lunes, 31 de agosto de 2009

¿A ti qué te mueve? El motor de nuestras vidas


Los dos post anteriores trataban sobre la automotivación, sobre los pasos necesarios que se debían dar para que ésta se produjese. Hablaban sobre autodeterminación, lucha, sobre el derecho a soñar con un mundo mejor. Comentaba, que tal y como están las cosas, cada persona debía automotivarse y hacer uso de sus mejores recursos para ellos. Esto, diréis, suena muy bonito, pero lo difícil es empezar a hacerlo, especialmente cuando las derrotas y los sinsabores se van acumulando haciendo mella en el ánimo. Por otro lado, los resultados no son inmediatos y, como aquel que está dejando de fumar o siguiendo una dieta para perder aquellos kilos que dice que le sobran, aunque sea en su imaginación, requieren una gran fuerza de voluntad para conseguir el objetivo.

No somos superhombres, y motivarse no es nada fácil si las velas no soplan a favor. Todos estamos sujetos al miedo que provoca lo que pensamos que es ausencia de futuro debido a esa constante búsqueda de la inmediatez; un miedo, que aguijonea nuestro espíritu y hiere la voluntad precipitando la derrota, porque el pesimismo, nacido de la ansiedad que provoca la incertidumbre, es una enfermedad muy contagiosa que se propaga y multiplica con rapidez: Un virus emocional, origen de muchas depresiones y pérdida de la voluntad.

Sin embargo, hay formas de evitarlo. Y no es más que pensar en aquello que nos mueve, que inclina siempre la balanza hacia el pensamiento positivo, que nos vacuna contra esos baches, esas recaídas y ganas de dejar todo. Me refiero al motor de nuestras vidas.

En estos últimos años he ido tuneando mi propio motor, al que he ido incorporando piezas y pienso seguir haciéndolo. Un motor que alberga a mi familia, a mis amigos, a mis compañeros de trabajo, mis colaboradores, mis clientes, mis lectores del blog; que alberga mis sueños (aunque alguno no se cumpla), que alberga sonrisas de niños, que alberga los gestos y el trabajo de miles de personas que quieren hacer un mundo mejor…Un motor que mueve el Sol e ilumina la Luna; que emula el sonido del mar y recuerda los días llenos de bellos paisajes; un motor que viaja y se detiene a contemplar la vida. Un motor, en definitiva, que se alimenta de esperanza y que cuando carraspea revisa cada pieza.

El dinero, también. Mentiría si no fuese así; Pero como decía en una de sus canciones el grupo malagueño Danza Invisible «No me gusta el dinero más de lo necesario».

A ti ¿qué te mueve?




sábado, 29 de agosto de 2009

Automotivación II

Una de las películas más brillantes de todos los tiempos es El Gran Dictador del genial Charles Chaplin. Es de esas películas que invitan a reflexionar. Casi 70 años después de su estreno, el mensaje (porque está peli si lo tiene) sigue siendo muy actual, como podréis comprobar en el discurso final de la película cuyo video os dejo hoy y que complementa el post de la automotivación que escribí ayer. Discurso, por otra parte, que debería ser recordado a menudo, porque lo que declama Chaplin nos suena muy reciente.

Liderazgo y motivación se dan la mano para animarnos a luchar y decirnos que nadie puede quitarnos el sueño de un mundo mejor.

viernes, 28 de agosto de 2009

Automotivación I

El mayor reto al que se enfrentan los directivos de hoy no es conseguir reducir costes y vender más. Reducir costes se ha convertido en uno de sus objetivos principales y, siempre es relativamente fácil hacerlo, independientemente de si es razonable, justo, lógico o necesario. Sólo hay que escuchar las cifras del paro para saber que algunos están haciendo «estupendamente» su trabajo. En el caso de vender más, lo pueden conseguir mediante la reducción de precios (estamos empezando a descubrir, porque así nos lo han hecho saber, que la vida es una continua rebaja y que por determinados productos estábamos pagando un dineral) y la continua promoción que aunque reduzca el margen siempre podrá ser compensado con un aumento de ventas y de cuota de mercado.

Evidentemente esto no es cierto del todo, y admite muchas matizaciones. Pero lo que si que es cierto es que el personal, en un gran porcentaje, está desmotivado. Los que tienen trabajo porque pueden ser los próximos en engrosar las listas del paro, aunque su eficiencia esté probada y no haya razones objetivas para un despido. Los que ya lo pedieron, porque no tienen mucha esperanza en encontrarlo. Y esa masa de gente que no es que esté solamente desmotivada, sino que tampoco está liderada cae en una especie de aletargamiento que le impide luchar y tener la confianza necesaria para afrontar las dificultades.

