miércoles, 30 de septiembre de 2009

Viajar quita mucha “bobá” o bobada

Entiendo que haya gente a la que no le guste viajar. Comprendo que alguien pueda tener miles de razones para no hacerlo. A fin de cuentas, y aunque sobre gustos haya mucho escrito - contrariamente a lo que dice el dicho popular – cada cual es muy libre de opinar lo que quiera y no seré yo, quien quiera convertirse en un ultra defensor del placer que produce viajar. A mi me gusta y mucho, como sabéis, pero en mi ánimo no está en convencer a nadie de ello. Sólo sugiero, igual que recomendaría un restaurante donde preparan unas lentejas de escándalo o un libro que me ha gustado como hice en el post de ayer.


En este sentido, yo recomiendo o sugiero viajar, más allá de paisajes, monumentos, gastronomía o compras, por lo siguiente: Viajar quita mucho la bobada. Sobre todo en lo referente a los prejuicios que se tiene sobre otras personas, a los que curiosamente no se las conoce más que por referencias (la mayor parte de ellas interesadas) ni a las que tampoco hay intención de decirles «Please to meet you», o encantado de conocerle, lo que no es obstáculo para hacer un juicio no parcial, sino sumarísimo, de ellas. Ya sea por el color de la piel, por el status social, por la religión o por feos. Da lo mismo. Se juzga, se condena y, lo más grave, se acaba odiando o ignorando.

Es decir, un poco, bastante cabroncetes o CABRONES: así con mayúscula.

A medida que viajas, esas percepciones van cambiando hasta que empiezas a mirar de igual a igual a cualquier persona independientemente del color de la piel, del status social, de la religión o de la belleza. Juzgas otras cosas y luego, ya decides, pero no condenas a nadie a priori lo que hace que tu cabeza esté más ordenada.

Todo esto viene a cuento, de que tengo unas semanas bastantes complicadas, estoy muy cansado, mi cerebro no da para mucho más, y una de mis hermanas «me lo puso a huevo» enviándome el video que hoy os dejo y que no solo explica esto que comento, sino que si hubiese colgado solo el video este post se hubiese entendido perfectamente.



martes, 29 de septiembre de 2009

La estepa infinita

En el post de ayer «Libros del momento y libros de todo momento », escribía que hay algunos libros que te atrapan y acabas por adoptarlos. Hoy voy a hablar de uno de ellos: La estepa infinita de Esther Hautzig.

Me lo regalaron hace unos meses. La sinopsis del libro que, reproduzco más abajo, no invitaba a darle prioridad entre las lecturas pendientes. Más desgracias pensaba yo, cuando el año no estaba siendo especialmente amable conmigo y con mi circunstancia, y con las circunstancias de las circunstancias. «Hard times», me parece que se llaman esos periodos en los que la vida sonríe pero poco. Sin embargo, decidí hacerlo y no es que no me arrepienta, es que estoy encantado de la vida. He aquí la sinopsis:

Publicado hace casi cuarenta años, narra la historia de Esther Hautzig y su familia, quienes a principios de la Segunda Guerra Mundial fueron deportados a Siberia, donde hubieron de permanecer cinco años.

Arrestados en su casa de Vilna, Polonia, Esther, sus padres y su abuela son encerrados en vagones de ganado y enviados a un penoso viaje cuyo destino desconocen. Tras seis largas semanas, el tren se detiene en Rubtsovsk, una remota localidad de la inmensa estepa siberiana. Siberia es el final del mundo, el sitio elegido por los soviéticos para castigar a los delincuentes comunes y a los disidentes políticos. Confinados en aquel agreste lugar, sólo la fuerza y el ingenio les permitirá no sucumbir y sobreponerse a las condiciones más adversas.

Os podéis imaginar que con semejante introducción no estaba yo muy por la labor de leer más tragedias. Sin embargo, en el momento que lo empiezas descubres que en realidad, lo que estás leyendo es un claro testimonio de la capacidad que tiene el ser humano para resistir a la adversidad, y sobrevivir construyendo una nueva vida.

Durante esos cinco años Esther tuvo que construir una nueva vida que empezó con la Pérdida. No sólo con la pérdida de bienes materiales, sino también con la pérdida de familiares, con la pérdida de sus recuerdos, de sus referencias, de su identidad. Y, además, sin saber el por qué, sin obtener respuestas, sin comprender ni entender nada. Desde luego, no un buen inicio.

Tuvo que adaptarse a una nueva vida, dura y amarga en la que la intimidad familiar era compartida en pocos metros; en la que lo único que sobraba era frío y hambre. Tuvo que asumir responsabilidades de adulto, aprender a autoprotegerse y comprender que los caprichos, las cosas que son accesorias, los deseos personales, no tenían lugar en un entorno cuya principal prioridad era mantener la supervivencia del grupo.

Con ese panorama, que a lo largo del relato unas veces mejora y otras empeora, era fácil llegar a la desesperación, a asumir la derrota y dejarse vencer. Más, cuando hay cierto rechazo a los deportados por parte de la población local.

