joder» a alguien.

Y ahí, en el piso, de rodillas, sentados y alguno de pie, estaban los habitantes de San Juan Chamula, realizando sus ritos, agradeciendo favores a sus sincréticos santos, pidiendo su ayuda, pero sobre todo soñando. Soñando con vencer las enfermedades, soñando con la derrota de los problemas, soñando con deshacerse de las aflicciones del alma, soñando con el amor, soñando…

No permanecí mucho tiempo más. Antes de salir de la iglesia, un mayordomo recogía los restos de la parafina derretida y limpiaba el suelo. Un Chamula abandonaba el recinto. Había eliminando las malas energías, arreglado sus cosas y seguramente había concebido el nacimiento de un sueño. Un sueño Chamula.

viernes, 20 de marzo de 2009

Donde nacen los sueños Chamulas I Parte


Me lo contaba esta mañana uno de mis hermanos. Uno de sus hijos había regresado encantado de Roma después de pasar unos días de vacaciones. Me decía lo importante que era viajar para comprender y entender quienes somos y por qué somos así; lo mucho que le gustaba el programa «Españoles por el mundo» y lo que se puede llegar a aprender con los viajes. Uno de los ejemplos con los que ilustraba su argumento era el de la religión: «los que hemos nacido en un entorno católico nos escandalizamos con las costumbres o prácticas religiosas de otras culturas como la musulmana o la hindú y sin embargo nos parece de lo más normal adorar a un Dios que se representa mediante la figura de un hombre golpeado, crucificado y lleno de sangre por todos lados».

Tiene razón. Si lo pensamos objetivamente, tan extraño es esto, como adorar a Ganesh el dios elefante, o aceptar algunas costumbres de los mormones, o de los judíos. El conocer otras culturas y religiones ayuda a comprender muchas cosas aunque no se compartan; también a respetarlas.

La naturaleza del hombre es religiosa. Lo he podido comprobar en muchos lugares del mundo. Todos los pueblos creen en series superiores y, de alguna manera, en la inmortalidad del alma y el espíritu. Lo que varía es el enfoque y la práctica pero la esencia suele ser la misma: la creencia en un ser o en un orden superior que rige nuestras vidas. Viajar ayuda a comprenderlo, y a comprender mejor a los hombres.

La globalización no es un invento de fines del siglo pasado. Es el resultado de muchas pequeñas fusiones entre los hombres a lo largo de los siglos. Hoy prácticamente todas las razas están «tuneadas.» A este fenómeno no escapan las religiones.

Uno de los ejemplos más conocidos lo encontramos en el sincretismo religioso de muchos pueblos mayas que han hecho de la religión católica una versión muy libre (y adaptada) a sus propias creencias religiosas en la que se han fundido elementos de las dos.

En San Juan Chamula, un pequeño pueblo situado a diez kilómetros de San Cristobal de las Casas en el estado mexicano de Chiapas, el viajero se asombrará al observar cómo el culto católico y el maya se han mimetizado de tal manera que realmente no se sabe muy bien cual es la religión que practican; pero la esencia es la misma.

Eso ocurrió durante mi visita el año pasado a Guatemala y México donde en lugares como Chichicastenango, Santiago de Atitlán o San Juan de Chamula pude saber mucho más sobre los hombres y sobre mí mismo.

Os dejo la primera parte del capítulo Donde nacen los sueños Chamulas de mi diario de viaje «Los sueños perdidos». Mañana, la segunda.