El reto pues es no ya motivar al personal, que eso de momento, en muchas empresas ha pasado a mejor vida o hasta nueva orden, sino el conseguir no desmotivar a su personal y generarles la confianza suficiente que les permita mirar el futuro con optimismo. Por su parte, el gobierno debería dejar de subvencionar la falta de empleo y dedicar los recursos a crearlo. Esto permitiría recuperar la ilusión o la esperanza, imprescindible para que los problemas sean más llevaderos; para tener más fuerza para afrontarlos.

Pero me temo, que a estas alturas del partido, todo el mundo, directivos incluidos, deben automotivarse y ser conscientes que sólo mediante una férrea voluntad y la autodeterminación de querer hacerlo se empezará a ver la luz.

Por su parte el gobierno y la oposición parecen estar muy enredados en llamarse de todo menos bonito y en acusarse mutuamente de todo, y no en generar confianza. Así que …yo no me fiaría mucho de ellos.

Otras veces, he comentado que todos hemos sido culpables o todos hemos sido inocentes, pero como el mal ya está hecho, es mejor que empecemos cuanto antes, a pesar de que pasen de nosotros, a creer que si, que We can, en lugar de quejarnos y no hacer nada por mejorar nuestra situación.

Si se muere, con honor. Si se vence, con orgullo y humildad.

Nadie puede quitarnos el sueño de un mundo mejor.

Os dejo un video para ilustrar el post. Feliz fin de semana.

miércoles, 26 de agosto de 2009

¿24 horas de diferencia?


Madrid 13 de agosto de 2009. Diez y media de la mañana. Acabo de regresar de viaje. Veinticuatro horas atrás, paseaba por la capital camboyana observando la vida de sus calles. En ellas, pobres, lisiados, granujas, mendigos, vagos, porteadores, marujas, comerciantes, buscavidas, ciclo taxis, motos y un servidor nos chocábamos en los alrededores del viejo mercado intentando tomar cada uno una dirección. Avanzábamos como podíamos acompañados de un olor que mudaba de agrio a acre en cuestión de segundos; que mudaba en función del poder del sol y de la acumulación de inmundicias que eran arrojadas en los improvisados basureros que se formaban cada pocos metros en las aceras. Deambulábamos o permanecíamos quietos en medio de una orquesta de voces desacompasadas; del rugido de los generadores y los acelerones y pitidos de las motos; del aburrido susurro de los ventiladores que espantaban a las moscas; del murmullo de puestos lejanos y ruidos metálicos cuyo origen era incierto. Allí estábamos todos juntos, a mogollón, y la miseria y el dolor, al igual que la alegría se mimetizaban en el ambiente.
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Madrid 13 de agosto de 2009. Salgo de casa tras dejar tirados los bártulos en busca de algo de comida. Antes doy un paseo por la calle Princesa para reencontrarme y observar la vida de una ciudad, que en esos momentos, se me hace aséptica y sin vida. En ella, pobres, buscavidas, transeúntes, taxis, coches y un servidor nos movemos muy separados acompañados por el olor y el ruido de las obras cercanas: vuelta a la rutina. Sin embargo, advierto una cosa. Ha aumentado considerablemente el número de mendigos que, a diferencia de lo que ocurre en Phnom Penh, no pueden mimetizarse en el ambiente, ni ocultar su miseria, ni mezclarse. Por un lado los pobres, por otro, el resto, a nuestra bola.

Madrid, lunes 17 de agosto. Diez de la noche. Salgo a dar una vuelta para que me de un poco el aire después de haber estado recluido por un calor que silencia las calles. Hay varias familias, con bolsas y macutos sentados enfrente de los supermercados esperando llenar su «cesta de la compra» con los alimentos caducados arrojados a los contenedores. Cae la noche y a lo largo de la calle, en los cubos de basura que están a pie de los portales, se ven sombras encorvadas que buscan la carroña y sobras tiradas. Es una estampa silenciosa y triste que se repetirá en las siguientes noches.

Aunque sé que estas situaciones son habituales en casi todas las grandes ciudades, lo cierto es que en los últimos tiempos estas escenas se repiten y han aumentado con más frecuencia, sacando a la luz los defectos de un modelo creado teóricamente para igualar a los hombres, pero que, en la práctica, cuando el mecanismo se estropea, los separa más originando más diferencias.

En Phnom Penh, como en muchos lugares del mundo, están acostumbrados a vivir en la escasez, en la pobreza. En Madrid, en los países ricos, en eso que llamamos primer mundo, me da la sensación de que no. Y eso nos puede hacer todavía más infelices. Es una reflexión que debemos hacernos.