Sin embargo, en lugar de quejarse continuamente de su mala suerte y sin saber si algún día tendrá un futuro mejor se esfuerza cada día no en adaptarse a lo que le ha tocado vivir, sino en vivir e intentar superarse y ser feliz. Para ello, recurre a su ingenio y a su decidida determinación de ser aceptada y reconocida por los compañeros de su colegio, a redoblar esfuerzos para conseguir unas monedas más que les permita a ella y a su familia mejorar un poco su calidad de vida, sin importar cuantas veces los sueños, los deseos se rompan. Un gran testimonio que nos enseña que cuando todo se pierde siempre se puede volver a empezar y que la felicidad se consigue de muchas maneras, empezando por el amor y la generosidad como hace Esther.

Un libro de todo momento, que me ha gustado mucho y que releeré con frecuencia.


lunes, 28 de septiembre de 2009

Libros del momento y libros de todo momento



Decía el escritor inglés John Ruskin que «todos los libros pueden dividirse en dos clases: libros del momento y libros de todo momento». Creo que tiene razón. Hay libros que tienen su razón de ser en una época o momento determinado. Se publican como consecuencia de un hecho histórico, político, una tendencia empresarial o de una moda: Por ejemplo: Hay una guerra, una crisis o el aniversario de algo que pasó, y las librerías se llenan de títulos que hablen del tema tipo «El origen de la crisis», «Los señores de la crisis», «Soluciones para una crisis», «Ricos y especuladores», o «La mano que mueve los hilos». Uno, no sabe donde elegir. Y, además ¿cómo les puede dar tiempo a escribir un tocho de 1.000 páginas en menos de dos meses desde que se produce el hecho? ¿Cómo lo hacen? Pasó con el ataque a las Torres Gemelas, con el 11-M, con las vacas locas y raro será que no aparezca uno en el próximo mes que hable sobre las razones de que porque Madrid celebrará los juegos del 2016 si gana o uno, que despellejará a todos los involucrados si pierde: libros de rabiosa actualidad; que por cierto no sé quien invento tan estúpida expresión, a la que parecen abonados bastantes críticos y comentaristas.

Luego están los libros de tendencias empresariales que se dividen a su vez en dos: los que ofrecen las últimas tendencias sobre gestión empresarial (algunos muy buenos por cierto) y lo que yo llamo los libros del «Cómo», que son pequeños manuales, que si se quiere, pueden ser entretenidos de leer, porque parecen haber sido escritos para los habitantes del «País de Nunca Jamás» o los de «Alicia en el País de las Maravillas» o los habitantes de «Los mundos de Yupi» y no para los que vivimos en este mundo porque la realidad, se diga lo que se diga, siempre supera la ficción y estos recetarios por lo general no funcionan, al estar testados sólo en los fogones de la teoría y no en las cocinas de la práctica. Mis favoritos siempre son los de ventas y los que de alguna manera quieren mejorar tu autoestima tipo «Cómo molar a tu jefe: 10 claves», «Cómo triunfar en tres meses». Una forma de pasar el rato, ya digo.

Por último, están esas novelas que tratan de temáticas parecidas, como si todos los escritores se hubiesen puesto de acuerdo a la hora de escribir o fuesen realizados por encargo de los editores. Así, si un libro por ejemplo, trata sobre un enigma en el que está involucrada la Iglesia Católica, aparecen en poco tiempo otros relatos parecidos, ya se trate de sábanas santas, santos griales, códices secretos o casullas mágicas. Lo que se viene a llamar moda, vamos.

Curiosamente esto pasa mucho en televisión: hay una serie de médicos, y cada canal en poco tiempo tiene su propio hospital; o como ocurre ahora con los de aquí por el mundo. Ya hay españoles, madrileños, andaluces…y dentro de poco como siga así la cosa cada televisión local de barrio tendrá el suyo también. «Chamberí por el mundo» o «Triana por el mundo»

Bueno, pero a lo que iba. Este tipo de publicaciones de las que hablo rara vez llegan a convertirse en clásicos, en joyas atemporales. Les pasa lo mismo que a muchas películas, que no aguantan bien el paso del tiempo, y acaban escondidas en la biblioteca, en cajas o en la zona de saldos de las librerías de viejo en el mejor de los casos, y en los contenedores de papel las más de las veces.

Son libros del momento, de éxito fugaz, de corto recorrido, escritos para el momento, sin vocación de perdurar la mayoría. Aparecen nuevas tendencias, nuevas modas y lógicamente, nuevas obras que canibalizan las anteriores, como si la literatura, la escritura fuera una cuestión de temporadas y escuchásemos a un crítico decir que «Este año se llevan los templarios», «El Zen» y «La gestión minimalista de los recursos humanos» por poner un ejemplo.

E insisto, que entre ellos los hay magníficos y que tengo un profundo respeto por quien escribe un libro aunque no me guste.