San Cristóbal había amanecido limpia, de empedrado reluciente y colonial que deslumbraba en aquellos tramos donde el Sol iba acomodándose en el día y calentaba a las pocas personas que se aventuraban en las vacías calles de la mañana del domingo. En el Parque Central apenas se adivinaban un montón de pájaros chillones que revoloteaban entre los árboles rompiendo el silencio mientras que los primeros fieles se acercaban a una catedral que ya había abierto su regazo a las almas.
Atenazado por la ansiedad de visitar San Juan de Chamula sin la previsible marabunta de turistas que como yo asistiríamos a un lugar sagrado, me había levantado temprano y atravesaba las cuadras conjeturando sobre lo que allí me iba a encontrar y cual sería mi reacción ante las diferentes experiencias que me aguardaban: no en vano, la lectura de algunos episodios ocurridos en Chamula, y la especial manera de profesar la religiosidad de sus habitantes, me habían intimidado un poco tirando a bastante. No soy pusilánime, pero cuando los usos, las costumbres y la religión se aúnan alienando a una colectividad, es mejor ser prudente: y es que San Juan Chamula se rige por un sistema de autogobierno donde sus dirigentes y cargos públicos son elegidos por sus méritos, el respeto que se hayan ganado en la comunidad y supongo, que como en todos los sitios, por influencias, tejemanejes y sobornos, porque el ser humano es propenso a corromper al prójimo cuando la recompensa es el poder o el dinero.
Los Tzotziles tienen fama de ser muy independientes. Aferrados a sus tradiciones, el estado de derecho para ellos es una entelequia y cualquier intromisión en sus asuntos tiene serias posibilidades de acabar como el «Rosario de la Aurora». Ya los conquistadores españoles experimentaron en sus propias carnes como se las gastaban los mayas Tzotziles cuando les costó Dios y ayuda someterlos política y militarmente; que religiosamente como ocurrió en otras comunidades mayas nunca lo consiguieron, o al menos como lo habían pensado, en este episodio de la historia, los frailes dominicos que acompañaban a los soldados imperiales; o más tarde, en 1869, en Tzajaljemé donde se enfrentaron a criollos y mestizos durante la Guerra de las Castas; o en los primeros años del siglo XX con el legendario «Pajarito» un tipo de armas tomar que tuvo en jaque al Estado Mexicano durante bastante tiempo.
En mi paseo, yo me reía para mis adentros imaginando al soldado historiador Bernal Díaz del Castillo intentando controlar y gobernar la encomienda de Chamula que le había sido otorgada , explicando a los indígenas – «con mucho amor» según relataba en sus crónicas - las cosas tocantes a la Fe Cristiana. Paseaba, ya digo, como un tejedor de momentos pasados, presentes y futuros.
En esos juegos de la mente en los que me mimetizo con la historia, me llegué a la terminal de colectivos, muy próxima al mercado municipal, y fácil de ubicar por las indicaciones que asomaban en algunas calles. Cuando entré tan solo había cuatro personas, además de dos chóferes y un encargado esperando más viajeros. Un cartel avisaba a los usuarios que si transportaban aves lo hiciesen en cajas de cartón o en bolsas, pero que por favor no asomasen las aves. Subí al colectivo deseando con todas mis fuerzas no tener ni caja de cartón ni bolsa con inquilino cerca de mi y me situé en la parte trasera al lado de un adolescente que no respondió ni a mis buenos días ni a mi sonrisa. En pocos minutos se fue completando el pasaje. Subieron por este orden: una mujer, que llevaba una caja de cartón sin bicho y una bolsa con frutas y tortillas recién hechas que exhalaban aroma de maíz caliente; dos revoltosas niñas vestidas de azules y negros, con el pelo recogido en trenzas desiguales, que mascaban pedacitos de tortilla que su madre les había ofrecido. Las tres, después de examinar el interior de la camioneta, se sentaron en los lugares más alejados de mí; luego un hombre flaco y fibroso que montó tras ellas, agarraba en una mano una bolsa negra como las de la basura por la que sobresalían hojas de plantas a las cuales parecía hablar porque mascullaba palabras, mirándolas mientras las manoseaba con sumo cuidado. Con la otra mano sujetaba un monedero de tela. Dos hombres más: uno con camisa de cuadros y otro con camisa blanca, ambos con gorras de béisbol, que minutos antes habían discutido con un tercero; una mujer desdentada y enorme que sujetaba con fuerza varios bolsos tejidos con diferentes dibujos; un loco, o al menos eso me pareció, porque movía la cabeza convulsivamente y hablaba de dos tonos; y finalmente una familia de seis personas que llevaban varias cestas con pasteles y a los que hicimos sitio como pudimos, acoplando las cestas entre los escasos huecos que quedaban. En ese cubículo, tenía la sensación de no ser bien recibido, de ser un intruso, un inoportuno compañero de viaje. Ninguno habló en español durante el trayecto aunque, para ser más preciso, nadie habló durante el recorrido de casi diez kilómetros de una carretera adornada por verdes colinas en la que se veían parcelas de maíz cultivado y algunos indígenas limpiando las malas hierbas.
Al observar como mis compañeros de viaje se erguían respetuosos ante la visión de tres cruces, que representan a los tres barrios de Chamula, ubicadas a la entrada del pueblo, supe que estaba traspasando el umbral hacia una dimensión en la que el cuerpo, el alma y los sueños se fusionaban en el espacio y en el tiempo. Es posible también - que lo bueno de la imaginación y de los viajes es que uno puede especular - , que la actitud de esos hombres y mujeres se debiera a la proximidad del cementerio que tiempo atrás me había llamado la atención cuando ojeaba un reportaje sobre Chiapas en una antigua revista de viajes. Un cementerio que sobre el papel me había estremecido por la variedad de cruces que aparecían en la fotografía. Cruces de diversos tamaños; enormes algunas y menudas otras; cruces de colores azules y verdes para los adultos, blancas para los niños y negras para aquellos que cumplían más de 52 años, debido – según me contó un guía días después en Chichen Itza - a la tradición maya según la cual ese es el periodo de un siglo y la edad que marca la vejez, y que por uno de los habituales despistes que suelo tener en los viajes no llegué a visitar.
La calle principal que desemboca en la plaza, estaba cortada al tráfico por ser día de mercado y tanto la calzada como las aceras eran un hormiguero de hombres y mujeres que caminaban serios como si la felicidad y las sonrisas estuviesen prohibidas. Las aceras eran una sucesión de tenderetes, carritos y mantas repletas de tejidos, bolsos, objetos de cuero y cachivaches varios que obstaculizaban el tránsito, y la calzada por la que nos abríamos paso, se estrechaba a medida que nos acercábamos a la plaza. Con requiebros, fintas, y no poco esfuerzo conseguí llegar hasta la esquina del ayuntamiento donde había un pequeño puesto de pollos y gallinas que seguramente en unas horas acabarían en la iglesia para que les diesen matarile. Caminé unos metros hasta a la oficina de turismo y allí firmé en el «Libro de Honor» o las estadísticas; «Un Fernando estuvo aquí», sin haber dañado el patrimonio. Tras pagar el obligado peaje para visitar la iglesia, me dirigí hacía ella dando un rodeo.
La fachada de tipo colonial, pintada en blanco, no revelaba ningún signo de que en el interior se celebrasen ceremonias ajenas a la religión católica. Parecía la típica iglesia que uno puede encontrar en Mesoamérica; pero sí había algo que llamaba la atención. El pórtico de entrada, en el que los contornos coloreados en verde, azul y verde albergaba símbolos que asemejaban flores o figuras geométricas y que nunca los había visto en otro templo; en sus costados, ramas largas y sin vida que parecían de pino o de ciprés. Me acerqué a la entrada midiendo los pasos, caminando con cuidado, como quien se acerca a un precipicio. En la puerta, que permanecía entreabierta, un mayordomo de pelo cano, cara curtida y mirada afilada que expresaba una mezcla de desprecio y desconfianza, examinaba los permisos y evaluaba el aspecto de los que nos agolpábamos en la puerta.
Muchas eran las leyendas que había leído o me habían contado - y éstas parecían ser ciertas - sobre los castigos que se aplicaban a aquellos que infringían las normas que gobiernan la comunidad: desde el linchamiento público, a la expulsión del pueblo; desde la multa, a la cárcel o todo a la vez y no necesariamente en ese orden. Y a mí, repito, esas cosas me han inquietado siempre porque la masa no escucha ni atiende a razones y un malentendido o una equivocación pueden convertirte en cabeza de turco o víctima inocente de una exaltación.
La peculiar manera de entender su religión católica ha devenido en ocasiones a unos extremos de intolerancia que asustan: como ocurrió durante las décadas de los setenta, ochenta y primeros noventa donde más de 35.000 personas, principalmente evangélicas, fueron golpeadas, vejadas y expulsadas de la comunidad por unos caciques - que podrían haber sido discípulos de Torquemada y sus chicos - que no admitían que esas almas hubiesen abandonado el culto católico tradicionalista. Una religión católica, por otra parte, muy particular, que en los años de la conquista se impuso como se imponía en esa época; apelando a la violencia en nombre de Dios o Santiago el que cerraba España, y sustituyendo a las bravas los ídolos por imaginería cristiana, curanderos por curas, templos por iglesias y ceremonias por misas en latín.

Los Tzotziles a lo largo y ancho de los siglos fueron adaptando la nueva doctrina a sus creencias, aceptando y rechazando lo que les convenía (de hecho el único sacramento que admiten es el bautismo) modelando su propia religión y manera de vivirla.

Una vez dentro, permanecí a escasos metros de la puerta, cerca de una campana que seguramente dejó de sonar tras una revolución. La visión de lo que allí sucedía provocó que mi corazón se acelerase y mi piel se erizase por razones que seguramente nunca descubriré: fue un golpe brutal a mis sentidos. Tenía la impresión de que me había introducido en el corazón de una de esas sectas que aparecen en las películas de aventuras en las que se escuchan repetidamente palabras graves y monótonas.

Continuará

miércoles, 18 de marzo de 2009

Escuelas del Soul Business


En el post de ayer hablaba sobre lo desamparada que se encuentra la infancia en muchos lugares del mundo. También comentaba que algunas instituciones y personas estaban desarrollando iniciativas para conseguir un futuro mejor a aquellos niños y jóvenes que cuando alguien tiró por ellos al aire la moneda del destino les salió cruz.

En el mundo (especialmente en Suiza) existen numerosas escuelas de hostelería donde se forman los mejores profesionales que luego se convertirán en directores de los hoteles y restaurantes más prestigiosos del mundo. Cualquiera que haya pasado por las escuelas de Lausanne, Les Roches o Glion no sea un tarambana y ame su profesión, tendrá grandes posibilidades de asegurar su futuro. Eso sí, no son accesibles para cualquier economía. Hay que tener posibles o padrino. Recuerdo que cuando estudiaba turismo, acudir a una de estas escuelas era el sueño de muchos y que yo recuerde, de todos los alumnos de clase solo una chica fue a estudiar a la de Lausanne: creo. Existen otras escuelas de hostelería que si bien no son famosas si tienen algo especial. Son aquellas a las que yo denomino como Soul Business School.

Es el caso de la escuela de hostelería Hoa Sua de Hanoi, donde se forma de manera totalmente gratuita a jóvenes cuyo curriculum cumple todos o algunos de estos requisitos.

-Complicada situación familiar (huérfanos o abandonados, escasez de recursos económicos, entorno familiar degradado).