Mi amigo Javi, me envió hace un tiempo este video que ilustra muy bien lo que está pasando a nuestro alrededor. No hace falta ir lejos, como me sucedió a mi hace unos días para comprobarlo.
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Un euro al día: un poco de todos es mucho.

martes, 25 de agosto de 2009

Sobre la autoestima, la humildad y el valor de la gente

El otro día Francisco Alcaide Hernández publicaba el siguiente post ¿Vas de ganador o perdedor? que trataba sobre la necesidad de hacerse valer en este complicado mundo en el que vivimos. El post, admite diferentes lecturas, pero es cierto lo que comenta Francisco de que o te haces valer o puedes ser considerado por otras personas como un perdedor o fracasado. Es decir darte «darte por jodido»: El entrecomillado es mío y no pondría en boca de Francisco tal expresión.

Comenta que el exceso de humildad puede ser malo, quizás (y esto también es aportación mía) porque la naturaleza humana es destructiva, cruel y perra y tiende a aprovecharse del débil.
Sin embargo, en ocasiones lo que consideramos exceso de humildad es falta de autoestima.

Cuando me incorporé a mi actual empresa estaba un poco contrariado debido a que algunas de las personas del equipo, a las que yo intuía poseían un gran talento (había observado sus escritos, analizado sus trabajos, charlado con ellos…) parecían atenazados para desarrollar ese potencial que sospechaba permanecía escondido en alguna parte. Decidido a averiguar que podía estar motivando que esas personas no desarrollasen si no todo, gran parte de su potencial decidí realizar unos test sobre inteligencia emocional que contraté a una prestigiosa consultora.

En realidad, los resultados lo que hicieron fue, de alguna manera, «certificar» mi intuición: Había poca autoestima. A partir de ese momento, parte de mis esfuerzos, se encaminaron a recuperar esa autoestima, a que esas personas descubrieran que poseían más valor del que creían y, aunque es posible que se me haya ido la mano con alguno, creo que es necesario saber mirar dentro de las personas, hacer el esfuerzo.

Hoy os dejo un cuento que habla sobre la autoestima y que viene como anillo al dedo (y nunca mejor dicho) para ilustrar el post de hoy.

Un joven concurrió a un sabio en busca de ayuda.

- Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar maestro? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro, sin mirarlo, le dijo:

- ¡Cuánto lo siento muchacho! no puedo ayudarte, debo resolver primero mis propios problemas. Quizás después... Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

- E... encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas-.

- Bien -asintió el maestro-. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño de la mano izquierda y dándoselo al muchacho agregó: Toma el caballo que está allí afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo para pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.

El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes. Estos lo miraban con algún interés hasta que el joven decía lo que pretendía por el anillo. Cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo.

En afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro, así que rechazó la oferta.
Después de ofrecer su joya a toda persona que se cruzaba en el mercado -más de cien personas- y abatido por su fracaso, montó su caballo y regresó.

¡Cuánto hubiese deseado el joven tener él mismo esa moneda de oro! Podría habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y su ayuda.

- Maestro -dijo- lo siento, no es posible conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera conseguir 2 ó 3 monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

- ¡Qué importante lo que dijiste, joven amigo! -contestó sonriente el maestro-. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuánto da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.

El joven volvió a cabalgar. El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

- Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

- ¡¡¡¡58 monedas!!!!! -exclamó el joven-.

- Sí, -replicó el joyero-. Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé... Si la venta es urgente...

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.

- Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-. Tú eres como este anillo: una joya única y valiosa. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Y diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo pequeño de su mano izquierda.

lunes, 24 de agosto de 2009

Los buenos propósitos

En un par de semanas prácticamente todo el mundo volverá de vacaciones. Como sucede cuando comienza el año, una gran parte de la población hará una lista de buenos propósitos, ya sea dejar de fumar, adelgazar, ir al gimnasio, apuntarse a un curso de Tai Chi, de inglés o de bricolage, decantándose por uno u otro en función de su fuerza de su fuerza de voluntad, capacidad económica, gustos y apetencias. La mayoría de estos buenos propósitos están abocados al fracaso. La razón de ello es que se confunden los deseos con la determinación, y si no hay determinación es complicado cumplir esos deseos. También influye el momento elegido: No se puede hacer planes sobre una decisión que se debe tomar y ejecutar en el momento y no dar unos días de tregua o «cuartelillo» para ejecutarla: eso rara vez funciona.

Así observamos a amigos y familiares que por ejemplo, después de un par de semanas de dejar de fumar (al menos públicamente) retoman el pitillo con más avidez que nunca; o ver como se someten durante una temporada a una dieta que lo único que produce en sus cuerpos es un estado de ansiedad que muda el carácter y no la silueta; o el curso de bricolage por fascículos (en los próximos días vamos a ver una gran cantidad de anuncios sobre estas colecciones que no suele acabar nadie, pero que los editores amortizan con los primeras entregas) que acaba por llenar la casa de trastos inútiles porque no se volverán a utilizar y sólo servirán para prestárselo al vecino o al cuñado.