Pero hay otros, otros que son para todo momento. No importa cuando fueron escritos, ni el tema que traten. Son libros que son una referencia, bien por su calidad literaria, bien por lo que cuentan, por cómo lo cuentan, o por lo que enseñan. Pueden ser leídos en cualquier momento y para cualquier momento. Tienen un algo que los hace únicos, que atrapan, dejando un poso en la mente y en el alma que te lleva a adoptarlos como si hubiesen sido escritos para acompañarte a lo largo de tu vida. Hace poco hablé de uno ellos en un post «El Principito revisited» y durante las próximas semanas irán apareciendo otros.

Son libros que motivan, que inspiran y hacen reflexionar, o al menos a mi me lo parece. Estoy seguro que vosotros tenéis también vuestros favoritos.

Y es que cada uno se hace su feria del libro como le parece.


domingo, 27 de septiembre de 2009

Diarios de Viaje y extractos de viaje y III



Desayuno en Kumbakonan – South India

«Sobre la mesa, los camareros extienden una hoja que podría ser - o no- de banano a modo de mantel y plato sobre el que depositan dosas; comida a montoncitos que es mezclada, devorada y eructada con urgencia. Los comensales apenas hablan o levantan la mirada. Al finalizar se dirigen a un pequeño lavabo, pagan y se van.»

«Un anciano vestido con un dothi de cuadros azules y camisa celeste mil veces lavada a juego y chanclas de varios números más, se arrastra por la sala, rellenando los vasos de metal, sirviendo agua de una jarra metálica. Sobre su bigote blanco lleva el cansancio de la vida. Va escanciando cada vaso de forma parsimoniosa, recreándose en cada vertido, como si intuyese que ya le queda poco y en realidad, lo que escancia es su propio agotamiento, el de su vida, o al menos eso es lo que parece decirme cuando al querer servirme agua, cruzamos las miradas. »

Mahes – South India

«Cada mañana, Mahes cambia la guirnalda de jazmín que perfuma el coche. Antes de partir reza sus oraciones; piensa constantemente en su hijo que en los próximos días cumplirá un año. A él, a su familia, dedica la mayor parte de sus oraciones y las otras, pienso, que están relacionadas con mi persona o con mi bolsillo. No lo culpo; forma parte de su trabajo o más bien de su salario; así que cada día intenta con más o menos disimulo intentar convencerme de algo por lo que seguramente se lleve su comisión. Unas veces de ir a un hotel determinado; otras a pasar la noche en otra ciudad.»

«Reorganizar mis horarios era una de sus actividades favoritas que, por lo que deduje, tenía bastante que ver con los sitios que conocía para su lunch. Sabía que yo no iba a comprar nada y así se lo dejé claro el primer día, pero a pesar de todo insistía en llevarme a tiendas, donde el día que me apetecía entraba a rechazar alfombras de cachemira, joyas, esculturas gigantes, pinturas en seda y souvenirs varios. »




El ciego de Damasco – Agua, Arena y Piedra

«Por momentos parece que estás dentro de un cuento, de una época que ya no existe o que a lo mejor no la vemos o no somos capaces de verla. El ciego avanza guiado por un lazarillo que no debe tener más de doce años. Me pongo a pensar sobre ello y, no deja de ser curioso que el ciego se deje llevar por los ojos de un niño, por la inocencia, por mundos que es posible que sea incapaz de comprender. Es posible incluso que a pesar de los años, de la vejez, el ciego sea capaz de ver con la mirada de un niño. »




Hanoi – Días de ojos rasgados

«El barrio antiguo del Hanoi es una cuadrícula imperfecta donde la gente vive a ras de suelo y los árboles acompañan las aceras. Sentados en pequeños escaños de plástico charlan, comen, miran y sobre todo ven pasar la vida. Hay numerosos puestos de Bia Hoi donde se bebe cerveza que apenas tiene presión y se come cualquier cosa, desde patas de pollo hervidas o chamuscadas o trozos de despojos y despojos de los despojos próximos a la putrefacción. No obstante todo parece hacerse con calma, con esa especie de quietud vietnamita que todo lo abarca. Es difícil andar por la acera porque la gente, las motos, las bicicletas no dejan espacio. Así que hay que caminar al borde de la acera evitando por igual vehículos y personas.»


«Me dirijo otra vez a la Catedral de San José que esta vez sí está abierta. En el interior apenas diez mujeres, que rezan el rosario o eso imagino yo con una devoción enternecedora y contracorriente que traslada mi imaginación a épocas de misioneros y que no se por qué conforta. Y me pregunto que lleva a estas personas a abrazar una religión que nunca fue la suya, a ser católicos en un país muy poco religioso aunque abunden los templos. Me integro en el silencio de la iglesia y los rezos son música bisílaba que emociona y se pierde en los tímpanos. »


sábado, 26 de septiembre de 2009

Diarios de Viaje y extractos de viaje II

Hoy, los Sueños perdidos

Sobrevolando América

«Volábamos en un pequeño avión. Desde la ventanilla izquierda inclinando la vista hacia la tierra se divisaban los Cayos de Belice y, al virar, la Selva del Petén con su inmenso lago sólo y salvaje. Sobre nosotros el suave azul del cielo de América. Dentro de la cabina, la modorra que deja una luz de siesta y el ronroneo monótono de los motores que arrullaban a un pasaje medio dormido.»



