sábado, 30 de mayo de 2009

Cuando te tomas un respiro

Me he pasado toda la tarde del sábado haciendo «números» y dándole al coco para corregir algunas previsiones, intentando dibujar diferentes escenarios de para los próximos meses. A pesar de ser bastante optimista y ver la botella siempre algo más de medio llena, he estado trabajando sobre escenarios pesimistas porque una cosa es creer en las posibilidades más o menos realistas de lo que pueda suceder y otra, muy diferente, convertir las previsiones en «Fantasías animadas de ayer y hoy presentan…»

La verdad es que uno puede volverse loco si considera todas las variables que afectan a un negocio. Llega un momento en el que si las analizas y relacionas con bastante profundidad demorando las decisiones, cuando estás preparado para tomar la decisión, esa que había pensado ya no vale (la culpa la tiene esa quinta velocidad a la que nos están, estamos acostumbrando) Es decir, justo cuando encuentras las respuestas cambian todas las preguntas como dijo no sé quién.

Se ha demostrado que el modelo de negocio o proyección «El papel lo aguanta todo» rara vez funciona; tampoco el modelo «bytes» en el que sesudas máquinas te cuentan como va a ser el futuro según los datos que introduzcas y que a veces toman las decisiones por nosotros; y aún menos el conocido y «fashion» modelo «analista de salón»: que básicamente consiste en que unos tipos profetizan sobre algo y todo el mundo planifica y ejecuta sus decisiones, basándose en las peroratas que sueltan: da lo mismo si aciertan o se equivocan, porque ellos siempre ganan. Creo que la razón de que estos modelos hagan agua, es que no contemplan la dimensión humana y emocional de los negocios y obvian que, mientras no se demuestre lo contrario, las organizaciones las mueven las personas y que son éstas, quienes tienen al final la clave para que los «Business» funcionen. Esta dimensión no afecta únicamente a la propia empresa donde uno trabaje sino que se extiende e interrelaciona, como ocurre con la World Wide Web, con todas las organizaciones que enlazan con ella (clientes, colaboradores, proveedores, organismos oficiales etcétera). Un lío gordo.

Por eso, cuando he estado esta tarde trabajando y reflexionando sobre ello, ha llegado un momento en el que, agotado por la búsqueda de mis propias respuestas, me he cuestionado si merecía la pena analizar absolutamente todos los comportamientos o conductas de cada parte, las posibilidades, las incertidumbres, o si debía tomarme un respiro para tener perspectiva y, al menos, obtener una visión de conjunto que me permitiese, de forma coordinada aunar pistas para la toma de decisiones. Total que me dicho a relajarse tocan y, francamente, me ha venido muy bien porque el ir tan deprisa, perseguir la solución perfecta (que nunca existirá o será fugaz) y dedicar más tiempo del necesario al trabajo no es nada bueno y lo único que consigues es meterte en una dinámica absurda que te puede llevar a ser un auto esclavo laboral cuando sabes que no todo depende de ti y tu no eres paladín de nada ni nadie.

Así que he estado viajando con la imaginación, rememorando aquellos rincones que ya visité (el trabajo de campo para los siguientes lo comienzo la semana que viene). He recordado sonrisas, me he vuelto a mojar bajo una gran tormenta y a cometer mil equivocaciones; he paseado entre multitudes y me he sentado al borde del mar… y porque ayer Leo Harlem, en su nuevo monólogo hablaba de la India y del Ganges he viajado hasta allí y me he dado un paseo en barca por el río más sagrado de India.

Al final, después de ese respiro, creo haber encontrado dos o tres ideas buenas que veremos si son aceptadas y asumidas y que considero que pueden funcionar.

Os dejo un extracto de Soul India y un video que he encontrado de una canción que me encanta de Prem Joshua y Manish Vyas con imágenes del Ganges. Está bien para tomarse un respiro.

Remando en el Ganges

A pesar de la atracción espiritual que causaba el Ganges, de los beneficios que producían los baños, y de la oportunidad de purificarme, fui incapaz de sumergirme en sus aguas. No tenía ni el valor ni la fe suficiente para hundirme en unas aguas que desconocía que podían contener, que ocultaban bajo su superficie restos de media India: agua, que en algunas zonas, era estanque de enfermedad donde anidaban la infección y la muerte.

Clareaba el día, y los barqueros deambulaban por las escalinatas de los Ghats en busca de unos clientes, que en esos momentos se encontraban consumando sus abluciones. Uno de ellos, se enfiló hacia mí y, después de negociar durante más de media hora el recorrido y la duración, acordamos un precio que, aunque alto, era razonable. Navegamos por espacio de una hora y media, remando hacia el sur. Partimos del Lalita ghat. Nuestro destino era el Asia ghat regresando por el centro del Ganges para finalizar en Kedara ghat, donde yo desembarcaría y el barquero proseguiría su singladura hasta nuestro punto de partida.

El Ganges, con sus opacas aguas, rechazaban los primeros rayos de sol manteniéndose gris, imperturbable a las paladas que daba un barquero que de vez en cuando interrumpía su esfuerzo para secarse el sudor. La corriente era ola que susurraba a la ciudad, en tanto que las abluciones eran murmullo que hacía eco en los palacios y templos de cada ghat. Los desvencijados palacios —que estoy seguro nunca fueron nuevos— asomaban a la orilla simulando ser fortaleza de una ciudad tan vieja como la historia, tan vieja como el mundo. Había un ghat, no recuerdo el nombre, donde se hacia una enorme colada, y la ropa y sábanas de matrimonio, se tendían en unas escalinatas quemadas por el sol. Era una travesía de música lenta, donde el imaginario sitar y la flauta que en esos momentos pensaba, ambientaban un decorado de imágenes nostálgicas que nunca antes había vivido.

El barquero inmovilizó la embarcación. Me pidió un cigarro, y fumamos en un silencio inflado de bocanadas largas, de miradas hacia al agua, de miradas hacia nada. Le pedí los remos y durante unos metros bogué por el Ganges, sufriendo en las manos el tacto de una madera astillada que hinchaba mi piel en pequeñas ampollas. El escozor me obligó a devolver los remos y a continuar el resto del paseo soplándome las manos para aliviar un picor que se había hecho molesto.

Desembarqué en el puerto de la lepra, donde los muñones demandaban una limosna que no podían recoger. Los más afortunados, los que aún tenían manos, recontaban los granos de arroz que los peregrinos depositaban en sus palmas; granos que de forma comunal almacenaban en pequeños sacos. Ese día podrían alimentarse, distraer a un estómago que, de no comer, era casi espalda. Estuve tentado de utilizar mi cámara, pero yo no había viajado a la India para retratar la miseria: solo la vida…


viernes, 29 de mayo de 2009

Somehow, someday, somewhere…

Una de los musicales más famosos de la historia es West Side Story. La obra es una adaptación de el clásico Romeo y Julieta de William Shakespeare. El argumento, ambientado en las calles de Nueva York cuenta la historia de Tony y María, dos jóvenes neoyorkinos que pertenecen a bandas rivales e irreconciliables, que por esas cosas que tiene el destino o las feromonas se enamoran. Su amor es imposible, porque las dos bandas son aficionadas a darse estopa sin más motivo que el odio que se profesan. En esas circunstancias, la relación no sólo no tiene ningún futuro sino que complica más las cosas a los dos tortolitos. A pesar de ser concientes del inminente fracaso, luchan por la relación ella y mantienen la esperanza de que de algún modo, algún día y en algún lugar podrán realizar sus sueños.

La vida no es un musical, pero en ocasiones nos pone a prueba como está sucediendo en estos tiempos revueltos. Depende de con quien hables, lo que leas, o lo que veas en los ámbitos sociales o laborales te encontrarás con muy pocos que vean la botella medio llena y si muchos con la botella no ya medio vacía sino tiritando. Ese pesimismo se contagia atenazando más, si cabe, a una sociedad que como los protagonistas del musical, se saben abocados al fracaso.

Lo estamos pasando mal todos. Creo que, en mayor o menor medida, todo el mundo está tomando decisiones para paliar los efectos de una situación que nos está agotando y que si somos pesimistas acabará con nosotros. Por eso, canciones como «Somewhere» de West Side Story son muy motivadoras porque habla de esperanza bien para nosotros, bien para los que vengan después de nosotros. Os dejo la letra y un video de la canción. Feliz fin de Semana.


Hay un lugar para nosotros
en algún lugar, un sitio para nosotros

Paz, quietud y cielos abiertos
nos esperan en algún lugar

Hay un tiempo para nosotros
algún dia, un tiempo para nosotros

Tiempo para estar juntos y tiempo de sobra

Tiempo para observar; tiempo para cuidarnos

Algún dia, en alguna parte

Encontraremos una nueva forma de vivir

Encontraremos una forma de perdonar en algún lugar


Hay un sitio para nosotros
en algún lugar, un sitio para nosotros

Tiempo para estar juntos, tiempos de sobra

Tiempo para vernos, tiempo para cuidarnos

Algún dia, en algún lugar
encontraremos un modo de vivir
encontraremos un modo de perdonar

En alguna parte

Toma mi mano y yo te llevaré allí
de algún modo, algún dia, en algún lugar...

Somehow, someday, somewhere...


jueves, 28 de mayo de 2009

Soy del Madrid ¡Visca el Barça!

En todas las familias se cuentan anécdotas de cuando éramos niños. Cada uno de nosotros hemos sido protagonistas alguna vez de ellas. Sirven para animar las conversaciones que decaen o para hacer replica de otras en las que se cuentan las de los presentes (preferentemente al finalizar una celebración, ya sea en Navidad o a los postres de cualquier otra reunión familiar) que se convierten en crónicas históricas por si algún día alguien escribe tu biografía. El caso es que se repiten y se repiten con gran alborozo por tu tribu, dejando indiferente, como es normal y natural, al resto de los mortales que deben escuchar y después asentir ante las ingeniosas o divertidas historias que los narradores creen estar relatando y que no se convierten en leyenda urbana porque, gracias a Dios o a la discreción, no transcienden del ámbito doméstico. Como digo, cada uno tendríamos como para llenar, al menos, dos páginas. Pueden ser eso que llamamos ocurrencias del niño, chispa, o un tuvo mucha gracia cuando…

Mi familia me recuerda una, que a estas alturas del partido, he dejado de justificar e intentar explicar cuales fueron los motivos que una noche con ocho, nueve o diez años, me llevaron a llorar y enrabietarme por la derrota del Real Madrid ante el Barcelona; pero como sois nuevos y habéis aterrizado aquí, pues yo lo cuento; y algún familiar que suele venir por Soul Business, también tendrá otra versión de los hechos o conocerá la mía.