Sin embargo, hay otros propósitos que son fáciles de cumplir y no exigen más que sacar lo mejor de nosotros mismos. No tienen ninguna contraindicación y una vez que se aplican producen una satisfacción inmediata que tiene su recompensa en la mente, en el cuerpo y en el alma. Si piensas un poco lo descubrirás. Si estás un poco vago, no te preocupes. Aquí te dejo un video que he encontrado que te dará algunas pistas. Creo que en el hallarás unos cuantos buenos consejos.

Eso si, no hay que esperar a que acaben las vacaciones o a que comience el año nuevo para hacerlos buenos.

Feliz comienzo de semana

viernes, 21 de agosto de 2009

Paseo del Ramadan II


Al lado del hipódromo, los hombres se arremolinan en sudor de chaqueta y jersey de domingo en torno a los vendedores de kebabs y charlan animadamente sin quitar ojo a los cocineros que, frenéticos, cortan verdura, giran la carne piden más pan, o envuelven y despachan la comida que ágilmente cobra uno de los camareros. Llama la atención la ausencia de discusiones en la cola. Ni siquiera unos ojos de ¡vaya morro tienes macho! entre la gente, a pesar de que siempre alguien se cuela. Recorro mas puestos de comida: hay algunos que tienen mesitas y pequeñas sillas donde más que beberse parece que se juega con el té pasándolo de vaso en vaso, escanciado la infusión con precisión asturiana ó se hace botellón de yogurt o de refrescos de colores imposibles. Rodeo uno de ellos, no al azar, y me encuentro en una miniferia donde hay carruseles de muchas vueltas y grasa vieja. Apenas sube gente. Al lado, un puching ball requetegolpeado, donde los más jóvenes parecen hacer apuestas para ver quien es el más fuerte. Son más apuestas visuales que retadoras; apuestas del qué dirán o yo no voy a ser menos: apuestas de siempre. Se suceden los golpes, imprecisos, torpes; golpes de adrenalina impaciente. Nadie, excepto el dueño de la atracción, consigue alcanzar la máxima puntuación y los turcos que asisten a la exhibición de fuerza y maña no saben que si es capaz de hacerlo es por el tedio que producen las horas muertas, por los días de exigua recaudación, por los trucos mil veces practicados y porque un feriante que no hace trampas pierde el respeto entre el gremio. Intenta, para incitar al público a que vacíen sus bolsillos, enseñando una técnica que sólo poseen sus manos y que con seguridad fue aprendida como consecuencia de las frustraciones que deja la vida. Además, el ya no tiene los nervios del pegador amateur que siente como las miradas van hacia él; miradas por otra parte que nunca buscan el éxito sino el fracaso porque el ser humano se regocija más con el error ajeno que con el éxito propio y porque las colas, esperar, siempre inquieta a aquel que pretende imponer que la vida pasee a su ritmo. Poco a poco se van animando nuevos participantes. Lo intentan una, dos, hasta tres veces, límite no escrito pero aceptado de eso que llamamos oportunidades; tres ridículos seguidos. De pronto, uno de los que observan tímido y apartado, se acerca despacio mirando al suelo y da un puñetazo seco, contundente, que hace saltar todas las luces de la atracción y apaga la ironía de los labios colaterales. Ha ganado. Mira alrededor alejándose orgulloso con la cabeza alta y el pecho por las nubes.

Las bombillas de los numerosos tenderetes parecen luciérnagas ocultas entre los árboles de Sultanhamet tintineando por el efecto de un viento que comienza a asomar tímido en la otomana noche haciendo revolotear papeles y envoltorios arrojados a un suelo cada vez más pegajoso. Permanezco al lado de un quiosco de caramelos, disfrutando de la elaboración artesanal de pirulís de colores donde un tendero bigotudo y concentrado en su labor, enrolla en un pequeño palo el jarabe de azúcar haciéndolo girar incansable, dando forma precisa a la golosina mientras los niños aguardan el momento de la compra vigilando el proceso y asintiendo con la autoridad que otorga la ilusión. Eligen y salivan los colores señalando con el dedo su mezcla favorita aunque saben que todos tendrán el mismo sabor: azúcar y limón. Continúo andando. Huele a palomitas que el tiempo templa y enfría. A cada paso aparece una nueva sensación, cada pocos metros un nuevo olor, una nueva temperatura, un sonido, una música; en definitiva un recuerdo. No hay tiempo para extender el pensamiento o encontrar una referencia; una humareda vil de carne descontrolada viene hacia mí, una humareda que me distrae, ciega y desconcentra de la visión de un hombre que lleva tiempo ausente de todo. La fiesta no va con él o hace ya años que vuelve por inercia, por esa inercia que tenemos todos con el pasado. Es Ramadán en Estambul, es Ramadán en la Mezquita Azul.