Paseando por Flores

«En lo alto de la isla, subiendo calles mal empedradas se llega al Parque Central donde se encuentra la iglesia, un edificio del gobierno y una cancha de baloncesto donde no hay «dream teams» y niños y adolescentes juegan de forma muy simple al baloncesto errando continuamente pases y tiros a una canasta herrumbrosa. »

«En el pequeño graderío, un corro de muchachos y niños, fantasea con el manejo de las motos y quizás con la otra América. En un banco, algo apartado y sombreado, dos enamorados, cogidos tontamente de las manos, se dicen cosas sin mirarse a los ojos, mientras un anciano repanchingado me observa con una indiferencia estudiada y, de reojo, a los demás. Frente a la iglesia, al fondo, hay varios quiosquitos y puestos que anuncian «refrescaciones» y otras bebidas con pinturas descoloridas que seguramente vieron mejores tardes de paseos, noches de anheladas ilusiones y domingos de traje bonito y de sonrisas de niños que tenían las manos llenas de dulces.»

Visitando Antigua

«Ahora, mirando las ruinas, como si de una Grecia o Roma española se tratase, paseando entre la derrota, sé que hubo un sueño. Un sueño que hoy está roto. Y sé que hubo una Antigua de guerreros, y una Antigua de frailes y de monjas; una Antigua lejos de todo donde criollos, mestizos, indios y españoles se fueron al carajo, quizás porque los sueños no pueden construirse con lágrimas y dolor.»



De un viaje en Chicken bus

«En el camino a Zunil, cada pocos metros subía y bajaba la gente de un valle rodeado de montañas; un valle manchado de aldeas y casas solitarias. Cada parada llevaba su tiempo como si esperásemos a alguien que estuviese a punto de llegar. Nadie protestaba por esos retrasos que consumían la mañana y mi improvisado itinerario del día. Mi mente los empleaba en mirar por la ventanilla regodeándome en esos instantes que nos regala la vida y que rara vez aceptamos. Regalos visuales que te concilian con el mundo; como los abrazos de dos amigos en medio de una calle; la imaginación de los niños jugando a inventar su mundo; o el mimo con el que un tendero ordena su mercancía; o ese letrero escrito con faltas de ortografía que expresa un sentimiento; o un paisaje que se convierte por momentos en un lienzo que guardarías con celo en el museo de tus recuerdos.»

«Desde mi perspectiva de asiento trasero observaba como las mujeres, con sus trabajados y exclusivos huipiles, iban involuntariamente entretejiendo un mosaico multicolor al apretar sus cuerpos en esos asientos que fueron creados para transportar niños y no adultos. Muchos de los que subían llevaban consigo el olor de haber dormido junto a una hoguera, aromatizando con el frío de sus cuerpos y ropas el autobús, dejando en el ambiente esa sensación de agotamiento sucio que deja el humo muerto. »

Continuará

viernes, 25 de septiembre de 2009

Diarios de Viaje y extractos de viaje I



Los que pasáis por aquí sabéis que una de mis pasiones es viajar y, muchas veces los post que aparecen en Soul Business tratan de ello. Siempre he dicho que el viaje es el mejor aprendizaje experiencial, al menos desde mi punto de vista, y que viajando amplias bastante la forma de ver las cosas. Pero viajar no es sólo eso. Sobre todo, es sentir cosas nuevas, es ir descubriéndote en cada paso.


Me acordaba de ello, leyendo el  blog de María Teresa Trilla que narra sus viajes de una forma estupenda. Unos relatos llenos de fotos fabulosas y datos interesantes; de esos que dices ¡qué talento tiene esta mujer! Y me acordaba de un comentario que me ha hecho ya más de un bloguero en el que me pedían que escribiese más de mis viajes -petición que suele hacerme mi madre a menudo y, que como mal hijo, no acabo de cumplir dándole largas-, y me decían que hablase de mis experiencias, de lo que veo. Poco a poco.

Siempre que viajo suelo llevar conmigo uno o dos blocs de notas tipo Moleskine y dos o tres cuadernitos más vulgares y pequeñitos donde voy escribiendo y tomando notas para mis diarios de viaje, que no son diarios al uso (es decir, no es el cuaderno de bitácora de un capitán de navío ni tampoco el calendarizado de Bridget Jones), sino más bien, una sucesión de experiencias de lo que veo y siento escritas, por lo general a posteriori.