No lloré por la derrota, sino por el vacile general de mi padre, algún hermano, hermana, tío, tía primo y prima a los que el fútbol les daba lo mismo, pero que durante el partido me habían estado observando o provocando para que entrase al trapo cual morlaco y torearme mentalmente: lo consiguieron; y si no muerto, que tampoco era para tanto, me dejaron herido al menos durante unas semanas. Tampoco me dejó ningún trauma y además como siempre he tenido la práctica (que no la teoría) de diferenciar lo que es importante de lo que no es, pues que siga la leyenda.

Hoy ha ganado el Barcelona la copa de Europa y, a priori, a mi lado pragmático le daba un poco lo mismo quien ganase. Para uno, seguidor del Real Madrid, que el Barca hiciese triplete o que el Manchester ganase (Ferguson no se caracteriza por el amor al club blanco) le daba lo mismo. No entro en debates si jugaba un equipo español o no, ni hago caso de los comentarios de unos y otros. Me gusta el fútbol y punto; pero, como digo, no entró en valoraciones ni me decanto por un equipo porque sí. Sin embargo, hay gente que entiende que debes tomar una opción. Pongo un ejemplo.

Un amigo que es del Real Madrid me envió diez minutos antes de que empezase el partido un SMS diciendo: «Puta Barca, Puta Catalunya, ja ja ja»: Mi amigo, pero un imbécil. Con quien he visto el partido (otro vikingo y raulista) daba por supuesto que debía ir con el Barcelona porque le caía mal Ferguson y era un equipo español. En el minuto quince, creo, que ha entendido que no creo ni en nacionalismos ni en fobias raras ni tonterías. Me gusta el fútbol, siempre y cuando vea algo bonito (si es solo táctica y estrategia prefiero el ajedrez) y el equipo azulgrana ha demostrado que la eficacia y la belleza pueden estar unidas. Así que Olé, Olé y Olé por su triunfo y su triplete.

Para ver determinados partidos suelo quedar en un Pub Irlandés donde detrás de la barra no encontrarás ningún madridista. Y, además, te vacilan, de buen rollo eso si, sobre el estado del Real Madrid.

Hoy en un «fifty, fifty», el bar estaba lleno de seguidores, por filias y fobias, de los equipos finalistas con mi excepción y unos tíos que en ese berenjenal de ruido, humo y pasiones, hablaban (muy de escuela de negocios o libros técnicos) sobre capital humano, inversiones subyacentes, agilidad estructural (lo prometo) y cosas así. Cuando ha acabado el partido, todo el mundo ha aplaudido, o se ha callado resignado, menos un gilipollas que decía ser del Real Madrid y que vestía una camiseta del Manchester, que a gritos y canciones tipo «La Cabra» ha empezado a insultar al Campeón y soltar diferentes improperios sobre la españolidad del Barca, la hombría de los jugadores, la imposibilidad de que un madridista se alegrase del triunfo Catalán… retando chulo y desafiante al resto de la parroquia.

No soy de meterme en líos, pero al final mi amigo y yo hemos intervenido y le hemos dicho, en el mismo tono de voz (porque esta gentuza solo entiende el lenguaje de las voces) que estábamos orgullosos de que hubiese ganado el Barcelona. En el caso de mi amigo porque le gusta el buen fútbol y ama España, y en el mío porque me gusta el buen fútbol y porque, con tipos como este último (que se da muy a menudo en cualquier nacionalismo) me duele España, aunque también la ame.

Así que hoy, bobadas, nacionalismos, recuerdos e imbéciles aparte ¡Visca el Barca!

miércoles, 27 de mayo de 2009

La oración del turista


Existen muchas clases de turistas, diría que tantos como personas, pero por simplificar el asunto yo los divido en tres y que cual haga su resegmentación o minería de datos. A saber: Los que les gusta y les apasiona viajar, los que viajan pero no les gusta nada y una tercera a los que les gusta viajar pero se preocupan y analizan todo: les gusta, pero al mismo tiempo les encantaría estar de vuelta en casa. Son viajeros que «ni chicha ni limoná», van pero no saben muy bien a qué y cualquier inconveniente les perturba. Son los viajeros de manual. Buscan seguridades que en los viajes nunca están garantizadas y esperan que todo sea perfecto. Disfrutan con los viajes, pero también sufren. En el post ¿Quién tiene la verdad de los viajes? comentaba que cada cual experimentase el viaje como le pareciese. Y lo que voy a contar más abajo seguro que fue el resultado de una experiencia de este último tipo de viajeros/turistas que he mencionado.

Circulan muchas versiones sobre esta historia. Como creo que lo importante no es como apareció el documento sino el documento en sí, a continuación reproduzco un texto que me llegó a través de una persona cuya pasión es viajar:

Un guía que realizaba una visita a unos turistas por la ciudad de Londres mostró a los integrantes del grupo dos recortes de prensa. Uno de ellos aparecía en «The Times» y hacía referencia a una plegaria que se había hecho en una iglesia ortodoxa de Grecia. El escrito decía así:

«Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten compasión de las ciudades, las islas, las aldeas de nuestra patria, así como de los monasterios que son los más perjudicados por la ola turística. Concédenos una solución a este dramático problema y protege a nuestros hermanos que tienen que enfrentarse con e espíritu occidental contemporáneo.»

Como respuesta a esta oración, hubo alguien que respondió en la misma publicación:

¡Padre Celestial!, compadécete de nosotros tus humildes y obedientes siervos, turistas que estamos condenados a viajar por este planeta, tomando fotografías, enviando tarjetas por correo, comprando recuerdos y llevando ropa que no necesitamos.

Guíanos en la elección adecuada de hoteles. Haz posible que respeten nuestras reservas, que nuestras habitaciones estén bien arregladas y que haya un buen servicio en general. Permítenos poder seleccionar restaurantes que no sean costosos, que tengan buena comida y camareros corteses. Danos acierto al dar la propina correctamente. Perdónanos si damos poco debido a la ignorancia y si mucho por temor a equivocarnos.

Haz que los habitantes locales nos quieran por lo que somos y no por lo que podamos contribuir a su bienestar. Permítenos tener resistencia para poder visitar todos los museos, catedrales, palacios y castillos que los catálogos nos indican como dignos de ser visitados. Y si por casualidad dejamos de visitar alguno de ellos por dormir la siesta, ten compasión de nosotros por ese rango de debilidad.

(Esposos sólo)

Dios mío evita que nuestras esposas se afanen en ir de compras demasiado a menudo y no se dejen llevar por la tentación de «gangas» que no necesitamos y no podemos pagar…porque ellas no saben lo que hacen.

(Esposas sólo)

¡Señor Todopoderoso!, evita que nuestros esposos miren a las mujeres extranjeras y las comparen con nosotros, líbralos de que hagan el papel de tontos en cafés y clubes nocturnos y, sobre todo, no les perdones cuando se descarríen porque ellos si saben lo que hacen.

(Para los cónyuges al tiempo)

Y cuando nuestro viaje termine y lleguemos al hogar, concédenos el favor de encontrar a alguien que quiera escuchar el relato de nuestras andanzas, ver las películas y fotografías que hemos tomado…para que nuestra vida como turista no haya sido en vano.

Esto te lo rogamos en nombre de Conrad Hilton Melia, American Express, AMEN

martes, 26 de mayo de 2009

Los héroes de África

Ayer se conmemoró el «Día de África» en el mundo. Como suele ser habitual en esta clase de «special days» se organizan una serie de actos protocolarios y aquellos a los que les gusta salir en la foto, aparecen sonrientes diciendo esas frases políticamente correctas de que tenemos que ayudar al continente africano, pobrecitos, estamos haciendo lo imposible para solucionar la catástrofe y vamos a aumentar la cooperación etcétera. Declaraciones que luego se olvidan o aplazan porque siempre surgen otros días (Sida, cáncer, mujeres, infancia, hambre, naturaleza, violencia doméstica, de género o a secas que requieren su oratoria) o porque si se ponen a ello no llegan a la final de Roland Garrós, la de la Champions League, o la Cumbre Mundial de turno sobre cómo arreglar el mundo. Alguno de los que leáis esto, pensareis que no es como lo cuento y que exagero un poco, que hay voluntad y que los gobiernos trabajan a favor del desarrollo del continente africano y del bienestar de sus habitantes. No digo yo que os asista la razón, al menos en parte, pero a los hechos me remito. África siempre ha sido una «merienda de negros», y lo siento por quien me afee esta expresión, pero se refiere a un hecho y a una interpretación que, desde mi punto de vista, no tiene un ánimo racista y es coloquial y de uso común. África es, traducido, un jaleo de tres pares de narices desde hace siglos.

Si os gusta la literatura de viajes os recomiendo leer El Corazón de las Tinieblas de Joseph Conrad o Ébano del escritor polaco Ryszard Kapuscinski, o Un Arco Iris en la noche de Dominique Lapierre o si preferís, leed los libros de Javier Reverte que también describen muy bien lo que es África. En cualquiera de ellos, leyendo sus páginas se hace uno una idea de por qué África es lo que es. Y guerras tribales aparte, mucho de lo que es hoy África tiene que ver con la colonización europea y árabe (porque a África siempre la dieron por todos los lados) que acabaron por arruinar moral y económicamente a este continente que algunos llaman olvidado cuando, en realidad, es el continente explotado que en no pocas ocasiones hace de conejillo de indias del resto de la humanidad.

Por otro lado, según contrasto en varias fuentes más de 400 millones tienen dificultades para alimentarse y otros 50 millones desearían con todas sus fuerzas no ser a muy corto plazo futuros esqueletos. El agua potable no llega a más de 300 millones de habitantes de las áreas rurales; en las urbanas otros 300 carecen de servicios básicos de saneamiento. Por no hablar de los más de 200.000 niños que son utilizados como soldados, como esclavos o arrojados a la prostitución; o los cientos de miles de refugiados que vagan arrastrándose bajo el cielo de África o son emplazados en modernos e insalubres campos de concentración donde, al menos, pueden estar medio a salvo si les llega el 10% de la ayuda humanitaria que se envía; o los incontables muertos por malaria, sida, tuberculosis y otras enfermedades que rara vez salen en el telediario si no son cifras de más de tres ceros de golpe; o los asesinados y mutilados; o los presos políticos etcétera: Un panorama muy jodido y de difícil solución, porque además los gobernantes de muchos de los países que forman el continente no se caracterizan por el sentido común sino por la ambición, el compadreo y un desprecio brutal a los derechos humanos.

Según leo en El Mundo el estudio Social Watch comenta que a ese ritmo, por ejemplo, África subsahariana no alcanzará un nivel aceptable en educación, salud e igualdad hasta el año 2353, es decir, nunca.

Si el problema no se va a resolver hasta esa fecha apaga y vámonos.