Me alejo hasta la calle Divan Yolu, para tener una visión oblicua de la Sultanhamet Cami, que emerge formidablemente iluminada, atrayendo, fijando la atención y desarmando con su belleza la mirada de cualquier paseante. Unos minutos después me dirijo hacia ella como un hipnotizado ausente, subyugado por el ambiente. Se me hace complicado abrirme paso entre los cuerpos excitados por la celebración, pero tras ser rechazado involuntariamente por la multitud, al segundo intento traspaso un estrecho umbral flanqueado por vendedores que promociona libros del Corán y otros, más jóvenes, enseñan y muestran, más agresivos, aunque quizá solo sea una pose, lecturas y panfletos que son ofrecidos y comprados con la misma pasión. La situación, más que hostil es incómoda. Sobretodo, cuando a trompicones comienzo a descalzarme para entrar en el interior de la mezquita. Agarro fuertemente mis zapatos con una mano mientras con la otra procuro guardar equilibrio y abrirme paso entre una multitud que quiere entrar y otra que quiere salir. El calor ahora se hace asfixiante, de respiración caliente y por un momento dudo si darme la vuelta pero juzgo que es peor. Instantes después, como si saliese despedido o alguien me hubiese empujado, me adentro en la mezquita. Es una sensación extraña. Por un lado los fieles, por otro el respeto que provoca siempre invadir un espacio que no entiendes y que tampoco te esfuerzas por comprender.

A diferencia de las iglesias cristianas, las mezquitas no solo son lugar de oración si no también de reencuentro, descanso y parece que el silencio no forma parte del ritual. A esas horas hay un runruneo constante, una hilera de murmuraciones que reverberan en las azuladas vidrieras y que te dejan la impresión de que estás violando su intimidad, así que salgo a pesar de que la observación del ambiente me esté encantando.

Al salir, el frió penetra en un cuerpo sudado, un cuerpo de dos temperaturas que el viento cada vez mas poderoso hace que el paseo se haga incómodo. Me alejo y me desoriento huyendo del ruido y me pierdo en calles negras donde el silencio te pone en alerta mientras mi mente proyecta las imágenes y sonidos vividos minutos antes. Es Ramadán en Estambul.

jueves, 20 de agosto de 2009

Paseos del Ramadán I

En los próximos días dará comienzo el mes de Ramadán, la celebración más importante del mundo islámico en la que los musulmanes ayunan desde el alba hasta el anochecer y cumpliendo uno de los cinco pilares del Islam. Durante ese periodo los creyentes deben observar una serie de preceptos para que el ayuno sea válido: la abstinencia de todo aquello que rompa el ayuno (bebida, comida o relaciones carnales) desde el alba hasta la puesta del sol y tener presente la intención en la mente y en el corazón antes del inicio de la primera oración del día. Es un mes en el que los musulmanes demuestran su gran fuerza de voluntad y en el que la vida sucede a otro ritmo y en algunos momentos parece que se aletarga. Pero en contra de lo que mucha gente pueda pensar, se puede seguir trabajando y haciendo una vida relativamente normal. En algunos casos se modifican los horarios para no coincidir con la puesta de sol y algunos lugares cierran más por escasez de público que por una cuestión religiosa. Aún así, como en todo hay excepciones para aquellos que por circunstancias especiales no puedan cumplir con la obligación como el caso de los niños, los enfermos, los ancianos débiles que podrían empeorar o aquellos trabajadores, que por la dureza de su trabajo, requieren estar bien alimentados. En estas situaciones se puede recuperar el ayuno o en su defecto dar de comer a un pobre por cada ayuno no realizado. Un mes sagrado para millones de personas.

Hace unos días, en un foro de viajes, se hacia la siguiente pregunta ¿Merece la pena viajar a un país musulmán en época de Ramadán? Mi respuesta y la de otros foreros era rotunda: Por supuesto. El que los acontecimientos se desarrollen a otro ritmo y en otras circunstancias no le quita encanto nunca a un viaje. Es más, es una experiencia bastante enriquecedora que puede ayudar a que musulmanes y no musulmanes nos comprendamos mejor. He tenido la suerte de visitar Marruecos y Turquía en estás épocas y os aseguro que merece la pena, tanto por observar como los lugares parecen cambiar, como por sentir como el ambiente se llena de una espiritualidad que parece impregnar cada rincón. Cuando cae la noche todo se vuelve a transformar con la ruptura del ayuno, bien en familia, bien en grupo convirtiendo esos momentos en una verdadera fiesta llena de alegría como pude comprobar en Estambul hace algún tiempo y cuyo testimonio reflejado en mi diario de viaje Paseos Turcos quiero compartir con vosotros.

Paseo del Ramadán I

Desde la azotea del hotel el cielo se va apagando en tonalidades pasteles, encendiendo las luces de la Mezquita Azul que parecían apagadas instantes antes. Huele a otoño, o quizá huelan los recuerdos de una infancia que por momentos vuelve y que revive en la retina de la vida las hojas muertas; el olor húmedo y terroso que dejaba el humo de la hojarasca quemada en pequeños montones en los jardines de Ávila; unos jardines que durante unos días quedaban semidesnudos y olvidados; olor a brisa intermitente y baja que anunciaba en tu cara que el verano había acabado dejando siempre la sensación de cosas que quedaron sin hacer, de cosas que nunca volverían; de perdida progresiva y sin retorno de la vida: nuevo curso.