- Hijos de inválidos de la guerra de Vietnam.

- Bajo nivel de educación.

- Chicos de la calle sin acceso a un hogar, salud, educación…

- Escasos recursos para ganarse la vida: limpiar zapatos, vender souvenirs, hacer recados, mendigar comida…

Es decir, gente sin prácticamente posibilidades que están abocados a morir, convertirse en delincuentes o venderse al mejor postor.

La historia de la escuela a grandes rasgos es la siguiente: seis mujeres vietnamitas conscientes de la situación tan desfavorable de estos jóvenes (que ya lo debieron pasar mal como niños), decidieron crear una organización sin ánimo de lucro con el fin de ayudarles a salir de la pobreza y la discriminación social en la que se encontraban. Como siempre más ilusión y compromiso que dinero. Hoy lo que empezó como un proyecto se ha convertido en una de las iniciativas de más éxito de los últimos años.

La escuela, situada en el Hanoi antiguo, ofrece cursos de cocina vietnamita, asiática, europea, pastelería y panadería, destinados a los jóvenes con los requisitos mencionados líneas arriba y cursos de costura y bordados para sordomudos y discapacitados. En sus paredes los alumnos tienen la posibilidad de aprender y adquirir conocimientos profesionales que posibilitarán, al terminar los estudios, poder ganarse la vida e integrarse en una sociedad que les tenía vetados.

No es fácil. Son varias las dificultades a las que se enfrentan. Por un lado, el bajo nivel de educación de los alumnos (en su mayoría) cuando llegan a la escuela y, por otro, las exigencias de un sector como el de la hostelería que cada vez exige mejores profesionales. Para solventar esta situación la escuela desarrolla diferentes programas de formación teórico-prácticos en el que se combina la enseñanza tradicional vietnamita y la francesa; se elaboran programas profesionales de formación específicos para cada joven: programas cortos para aquellos que tienen menos estudios y programas largos para aquellos que realizaron la enseñanza secundaria; también programas específicos para niños de la calle, minorías étnicas. En función de ello, los alumnos realizan prácticas durante tres meses en la escuela, en el restaurante de la escuela o en otras empresas con las cuales se firman convenios de colaboración.

Mientras permanecen en la escuela cuentan con un seguro, uniformes, servicios de salud, pequeñas ayudas en función de resultados escolares (incentivo por objetivos) e incluso ayudas de urgencia para familiares con graves dificultades. Disfrutan también de actividades culturales y visitas a hoteles y restaurantes.

Las principales vías de financiación de la escuela son las aportaciones y donaciones de numerosas personas y las contribuciones regulares de asociaciones caritativas, instituciones vietnamitas y extranjeras que a través de sus programas de cooperación internacional (entre ellos la embajada de España) contribuyen a que la escuela pueda funcionar. Adicionalmente, la escuela cuenta con otras vías de financiación como el restaurante (uno de los más conocidos y visitados de Hanoi) donde realizan las prácticas los alumnos; la venta de la panadería y la venta de artículos bordados en la escuela.

La escuela Hoa Sua es algo más que una escuela. Todos ganan.

Los alumnos – Adquieren conocimientos, viven experiencias que nunca imaginaron; comparten algo más que la miseria, se sienten dignos y útiles para la sociedad; pero sobre todo pueden vivir el presente tranquilos e imaginar su futuro con esperanza.

Los empresarios – Contratan unos profesionales bien formados, además de tener la oportunidad de ir participando de la formación, evaluación y elección de los alumnos.

La escuela - Que consigue el objetivo de mejorar las condiciones de vida de muchas personas (no solo de los alumnos) y además se retroalimenta de los consejos y sugerencias que le ofrecen los profesionales de la hostelería.

La sociedad – Que se beneficia globalmente de esta iniciativa al reducir un poco más las desigualdades sociales, amén de sentirse mejor porque quien ayuda siempre se siente bien.

Con una Soul Business School ganamos todos

martes, 17 de marzo de 2009

Cuando los niños sueñan con la música


Premio del público del festival de Toronto, cuatro Globos de Oro (película, director, guión y música) y 8 estatuillas (mejor película, director, guión adaptado, fotografía, montaje, banda sonora, canción y sonido) Slumdog millonaire se ha convertido en la película del año. La crítica la ha definido como una cinta vitalista e inspiradora; al público también le gusta. La película cuenta la historia de Jamal Malik un chico huérfano que vive en los suburbios de la ciudad de Mumbai. El muchacho participa en la versión india del programa "¿Quien quiere ser millonario?" y antes de responder a la última pregunta es detenido por la policía. Nadie cree que un chico de la calle pueda saber tanto y es acusado de hacer trampas. Para probar su inocencia Jamal cuenta la historia de su vida, sus experiencias en las calles y su gran amor por una chica que se llama Latika. Una película que se podría considerar un cuento de hadas: un chico de la calle que tuvo su oportunidad.

Sin embargo, no es de cine de lo que trata el post de hoy, sino de una realidad mucho más dura que no sólo se da en los barrios marginales de India sino en muchos lugares del mundo donde millones de niños han sido privados de la infancia y convertidos en adultos prematuramente: niños que son obligados a robar, esclavizados e intoxicados cuando extraen el mineral; convertidos en crueles soldados de guerras africanas; arrojados a la prostitución y a las drogas en el sudeste asiático, captados como vigías o sicarios por los narcos; asesinados a veces y siempre despreciados.

Están desprotegidos y no saben de esperanza ni de bellos finales, solo de momentos, de instantes fugaces de felicidad. No tienen ninguna posibilidad porque el entorno en el que viven no fue hecho para ellos. Como en todo, los hay débiles y fuertes, simpáticos y bordes; tienen actitudes y ademanes de adulto y la única manera de atisbar algo de niñez en ellos es mirarles a los ojos y aguantar la mirada. Entonces te das cuenta de que te están pidiendo ayuda, casi suplicando que quieren ser niños y vivir con arreglo a su edad y no a sus circunstancias: te duele el alma. Las limosnas no arreglan nada. Afortunadamente hay instituciones y personas que están enfrentándose al problema intentando (en ocasiones con trabas administrativas y familiares) que crezcan como lo que son; ofreciéndoles un futuro mejor; enseñándoles un oficio. En definitiva dándoles cariño y educación no para acudir al concurso «¿Quiere ser millonario?» sino para ser protagonistas de «La vida es bella». Y eso es lo que cuenta. En próximos post contaré alguna de las iniciativas que se están llevando a cabo y que son escuelas del «Soul Business.»

Os dejo el capítulo que escribí de Soul India sobre estos Jamales y Salimes que podrían estar en cualquier lugar del mundo.

Cuando los niños sueñan con la música - Soul India

Olvidados por las ciudades y los hombres, en India hay miles de niños que como única familia se tienen a ellos mismos. Amigos, en muchos casos, no saben lo que son: sólo compañeros de miserias, de cama de asfalto o tierra y sábana de cartón; se los ve en Delhi, en Calcuta, en los soportales de Conaught Circus acurrucados al lado de fumadores de opio que agotan sus últimas esperanzas en el humo agrio de una lenta muerte; o a escasos metros de hombres que sobrevivieron a la niñez, y que siguen durmiendo bajo un cielo contaminado.

Se los ve en ciudades grandes, haciendo recados, por menos de una rupia, por un trozo de comida, por las sobras de un plato vacío... Son parte de una sociedad que les niega la vida y los obliga a buscarse el día siguiente trabajando a escondidas de otros pobres que, más organizados, impiden que puedan limpiar un coche, o barrer casi con las manos la última mierda evacuada por un animal.