Escribir, aunque sea mal, lleva su tiempo y necesita de cierta tranquilidad para hacerlo. Y más, cuando tienes que ordenar y reescribir los miles de apuntes que has ido tomando. Por eso, todavía no he acabado ninguno de mis diarios de viaje desde el 2004. Además, por qué no decirlo, debido a cierta pereza para ponerme a ello, aunque voy avanzando. En Soul Business hay varios capítulos de esos diarios inacabados: «Los Sueños perdidos», «Días de ojos rasgados», «Paseos Turcos», pero tardarán en aparecer otros nuevos. Mientras tanto, dejo programados tres post con extractos de esos diarios, que espero, al menos, le gusten a mi madre.

Hoy Paseos Turcos

Feliz fin de semana

Minutos antes de salir del hotel Point de Estambul

«Cada mañana abro los ojos con la incertidumbre elegida de no saber con seguridad qué voy a hacer. Son muchos años paseando, dejándome llevar por las calles sin más brújula que la intuición y los sentidos. No hay pasos vanos; cada pisada es el resultado de un pensamiento, de una introspección a veces inconsciente. Los paseos permiten descubrirte porque no eres sólo un espectador de cámara fija, sino que vas cambiando de plano e interactúas constantemente en cada paso.»

Trileros en el puente Galata

«Llegando al otro extremo del puente, una pandilla de truhanes va formando poco a poco un corillo en torno a una mesa donde se juega al trile. Se acercan varios curiosos, entre otros, yo. Algunos apuestan, ganan, pierden, animan y calientan el ambiente. Es como un casino urbano en el que asoma una protohampa otomana formada por descuideros, rateros, quinquis de medio pelo y figurantes que acorralan a los incautos, a hombres desesperados, a jóvenes con ganas de aprender, y tipos que no pintamos nada.»

«Al fondo me queda la Mezquita de Solimán, imponente, austera y tremendamente bella que ojala ningún tarado haga desaparecer. Las mezquitas en Estambul, Santa Sofia confieren a la ciudad una magia indescriptible.»





De un atardecer en Esmirna (Paseos Turcos)

«Y son horas en las que no se sabe el por qué, el mar se apacigua y coquetea con los últimos rayos de sol mientras el viejo y el mar, el eterno viejo que siempre mira al mar asiente y responde con silencios llenos de nostalgia a las últimas, tenues y melancólicas embestidas de olas que vienen muertas y que de noche solo serán ecos apagados.»

Del fin del Ramadán

«Los restaurantes y tabernas rebosan de sonrisas. La gente cena en grupo y bebe raki diluyéndolo lentamente con agua. Los músicos pululan por las mesas cantando y tocando canciones populares. En alguna mesa, la de bolsillos calientes y propina fáci, permanecen más tiempo y atienden las peticiones de los comensales. Se pide a los músicos que toquen esta o aquella canción, ¿te sabes la de..?, tócala otra vez Sam. Al final todos desafinan en armonía convirtiendo el restaurante en un improvisado karaoke donde los hombres van elevando el tono de voz a medida que se vacían las botellas de raki».

«Las calles han amanecido con la resaca de un día de año nuevo, cansadas, y casi vacías. Hasta las siempre inoportunas palomas de la plaza de Taksim parecen estar descansando por lo ociosas que están. Me adentro en Istiklal Cadesi. Casi todos los comercios están cerrados. Apenas algunos viandantes se dejan ver por la avenida; una pareja que mira golosa el escaparate de una pastelería, un borracho tardío, un tipo vestido estrafalariamente con una chaqueta verde llena de medallas que lleva un paraguas y lo exhibe sin abrir; un trío de policía que fuma relajado sabiendo que la mañana será tranquila. No huele, como otros días, a pasteles recién hechos, a furtivos aromas de carne a la brasa y la música, que siempre te acompaña en Istiklal Cadesi, hoy es solo percusión de mis pisadas. Se me acerca un niño limpiabotas, que se agacha y toca mis cordones con el fin de que no me detenga e intenta limpiar mis zapatos mientras cavilo donde pasear en un día silencioso y ausente, impropio de la siempre viva ciudad de Estambul.»


Continuará...

miércoles, 23 de septiembre de 2009

De envidia, violencia y alma

Me la enviaron hace tiempo. Se trata de una historia china que refleja muy bien lo que es la envidia. Quizá lo que vaya a decir sea una memez, una afirmación sin ninguna base científica, filosófica ni sicológica. Quizás sólo tenga una relación más o menos directa. O quizás lo que vaya a escribir no sea más que una perogrullada que todo el mundo sabe. Lo que es más posible y dice mucho sobre la candidez desde la que tecleo estas líneas. Pues bien, allá voy.


La envidia es el origen de la mayoría de los actos violentos ya sean físicos, psíquicos o verbales.

La Real Academia de la lengua española la define como la «Tristeza o pesar del bien ajeno» en su primera acepción y en su segunda como «Emulación, deseo de algo que no se posee», y a ellas me remito para explicarlo.

Desde que el hombre pobló la tierra ha deseado lo que no tenía. Al principio de una forma primaria, casi animal, y más tarde y, en adelante, haciendo uso de eso que se llama razón y que por lo visto nos diferencia de los animales, aunque de esto tampoco estoy tan seguro.