Respiro hondo, perdiendo la mirada unas veces en los altivos, imponentes, simétricos y puntiagudos minaretes de la Mezquita Azul. Otras, en la sobriedad anaranjada de Santa Sofía. De vez cuando me giro para contemplar el callado y sereno azul del mar de Mármara donde algunos cargueros y aisladas y frágiles barcas de pescadores, inmóviles sobre la masa azul, parecen haber sido puestos para mejorar el paisaje. Es una visión de 360 grados, una perspectiva íntima de una ciudad que, a uno, se le hace familiar. Durante quince o veinte minutos voy deambulando por la azotea, recreándome en futuras pisadas, desvelando sensaciones de libertad en las que el alma demanda sosiego, urge arrinconar conflictos y regocijarse en cada clic visual. Vuelvo a Estambul.

Decido bajar a la plaza de Sultanhamet pero antes miro de soslayo a Santa Sofía y le pido con la imaginación que me cuente cosas de la ciudad, que por unos momentos me haga revivir la historia. Estoy dispuesto a escuchar.

En la calle, la llamada gutural y amplificada de los muecines se esparce en ecos sincronizados por la ciudad anunciando la anochecida. Es época de Ramadán. Como cada año en el noveno mes lunar, el mundo árabe entra en una especie de letargo temporal e intermitente que sólo acaba con el bullicio que origina un sol dormido. Alrededor de la Mezquita Azul, dando la espalda a Santa Sofía, se congregan miles de musulmanes que se desparraman en anarquía agitada y absoluta por todos los recovecos de los jardines y de la plaza de Sultanhamet. De un minarete a otro han colgado una hilera de luces que forman palabras incomprensibles para mí.

Camino con un ritmo entrecortado, dócil, provocado por los aluviones de gente que deambula solitaria, en grupo, en masa por toda la plaza. Es como estar en una nebulosa que te envuelve y te lleva hacia todas y a ninguna parte; un dejarse llevar resignado. Hay niños que corren como ratones perdidos, sobreexcitados por el ambiente; mujeres con la cabeza empañolada de mil modas que distribuyen en partes desiguales pan, sopa, pasteles… ofreciendo, sumisas, en primer lugar los alimentos a los hombres de la casa, quienes mantienen una actitud seria y circunspecta, vigilantes al masticar y tragar por si son observados pero, al mismo tiempo, seguros de estar marcando su territorio. Las mujeres parecen disfrutar más que los hombres. Charlan y ríen entre ellas: quizás ese día estén estirando la cuerda o, posiblemente, esos días sean momentos de poder expresar algo más que un callado vasallaje, un acatamiento rutinario de sus vidas. Se ve mucho teléfono móvil, mucha foto tecno telefónica que inmortaliza por igual a amigos y familiares; estampas y gentío anónimo. Y a mi me parece, que esta fiesta, las fiestas, ya no son lo que eran o a lo mejor resulta que en nuestra percepción somos incapaces de notar el paso del tiempo o que seguramente nos gustaría hacer nuestra propia foto de la vida, de las cosas, que todo fuese a imagen y semejanza de nuestros deseos.

Sigue cayendo la noche y Sultanhamet es una aglomeración histérica, un hervidero donde se confunden los colores y los olores. Como se confunden las músicas que provienen de la mezquita, de los coches atascados que doblan la percusión haciendo sonar sus molestas e inoportunas bocinas; también las melodías superpuestas de las carpas de los restaurantes montados para la ocasión. Hay gritos, miradas, sonrisas que se pierden con las nuevas, cuerpos que se esquivan y cuerpos que se chocan; instantáneas emocionales que rompen el obligado ayuno del Ramadán. Estratégicamente situados, los vendedores de castañas pregonan su mercancía atropellando palabras, vociferando ofertas, compitiendo en volumen y viveza verbal con los vendedores de mazorcas de maíz que parecen tener más éxito: los castañeros no saben que para vender castañas hay que pasar frío o dar la sensación de que se pasa y que la mitad de una venta depende de que el aroma de las castañas calientes no se diluya rápidamente en el aire y no sea respirado, porque la gente compra sensaciones y sin saber muy bien el por qué, referencias del pasado.