Su futuro está en los vertederos que revuelven ya con más maestría que los cuervos, que los cerdos, que las vacas... Su esperanza, en instituciones caritativas que les alimentan cuando pueden ofrecer algo más que comprensión. No saben lo que es llorar, lo olvidaron el día que se dieron cuenta que nadie escuchaba su llanto ni tampoco que significa una caricia. Los golpes ya no duelen.

Solos y desamparados, saben que cada día es una oportunidad de seguir vivos y procuran estar en lugares donde nadie les pueda hacer más daño o cicatrices de las que ya llevan. Son héroes que sobreviven a la prostitución, a la esclavitud, a las palizas cobardes; o a las garras de cualquier mafioso sin escrúpulos que convierta sus órganos en piezas de casquería para dar vida a otras personas; o en eunucos de verso castrado.

Pero hay un momento cada día en el que estos niños son felices. Es ese momento en el que la noche silencia la amargura y, vencidos por el sueño y el cansancio, duermen.

Cuando estos niños sueñan con la música.

sábado, 14 de marzo de 2009

Violencia en Guatemala: el Comité Vengador

Guatemala es un país extremadamente hermoso. La naturaleza, en un alarde de generosidad, derrochó sobre su superficie tal cantidad de bellezas naturales que el viajero hallará en sus selvas, ríos, bosques, lagos, valles, montañas, volcanes…un precioso regalo para la vista y un eficaz bálsamo para el alma. Pasearse por esas tierras mayas obliga gustoso al ojo a esforzarse en captar, para almacenar en el disco duro de los recuerdos, cada instante que asoma ante la retina.

Uno de esos lugares es el Lago Atitlan, en el departamento de Sololá, al que algunos denominan como «El lago más bello del mundo.»

De impresionante belleza, sus aguas a lo largo del día tornasolan tranquilas ofreciendo sutiles cambios de color que hipnotizan y relajan el cuerpo. En sus alrededores las rocas asoman desnudas entre bosques de pinos que se desperdigan por las laderas que conducen al lago; los árboles se inclinan hacia el lago como si avanzaran para sumergirse en sus aguas; los helechos y vegetación se desparraman sin sentido por cualquier recoveco dejado por la tierra. Se observan también cascadas de caudal fino y brutal que con su estruendo acompañan el sonido monótono de miles de bichos. Un lugar idílico en el que sin embargo también habita el dolor y la desesperación.

Las orillas del lago albergan diferentes comunidades mayas que luchan por sobrevivir en un entorno hostil lleno de violencia e injusticia como ocurre en el resto de un país que, cada mañana, se despierta con noticias sobre casos de violencia, robos con fuerza, secuestros, violaciones, extorsiones y asesinatos. El lago Atitlán no es una excepción. No es nuevo. Es un mal endémico del país cuyos orígenes se remontan a bastantes siglos atrás.

Si la naturaleza fue magnánima con los mayas, la historia mostró su lado más cruel posando en sus tierras lo peor del ser humano.

Recuerdo que reflexionaba sobre ello, como el de la canción «sentado en el muelle de la bahía», en Panajachel mientras seguía con la mirada la estela que dejaban las lanchas que comunican los pueblos del lago. Minutos antes, un chaval me había entregado una fotocopia de una proclama que hacían unos ciudadanos de Pana autodenominados «El Comité Vengador» en el que habían tomado una decisión para acabar con los problemas que estaban corrompiendo y destrozando su manera de vivir. En cada línea leída llegaban a mis reflexiones los fantasmas de la violencia y sucesos de siglos pasados. Se manifestaban los antepasados de los «Cackchiqueles» y los «Quichés», dos de las etnias más importantes de Guatemala que convivieron en relativa armonía hasta que a unos o a otros – seguramente a los dos – se les cruzaron los cables y libraron sangrientas batallas que, como ocurrió durante la conquista de Nueva España, facilitó enormemente el camino a los conquistadores españoles, quienes mediante alianzas pasajeras, añagazas diplomáticas, tecnología militar y una gran dosis de mala leche conquistaron Guatemala con una crueldad sólo comparable ( si es que la crueldad se puede comparar) a la utilizada por el ejercito guatemalteco durante la guerra civil que tuvo lugar en los finales del siglo veinte: una guerra de esas de las que en Europa casi ni te enteras; guerras de las que se miran hacía otro lado; guerras del tercer mundo que sólo después del desastre interesan.

El manifiesto, que transcribo tal y como me lo entregaron, expresa toda la rabia, dolor y cansancio de quien ha sido humillado y no está dispuesto a resignarse ante unos sucesos que han puesto al límite la paciencia humana.

Al pueblo de Panajachel

En un lugar secreto de Panajachel, nuestro bello municipio, pero en los actuales momentos nidos de ladrones, prostitutas, narcotraficantes y toda clase de alimañas. Preocupados por los últimos secuestros de personas honradas, trabajadoras y de buenas costumbres en la cual ha participado la corrupta Policía Nacional Civil, a cuyo jefe, todos los delincuentes, le pasan una cuota de dinero, para que no investigue y haga la vista gorda, ante los hechos delictuosos sucedidos en el pueblo y con la paciencia y negativismo del Actual Alcalde Municipal, el corrupto Gerardo Higueros y todos sus cómplices ladrones de la corporación municipal, y solo para muestra un botón: al mes de haber asumido como alcalde, ya tenía una camioneta nueva color negro y a los tres meses se compró la propiedad que está anexo a su casa en la calle catorce de febrero (Frente a la Galería Nan Cuz). Pero en nuestro pueblo todos se alarman y de baja voz se comentan todos los atropellos de conocidos delincuentes, pero no pasa nada, nadie se atreve a tomar acciones, para frenar, el caos, que tenemos en el pueblo, desde que personas que no son del pueblo, nos han venido a mandar, y nos les importa nada el pueblo sino ver que roban, sino vean al Enio Urizar, al Santos Vásquez, que después de simples pelados, los vemos con carros de lujo y propiedades en distintos lugares de la república, después que eran simples pelagatos. Es increíble el caos, el desorden que tenemos en el pueblo, pero siempre no pasa nada.
¡ Qué pasa Panajachelenses de corazón, hasta cuando nos vamos a dejar! En vista de lo expuesto, nos hemos organizado para repeler todo tipo de violencia, en contra de ciudadanos, que han sido atropellados por estos secuestradores, narcotraficantes, asesinos, ladrones, etc… Basta yá, pueblo de Panajachel, el día de hoy nace el COMITÉ VENGADOR DEL PUEBLO DE PANAJACHEL, para desenmascarar, aunque ya es secreto a voces, los que están cometiendo estos delitos, y por este medio lo denunciamos, para que todos lo sepan, estos delincuentes son : JEFE DE LA PANDILLA: MONTEJO, quien actualmente tiene una cantina de mala muerte en la avenida de los Árboles, pero solo es apariencia, porque el verdadero objeto de este negocio es el expendio de drogas , y planificación de los secuestros que están sucediendo actualmente, que sólo esta semana fueron cuatro personas, pero los tienen amenazados para no digan nada. Y los actores materiales son: EL PECAS TORTOLA, MARLON Y HERMANO MENOR DE LOS CULULEN (HIJOS DE MINCHO CULULEN, EL MECANICO Y EL LADRON DEL ANDRES DIAZ DIAZ , ALIAS EL TUMA). El Montejo, goza de la protección de la Policía Nacional Civil, porque le pasa tajada , por cada secuestro, u onza de cocaína que vende semanalmente , por eso hasta carro le compro el jefe de la policía. En vista de todo lo expuesto, este COMITÉ, les da el plazo de ocho días para que abandonen la población, a estos indeseables, bajo condición que si no lo hacen, se atengan a las consecuencias. Que conste que no estamos bromeando, no los queremos eliminar, pero si no hacen caso a esta advertencia, nos obligarán a hacerlo. Somos personas pacíficas, pero ya colmaron nuestra paciencia, porque nadie hace caso de la zozobra, que se está viviendo en el pueblo, porque están secuestrando a cualquiera, no importando si tienen dinero o no. Pero no están solos, nuestros paisanos, ojalá, que algún día nos lo agradezcan, porque hoy empieza la limpieza social del JARDIN DE AMERICA POR EXCELENCIA. Por favor comparta este boletín, fotocópielo y repártalo en el barrio, con sus familia, con sus amigos, porque todo lo hacemos por el bien de nuestro querido pueblo. Esperamos que comparta nuestro pensamiento, y nos comprenda, cuando sepa que las acciones que se tomen en contra de estos delincuentes mencionados, porque esto es como un cáncer, hay que cortarlo, porque si no crecerá y nos va a matar. Piense, que hoy fueron estas personas, que secuestraron, pero mañana puede ser uno de los suyos. Estemos alerta, y no debemos tener miedo de estos delincuentes, denúncielos, porque nosotros lo apoyamos y lo apoyaremos. Este COMITÉ no les tiene miedo a estos delincuentes, ya los conocemos. Como es posible que anden en buenos carros y no trabajen, que anden de cantina en cantina, derrochando dinero, obtenido por sus fechorías. Le recordamos que al Tuna, al Marlon y su hermano el pecas Tórtola, ya los persiguieron cuando estaban asaltando en la Ruta de Godinez hacia Patzun pero solo detuvieron al Tuma, que estuvo en la cárcel por asalto. Existe un nuevo amanecer, para nuestro querido pueblo, y es hoy, o se van estos delincuentes o los matamos, porque muerto el perro, muerta la rabia. Atentamente