Pero entre toda esta desolación hay hombres y mujeres que no necesitan celebrar el día de África porque todos los días entregan su trabajo, su vida y su alma a África. Tipos que se la juegan en esta zona caliente del mundo haciendo aquello que les llevó a abandonar su zona de comodidad y que hoy se dedican a ayudar a otros seres humanos aún sabiendo que su esfuerzo no cambiará mucho las cosas. Médicos, profesores, enfermeros, curas, monjas, arquitectos… que han entregado su corazón a África; gente buena y valiente que lo mismo ayudan a nacer que a morir con dignidad; a curar que a enseñar a pescar; a leer o a creer en la esperanza. En definitiva, gente que ayuda a vivir llevando consuelo, amor y comprensión a estos olvidados de la Tierra.

Por eso, el post de hoy va dedicado a todos ellos y a la inmensa labor que están realizando.

Nelson Mandela decía que soñaba un África en paz consigo misma.

Yo también

Os dejo un video que he encontrado y que es bastante reflexivo.


lunes, 25 de mayo de 2009

Si hacer justicia fuese tan fácil

No hay día en el que los medios de comunicación traten como contenido principal, en muchas ocasiones de una forma parcial, los juicios que se celebran en España o en otros lugares del mundo. Es curioso, pero dependiendo del partido que esté en el poder defenderán, más que informarán, una postura, bien como abogados de la causa, bien como fiscales. A mí, que opinen, escriban estudiados editoriales o columnas prejuzgando los hechos, me da un poco igual. Más que nada porque al ser humano le gusta hacer conjeturas, adornar las historias y, sobre todo, crucificar aunque no existan o sean confusas las pruebas del delito.

El problema es que estas aseveraciones que se realizan son transmitidas como un virus entre toda la población provocando juicios paralelos que en no pocas ocasiones acaban influyendo en la clase política, que a su vez se apresura a presionar al poder judicial para que las resoluciones de estos casos sean rápidas y, preferentemente, favorables a quien demanda tenga o no razón. Sé que el mundo judicial es complejísimo y que la interpretación de la ley que haga el juez de turno puede, como ocurre en el mundo del fútbol, ser errónea, pero también no es menos cierto que hay algo que no está funcionando bien en el sistema. Demasiada lentitud en unos casos, demasiada premura en otros; demasiadas sentencias desproporcionadas para bien y para mal; no sé, demasiada relativización…

Por otro lado, como es lógico y natural (aunque no sea lo correcto) los acusados y sus abogados no ayudan mucho en aclarar las situaciones montando quilombos cuando las cosas se ponen mal. Así, muchos inocentes han sido condenados y privados de su libertad y de su dignidad, mientras los verdaderos culpables brindaban a su salud. Insisto que desconozco casi todos los entresijos de ese apasionante mundo donde todo es lo que parece, y nada es lo que parece, siendo todo y nada lo que la conciencia, las leyes o Dios le dé a entender al juez.

Os preguntareis, o a lo mejor no, ¿a santo de qué? Os cuento esto. Pues bien, hace tiempo leí un cuento en Internet que lo copie y que habla de cómo ejercer justicia rápida y eficazmente. El método es ingenioso, pero me temo que ninguna de las partes implicadas estaría dispuesta a someterse a este tipo de justicia que lo único que pretende es la búsqueda de la verdad. Os dejo el cuento.

La prueba de la campana

Tras la denuncia de un robo, varios sospechosos fueron detenidos y sometidos a interrogatorios. Rechazaron unánimemente haberse involucrado en el caso y se declararon todos inocentes. Como no había pruebas, ni testigos que pudieran comprobar su culpabilidad, el juez iba a soltarlos cuando se le ocurrió una buena idea. Les dijo entonces a los detenidos:

—Fuera de la ciudad hay un templo budista famoso por su campana misteriosa. Fue obra de unos monjes muy inteligentes y es capaz de distinguir la verdad y la falsedad. Nunca ha fallado. Ahora veo que no tenemos más remedio que acudir a la sabiduría y la magia de nuestros antepasados para aclarar el caso.

Antes de salir, dispuso secretamente que se adelantara su ayudante para preparar la campana. Luego llevó a los presos al recinto sagrado. La campana mágica se encontraba en la parte posterior de la sala de los Reyes Celestiales. El juez hizo una reverencia solemne a la campana, tras lo cual ordenó a los presos ponerse de rodillas para rendirle el máximo respeto. Luego se dirigió a los presos.

—Para comprobar vuestra inocencia no tenéis más que entrar en la sala, poner la palma de la mano en la campana y decir mentalmente: «Yo no he robado.» Si realmente es así, la campana se mantendrá silenciosa. Pero si es mentira lo que decís, se oirá una fuerte resonancia, con lo que atestiguaremos vuestra culpabilidad. Ahora pasad uno a uno al interior de la sala y haced lo que os he dicho.

Los presos entraron individualmente para tocar la campana y jurar inocencia. Dentro de la sala había muy poca luz y no se veía muy bien la actuación de los detenidos.

Al cabo de un buen rato, salió el último preso, sin que la campana denunciadora sonara ninguna vez. Relajados y evidentemente satisfechos de la prueba, los presos esperaban que el juez los pusiera en la libertad. Sin embargo, el juez ordenó: ¡Enseñadme las manos!

Los presos le obedecieron sin saber el motivo. Allí comprobó el juez que todos tenían las manos manchadas de tinta negra, excepto uno que las tenía limpias. El juez lo señaló, afirmando con tono tajante: -¡Tú eres el ladrón! ¡Además, me has mentido!- El señalado trató de defenderse con una voz temblorosa: —No, señor, no... No he robado nunca.

El juez se echó a reír a carcajadas: —A decir verdad, la campana no sabe distinguir entre la verdad y la falsedad. Pero yo he dispuesto que la pintaran de tinta negra. Los que tuviesen la conciencia limpia, no tenía por qué temer, por lo que tranquilamente han puesto las dos manos en la campana para demostrar su inocencia. Sin embargo, tú, vergonzoso ladrón y mentiroso, no te has atrevido a tocar la campana por el temor a revelar tu vil condición. Por eso tienes las manos sin ninguna mancha negra.

Si hacer justicia fuese tan fácil

sábado, 23 de mayo de 2009

De gansos y cercanía

Lo he comentado otras veces: el estar cerca de la gente es necesario y ayuda. En esta semana, he tenido la oportunidad de comprobarlo al menos en cuatro ocasiones. La primera de ellas fue con mi amigo Luis con el que me estuve tomando unas cervezas y estuvimos hablando de lo humano, lo divino y de tonterías varias. Mi amigo Luis trabaja en una inmobiliaria que, como todas, lo está pasando mal. Cuando las cosas iban bien, todo el mundo estaba subido al carro del éxito, cuando han venido mal dadas y se han complicado las cosas, casi nadie ha estado dispuesto a ayudar para sobrellevar la situación. Él, sin embargo, sigue trabajando y ayudando prácticamente sin cobrar porque considera que debe estar cerca de su jefe en estos momentos. No es una cuestión de deuda de gratitud ni de que no pueda encontrar otras ocupación. Es una cuestión de honor porque considera que cuando uno se embarca en una travesía tiene que ser consciente de que algo puede fallar y mientras haya vida, hay esperanza y si puede ayudar a que la nave no se hunda, lo hará y seguirá remando.

La segunda, fue el miércoles pasado cuando me reuní con Antonio Mateo, uno de los tipos más imaginativos y positivos que uno se puede encontrar en el sector de viajes y eventos. Comentábamos lo difícil que es vender comunicación en vivo y experiencias en estos tiempos en los que muchas empresas están recortando gastos y despidiendo a la gente (aunque, paradojas de la vida, ahora es cuando los empleados y directivos necesitan más que se les transmita ilusión, energía y la necesidad de realizar un mayor esfuerzo…) Me gustó la actitud de Antonio cuando me dijo que ya casi no enviaba correos electrónicos a los clientes, sino que los llamaba (como se hacia antes de que apareciese Internet en nuestras vidas), y quedaba para comer o tomar un café simplemente por estar cerca de ellos, porque se sintiesen queridos, sabiendo, por supuesto que no iba a vender nada y tampoco era su intención: entendía, y así se lo pedía el cuerpo, lamente y el alma, que debía estar cerca de ellos.

La tercera, fue con Alfonso Mediero, el dueño de Partyson, una empresa de discotecas móviles, y sonido que comenzó siendo proveedor de nuestra empresa, luego cliente y, con el roce, amigo: «un tres en uno» que se agradece en el siempre competitivo y, a veces insano mundo empresarial . Me había llamado unas semanas antes, para comentarme que no dudase en ningún momento en llamarle si necesitábamos algo, que había confianza suficiente como para que le pidiésemos lo que fuera en las condiciones que necesitásemos. El estaba ahí para ayudar. Tomando un café ayer con él, no sólo le di las gracias y le comenté que podíamos crear algo juntos, sino que por supuesto, también nos poníamos a su disposición.

Estos tres ejemplos de cercanía son muy necesarios: dan fuerza, te mueven, te ayudan y acabas diciéndote «Pues no estamos tan mal.» Y es entonces, cuando sientes que con estos ejemplos, estas actitudes, tienes más ganas de seguir, de dar pasitos que te acerquen a las personas, a aquellas gente que lo está pasando mal y que, en definitiva, son las que siguen contribuyendo a mover las empresas y el mundo indepedendientemente del cargo, responsabilidad o tipo de profesión que ejerzan.

La cuarta, y última que ilustra este post ocurrió durante la presentación del libro «El alma de las organizaciones» del pensador español Javier Fernández Aguado, del cual se hablará seguramente y en breve en el blog de Francisco Alcaide (uno de los mejores blogs sobre organización empresarial y relaciones humanas que se pueden encontrar). Pues bien, en un salón de actos repleto, Fernández Aguado habló de lo importante que es la cercanía sin nombrarla, y de cómo su falta puede llevar a las empresas a perder su alma. Pero, esto, ya digo os lo contará con seguridad y estupendamente Francisco Alcaide.

Yo os dejo una presentación que me enviaron hace años y que la he utilizado en alguna ocasión con mi equipo en la que vereís como la cercanía conduce a conseguir los objetivos.

jueves, 21 de mayo de 2009

¿Hay alguien ahí?

Hace un par de semanas tuve un problema con la operadora telefónica con la que tengo contratada la línea telefónica y la de ADSL. Había hecho una reclamación vía Web sobre un servicio que consideraba me estaban cobrando por partida doble. Las respuestas, que empezaban con el consabido «Estimado Señor…», daban la sensación de estar medio programadas, como cuando consultas la ayuda de Microsoft y te sale el perrito o el clip que nunca responden a lo que tu querías saber y que pueden llegar a sacarte de quicio: no conozco a nadie que haya respondido que la ayuda le ha parecido útil cuando, desesperado, está dispuesto a abandonar y mandar al perrito a ese sitio que tiene ver mucho con el lugar donde acaba la espalda.