Continuara...

miércoles, 19 de agosto de 2009

Lo que da de sí una carta

Cuando regreso de viaje acostumbro a recopilar y juntar todos los papeles que he ido acumulando durante las vacaciones en diferentes lugares del equipaje. Es una manía que tengo. Puede tratarse de planos de ciudades, folletos turísticos, dípticos de museos y monumentos, libretos que voy comprando… Incluso suelo guardar las entradas, los billetes de autobús, las facturas de hoteles y restaurantes, tarjetas de visita y comerciales, periódicos del lugar y cosas así. Puede parecer raro, pero se trata más bien de tener un fondo documental que me ayuda después a escribir mis diarios de viajes. Bueno, el caso es que me encontraba buscando un sobre, bolsa o carpeta donde guardar los documentos cuando me he topado con una bolsa de de papel parecida a un sobre que en su día diseño mi hermano para su tienda. Esto no tendría mayor importancia si no fuese porque en una de sus caras hay una carta del siglo XIX impresa. Y hoy el post habla de esa carta.

Hace un tiempo escribí un sobre las cartas manuscritas y aunque la que se reproduce está mecanografiada, guarda ese espíritu cálido y casi infantil del lenguaje que se empleaba en aquellos tiempos cuando aún no había aparecido ni Internet ni el tuteo generalizado.

Es una carta en la que la cortesía y las buenas maneras parecen sacadas de una novela del genial P.G Woodehouse. La carta se la envía un tal Carlos Carranza de una compañía de Nueva York al Señor Don (ahora uno de los dos por norma general sobra en las nuevas costumbres epistolares) Rogelio Herqués y en ella le da cuenta de sus últimas andanzas.

Si uno la lee con atención, podrá hacerse una idea de cómo eran los transportes, como el mundo, de alguna manera, ya estaba globalizado; como el cólera era la epidemia del momento y como en las cuestiones tocantes al corazón eran bastante cursis. En definitiva, la carta es un testimonio de la historia. Y cómo la historia me gusta he intentado saber más sobre el destinatario de la carta y el emisor de la misma.

Sobre Carlos Carranza no he podido descubrir nada, pero creo que el receptor de la carta es un pudiente sahagunés que además de escribir un libro que en su momento fue muy polémico «La religión al alcance de todos» por el que seguramente fuera excomulgado – aunque para un ateo convencido como él, la sentencia debió darle lo mismo-, era conocido por su afición al juego y a la buena vida.

Lo que el Sr. Carranza no hubiese sospechado nunca es que cuatro años después del envío de la carta su «Afectísimo amigo» se convertiría en un parricida al asesinar a tiros a su hermano y a su cuñada por casi lo de siempre: Dinero.

La crónica del suceso se puede encontrar en la edición del 18 de octubre de 1888 del New York Times.

Solamente con lo que he encontrado habría material suficiente para escribir una novela: ambición, viajes, negocios, juego, glamour, sociedad… Y tentado he estado de empezar a hacerlo como mero entretenimiento, pero tengo bastantes folios sin terminar de otros temas y, de momento, ahí se queda.

Eso si, habéis visto como una carta puede dar mucho de sí y puede dar pie a que la imaginación vuele, que como ejercicio de creatividad está bastante bien.

Desde luego lo que está claro es que la señorita Fany se libró de un buen pájaro.

Aquí os dejo la carta que seguramente apareció en algún cajón de una mudanza

Carlos Carranza

Representing

C. Carranza & CO
De New York



Londres Septiembre 23 de 1884

Señor Don ROGELIO HERQUES


Querido Hispano amigo:

Las multiplicadas atenciones que me han rodeado en mis últimos tiempos de Nueva York, no sólo me han impedido comunicar a V. mi venida a este lado del gran charco, sino que me hasta me han hecho olvidarlo.

Ahora con el espíritu más tranquilo, cumplo este grato deber y le maquino estas líneas para decirle: aquí estoy.

Permaneceré en esta ciudad sólo por algunos días y enseguida me marcharé a Paris. – Pensaba pasar por la madre patria y tomar mi vaporeara Buenos Ayres en Cádiz ó en Lisboa, pero el maldito cólera me ha hecho cambiar de propósito, no por el miedo que él me meta sino por temor a las cuarentenas, peores que la peor epidemia. – Mi dirección en Paris á cargo de Rafael García, 6 Cité Rougemont ó de Ribón & Castro.

Por las playas de Yanquilandia, todos los amigos sin novedad, ni mas pobres ni más ricos, un poco más entrados en años solamente.

El Sr. Koppel y su agradable familia vinieron en el mismo vapor que yo, y buenos acuerdos que hicieron de V. sobre todo la simpática Fany en cuyo corazoncito parece que dejó V. un dardo envenenado. – Buena muchacha y que mentecato fue V. en no quedarse con ella! –Inteligente, bien educada, cuerda, dulce y cariñosa, es el tipo de la mujer que conviene a un hombre como V. Yo le daré noticias de sus movimientos en Europa por si acaso la casualidad los hace encontrarse de nuevo.