Panajachel, departamento de Sololá, 22 de julio de 2008

La situación, aunque ha mejorado, dista mucho de considerar a Guatemala como un país seguro. No tanto para el turista (que como suele ocurrir en los países de escasos recursos económicos es protegido porque aporta unas necesarias divisas) como para el nativo que vive en muchos casos con miedo. Pero como hemos visto, todo tiene un límite. Todavía hay hombres que están dispuestos a matar y condenarse por conseguir un mundo mejor. No es el camino. Lo saben. El estado guatemalteco debería intervenir para erradicar la violencia de este bellísimo país. En sus manos está, aunque me temo que segura y tristemente, al final seguirá imponiéndose, como ha demostrado la historia, quien pueda ser más violento. Mal vamos.

jueves, 12 de marzo de 2009

Todos somos inocentes, todos somos culpables

Que dentro de unas décadas es posible que nos vayamos todos al carajo es una realidad. No porque la crisis nos mande allí (la historia demuestra que hay ciclos económicos) sino por la irresponsabilidad del ser humano - consciente y elegida: sobre todo en eso que llamamos primer mundo - de sobreexplotar y degradar los recursos del planeta.

El asunto es preocupante y los problemas medioambientales generados por la actividad (insisto consciente) del ser humano están incidiendo desde hace tiempo en la naturaleza provocando la desaparición o la contaminación de los recursos, la extinción de especies vegetales ó animales y seguramente muchas más cosas que desconocemos.

Vivimos en una sociedad en la que prima el «consumo sostenido» -entendiendo como tal la necesidad de seguir produciendo y consumiendo para que se pueda mantener el sistema - frente a una sociedad en la que debería primar el desarrollo sostenible. Y esto ocurre porque el hombre es, en esencia, un ser paradójico y dual que lo mismo dice una cosa y hace lo contrario o viceversa. Por un lado queremos un mundo mejor, más justo y, por otro nos encargamos de que no sea así. Buscamos la comodidad en nuestro entorno: queremos electrodomésticos que nos hagan más fácil la vida, compramos coches que pesan más de 1.000 kilos para transportar a una persona que pesa 80, no nos gustan los atascos y exigimos buenas carreteras, vestir con ropas que en uno meses condenaremos al armario, utilizar el plástico para casi todo, queremos comida barata y en abundancia, no queremos pasar ni frío ni calor, nos gusta envolver los regalos, tener una nuevo mueble y un ipod… Lo queremos todo. Y sabemos, aunque no lo reconozcamos, que esto se consigue consumiendo mucha energía, derrochando agua y contaminando. Es decir, convirtiendo la tierra en un estercolero global que crece cada día más y en el que cabe de todo (residuos tóxicos, residuos radiactivos y desperdicios o mierda a secas).

Es paradójico que estemos continuamente aumentando la capacidad de producción en aras de un supuesto bienestar global cuando lo que realmente estamos haciendo es provocar que la Tierra enferme más rápidamente. Somos como el mal paciente al que el médico le diagnostica un problema de obesidad y aconseja moderación en el consumo de grasas y sigue comiendo carne roja todos los días.

La Tierra está muriendo poco a poco, a pesar de que haya voces que digan lo contrario afirmando que en realidad tiene cuerda para rato. De momento no hay una receta que la pueda curar. Muy pocos están dispuestos a sacrificar esa «comodidad»: Sólo se haría si todos estuviesen de acuerdo (bastante improbable porque todos tienen sus intereses y si es necesario comprarían su propio basurero) y se cumpliesen realmente todos esos protocolos que se firman con gran boato y foto de familia.

Lo que me sorprende del asunto, es que tendemos a pensar que el cambio climático y los graves problemas medioambientales a los que nos enfrentamos son culpa de los gobernantes y de un sistema económico que explota los recursos hasta agotarlos. Parece que no queremos darnos cuenta de que pertenecemos a esos gobiernos que hemos votado, a esas empresas que contaminan y que nosotros somos gran parte del problema. Sólo tenemos que preguntarnos humildemente si como en las encuestas somos totalmente responsables, algo responsables, a veces, pocas o nunca. Y después el por qué. Entonaríamos el «mea culpa» si fuésemos medianamente objetivos.

Afortunadamente surgen iniciativas y medidas que intentan paliar el problema y que poco a poco van, como vacuna, inoculándose en la sociedad. Lo están haciendo los gobiernos, lo están haciendo las empresas y lo está haciendo mucha gente que realmente quiere dejar un mundo más limpio a las generaciones futuras.

Lo dijo Goethe (1749-1832) «No basta saber, se debe también aplicar. No es suficiente querer, se debe también hacer.» Yo, al menos, lo voy a intentar.

Todos somos culpables, todos somos inocentes. Os dejo un anuncio argentino que me ha gustado mucho y ha sido el origen del post de hoy.


martes, 10 de marzo de 2009

El viaje empresarial


Como iréis comprobando los que ocasionalmente leéis este blog, los temas que aquí se tratan son muy variopintos, aunque suelen predominar aquellos que tienen que ver con viajes, negocios y valores humanos; unas veces de forma separada y otras revueltos. Hoy toca uno de los que yo llamo revueltos. En post anteriores «El viaje el mejor aprendizaje experiencial» y «Decálogo para viajar» escribía algunas ideas sobre los viajes. Como muchas de esas reflexiones creo que pueden ser aplicadas al mundo empresarial, os dejo este post que no es más que el «Decálogo para viajar» dirigido al emprendedor que quiere comenzar su viaje empresarial.