El caso es que después de varios pasos de muleta por parte del gerente de atención de no se qué gaitas (que poco menos me ponía de torpón profundo) conseguí que me diese una respuesta coherente gracias a que le dije que, como veía que era un experto en la materia, me aconsejase sobre cual solución elegiría si fuese yo y hubiese pedido exactamente lo que le estaba pidiendo). Después de darme su opinión y garantizarme que no me cortarían la línea durante la migración del nuevo servicio contratado, decidí aceptar su sugerencia. La sorpresa vino unos días después cuando al llegar a casa no tenía conexión a Internet. Llamé a la compañía y salió una voz metálica de mujer que me indicaba cual número marcar según el servicio que precisaba y al que, por supuesto, no le habían asignado el número; porque muchos servicios de atención al cliente en un «olvido tonto» no contemplan que el cliente quiera mentar o acordarse de la madre que parió a los responsables de la compañía. Lo curioso de todo esto es que después de pulsar todas las combinaciones y ser colgado sin contemplaciones por un «todos nuestros operadores, siguen ocupados, le rogamos que llame dentro de unos minutos» conseguí (no me digáis como) hablar con un operador que me indicó que hiciese la gestión por la página Web (recordad que no tenía acceso a Internet) quedándose tan tranquilo. Al final, después de hacerle razonar durante un buen rato, me remitió a otro teléfono con su correspondiente contestador que me toreo otro buen rato. Pero como el que la sigue la consigue, logré hablar con otra persona, que después de intentar mandarme de vuelta al primero, y cortésmente (hasta ese momento) explicarle que no, que me habían dicho que él lo solucionaría consiguió enmarronar a otra persona que, como si de un bucle se tratase, pretendía que volviese a marcar otro número. Tal debió ser la que monté que finalmente una responsable se puso al teléfono y deshaciéndose en disculpas me dio a entender que el servicio era una mierda, pero que no lo podía decir.

Y es que estamos perdiendo el norte con tanta idiotez enlatada. Hoy, llames a donde llames, te sale un contestador que, o te hace elegir entre varias posibilidades de servicio, departamentos o te suelta esa tontería de «si conoce la extensión márquela directamente.» quitándote las ganas de establecer cualquier tipo de relación con compañías que no sean capaces de poner una voz humana al otro lado de la línea.

Esto, supongo, estará muy estudiado y las empresas se ahorrarán un pastón en personal y en tiempo (el suyo) con tan maquiavélico invento, pero se pierde la esencia que creo debe tener cualquier negocio y que no es otro que la comunicación y confianza entre cliente y vendedor. Nuestros interlocutores, informadores y guías son máquinas: «Todos nuestros teléfonos…» «Ha elegido gasolina sin plomo» «su tabaco, gracias.» «Próxima estación…» casi todo ello en sus versiones oral y escrita. A mi esto, además de hacerme perder el tiempo y tener la sensación de que me están vacilando, me aburre muchísimo, y estoy convencido que al resto de los mortales también, incluidos aquellos que implantan este tipo de soluciones en sus empresas y que, paradojas de la vida, no se caracterizan por ser seguidores del santo Job pero que deben pensar que el resto sí lo somos.

En unos tiempos en los que la comunicación entre las personas debe ser lo más cercana, lo más calida posible, nos empeñamos en continuar programando la comunicación como si fuese posible parametrizar todas las preguntas, todas las respuestas, todos los estados de ánimos y todas las emociones. Nos estamos dejando automatizar y dentro de unos años no deberíamos extrañarnos si nos vemos en animada charla con el «dispositivo de gestión unipersonal» o algo así, que será como llamemos a un artilugio que será el encargado de dirigirnos y guiarnos en todas las gestiones que hagamos y al que pediremos consejo o charleta, cuando lo necesitemos. Y es que debemos ser conscientes de que estos sistemas de relaciones con los clientes todavía están en fase embrionaria, pero me da la sensación de que ya hay mentes trabajando en perfeccionar el sistema y «facilitarnos» las decisiones. Sus decisiones.

Somos muy tontos.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Los versos robados

Si yo pudiera…
coger el sol con la mano,
para que tú lo tuvieras…

Si yo pudiera…
prender una estrella de oro,
en tu oscura cabellera…

Si yo pudiera…
abrir camino en el viento,
para que tú lo corrieras…

Si yo pudiera…
robar silencio a la nieve,
para tus noches en vela…

Si yo pudiera…
de mi vida haría jirones
para que tú te vistieras…

Si yo pudiera…
de la noche haría días,
del invierno primavera…

Si yo pudiera…

María Teresa Fernández Rodríguez Dans

Una de mis hermanas ha salido del hospital después de mes y medio de lucha por vivir. La verdad es que quería brindarle un homenaje por el Valor, la Fe y la Esperanza (así con mayúsculas) que ha demostrado a lo largo de estos últimos años cuando le diagnosticaron una enfermedad que obligaba a un doble transplante - que llegó a última hora gracias a la generosidad de una familia que donó los órganos de un ser querido y que permitió que salvase más de cuatro vidas directamente, y muchas indirectamente- cuyo resultado, como la vida, era incierto.

Mi hermana se ha caracterizado por una fortaleza fuera de lo común a pesar de que su apariencia sea más bien delicada. Generosa y solidaría hasta unos extremos insospechados (también tiene un punto cascarrabias o protestón; eso sí pocas veces) es capaz de dar todo por amor. Y eso es lo que nos ha regalado: AMOR, en su sentido más amplio de la palabra. Recuerdo, uno de los días que estaba en la UCI y cuando las cosas se habían complicado un poco, me decía «vaya susto os habéis llevado, vaya faena os he hecho.» No se preocupaba tanto de su suerte sino del dolor que podíamos sentir los demás. Y eso, estaréis de acuerdo conmigo, dice mucho de la pasta que está hecha una persona.

Por eso, y porque creo que cualquiera de mis hermanos/as, cuñados/as, sobrinos/as (y esto no es lo mismo que decir ciudadanos/ciudadanas, médicos, médicas, jueces y juezas), amigos y familiares, suscribiríamos estos versos que habéis leído arriba y que le he robado por todo el morro, sin premeditación, pero con nocturnidad y alevosía a mi madre, que los escribió para ella. Son el mejor homenaje que le podía hacer a mi hermana.

Y es que, como le dije : «tu si nos has dado una lección de lo que es el Valor, la Fe y la Esperanza»

martes, 19 de mayo de 2009

Cuando la conciencia te pega un toque

Clasificando los archivos de un disco duro externo que tengo donde guardo retazos de mi vida profesional, me he ido encontrando con diferentes archivos en los que había borradores de trabajo, inocentes presentaciones en Power Point o Word que me servían de apoyo cuando visitaba a los clientes, las hojas de cálculo que diseñaba para hacer los presupuestos de viajes de incentivos, anotaciones e ideas que nunca salieron a la luz, proyectos que salieron, proyectos que no lo hicieron y chorradas varias. Entre todos esos bytes he encontrado alguno de los artículos que escribía en un pequeño Magazine que editábamos como encarte en el periódico Nexotur.


Por aquellos años, inicio del siglo XXI, me dedicaba a eso de las punto.com en un proyecto de distribución turística - que luego por aquello de que las burbujas se pinchan se fue al carajo – que recogía toda la cadena de valor del sector turístico y permitía la interrelación de todos sus integrantes. Nuestro modelo de negocio se basaba en un «B2B B2C» (qué curioso, estos términos casi han desaparecido de nuestras vidas) y nuestro principal público objetivo eran las agencias de viajes que según los estudios de mercado que realizábamos, eran el núcleo de la distribución turística (hoteles, mayoristas, compañías aéreas etcétera), aunque las estadísticas del Instituto de Estudios Turísticos cifraban en un 10% el número de consumidores que realizaban sus reservas a través de las agencias de viaje en España.

Bueno, por no enrollarme, el caso es que hoy releyendo uno de estos artículos que escribía dirigidos a los agentes de viajes – que eran bastante reacios al uso de las plataformas de Internet - no he podido ocultar una media sonrisa al pensar que eso que contaba años atrás, es lo que está sucediendo ahora: Velocidad, Información y conocimiento a toda leche, cambios en las estructuras sociales, vulnerabilidad personal, nuevas demandas, nuevas reglas etcétera. Pero esa sonrisa, que podía estar llena de autocomplacencia, de satisfacción por pensar que acerté en mis previsiones, se ha trocado en una mueca burlona alentada por una conciencia que me decía «Fernando, eso que escribiste, ya se escribió con otras palabras, en cualquier momento de la historia de la humanidad y se seguirá escribiendo con otras nuevas, así que de adivino y analista a largo plazo nada de nada.» Después de esta puntualización de mi conciencia no he podido más que romper en una espontánea carcajada. Y es que tenía toda la razón.

Os dejo el artículo aparecido en el periódico Nexotur.

¿Qué está pasando?

No sé si a ustedes les ocurre lo mismo que a mí. Muchas veces tengo la sensación de que el mundo va demasiado deprisa. Hemos pisado el acelerador de nuestras vidas, aumentando la velocidad sin posibilidad de dar marcha atrás. Es como si fuésemos por una autopista en la que todos los coches, incluido el nuestro, van por encima del límite y no podemos reducir porque podríamos causar problemas de circulación. Así son las cosas, debemos adaptarnos al ritmo que nos marcan y marcamos si no queremos salirnos de la vía trazada. Todo ello es consecuencia de vivir en la era de la información. Nunca como hasta ahora hemos tenido la posibilidad de acceder a toda la información, incluso hay un exceso que, paradojas de la vida, nos hace más fuertes y más vulnerables.

Las estructuras sociales y las escalas de valores se han ido modificando a medida que la información ha ido llegando a nosotros. La familia, como estructura está desapareciendo en favor del individuo que se integra en comunidades. Estamos cambiando nuestra forma de pensar y no nos conformamos con ajustarnos a los patrones establecidos. Queremos y necesitamos cada vez más procesar toda la información que nos llega, porque con ella tenemos un mayor poder de decisión y más opciones para nuestra vida. Esto que en teoría nos hace más fuertes, también nos convierte en seres más vulnerables, ya que por un lado somos esclavos de la información y por otro, podemos perder parte de nuestra privacidad, ya que la información sobre nosotros mismos, también esta disponible para otros. Las empresas turísticas deben comprender esto si quieren sobrevivir. Un consumidor no se conformará con que le ofrezcan un determinado producto. Va a querer un producto que se ajuste a su necesidad en cada momento. Lo que hoy le es válido, mañana no servirá, porque él actuará sobre la base de la información y la experiencia adquirida, y tampoco querrá productos estándar; querrá su producto. Tampoco se conformará con un único precio. Estará dispuesto a pagar por un mismo producto o servicio diferentes cantidades en función de su situación emocional, económica y de oportunidad. Las compras serán muy parecidas a las que se realizan en las lonjas de pescado, donde ofertantes y demandantes no conocen el precio hasta que se realiza la transacción. La forma de llegar a los consumidores también será distinta, no sólo en el mensaje sino en el canal y además para un mismo consumidor el mensaje será diferente según el canal. Habrá que tener en cuenta todas las variables, no solo el precio, que pueden influir en la decisión de compra y realizar análisis de comportamiento dinámico del consumidor que nos permitan llegar adecuadamente a él. Nos encontramos en una gran tela de araña, en la que lo importante no es que sea firme, sino que tengamos la capacidad de movernos por ella y no nos quedemos aislados o sin posibilidad de continuidad cuando se rompe o resquebraja por algún lado.