Y sin por ahora, quedo de V. muy resfriado

Afectísimo amigo
Carlos Carranza

lunes, 17 de agosto de 2009

Jugando con fuego

Todos los veranos los telediarios abren varios días con la misma noticia. Sólo cambia el decorado, pero el resto parece calcado a las del año anterior. Me refiero a los incendios que consiguen que las vacaciones al final no sean tan dulces como uno pretendía. No sé si a los que pasáis por aquí os preocupa el asunto o si os ocurre como a mí que cada vez que se quema un bosque (me da lo mismo el lugar en el que se encuentre) me entra una especie de tristeza que durante unos días me deja un poco tocado porque veo que para determinadas cosas el ser humano no tiene solución. Y el tema de los incendios es uno de ellos.


Me hubiese gustado haber escrito otro post después de mis vacaciones, pero una noticia aparecida en la edición digital de El Mundo me ha llevado a escribir éste. En ella se comenta que la superficie forestal arrasada por el fuego alcanza ya las 84.000 hectáreas (algo más del doble del año pasado) y, casi con seguridad, está cifra se verá ampliamente superada en lo que queda de año. Una auténtica pena teniendo en cuenta que en los últimos años se había reducido la superficie forestal afectada por las llamas, debido en parte al aumento de los medios y dispositivos de extinción, a un mayor control por parte de las autoridades y ¿por qué no decirlo? al azar, la fortuna, la suerte o como quiera que se llame eso de librarse por los pelos o salir airoso de una situación en la que se lleva todas las papeletas para que se produzca la catástrofe: No es suficiente.


Si observamos las cifras publicadas por el Ministerio de Medio Ambiente, desde el comienzo de siglo hasta hoy se han visto afectadas más 1.037.000 hectáreas que para que os hagáis una idea se aproximan a la superficie del Principado de Asturias o Navarra y superan ampliamente las de otras comunidades como la de Madrid, Canarias, el País Vasco o las Islas Baleares; o 17 veces el término municipal de Madrid o 7 veces la ciudad de Londres.


Muchos son los motivos que pueden originar un incendio, pero parece ser que en el 96% de los casos, el hombre es el responsable de ello, consciente e inconscientemente, o lo que es lo mismo intencionada o involuntariamente. Desde agricultores que queman rastrojos para la limpieza de los terrenos, y regeneración de pastos a cazadores cobardes y sin escrúpulos que, con el fin de cobrar más fácilmente sus piezas, encienden el mechero sin cortarse un pelo; desde disputas familiares y vecinales, cuyo origen se encuentra en el rencor, el odio y la venganza a esa lista interminable de descuidos (colillas mal apagadas, vidrio y basura tirados, barbacoas y paellas descontroladas); desde fuegos artificiales que se pierden encendiendo todo lo que pillan a inocentes hogueras; desde tarados que se les llama pirómanos, pero tarados al fin y al cabo que disfrutan con el desastre a cuadrillas de extinción que siguen alimentando las llamas para seguir trabajando en tan lucrativo trabajo; desde ecocidas que convierten los árboles en papel de curso legal a través de múltiples y lucrativos negocios, a personajillos que con su silencio o su ceguera acaban siendo cómplices de la catástrofe. Mucha gente jugando con fuego y lo que es más grave, jugando no sólo con nuestro futuro sino también con el de futuras generaciones. Sin olvidarme, por supuesto, de las muertes y desgracias personales de aquellos que por una razón u otra se acercaron demasiado a las llamas.

Según Adena se produjeron 20.000 incendios al año en las dos últimas décadas, quemándose 150.000 hectáreas al año como media. Las pérdidas por jugar con fuego se cifran en 5.500 euros por hectárea quemada, lo que significa unos 1.500 millones de euros de pérdidas al año: Un dineral.

Parece ser que muchos de los incendios podrían apagarse y controlarse si los montes estuvieran más limpios.

Y yo, inocente de mi, hoy me pregunto qué pasaría si se invirtiesen una parte de esos 1.500 millones de euros en prevención de incendios, limpiando y vigilando nuestro patrimonio verde; elaborando un plan logístico y coordinado que permitiese a Ejercito, empresas privadas, y gobiernos central, autonómico, regional y local que facilitase la movilización y el desplazamiento de recursos en muy poco tiempo al lugar del desastre. No soy un experto, pero estoy convencido de que se puede hacer mucho más de lo que se hace a pesar de que haya gente a la que le guste jugar con fuego más de la cuenta.

Y lo que más me fastidia de todo es que el año que viene por estas fechas, seguiremos lamentándonos de que España se está convirtiendo en un desierto. Sólo hay que viajar un poco en tren y por determinadas carreteras para comprobar que nos estamos quedando sin bosques, sin flora y sin fauna. Nos estamos quedando sin sombra donde refugiarnos.

Y ya lo dice el refrán. «A quien buen árbol se arrima, buena sombra le cobija»

No seamos tontos. En nuestra mano está cambiar las cosas. No quiero que me sigan amargando los veranos.

Soul Business

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