Informarse sobre el lugar a visitar – Un conocimiento previo sobre el destino a visitar es fundamental para luego no llevarse una desilusión. Muchos viajeros quedan decepcionados porque tenían una información escasa o sólo habían analizado los aspectos más atractivos del viaje sin tener en cuenta que en el mundo todo se representa de forma dual. Lo mismo ocurre en los negocios. Se tiende a ver sólo la parte positiva y muchos empresas se crean por moda, capricho o por la promesa de altos beneficios. Como le decía el gato a Alicia en el libro Alicia en el país de las maravillas: « No importa donde vayas, sino sabes dónde ir.»

Viajar con un espíritu abierto – Una vez que se comienza el viaje, el empresario se dará cuenta de que por mucha información y planificación que haya realizado, el mundo, los negocios no son estáticos y que lo que imaginó no se ajusta a la realidad. Ni un viaje ni nada se puede planificar al milímetro aunque lo pensemos. Si hay que cambiar la ruta, aunque sea más larga o dificultosa se cambia; si hay que unirse a otros viajeros, si hay que cambiar el plan se hace. De buena gana, escuchando y aplicando las sugerencias e ideas que irán surgiendo en nuestro camino aunque no se ajusten al plan de viaje.

Viajar con humildad, con respeto – Decía Francisco de Quevedo que la soberbia nunca baja de donde sube pero siempre cae de donde subió. Hay empresarios que viajan por el al mercado con una actitud soberbia y como suele pasar, el tiempo les pone en su sitio. El viaje empresarial debe hacerse con humildad, con respeto; y ese respeto, debe ser por igual para los accionistas, los clientes, los empleados, los proveedores y la sociedad. Sólo así se disfrutará plenamente del viaje y se encontrará la colaboración necesaria en la gran aventura empresarial.

Evitar las comparaciones - No hay dos destinos iguales ni dos experiencias iguales. El viaje es lo que quiera o pueda uno hacer. En las empresas ocurre lo mismo. Aún tratándose del mismo sector o modelo de negocio es muy difícil replicar el éxito o la experiencia de otros. Aunque se dispusiese de los mismos recursos, misma demanda, o mismo entorno hay un factor que, como en los viajes es muy personal. Me refiero al plano emocional, donde los estímulos que se reciben conforman la esencia de la persona. Y esa esencia es lo que hace diferentes a las empresas. O como dice el refrán «Lo que natura no da Salamanca no presta»

Relacionarse con los habitantes del lugar - Hay una frase que me gusta mucho de Miguel de Cervantes: «El andar tierras y comunicarse con diversa gente hace a los hombres discretos.» En el viaje empresarial es necesario relacionarse y comunicarse con las personas que trabajan en el mismo sector, independientemente del cargo o posición que ocupen. Cómo en los viajes, el ser humano tiende a relacionarse únicamente con aquellos que considera «iguales o parecidos» dejando en el camino las opiniones, y sabiduría de gente que podría aportar conocimiento a la hora gestionar el negocio y discreción en su aplicación.

No idealizar el destino - Cuando todo transcurre según lo previsto se puede caer en un exceso de idealización, de optimismo al pensar que nos encontramos en un mercado perfecto que durará toda la vida. Eso pensaban los que crearon su inmobiliaria creyendo que «todo el monte era orégano» o los que invirtieron en cualquier proyecto que se apellidaba «puntocom»

Desarrollar el sentido del humor - Una de las cosas que se aprenden cuando se viaja es que muchas situaciones se arreglan y mejoran haciendo uso del sentido del humor. El humor, la risa y la sonrisa abren puertas al predisponer al interlocutor a que tenga una actitud positiva (siempre y cuando no te pases claro). El humor es energía y si se desarrolla, el viaje empresarial es más placentero aunque caigan chuzos de punta. Del empresario amargado, al final, huye todo el mundo.

Tomar precauciones - Cuando animo a realizar un viaje a alguien que no ha viajado mucho, o si lo ha hecho tiene cierto temor a la hora de ir a determinados lugares, me responde, la mayoría de las veces en tono de reproche lo siguiente: «Claro, pero es que tu has viajado mucho.» Contesto siempre con una doble respuesta: «No creas, menos de lo que quisiera» y «además por mucho que hayas viajado siempre eres un principiante en territorios desconocidos.» En ocasiones hay algo que afecta negativamente al viaje (problemas de salud, retrasos en los transportes, robos etcétera) pero si se toman las debidas precauciones las posibilidades de que esto curra se reducen. En los negocios ocurre lo mismo.

Mantener la calma en situaciones adversas - El famoso escritor y aventurero Antoine de Saint-Exupéry decía que si al franquear una montaña en la dirección de una estrella, el viajero se dejaba absorber demasiado por los problemas de la escalada, se arriesgaba a olvidar cual era la estrella que lo guiaba. En una sociedad cada día más débil, preparada para la satisfacción inmediata, las adversidades y la falta de determinación hacen fracasar al empresario que olvida cuales fueron los motivos para iniciar el negocio, perdiendo la ilusión y abandonando cuando surgen las primeras dificultades.

Desconectar de la vida habitual - Si los viajes son una excelente forma de desconectar de la vida habitual, en el viaje empresarial es imprescindible saber desconectar del negocio y dedicar tiempo a otras actividades y a relacionarse con otras personas. De lo contrario, el negocio puede convertirse en una prisión de la que es difícil escapar. Si el trabajo es una obsesión y no una pasión puede llegar a trastornar y aislar al viajero empresarial.

lunes, 9 de marzo de 2009

Artistas y consultoría

Hace años era muy habitual que las empresas contratasen una animación, un artista o un espectáculo con el fin de entretener, ambientar, atraer y divertir a los invitados en los eventos que realizaban. Un artista famoso, una animación sorprendente o un espectáculo de reconocido prestigio, eran suficientes para cubrir esos objetivos. Los tiempos están cambiando y la utilización de propuestas artísticas en los eventos no son una excepción. Están pasando de ser un recurso para «llenar un hueco» o «vestir» un evento a convertirse en una eficaz herramienta de comunicación con la que transmitir mensajes y explicar conceptos. El trabajo en equipo, la innovación, el esfuerzo o cualquier valor o idea que se quiera transmitir son puestos en escena a través de estas propuestas.

No se trata de hacer una simple representación que, más o menos, alcance el objetivo sino más bien se trata de integrar la acción en la estrategia de comunicación del evento: hay que tener en cuenta que esta manera de comunicar es muy bien recibida por los asistentes, no sólo por la puesta en escena sino porque aportan una visión diferente (y casi siempre amable) de mostrar el mensaje.

Para que sean efectivas hay que seguir el guión de las 5W y plantearse ¿por qué, cómo, cuando, cual y a quien? A partir de ahí sólo es cuestión de analizar, crear desarrollar ó como dicen los nuevos cocineros construir y deconstruir. Analizar el modelo de negocio del cliente, asesorarle en la solución e incluso rechazar su realización si no se cumple el objetivo. Las utilización de las artes escénicas como recurso de comunicación pueden aportar mucho valor a los eventos.

Para conseguirlo, se debe trabajar como en una consultoría, aplicando el rigor y el sentido común. Y para eso hay que invertir muchas horas y escuchar mucho al cliente. Por otro lado, hay que buscar y seleccionar a los mejores profesionales no sólo en los aspectos técnicos o artísticos sino también en otros como el grado de colaboración del artista, su implicación en la acción y sobre todo el compromiso para el cual han sido contratados.