La tecnología y la información nos pueden ayudar a comprender mejor al consumidor, pero realmente lo que debemos comprender es que están ocurriendo cosas que están afectando a nuestras vidas, tanto desde el punto de vista personal, como profesional. Parémonos, por un momento, en la primera área de servicio y reflexionemos sobre ello. Observemos como son nuestros amigos, nuestra familia, nuestros compañeros, los niños... y llegaremos a la conclusión de que todos son diferentes, todos tienen un aspecto único. Nuestros clientes también son así. Pensar en ello, creo que es buen paso para afrontar cualquier situación de futuro. Apoyémonos en la información y continuemos con nuevas fuerzas por la autopista para llegar a nuestro destino.

Pues eso, que si cambiase información por conocimiento, comunidades por redes sociales etcétera y cambiase tres comas y dos puntos sobre las íes podría reutilizar este artículo varias veces.

lunes, 18 de mayo de 2009

Antigua: Museo y testigo de lo que fuimos


El domingo 17 de mayo se ha celebrado El Día Internacional de los Museos bajo el lema «Museos y turismo». Su objetivo era poner de manifiesto la importancia que pueden tener los museos en el desarrollo de un turismo cultural sostenible. Fue una jornada de puertas abiertas en las que se organizaron visitas guiadas, conferencias, talleres, exposiciones especiales y, además (no sé si en todos) la entrada era gratuita. La iniciativa, que este año celebra su 32 edición, provoca que se formen largas colas en los museos, y personas a los que el legado de nuestros antepasados se les trae al pairo, se acerquen a estos lugares donde podemos ver, aprender y reflexionar sobre aquellos que nos precedieron y nos dejaron como herencia su conocimiento y su arte, su personalidad y su forma de vivir.

A mi este tipo de días internacionales, a diferencia de otros que me parecen una memez, me parecen muy positivos, pero considero también que no debería ser un acto de un solo día, sino que debería ser promovido constantemente no sólo por las autoridades y organismos (sean competentes o no), y también en las escuelas. Tampoco estaría nada mal que los padres inculcasen a sus hijos la importancia de estos refugios de la memporia. Eso si, haciéndolo de una forma lo más objetiva posible y no cayendo en una visión tendenciosa o nacionalista de las cosas. Con ello, conseguiríamos comprender un poco mejor quienes y por qué somos: a todos nos iría mejor.
Museos y turismo es el lema de este año. Si hay una ciudad que aúna estas dos palabras es la ciudad de Antigua en Guatemala, Patrimonio de la Humanidad,y capital de la Audiencia de Guatemala en el valle de Panchoy en la colonización o dominación española, que llegó a convertirse durante más de dos siglos en el centro político y religioso de Centroamérica: en esa época un amplio territorio formado por la actual Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica además de, los ahora mexicanos, estados de Chiapas y Yucatán.


Esquematizando bastante su historia, sus orígenes los encontramos en la época de Pedro de Alvarado, quizá el más intrépido, osado y cruel de los conquistadores españoles al que se le iba la olla a menudo trató – de hecho, se le atribuye la culpabilidad del «pifostio» que se montó en la famosa «Noche Triste» donde a los españoles y a sus aliados tlaxcaletcas les dieron «pa´l pelo» y tuvieron que salir «por patas» - tanto en la victoria como en la derrota, inhumanamente a los indígenas a los que se enfrentó creando una animadversión y desconfianza que aún se anida en parte de la población.


La Corona Española, quiso poner fin a estos abusos creando un régimen jurídico específico de las Indias, en el que se defendía al indio y se hacia merecedor de un trato justo; pero por aquello de que el poder está lleno de ambigüedades (en realidad como ocurre ahora) y, en eso momentos nuestros reyes estaban metidos en otros fregados en Europa, hizo la vista gorda en numerosas ocasiones y la famosa frase del Poema del mío Cid «que buen vasallo si hubiese tenido buen señor» se repitió.
La iglesia católica, con una misión evangelizadora más política que religiosa (era un instrumento más de la corona para subyugar a los indígenas) sembró la ciudad de conventos e iglesias que hoy casi todas están en ruinas por el efecto de los diferentes terremotos y erupciones volcánicas que castigaron en varias ocasiones la ciudad, siendo abandonada en 1773 lo que motivo el traslado de la capital a la ciudad de Guatemala.
Todo esto, y más, se respira cuando paseas por sus adoquinadas calles, organizadas en cuadriculas que parten de norte a sur y de este a oeste del Parque Central, que en sus costados albergaba los símbolos del poder administrativo, eclesiástico y militar; una forma de urbanizar muy habitual en la América española en la que las clases sociales se distinguían por la cercanía de la vivienda al corazón de la ciudad. Pero también se respira la influencia española en la arquitectura de las casas y mansiones y en las costumbres y en la forma de vivir de sus habitantes que han adoptado alguna de las costumbres españolas incorporándolas para siempre a sus tradiciones.
Hoy, con esto del Día Internacional de los Museos, y porque Antigua vive del turismo y ofrece unas excelentes infraestructuras para el viajero, me he acordado de ella y, por momentos, he sentido una necesidad imperiosa de volver, aunque me esperan otros museos, otros pueblos y lugares que son testigos de nuestra historia.
Como digo, toda la ciudad es un museo vivo en el que el visitante verá reflejado en cada rincón la grandeza y la miseria de la Conquista Española. Si tenéis la oportunidad, no dejéis de visitarla porque, a través de sus museos, de sus monumentos y del ambiente que se respira en sus calles, comprenderéis un poco mejor la deuda que España contrajo con América y que desearía de todo corazón que empezásemos a pagar si no es con dinero (que lo despilfarramos y nos lo fundimos en extrañas aventuras bélicas o religiosas) al menos con un «bastante más» de respeto, de comprensión, de cariño y solidaridad.




sábado, 16 de mayo de 2009

Cuentos de las noches tristes: El malabarista y la luna

Todos los años, cuando los días comenzaban a alargarse, llegaba a la ciudad el viejo Circo de la Luna. El Circo de la Luna era un circo pequeño, viejo que algunos calificarían de vulgar. Muchos años atrás había sido un circo importante: La ciudad por la que pasaba se engalanaba de coloridos carteles en los que el dibujo de la cabeza de un payaso sonriente en primer plano, y tigres y elefantes y trapecistas en un segundo, invitaban a ver lo nunca visto en «El mayor espectáculo del mundo.» En sus mejores días contó con su propia orquesta, uniformados acomodadores y más de treinta atracciones, de las que quince eran números en los que exóticos animales obedecían o bailaban al escuchar la voz de su domador.

Sin embargo, los tiempos habían cambiado. Apenas eran diez los actos que componían la función. De animales sólo tres: Uno de perros equilibristas, otro de caballos bailarines y otro en el que dos enclenques leones que día tras día perdían su otrora áurea e imponente melena bostezaban más que rugían. No había dinero para alimentar a todas las fieras ni a los enormes elefantes ni a los temibles cocodrilos…así que todos los animales habían sido vendidos por muy poco dinero al Zoo de una gran ciudad.

El circo se instalaba en una pequeña plaza del barrio de las Luciérnagas, un humilde barrio situado a las afueras de la ciudad que era habitado en su mayoría, por trabajadores de la cercana fábrica de cemento que era el orgullo de la ciudad. Allí vivía Daniel con sus padres y sus cuatro hermanos.

Daniel era un niño de diez años, lleno de pecas, pelo de zanahoria peinado a flequillo y pizpiretas pupilas color marrón claro. A Daniel le encantaba el Circo de la Luna. Cuando se asomaba a la ventana de su casa y divisaba en la lejanía la hilera de camiones del viejo circo pintados con una gran luna en cuarto menguante acompañada de estrellas amarillas, su corazón latía muy deprisa. Desde que lo había visto por primera vez el año anterior no había pasado un día sin recordar lo mucho que se había divertido. Se había asombrado con los trucos de magia de Mister Kalim, un mago que hacia desaparecer a las personas; se había asustado con el triple salto mortal que hacían los hermanos Rossini, unos trapecistas que fueron unas famosas estrellas circenses que habían actuado en los más prestigiosos circos de Europa; se había partido de risa con las meteduras de pata de los payasos, e incluso se le había escapado una lágrima de emoción cuando Madame Leboeuf proyectaba sombras chinas sobre una pantalla. Pero nada de eso le había gustado tanto como el número del Señor Lavander, un malabarista capaz de tener cinco mazas en el aire mientras en su cabeza sostenía varios platos que se separaban por pequeños palos que se movían a una velocidad vertiginosa al tiempo que el volumen de la música (que ahora sonaba a través de altavoces) aumentaba añadiendo emoción a la actuación.

Le fascinaba ese número; era lo más difícil que había visto hacer en su vida. Tanto es así, que al finalizar la función se separó de sus padres y se dirigió al carromato donde el malabarista, en compañía de su esposa, vivía. Sólo pudo hablar con él unos minutos. Preocupados por su ausencia, los padres de Daniel habían movilizado a todo el personal del circo, y en menos de diez minutos lo encontraron sentado junto al malabarista bebiendo un reconfortante caldo de pollo. En ese breve tiempo, el Señor Lavander le explicó cómo hacía el número. Había que ensayar mucho, todos los días, no dejar de intentarlo si se caían las mazas y, sobre todo, no mirar cada movimiento de las mismas porque eso podía despistarle. Sólo fijar la vista en un punto. Si lo haces por la noche - le dijo-, deberás hacerlo mirando siempre a la luna que es el lugar más lejano al que ha llegado el hombre. Desde el inicio de los tiempos, el hombre ha perseguido el sueño de alcanzar la luna. Para conseguirlo han tenido que pasar miles de siglos pero al final lo ha conseguido porque no hay nada imposible. La luna te animará a continuar cuando se te caigan los platos, las mazas, las bolas y te desesperes pensando que nunca lo vas a conseguir. Te dará fuerza y te ayudara.