La violencia tiene su origen en la envidia, aunque creamos que lo que la origina sea la codicia, el odio, la ira o la ambición, que son sólo los medios de los que se vale para manifestarse y que, tarde o temprano desencadenan en esa violencia de la que hablo. Evidentemente no toda la envidia es violenta, pero mucha sí.

Una persona cuando es envidiosa está atrapada en un deseo ciego de poseer lo que no tiene de arrancar una posesión al que la tiene. Y muchas veces no se trata de bienes materiales sino de otros para los que no existen mediciones precisas ni se pueden contrastar. Me refiero a aspectos tales como las emociones o el espíritu que si bien se pueden «domar» no se pueden nunca poseer. Esa doma se hace a través de la violencia ya sea física, psíquica o verbal, pero el que hace uso de ella nunca conseguirá poseer lo más íntimo de cualquier ser humano: su alma.

Ni el jefe que machaca a sus empleados, ni los empleados que machacan a su jefe, ni el hombre que pega a una mujer, ni la mujer que atormenta a un hombre, ni el niño que veja a otro, ni el país que invade a un pueblo…nadie, ninguno, conseguirá nunca esa posesión, y como la envidia ciega, nos confunde y pasa hambre lo único que provoca es que quien la tiene, tenga que alimentarla haciendo uso de la violencia.

Coged un periódico, escuchad las noticias, y observareis que no voy muy descaminado en lo que digo. La envidia no solo se ocupa de temas materiales como el de la historia de hoy. ¿O pensáis realmente que esta leyenda acabó así?

Seguro que hay una segunda parte.

Tras el fallecimiento de un viejo cortesano, se produjo una violenta disputa por la herencia entre sus dos hijos. Se peleaban por llevarse la mejor parte del patrimonio familiar, en continuos pleitos escandalosos, desde el reparto de los terrenos hasta la división de unos objetos insignificantes, sin la menor consideración del amor fraternal. Por muy equitativo que fuera el reparto, siempre se imaginaban que el otro se llevaba algo más.


Se sometieron al arbitraje del tribunal, sin que el juez pudiera determinar realmente cuál de los dos se había quedado con un poco más de la herencia. Ante la imposibilidad de dictar una sentencia justa, el tribunal relegó el difícil caso al juicio del mismo emperador. Tampoco le fue nada fácil al monarca formular un veredicto para dar fin a la interminable pugna.


En esa situación, el primer ministro Chang se ofreció a resolver el litigio.


Si Su Majestad me concediera autorización, yo podría terminar rápidamente con el caso.


Tras conseguir el permiso real, Chang regresó a su residencia, en donde citó a los dos litigantes.


— ¿Habéis dicho la verdad en vuestras acusaciones?


—Sí, señor, es totalmente cierta mi acusación. Los dos se pronunciaron simultáneamente. Dicho esto, el ministro les hizo firmar un documento en el que se reafirmaban en haber dicho la verdad, toda la verdad. No atendió ni un minuto a los argumentos que los dos hermanos habían repetido en tantas ocasiones y directamente dictó la sentencia.


—Considerando que os acusáis mutuamente que el otro se ha quedado con más herencia y sostenéis que es cierto lo que decís, ordeno que os cambiéis vuestras pertenencias hoy mismo, siendo irrevocable la sentencia, cuya ejecución se llevará a cabo hoy mismo.






¿Se quedaron satisfechos? o ¿acabaron como muchos a tiros?


martes, 22 de septiembre de 2009

Vivir en el fracaso

Ayer España (bueno su selección) se proclamó campeona de Europa de baloncesto. Hoy todos los periódicos se deshacen en elogios hacia una selección que hace apenas un par de semanas no las tenía todas consigo. Y el personal tampoco. Después de una primera fase bastante torcida: no se confiaba mucho en las posibilidades de un grupo que, en los últimos años se ha dedicado a dar alegrías a un porcentaje elevado de la población española. Hoy, todo son parabienes, que buenos somos – sí, somos, que del éxito y el triunfo nos apropiamos con una celeridad pasmosa y estamos al quite para presumir o salir en la foto- y qué bien lo hacemos. Pero si hubiese perdido España se habría hablado del fin de un ciclo, de renovación, e incluso de rodar cabezas – que en esto de pedir que rueden, los franceses, con su guillotina, «panolis» comparados con los españoles- . Se habría machacado a los jugadores, a la federación, a los patrocinadores y, si hubiese hecho falta, a la madre que los parió. En fútbol, que os voy a contar. En el Atlético de Madrid, según muchos seguidores y parte de la «incisiva prensa» ya habría que plantear el cambio de entrenador y muchos jugadores no valen ni para… También hay para su vecino, el Real Madrid; que si no juegan a nada, que si Cristiano Ronaldo está afectado sicológicamente. Que si la abuela fuma en definitiva. De estos juicios no se han librado ni Fernando Alonso, que ya está dejando de ser un héroe ni Rafa Nadal, al que ya tienen en el punto de mira más de uno.