Esto último solo se logra contactando con artistas y compañías que compartan esta filosofía y forma de entender los negocios. Aquellos que han comprendido que es el artista quien debe ponerse a disposición del evento y no el evento a disposición del artista.

Hace un mes, uno de nuestros directores de producción, Nicolás Cubelli, se desplazó a Londres para asistir a un Show Case donde se mostraron las últimas novedades artísticas para el mercado coporartivo. Vino entusiasmado. por lo que vió, pero sobre todo por las entrevistas que mantuvo con directores artísticos de varios lugares del mundo y, en especial, por la visión de compañías surgidas de las prestigiosas escuelas de circo de Quebec y Montreal.

Lo que más le gustó, fue la disposición y la actitud que mostraron para desarrollar nuevas propuestas y nuevas ideas para comunicar; una disposición para compartir metodologías de trabajo y conocimiento para llegar no sólo a la mente de las empresas sino también a su corazón. Han dejado de ser artistas para ser consultores artísticos que aportan un valor real a los eventos. Gente que comprende que las disciplinas artísticas son algo más que una representación escénica.

Os dejo un video en el que se resume alguna de las acciones de éxito que fueron posibles gracias a esa labor de consultoría realizada con los clientes y los artistas.



jueves, 5 de marzo de 2009

Coca-Cola: algo más que un refresco, algo más que una marca

¿Por qué estamos aquí? ¿Qué es lo que nos hace únicos? ¿Supone eso una gran diferencia? ¿A quién le importa? Eran preguntas que lanzaba Tom Peters, uno de los más controvertidos gurús del management en su libro, «El meollo del Branding». En sus páginas venía a decir, que en un mundo de superabundancia, en el que la calidad y los costes de los productos eran muy similares, la diferenciación como ventaja competitiva sería cada vez más difícil de conseguir: el consumidor tiene tantas posibilidades de escoger que tomará la decisión en función del poder que tenga la marca en la mente y corazón del consumidor. A partir de su teoría de «las 3 leyes físicas del marketing»: «beneficios patentes», «un motivo real para creer» y «una gran diferencia», Peters comentaba que la marca es lo que define a una empresa y que ésta no es solo la visión, la publicidad que vemos o su logotipo. Hablaba, más bien, de intangibles como la pasión, la historia que quiera contar, la causa por la cual está la empresa en el mercado. Es decir, de preguntas que se harían los consumidores: ¿Quienes son?, ¿Cuál es su historia?, ¿Por qué están aquí?, ¿Qué los hace únicos?, ¿Es una diferencia?, ¿Por qué debemos comprar? Aseguraba que las experiencias serían más importantes en el futuro que los productos.

Por ejemplo «El Bulli» no vende comidas sino experiencias, BMW no vende coches, vende experiencias, en el mundo de los eventos no se vende un acto social sino una experiencia. Y así un largo etcétera. Peters decía que las historias y experiencias serán más importantes en el futuro (es decir hoy) que los productos, porque la capacidad de transmitir emoción es lo más importante en un mundo dominado por la tecnología.

Así lo lleva haciendo desde hace décadas una de las compañías que más saben de esto: y lo han vuelto a hacer. La compañía de bebidas refrescantes más importante del mundo.

Coca-Cola acaba de lanzar en España una de las campañas más brillantes de los últimos tiempos que sin duda va a generar una gran repercusión social. Con el mensaje «Destapa la felicidad»

No es nuevo que en los anuncios de Coca-Cola, el optimismo y la felicidad estén presentes, -los consumidores asocian Coca-Cola a la felicidad-, lo que me parece genial es como consiguen que la marca trascienda al producto, que cree una conexión emocional con los consumidores a través de la reflexión.

En unos momentos en el que la situación económica es muy complicada han sido capaces de transmitir un mensaje de optimismo y de esperanza a la gente. El anuncio, que comenzó a emitirse la semana pasada se muestra la historia de un anciano que acude al encuentro de una recién nacida.

« ¿Qué le diría el hombre más viejo al bebé más joven?» Así comienza el anuncio que muestra la historia de una anciano que viaja al encuentro de una recién nacida. Durante 90 segundos, con una fuerte carga emotiva, el spot nos muestra las reflexiones que un anciano, dirige a la recién nacida. Son palabras sensatas, dichas con la ternura y sabiduría de quien siendo consciente de que se encuentra en la recta final de su vida, no por ello hay que dejar de buscar la felicidad. Palabras de quien ha visto ya casi todas las guerras, todas las crisis y todas las injusticias y sabe cómo funciona esto que llamamos mundo; palabras también de quien ha amado,reido, disfrutado de la amistad o de una puesta de sol.

Fantástica la frase «No te entretengas en tonterías, que las hay, y vete a buscar lo que te haga feliz»

Un buen y necesario anuncio que, como siempre, tendrá detractores que tacharan el anuncio de sensiblero, de oportunista, de jugar con los sentimientos de la gente; qué como pueden sacar un parto en un anuncio; que si son unos imperialistas etcétera. Los mismos que lloran viendo Bambi con sus hijos en el cine mientras se beben una Coca-Cola, los mismos que pueden ver un buen concierto de rock o una olimpiadas gracias al patrocinio de la marca, los mismos, en fin, que no entienden que para bien o para mal, Coca-Cola forma parte de sus vidas.

Han creado una conexión, un vínculo con la gente. Y eso lo saben hasta los que no consumen Coca-Cola o, como en mi caso, muy de vez en cuando.

Algo más que un refresco, algo más que una marca.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Se necesitan buenos agricultores

Los he visto aventar el cereal en los amarillos campos de Castilla, remover la tierra con la azada en los huertos de Galicia, hundirse cabizbajos en los arrozales de Vietnam, desbrozar con un machete las malas hierbas en Guatemala, subir los aperos a la camioneta después de una dura jornada en México, Turquía o Brasil, caminar con sacos por las carreteras indias. Los he visto en Europa, en la Ribera Mediterráneas, en la grandiosa América, en las tierras de África, en la enigmática Asia. ¡En tantos sitios! Son los agricultores.

Me han hablado sólo con la mirada, he sentido la aspereza de unas manos duras y callosas; de dedos gordos y uñas sucias; han desconfiado de mí y a la vez se han acercado. ¡Me han dicho tantas cosas con sus silencios y sus palabras!

Se están extinguiendo por aquello que llamamos progreso y que ha convertido su arte en industria. Paradojas de la vida, fueron ellos quienes posibilitaron una de las mayores transformaciones habidas en la historia de la humanidad: La agricultura. Fue hace muchos años, en el Neolítico. Se pasó de la caza y la recolección al cultivo; se paso del nomadismo al sedentarismo (origen de lo que hoy llamamos pueblos, comarcas, regiones o países) y todo lo que conlleva: reorganización de la sociedad, nuevas normas, autoprotección, división del trabajo, etcétera. Pero este no es un post para escribir sobre la evolución de la agricultura ni para valorar si son mejores unos métodos de cultivo u otros, ni siquiera para cuestionar la inmensa diferencia de precios que existe desde el origen al consumidor. Ese es un debate para otra ocasión.