Desde entonces, no había día que Daniel no saliese a la puerta de su casa y ensayase con unos pequeños bolos de madera ligera que había cambiado por su preciada colección de cromos de futbolistas. Con los platos, esperaba comenzar a ensayar una vez que dominase la técnica de los bolos e hiciese algunas preguntas al Señor Lavander que le había dicho que el circo regresaría al año siguiente.

Ese fue un año de espera. Daniel contaba los días que faltaban para que el circo volviese a la ciudad. Era una espera ansiosa que solo calmaba cuando al anochecer sacaba sus desgastados bolos de madera y practicaba mirando a la luna. Pero como todas las esperas terminan, un día, ya entrada la primavera, el Circo de la Luna regresó.

Al día siguiente de la llegada del circo, cuando salió del colegió corrió apresuradamente los tres kilómetros de distancia que separaban la escuela de la plaza donde los operarios del circo se afanaban en montar una deslucida carpa de grandes rayas azules, llena de remendones que no eran más que las cicatrices que el tiempo había dejado en el alma del circo. El personal se movía deprisa, ignorando la presencia de Daniel que, nervioso, intentaba localizar el carromato donde había compartido unos minutos con la persona más fascinante que había conocido. Tras chocarse con más de una persona y casi morir del susto al doblar un camión y ver la jaula de los leones, avistó el carromato. Llamó, pero nadie respondió, volvió a llamar con más insistencia pero era evidente que no había nadie dentro. Intentó localizar al malabarista en todos los rincones del circo. Imposible. Además, nadie le hacía caso y las dos personas que se detuvieron ante su insistencia no le entendían: eran chinos o coreanos; él no distinguía. Decidió entonces aguardar en la puerta del carromato la llegada del Señor Lavander. Se sentó en las pequeñas escaleras de madera que daban acceso al mismo. Pasó el tiempo y nadie apareció. Poco a poco le entró una modorra que se convirtió en sueño. Una mano le despertó. Era la señora Lavander que le miraba con ojos llenos de ternura y que aún se acordaba de él. Ese pelo zanahoria y esos ojos eran inolvidables. Daniel se sobresaltó. Cuando fue capaz de articular palabra preguntó por el Señor Lavander. Los ojos de la señora Lavander se humedecieron, adquiriendo un brillo que reflejaba la nostalgia que surge cuando las lágrimas salen directamente del corazón.

—Sabía, que volverías —le dijo a Daniel. No llegó al invierno, ni siquiera pudo ver el color de las hojas en otoño, pero dejo algo para ti. Espera.

La Señora Lavander entró en el carromato y salió con una enorme caja sobre cuya superficie había un sobre pegado con celo próximo a amarillear. Entregó la caja a Daniel y se perdió en el interior del carromato cerrando la puerta sin más explicación. Desde fuera, Daniel escuchaba sollozos lejanos. Dudó si llamar a la puerta; pero su sentido común le dijo que era mejor no molestar a la señora Lavander ¡Tanto era su dolor!

Al llegar a su casa, apenas saludó a su madre que preparaba la cena en la cocina y se encerró en su habitación. Estaba excitadísimo. Lo primero que hizo fue abrir la caja y allí se encontró las usadas mazas, un juego de platos y los palillos. Después, abrió con cuidado el sobre y leyó:

«Para manejar los platos y los palillos lo único que tienes que hacer es ensayar y mirar a la luna.»

Dicen que cuando la luna está llena y de color naranaja es por que aquellas personas que persiguen un sueño lo han conseguido.

El esfuerzo, el fracaso como aprendizaje y la ilusión son tres de los factores que llevan a conseguir el éxito (entendiendo como tal la autosatisfacción personal con lo realizado) y a cumplir los sueños que como sabéis surgen siempre de los deseos. Cuando falta alguno de estos factores, podemos caer rápidamente en la desesperación. Es entonces, cuando tenemos que mirar a la luna, buscar una referencia que nos motive y nos recuerde que todos los sueños se pueden cumplir.

jueves, 14 de mayo de 2009

El viaje estimula la creatividad



En el post «El viaje, el mejor aprendizaje experiencial» comentaba que el viaje activaba los sentidos, lo que permitía, de alguna manera, conocernos mejor. En el post «El Creativo nace o se hace» afirmaba que cualquier persona puede ser creativa; las claves para desarrollarla eran tres: información, conocimiento y trabajo. Proponía al final una serie de técnicas para que ésta fluyera.

No me considero ni mejor ni peor creativo; de hecho, habrá al respecto división de opiniones entre la gente que me conoce; incluso, alguno no relacionaría el término creativo con mi persona ni «harto de vino.» Sin embargo, soy creativo, al igual que los ojos que en este momento están leyendo estas líneas. A todos se nos ocurren cosas, imaginamos y transformamos. De la nada no sale nada. Habrá gente que por una sensibilidad especial, o por esa activación de los sentidos de la que hablaba, tenga la capacidad de ser más brillante, de que las ideas fluyan rápida y continuamente de su cabeza (aunque yo creo que las ideas también brotan del corazón) pero insisto, todos, podemos ser creativos. Es cuestión de estimular los sentidos y trabajarlos jugando con la mente hasta que poco a poco nos liberemos de esas barreras internas que nosotros mismos nos inventamos.

El viaje puede ser uno de nuestros mejores aliados al poner nuestra mente, nuestro corazón y el alma en una fantástica disposición para desarrollar nuestra creatividad: Activamos los sentidos, nos informamos, interpretamos, conocemos, imaginamos; en definitiva jugamos con la mente.

Como ejemplo, os pongo un caso. En realidad es un ejercicio que suelo hacer cuando viajo y que me ayuda a desarrollar mi creatividad que, como he dicho, no es ni mejor ni peor. Es la mía. Os el capítulo del diario de viajes Soul India donde habló de estos juegos de la mente que me monto cuando viajo que estimulan mis sentidos, ponen a trabajar el cerebro y, de vez en cuando, me recompensan con una idea. Buena o mala pero creada por mi.
Mind Games

El fuerte Meherangarh, un fuerte que ignora la fuerza de la gravedad, es de los más ricos de Rajastán y solamente por las vistas y la conservación del mismo hay que pasarse unas horas en él.

A mí, las parrafadas que te sueltan en los sitios históricos me dejan generalmente frío. No por desinterés, sino porque se me hace difícil procesar fechas, acontecimientos y nombres que acaban en el olvido: me hago un lío. Las guías de viaje o los guías, muchas veces quitan todo el encanto de los monumentos al obligarte a memorizar la retahíla de algunos hechos que carecen de interés. ¿A alguien le importa si fue un trece de marzo del año mil y pico, el día que la marahajaní rodó escaleras abajo, se lastimó un pie y se hizo una brecha cuya sangre se puede apreciar en esa columna...? Además, la historia está adornada con mucha fantasía, por lo que me centro en aspectos prácticos, sucesos que realmente te ayuden a comprender las cosas. La historia no es un Trivial ni un antiguo examen de profesor limitado ni un barrer para casa todo el rato. De ahí, mi frialdad y desinterés hacia ese tratamiento frívolo de la historia que no aporta más que cifras y «batallas.»

Todo esto viene a cuento, de que cuando ya mis neuronas estaban para pocas, con tanta cifra, tanto nombre difícil de pronunciar y menos de recordar, le pegaba una vuelta de tuerca a mi cerebro y me ponía a jugar con la mente. Esto, que parece una idiotez, y en realidad lo es, es entretenidísimo y yo invito a cualquiera a practicarlo: el método es sencillo; las instrucciones las creas tú, siempre ganas y además es totalmente gratis. ¿Hay quien dé más? Es el juego de la imaginación histórica, un juego que admite infinitas combinaciones, cualquier estado de ánimo: el único y verdadero juego de rol.

Imaginaba, por ejemplo, como sería la vida en la época de mayor esplendor del fuerte Meherangarh y jugaba con la mente dibujando personajes, representando su vida y la mía y, por supuesto, poniendo música al asunto. Fantaseaba viviendo dentro del fuerte, y no solo siendo el maharajá, sino también un sirviente, un soldado, un músico... Sentía el frío, el dolor, cualquier sensación.

Esta es la ventaja de quienes intentamos ver el mundo desde cualquier ángulo, con lo cual siempre podemos disfrutar más de una vez las cosas. Y lo de ser dos personajes a la vez, nivel avanzado, ¡Eso ya es la bomba!

Ojala mi mente albergase un ordenador que pudiese procesar todo lo que veo para archivarlo adecuadamente y guardar las partidas de la vida. No sé si a otros les pasará lo mismo que a mí: ante las cosas bellas y hermosas que voy viendo —que son muchas—, nunca tengo el tiempo suficiente para saborearlas. Podría pasarme horas mirando un cuadro, una escultura, admirando un palacio o disfrutando del panorama que ofrece una ciudad desde una ventana, pero la urgencia del tiempo, muchas veces lo impide, teniendo que conformarme con una vista general que oculta los detalles, los sacrificios y los sueños de quien realizó la obra. Y hay tantas cosas para ver.

Los indios, por ejemplo, no entendían que me quedase clavado, boquiabierto, mirando una casa o viendo cómo holgazaneaba ó curraba —sí currar, que allí también se curra— la gente, o que no me centrase en lo más importante según sus criterios. Me regocijaba con cada cosa que veía y la hacía mía. Disfrutaba por igual de una obra de arte o de un monumento, que de la técnica comercial de una persona que mercadeaba verduras, o de un búfalo comiendo.

No sólo me pasa cuando viajo, me pasa en cualquier sitio. Para mí, es como si todo tuviera su propia vida. Una calle vacía al amanecer, para mí, tiene vida. No es solamente una calle, y cada edificio, cada rincón, la luz... son vida. Alguien puede pensar que estoy loco por esto que estoy escribiendo. Lo admito, es verdad, y no seré yo quien, en inútiles explicaciones, trate de justificarlo. Es así y punto; ó punto pelota —que parece más taxativo—: para mí, los paisajes, el entorno... tienen su significado; puedo pensar las cosas en varias dimensiones.

Al igual que en el fuerte, me imaginaba viviendo en la India como ellos, jugando a inventarme, a crearme. ¿Qué haría durante el día?, ¿cuál sería mi trabajo?, ¿quiénes mis amigos?, ¿cómo llegaría a fin de mes? Y aunque sabía que era absurdo, irreal, una fantasía de la mente y que no me acostumbraría a ello, me veía sentado en un banco o dentro de una tienda hablando con otros hombres y contando historias imposibles que nunca sucederían.

La mejor forma de saber si un sitio te gusta o no, es meditar en esto que estoy contando, y si uno es capaz de imaginarlo la respuesta sobra: la mejor manera de disfrutar un viaje es estar un poco loco.

¿Te gusta viajar?

miércoles, 13 de mayo de 2009

El sitio de mi recreo

Uno de los nombres que barajé cuando decidí escribir este blog fue «El sitio de mi recreo.» título de una de las más famosas canciones del músico madrileño Antonio Vega que falleció ayer en Madrid.