Somos de pedir el cambio rápido cuando el éxito no llega de forma contundente y continua. Pedimos nuevos jugadores, nuevos dirigentes, nuevas estrategias y muy seguros empezamos a decir: «yo lo que haría; lo que hay que hacer, esto lo soluciono yo con…» y si se consuma el desastre siempre tenemos el «ya te lo dije» aunque no te hubiese dicho nada.


Diréis que sólo es deporte y que estos comentarios suelen ser fruto de un calentón, de la pasión del momento o de la prensa; que es canalla y nos lía. Pues no, que somos así y que no hay que darle más vueltas. Que nos gusta rajar está demostrado. No hay más que escuchar la radio, ver determinados programas de televisión o entrar en un bar en hora punta y afinar el odio entre el «uUUna de chopitos y dos cervezas pa la cuatro» y el «marchando una de bravas» para darnos cuenta de que juzgamos, exigimos cuentas, y nos cabreamos con cualquier asunto que nos incomode o no sea resuelto con la celeridad que demandamos. Como si fuésemos duelistas románticos que exigen una satisfacción, cómo si muchas veces la vida nos fuese en ello.


Pero a lo que iba. El éxito, el resultado inmediato. Es lo único que vale. El que no es ganador, el que queda segundo, tercero o cae eliminado por un mal día pasa de ser héroe a villano. Es despreciado, criticado, olvidado y poco a poco abandonado. Da lo mismo el esfuerzo, da lo mismo la entrega, el que lo pueda conseguir más adelante. Sólo vale el hoy. Mañana la competición habrá acabado y toda pérdida conduce al cambio. Sólo vale el éxito. Haced la moviola en vuestro cerebro y si habéis hablado hace relativamente poco sobre algunos de estos temas comprobareis como más de uno, quizás tú, han, has hecho algún juicio sumarísimo.


Pedimos las cabezas de otros con mucha facilidad, con excesiva soltura, reclamando encolerizados que el pulgar gire hacía abajo y nos sorprendemos cuando ese pulgar, ese castigo, va dirigido hacia nosotros o hacia nuestra circunstancia. Nos escandalizamos porque a la gente la echen del trabajo, porque se corta el grifo para investigación, porque se dejen de fabricar cosas u otros lo hagan a menor precio, porque los chinos, los rusos o los que sean están siendo más rápidos, más eficaces o más perros y nos estén ganando por la mano. Lo malo, es que además, competimos contra nosotros mismos, con esa visión, discutible desde mi puno de vista, en la que uno vale tanto como lo último que hizo que nos lleva muchas veces sustituir de urgencia todo lo que no aporte un resultado inmediato. Somos cortoplacistas, poco reflexivos y nos gastamos muy mala leche.


No sabemos vivir con el fracaso, tenemos cero tolerancia al error, poca paciencia y demasiada chulería verbal y esto, se quiera o no, se va pegando y pagando en el ámbito empresarial generando conflictos de todo tipo que muchas veces son más fruto de un calentón que de un razonamiento sosegado de una situación.


La vida, no es más que una competición en la que uno, quiera o no, participa. De cómo lo haga y el «fair play» que utilice dependerá su éxito personal, el suyo, el que está en lo más alto de cualquier pirámide o círculo de autorrealización; el que realmente, al final vale y a esté desde luego no se llega pensando únicamente en la victoria, ni olvidando que detrás de cada paso hay un esfuerzo.


A veces es bueno perder para aprender a vivir en el fracaso


lunes, 21 de septiembre de 2009

Cuando más es menos

Todos queremos más como dice la canción. Es natural, normal y forma parte de la naturaleza del ser humano. Está bien que así sea. De no ser así, seguramente muchos de los avances, de los descubrimientos, de los inventos no hubiesen tenido lugar o se hubiesen retrasado en el tiempo. La ambición, en su más amplio sentido, es lo que ha movido el mundo. Unas veces, para bien, y muchas, para mal.

A lo largo de los siglos, no hemos sido capaces de hallar un punto de equilibrio que equilibre la balanza en la que se mide la ambición. Y eso ocurre, porque en uno de los platillos siempre ponemos más. En el de la virtud o ambición razonable, es decir, aquella que impulsa nuestra vida pero no se adueña de ella solemos poner deseos, ideales, sueños: nuestras intenciones más nobles, que generalmente, y salvo excepciones, pertenecen a nuestro mundo que es más personal, más íntima. Por el contrario, el otro platillo, el de la ambición desmedida, se carga con defectos tales como la soberbia, la codicia, la avaricia o la vanidad. Y estos, al final y desgraciadamente, pesan más y acaban por descompensar la balanza.