Quiero hablar de aquellos agricultores que aman la tierra que la naturaleza, las circunstancias o la herencia les confió; de aquellos que se hicieron por vocación y que, cuando cultivan, no lo hacen pensando en la subvención sino en vivir dignamente del fruto de su trabajo. Personas que entienden que para recoger una cosecha hay que trabajar duro, que incluso cuando vienen mal dadas se pueden lamentar, pero vuelven a empezar porque están vinculados a la tierra, porque la aman y porque lo que más les satisface es poder mostrar el resultado de su trabajo y compartirlo, aún sabiendo que en muchos casos no es valorado. Gente que cuida la tierra, ecologistas convencidos para los que el medio ambiente es un todo.

A los agricultores, a los campesinos, a los labradores siempre se los ha relacionado con incultura y pobreza, con desden e indiferencia. Cierto, pero no lo es menos que esa situación tiene sus orígenes en la opresión que en forma de esclavitud, vasallaje y otras formas de explotación, les impidió acceder a riquezas, números, ciencias y letras. Aún así, creo que en su interior albergan una gran sabiduría.

Decía Melchor Gaspar de Jovellanos (1744-1811) que la agricultura es el arte que enseña la virtud al hombre y la base de la opulencia de las naciones. Estos hombres, de virtudes saben mucho. Posiblemente no sean expertos en protocolo ni en reglas de urbanidad. Muchos apenas sabrán leer, ni lo que significa marketing, ni management, ni briefing, ni casi todo lo acabado en «ing». Saben de su negocio: saben que para recoger primero hay que sembrar y que antes de esparcir la semilla hay que preparar el terreno; que para que germine ésta hay que abonar, regar y tener paciencia; que cuando brota el cultivo hay que cuidarlo con mimo y arrancar las malas hierbas; y que una vez haya crecido todavía hay que esperar el momento adecuado para recoger la cosecha. Estos procesos, los realizan en la más absoluta incertidumbre sin que se pueda asegurar el éxito final, a pesar de haber tomado todas las medidas para que no ocurra. La climatología en forma de sequía o exceso de lluvia, el granizo, el frío, el calor pueden acabar con todo el esfuerzo; la naturaleza en forma de plagas de insectos, roedores o bandadas de aves (que hacen un alto en su camino y que además no temen al espantapájaros) pueden devorar en minutos las ilusiones de muchos meses.

Si a esto le añadimos las decisiones que se toman en unos despachos -que no han visto ni en fotos porque precisamente están cuidando de sus cultivos- en los que cuando se habla de remolacha, de zanahorias, de ajos o avena se hace en el lenguaje de los índices «puntocomacerocuatro: en Chicago tenemos un problema» y la dureza de un trabajo que corta el cuerpo, destroza huesos y afea el cuerpo, la verdad es que no puedo sentir más que admiración por ellos.

Hoy en una reunión con la plantilla ponía a estos hombres de ejemplo. Les decía que teníamos que pensar y trabajar con la actitud del agricultor; que habíamos sembrado mucho, pero que el pedrisco (crisis) también no estaba dañando y que teníamos que seguir sembrando, bien desarrollando nuevos cultivos (productos), bien mejorando los que conocíamos: que de aquí en adelante tendríamos que acostumbrarnos a vivir con la incertidumbre de que nuestra seguridad laboral, como las cosechas, no están garantizadas; pero que trabajando, trabajando y trabajando tendríamos más posibilidades de conseguir el objetivo estratégico más razonable y alcanzable para los próximos años y que no es otro que sobrevivir y disfrutar con lo que hacemos.

Como decía Jovellanos la agricultura enseña la virtud al hombre. El testimonio de esas manos, de esos rostros nos la muestra cada día. En estos tiempos se necesitan buenos agricultores.
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martes, 3 de marzo de 2009

Dabbawallas: trabajo en equipo


Hace muchos años, cuando el mundo funcionaba a otra velocidad, era normal en Madrid que la gente fuese a comer a casa. No se estilaba tanto el menú del día (una veces por escasez económica; otras porque la incorporación de la mujer al trabajo no era muy habitual después del matrimonio) y la gente tenía tiempo para desplazarse hasta su domicilio y regresar por la tarde al trabajo. Los tiempos han cambiado y muy pocas personas tienen este privilegio. La ciudad se ha expandido y la distancia que debe recorrer un trabajador para acudir al centro de trabajo impide el desplazamiento al hogar.

En el post de ayer hablaba sobre como en Madrid, los restaurantes que sirven menús del día estaban perdiendo terreno frente a otras alternativas para el almuerzo. Una de ellas, era la posibilidad existente en numerosas empresas por la cual el trabajador podía llevarse la comida desde casa a la oficina. Son varias las ventajas que aporta la medida: ahorro económico importante, posibilidad de planificar y elegir el menú con el tiempo y comer de una forma, teóricamente más ordenada, al controlar los ingredientes utilizados. Como inconveniente: el tiempo de preparación de los alimentos y el cargar con la comida hasta el trabajo y la vuelta con el recipiente vacío. Siempre y cuando se sepa cocinar o alguien de la familia lo cocine.

En Bombay, estos inconvenientes lo solucionan los dabbawallas (personas que transportan cajas o comida). Con uno de los sistemas más simples y eficaces de distribución, este ejército de hombres reparte comida casera a más de 150.000 personas en la ciudad. El servicio tiene una antigüedad de más de 125 años y tiene su origen en la época del imperio británico cuando numerosos trabajadores en la construcción del ferrocarril preferían comer su propia comida que les era entregada en cahitas metálicas.

Básicamente el servicio consiste en lo siguiente: Los dabbawallas recogen la comida de los hogares (existe un recipiente metálico especial muy habitual en india parecido a una fiambrera que tiene varios compartimentos y actúa a modo de termo) y lo llevan a la estación de ferrocarril más cercana. Allí se clasifican a mano para su transporte al centro de Bombay y una vez allí se vuelven a clasificar y son entregadas a los clientes. Más tarde el servicio se invierte. Lo curioso del caso es que el extravío de envíos es irrelevante (uno por cada dieciséis millones). La clave, parece residir en los códigos de colores que se pintan en los recipientes que ofrecen a los dabbawallas toda la información que necesitan para hacer la entrega: de donde viene la comida, estaciones de salida y destino, zona de la oficina, edificio y piso en el que se encuentra el cliente.
Los dabbawallas han sobrevivido a la llegada de las cafeterías en las empresas, a los pequeños restaurantes, a los supermercados y a los innumerables puestos callejeros donde se puede comer por muy poco dinero.

La razón se encuentra en la estructura social de la India donde el concepto familiar está muy arraigado y la definición de roles muy definida, además de una multiculturalidad y prácticas religiosas diferentes que exigen dietas o alimentaciones especiales: es decir, a pesar de la pobreza, con la comida no se juega.

Otro de los factores de éxito es el precio del servicio (unos 3 euros) y el alto índice de satisfacción de los usuarios que hacen una excelente publicidad boca boca del servicio.

La organización cuenta con más de 5.000 repartidores comprometidos con su trabajo que reciben el mismo salario independientemente del trabajo que realicen. Se mueven en bicicletas, en carros, a pie, en los últimos vagones de los trenes y apenas se sirven de la tecnología para ello; aunque los nuevos tiempos les ha llevado a utilizar Internet y el teléfono móvil vía sms para atender los pedidos. Otras fuentes de ingresos provienen de la publicidad que se entrega junto a los recipientes y colaboran igualmente con las autoridades en distribuir consejos sanitarios.
Un modelo de negocio que depende prácticamente del compromiso de sus trabajadores, y que hoy es estudiado en numerosas escuelas de negocios como «caso de éxito» Un negocio que, a medio plazo, no parece que vaya a desaparecer. Un Soul Business

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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