Los que pasáis por aquí de vez en cuando, observaréis que no se rige por una temática fija, sino que los temas van cambiando dependiendo de lo que me pida el cuerpo y/o el alma en el momento de empezar a escribir. He comentado que Soul Business es un espacio que me sirve como terapia personal y donde reflejo alguna de mis emociones y reflexiones; un lugar donde descanso de la actividad del día tanto en el plano profesional como en el social: El sitio de mi recreo. Pensé, ya digo, en utilizar ese nombre, pero renuncié al considerar que sólo él, tenía derecho a usarlo con toda la profundidad que encerraba el significado del título y las letras de sus canciones que en realidad eran todas «El sitio de su recreo.

Antonio Vega fue ese chico triste y solitario que buscaba refugio para huir de un mundo que le dolía. Unas veces lo buscó en la música componiendo algunas de las más bellas canciones del pop español de todos los tiempos; otras, se refugió en el mundo de las drogas que lo derrotaron siempre, añadiendo más dolor y fragilidad a un alma que a pesar de sentir como nadie las emociones humanas, el significado del amor y el deseo de vivir, se autodestruía en cada dosis.

Poseía un talento enorme y no sé si era mejor músico, escritor o poeta. Todo en él era sensibilidad. A través de sus canciones expresaba,- algunas con letras que merecerían por si mismas un libro de poesía - la amargura, la derrota, la nostalgia, el desamor, el dolor, las dudas, los miedos; pero también el deseo, la amistad, el compromiso y el amor.

Las últimas veces que lo vi en un escenario era un juguete roto, un ser demacrado y frágil que se aferraba a su guitarra como el náufrago a su balsa. Aunque su música siguiese emocionando, él no podía ocultar que veía próximo su final. Tenía planes, había vuelto a grabar, había hecho una gira con Nacha Pop y seguía tocando en varías salas; pero las drogas ya le habían matado años antes y lo único que hacia ahora era resistir.

Seguramente, en las próximas semanas se celebren varios homenajes - de las discográficas, de los que decían ser sus amigos, y de los que no siéndolo (por eso de salir en la foto) que ensalzarán su figura y comentarán lo bueno que había sido siempre, el gran talento que tenía y todo eso. Aparecerán libros, reediciones de sus discos, se harán encuestas sobre cual es su mejor canción, volverán «La chica de ayer», «Una décima de segundo», o «Lucha de gigantes.»

Y mi pregunta es ¿Dónde estuvieron todos esos cuando Antonio necesitó ayuda? Tuvieron la oportunidad de rescatarlo y no lo hicieron.

¡Qué raros son algunos lamentos!

martes, 12 de mayo de 2009

El fracaso de la vanidad

Hace ya bastante tiempo que se acabó la fiesta. Ya va para más de dos años que se acabó la época de bonanza económica; la del pelotazo rápido y la del buen rollito; la de cuerpos tuneados por el bisturí y bronceados en los yates; la de me duele la cara de ser tan guapo y Olé, España es la mejor. Nos habíamos dejado seducir por piropos internacionales, nos habíamos creído todo lo que nos decían y sacábamos pecho pensando que por fin nos habíamos quitado el estigma de país segundón y acomplejado, pendiente siempre de lo que se decía de nosotros en otros lugares. Bastaba una portada del New York Times, hablando de un cocinero o actor español para que todas las cadenas abriesen los telediarios hablando de lo importantes que éramos y lo que molábamos en el resto del Mundo. Si un deportista conseguía un triunfo o un equipo de fútbol ganaba la Champions todo era un Oé Oé Oé campeones Oé Oé. Cuando el crecimiento económico era unas décimas superiores a cualquier país del resto de Europa y era loado (de forma breve eso sí) por el Canciller alemán, el Primer Ministro Francés o el Presidente de la República de Togo (al que no conocen, ni yo tampoco, la mayoría de los españoles), automáticamente convertíamos sus declaraciones en expertas y autorizadas voces de eso que se llama economía internacional, sin tener mucho en cuenta lo que tanto expertos, como todo cristo veía venir. Es decir: que esto no podía durar siempre.

Un poco de orgullo por los éxitos de otros compatriotas, o una lisonja, venga de donde venga, no está mal: puede ser hasta inspiradora y motivadora. El problema es que nos hemos henchido de vanidad mal entendida. Nos hemos creído los reyes del mambo pensando que la música no iba a parar, y cuando lo ha hecho, nos hemos apresurado a echarle la culpa al boggie como cantaban los Jackson Five.

Cuanta más jactancia albergue nuestro carácter, más difícil será afrontar una situación adversa como le ocurre a mucha gente hoy: que parecen haber entrado en una depresión, en una desidia que les paraliza e impide actuar. La vanidad vive puerta con puerta con el fracaso y una vez que se traspasa ese umbral se complica mucho la salida porque la cura se llama humildad y no todo el mundo acepta el tratamiento.
En alguna de las charlas que tengo con mi equipo, les recuerdo que hay muchas formas de que una empresa fracase, pero que hay una que irremediablemente puede precipitar los acontecimientos: es la jactancia, el pavonearse de los éxitos, el creerse los mejores y acomodarse en la rutina que produce la seguridad del halago y la certeza absurda de que nuestra fortuna será eterna y que el camino está hecho. Celebrar el éxito sí, vivir de él no; sentirse orgulloso del trabajo sí, presumir no. Y siempre luchar hasta el final. El futuro, les digo, se lo hace uno con sus hechos, no con palabras y pensamientos, porque si no les puede pasar lo que al príncipe del cuento que viene a continuación que su vanidad le llevó al fracaso al desprecio y la vergüenza, que son el peor castigo del vanidoso.

Una antigua historia china cuenta el caso de un príncipe que era extraordinariamente aficionado al arte de la arquería. La verdad es que, como era de débil complexión, tenía que servirse de un arco de peso ligero y que, por tanto, no tenía capacidad para lanzar las flechas a distancias muy largas. Sin embargo, el príncipe estaba muy satisfecho con su arco y la potencia que con el mismo podía desarrollar. Aunque el arco era fácilmente sostenible, los consejeros lo cogían y simulaban que pesaba tanto que sólo los «fornidos» brazos del príncipe podían sostenerlo y tensarlo.
Cada vez que el príncipe disparaba con el arco, le decían:

— ¡Fabuloso! ¡Qué destreza, qué potencia! Y nosotros ni siquiera podemos sostener tan pesado arco.

El príncipe no cabía en sí de satisfacción. Estaba convencido de que sólo él podía sostener el arco, y que mediante su fortaleza y habilidad lograba proyectar la flecha a considerable distancia. Y en ese engaño vivió durante años... Pero un día recibió una invitación para participar en un torneo de tiro con arco que llevarían a cabo los príncipes de varios reinos. Los consejeros hicieron todo lo posible para conseguir que el príncipe desistiera de acudir a la competición. Pero el arrogante príncipe aseguró que iría y asombraría a todos con su inigualable destreza.

Llegó el día de la competición. El príncipe estaba realmente exultante. La diana había sido situada a una buena distancia. Todos lo príncipes, con mejor o peor puntería, lograron que sus flechas llegaran hasta el área de la diana. Llegó el momento crucial para el príncipe bobo. Se pavoneaba descaradamente manejando con soltura su muy «pesado» arco. Tensó el arco, disparó y la flecha no alcanzó más que medio recorrido. Avergonzado y a la vez irritado, lo intentó de nuevo y nuevamente la flecha sólo alcanzó medio recorrido, ante las risas y burlas de los presentes.

lunes, 11 de mayo de 2009

Negocios que no deberían morir: Mercados de barrio


Los sábados por la mañana acostumbro a hacer la compra en un mercado de barrio. Cerca de mi casa hay tres, así que elijo un poco en función de lo que tenga en mente comprar, de la hora a la que vaya, de las ganas que tenga de pasear y del tiempo que prevea que me llevará cocinar. Me encanta pasear entre los puestos, pararme a observar con detenimiento los puestos de verdura, de frutas, la pescadería, la carnicería…Dar varias vueltas hasta decidirme a «pedir la vez» pero, sobre todo, ver cómo los vendedores despachan y sirven el género.

Mientras se espera turno, rodeado de otros clientes, uno se da cuenta de que en estos mercados todavía el hombre se preocupa del hombre. Son lugares donde las relaciones no consisten en unos asépticos buenos días o una sonrisa forzada. Entre el vendedor y el comprador se establece un diálogo al que, en ocasiones, se suma el resto de parroquianos. Si uno se encuentra en la pescadería un « ¿Cómo preparo la merluza, le dejo la espina?» puede desembocar en un entretenido debate culinario sobre cual es la mejor forma de cocinarla; Un «Llévese estos mejillones que son excepcionales» provocará que más de uno se apunte a la sugerencia; en la frutería se oirá un «póngame dos kilos de manzanas de las del otro día, que eran buenísimas, uno de melocotones y cuatro plátanos no muy verdes» y el frutero pesará diligentemente añadiendo «¿alguna cosita mas?» y un manojo de perejil de regalo porque sabe que a Doña Pura le gusta mucho echarlo en sus guisos; si en la carnicería será el carnicero quien tenga reservado ya el corte de la ternera porque sabe que los Martínez todos los sábados comen filetes y la señora Martínez se encargó de llamar a primera hora de la mañana. Ahora es Natalia, su hija, quien paga y recoge el paquete despidiéndose con un adiós Don Julián mientras la mujer de éste comenta con todos los presentes lo alta y guapa que está la niña.

En estos mercados, en cada transacción se habla de la vida, de la salud, de la familia: se conocen de toda la vida. Han visto el paso de varias generaciones; han sido testigos de las alegrías y desgracias de sus clientes, les han reconfortado y ofrecido su cariño, fiado cuando los tiempos achuchan con un «ya me lo pagará mañana mujer.»; han sido compañeros estableciendo una relación que va más allá de lo profesional.

Cada vez que me adentro en uno de estos mercados es como si fuese a un curso de formación que me recuerda lo que importante que es el esfuerzo, el aprendizaje, la pasión y la voluntad servicio en todo lo que se hace. Nadie me lo dice, pero yo lo entiendo cuando me fijo en los vendedores mostrando esas manos anchurosas, curtidas por cortes y continuos rasguños que son el resultado de la dureza de una vida que no regala nada; cuando veo al aprendiz (generalmente un jovencito de no más de 18 años y que ahora suele ser hispanoamericano porque el español pasa bastante) observar a su patrón con devoción y respeto pensando que un día el podrá ser como él, pienso que ese chaval saldrá adelante; cuando les veo presumir de mercancía y tratarla con mimo pienso que si no tenían vocación por su oficio, la adquirieron cuando aceptaron su destino y en lugar de quejarse aprendieron a disfrutar con lo que hacían; y pienso, como no, en ese espíritu de servicio, en esa charla calida, en esos consejos que ofrece sin exigirte que vuelvas pero deseando que lo hagas para convertirse en un fiel comprador y en un amigo.

Y es una pena, pero estos mercados donde todos los días suceden historias, se cruzan conversaciones, se mezclan olores, se regalan sonrisas y te acercan más a tus semejantes se están muriendo, o los estamos dejando morir. Cuando deambulo por alguno de sus pasillos y veo algunos cierres echados me invade una profunda tristeza, como si parte de lo que fuimos y somos desapareciese, como si todo el esfuerzo realizado no hubiese servido para nada.

Las razones, muchas, las de siempre: hijos que no quieren seguir en el negocio familiar; envejecimiento y muerte de la clientela habitual (los hijos cambiaron de barrio); la presión de las grandes superficies (que ofrecen más variedad global, más comodidad y, raras veces, mejores precios si hablamos en términos de calidad de productos perecederos); intereses municipales o inmobiliarios que persiguen lucrarse vendiendo el solar… Es decir todos tenemos nuestra parte de responsabilidad en su muerte y abandono.

Y para mi, estos mercados, deberían ser por lo expuesto Patrimonio de la Humanidad.



domingo, 10 de mayo de 2009

De viajeros étnicos, turistadas y negocio.


El año pasado por estas fechas, los medios de comunicación se hicieron eco de una noticia que aseguraba que la Fundación Nacional del Indio de Brasil (FUNAI) había descubierto una tribu desconocida cerca de la frontera de Perú. Como testimonio gráfico, se mostraban varias imágenes, tomadas desde un helicóptero, en la que un grupo de personas, vestidas con taparrabos, caras y cuerpos pintarrajeados, miraban al cielo, y algunas de ellas apuntaban con sus lanzas y arcos hacia el cielo. Sin embargo, eran un fraude: se conocía la existencia de la tribu desde 1910. En realidad lo que había pretendido el fotógrafo con su difusión, era concienciar a la opinión pública sobre el peligro que corren los indígenas del Amazonas. La tala ilegal, los asesinatos indiscriminados, las expulsiones de sus territorios, las enfermedades que les son transmitidas y otros factores están acabando con ellos. Se puede poner remedio, con la simple medida de dejarles en paz, de respetarles su hábitat natural pero, como siempre, la irracionalidad del ser humano lo evitará.

Es difícil precisarlo, pero estoy convencido de que no existen tribus, razas o colectivos que en algún momento de su existencia no hayan tenido contacto con otros seres humanos. Los continentes han sido explorados en su totalidad por tierra, y aire y la posibilidad de encontrarse con una tribu desconocida, es bastante improbable.

Una de las motivaciones que lleva a la gente a viajar a lugares remotos, es la curiosidad antropológica de conocer etnias que dan la sensación de estar ancladas en el pasado (nuestro pasado), aunque lo que hacen es vivir en su presente. Así, cada vez más son las facilidades que encuentra el viajero para pasar unos minutos, horas o días con éstas poblaciones autóctonas. Se han acabado los tiempos de las grandes exploraciones, donde el hombre se desplazaba envuelto en la incertidumbre, exploraciones en las que el contacto humano entre diferentes pueblos siempre era una sorpresa mutua y prudente. Hoy, debido a esas y otras exploraciones que se realizaron, y al desarrollo del turismo como industria, cualquiera puede ver satisfecha su curiosidad. Lo que ocurre es que, aquel que espera encontrarse formas primitivas o diferentes de vida, (no hablo de quien viaja por el mundo como si lo hiciese por un museo o un zoológico que hay que ver) acaba, por lo general, decepcionado al observar como esa autenticidad que persigue no existe o está contaminada. Y claro, yo me pregunto ¿Qué espera? Si el, con su visita está, contribuyendo a cambiarles su forma de vivir. Si antes llegaron unos y después vendrán otros.

Se queja, por ejemplo, de que la visita a un poblado de mujeres Karen, las famosas «mujeres jirafa tailandesas» se haya convertido en un lucrativo negocio o, como suele decir, «una turistada»; echa pestes cuando para poder entrar y curiosear en un poblado Masai debe aflojar unos cuantos dólares; o negociar el precio de un primer plano o un pack, (foto de familia incluida) en Rajastán para poder exhibir orgulloso su trofeo fotográfico; o comprobar como las danzas de los fieros guerreros de Papua, se han convertido en funciones de teatro. Se queja, en definitiva, de que estás etnias, estos pueblos se hayan «occidentalizado», se lamenta de que vistan pantalones vaqueros y camisetas, lleven zapatillas de deporte, utilicen teléfonos móviles o hiervan sopa de sobre; también de que este turismo se haya convertido en un lucrativo negocio para gobiernos, operadores turísticos y, como no, para los nativos que participan de ese «circo.»

Pero lo que son las cosas: este turismo contribuye, aunque parezca paradójico, a que estos pueblos no se extingan o haya un genocidio gracias al apoyo de asociaciones y fundaciones que llegan allí donde el gobierno no llega o no quiere llegar, colaborando con ellos en el desarrollo de la comunidad a través de iniciativas sostenibles como puede ser el caso de las comunidades mayas del Lago Atitlan, donde debido a la demanda turística han surgido varias iniciativas que además de mostrar los métodos ancestrales de trabajo y las costumbres étnicas, han permitido crear cooperativas y negocios que aseguren la supervivencia de la comunidad.

Siempre nos encontraremos con el dilema de si obramos bien o mal al visitar estos pueblos, estas tribus y meterlos dentro del negocio turístico.

Hecho el daño a estos pueblos, a mi no me parece mal que saquen tajada de ello ¿Quién estaría dispuesto a que se metiesen en su casa, le fotografiasen constantemente, le hiciesen bailar sin más contraprestación que unas gracias o un thank you? ¿Quién a vestirse como aquel que le visita? Etcétera.

Pero claro, todos queremos vivir experiencias y contactos «auténticos» y eso no es posible desde el primer momento en el que alteramos su forma de vivir, transmitiéndoles nuestras enfermedades, nuestras religiones, nuestros pensamientos y nuestra soberbia.

Por mí, ya digo ¡Que se forren con nosotros!

viernes, 8 de mayo de 2009

Hoy me apetecia hablar de pingüinos

Emilio Marcos Palma fue el primer humano nacido en la Antártida, un continente que, según el célebre explorador irlandés Ernest Shackleton,- del cual hablaré otro día,- era el lugar más frío, oscuro árido y borrascoso del planeta. Su nacimiento, en el último confín del mundo, no fue fruto de la casualidad, sino de una planificación por parte de la dictadura militar argentina que, de esa manera, quería reafirmar sus pretensiones territoriales en el continente helado. Tras el llegaron otros nacimientos de argentinos y de chilenos, que se apuntaron a la jugada de «plantar niños» y no banderas; que desde luego les resultaba más fácil y rentable que enzarzarse en ominosas y estúpidas guerras. Aun así, la idea no cuajó mucho siendo estos nacimientos meramente testimoniales. Y es que vivir allí es complicadísimo. Con temperaturas que pueden llegar a alcanzar los 80 grados bajo cero, tormentas que pueden durar semanas y vientos que alcanzan velocidades casi de Formula1, no es el sitio ideal para formar una familia o vivir. Apenas mil y pico personas viven transitoriamente en las diferentes bases científicas que se distribuyen por el territorio.

Pero el post de hoy no va de política ni del Tratado Antártico, (que intenta regular un poco el asunto sobre las reclamaciones de varios países), sino de los verdaderos habitantes del inhóspito y bello continente: la Fauna que lo puebla y, más concretamente, el pingüino Emperador.

Dejando de un lado, y por no extenderme demasiado, el problema del calentamiento global y la explotación de sus mares donde el Krill, (clave en el desarrollo del ecosistema) se ha convertido en un nuevo oro para las flotas pesqueras, si hay alguna especie que se haya ganado el derecho a vivir en ese lugar esa ha sido la del pingüino Emperador.

Cuando acaba el verano, los pingüinos abandonan las costas donde han permanecido alimentándose para emprender el viaje más maravilloso que se pueda concebir: el viaje de la vida. Se dirigen juntos hacia las montañas que les vieron nacer con el fin de aparearse y seguir el ciclo de la vida. Durante la travesía caminan lentamente, cabizbajos, con una cadencia casi musical, atravesando tierras heladas donde otros seres vivos no osarían adentrarse. Es una migración dramática, no exenta de peligros

Tras el apareamiento y consiguiente huevo, la hembra regresa, arriesgando otra vez su vida, a la costa para recolectar alimento mientras el macho cubre con su abdomen el huevo para incubarlo y protegerlo del hielo. Durante más de tres meses (periodo que cubre el viaje de ida, apareamiento, incubación y regreso de la hembra), permanecerá sin comer ni beber y llegará a perder un tercio de su peso.

Para protegerse del inaguantable frío el pingüino, animal de sangre caliente regula térmicamente su propia temperatura corporal y segrega una especie de aceite debajo de las plumas, que las hace impermeables y que distribuye por todo el cuerpo. Además para soportar mejor las inclemencias del invierno Austral, los pingüinos se congregan a mogollón juntando los cuerpos para ahorrar fuerza y energía y van rotando sus posiciones para que de alguna manera todos estén calentitos.

Todo esto lo sé porque hace años vi un documental, ganador de un Oscar que en España se llamó «La marcha de los pingüinos» que mostraba, a través de unas maravillosas y enternecedoras imágenes que llegaban a emocionar y estremecer, el coraje, la voluntad, y la esperanza de unos animales luchando por sobrevivir en un entorno hostil y que si nos fijamos un poco son un gran ejemplo para la humanidad. Nos enseñan el valor de la voluntad, del esfuerzo y de la esperanza. Valores, que sin duda, nos ayudarían a vivir.


Misión – Continuación de la especie. Macho y hembra, con roles diferentes tienen un objetivo común.

Determinación – Para iniciar el camino y alejarse del Océano su «zona de comodidad.»

Coraje – Para adentrase en esos desolados y peligrosos parajes.

Responsabilidad – Nadie elude sus responsabilidades. Se reparten las tareas.

Confianza - En la otra parte. Unos dependen de otros.

Sacrificio – Saben que para alcanzar la Misión deben sacrificarse y esforzarse.

Trabajo en equipo – Los machos se acurrucan en grupo para darse calor.

Esperanza – De que todo saldrá bien.

Si esta gesta fuese realizada por los seres humanos se llamaría «La más grande prueba de amor», o algo así. Pero, en fin, hoy sólo me apetecía hablar de pingüinos

Os dejo el trailer del documental. Feliz Fin de Semana





Soul Business

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