Casi todas las guerras, el ocaso de naciones e imperios, crisis económicas, hechos violentos y genocidios varios han tenido que ver con está descompensación: Han vencido la balanza hacía el peor de los lados, dejando en el camino la ruina, el desamparo o el caos, destruyendo lo que se había construido. Pasa mucho: el artista que acaba hundiéndose o perdiéndose porque su ambición se transformó en vanidad volviéndose caprichoso y vago, acomodándose en su fama y no desarrollando su talento; la empresa que crece y se expande sin control para ganar cuota de mercado y/o «prestigio» sin tener en cuenta más que los beneficios que se podrían obtener etcétera. Y, eso, como en la balanza, acaba cae por su propio peso.

Más obliga a más. Más concentración, más aspectos a vigilar, más flancos abiertos, más cambios en nuestra forma de ser porque tenderemos a proteger lo conseguido y porque querremos ser más admirados o temidos. Eso lleva inevitablemente a un descuido de nosotros mismos, a olvidarnos del «lado bueno» de la balanza, a ser más dependientes de cosas superfluas, a ser prisioneros de nuestra propia ambición. A ser una pieza más del engranaje y a ser menos nosotros mismos. A depender de cosas que no estaban entre nuestros planes al nacer, ni en el lado de la balanza que nos interesaba.

A ser menos.






viernes, 18 de septiembre de 2009

De innovación, originalidad, creatividad y mezclas

Se habla mucho de originalidad, de creatividad, de innovación. Pocas personas son capaces realmente de hacer algo verdaderamente original, creativo e innovador. Para ello se necesita además de un algo especial, una gran capacidad de trabajo y sacrificio.

Si observamos la historia de la humanidad, todos los grandes logros, todas las innovaciones son fruto de las condiciones citadas más arriba. Crear es uno de los sueños de cualquier ser humano. Pero es difícil. No porque esté ya todo inventando, sino porque nos vemos incapaces en ocasiones de seguir caminos diferentes. Además, siempre hay alguien que te dice que lo que estás creando o maquinando en tu imaginación está inventado, aunque no seas consciente de ello. Y ese alguien puede tener razón debido a que podemos creer que una idea es original cuando, en realidad, ya la habíamos visto o escuchado, pero la habíamos olvidado. Hasta que aflora un día y pensamos que es novedad fruto de un talento natural.

Lo que si hace bien el ser humano es mezclar. Cualquier referencia, cualquier dato lo puede relacionar y mezclar como si fuese un «Di Yei resident ». Mezclamos poesía con empresa, cocina con química, deporte con marketing etc.…Y en todas esas mezclas se producen cosas originales, creativas e innovadoras. Y eso, para mi, también significa diferenciación, siempre y cuando las piezas, los ingredientes, se mezclen de una forma armoniosa, compensada y haya detrás mucho esfuerzo y trabajo y sentido.


La innovación, la originalidad y la creatividad también nacen de la mezcla y a veces nos agobiamos por pretender crear de la nada, cuando de la nada el único que creó y/ o crea es un Ser Supremo que según unos se llama Dios, otros Alá, otros Sol, otros Orden Cósmico, Casualidad o lo que Sea.
Mezclar, ya digo, puede convertirse en algo novedoso, innovador y original. Si además se cuidan los detalles y se nota que hay mucha pasión y trabajo en la mezcla. Eso, para mi, y aunque sea rebatido por los puristas, es también crear.

Y para muestra, en lugar de un botón, una canción de la película Moulin Rouge que está hecha a base de trocitos de otras; que está mezclada maravillosamente y que encaja perfectamente dentro de la escena de la película. El copia y pega es otra cosa.


Feliz fin de semana

jueves, 17 de septiembre de 2009

Gente que no conocí


El post de ayer hablaba sobre conmemoraciones. Argumentaba (aunque quizá mal explicado) que lo importante en sí no era la fecha que se elegía, sino el recuerdo de algo que pasó en un momento de la historia o de nuestras vidas. A lo largo de los años, he ido incorporando esos momentos a mi mente. Van viniendo según voy caminando por este valle de tristezas y alegrías. Se me van incorporando brutal o suavemente, acomodándose unas veces en la mente, otras en el corazón y, las más veces, en ambos.
Hay hechos que hay que recordar sin ponerles una fecha.

 
Este verano pasé unos días en Phnom Penh. Años atrás ya había estado allí visitando los «puntos de interés» que salen en cualquier guía más otros que no salen en ninguna y debes descubrir por ti mismo. Uno de esos puntos de interés era el Museo del Genocidio Tuol Seng, la tristemente famosa S-21, uno de los lugares (hubo muchos en el país) donde los Jeméres rojos realizaron su holocausto particular. Lo que sentí, vi y visualicé lo conté en El Preso 175. Esté verano, omití revisitar alguno de esos puntos que no hay que perderse, pero me pasé al menos un par de horas en el Museo. 

 
No es un lugar precisamente agradable. Podeís echar un vistazo aquí.  Todo lo que ves y lees te deja bastante tocado. Haya muchos visitantes o no, grupos de japoneses o chinos acelerados, todo parece moverse muy lentamente dentro de sus muros. Es un lugar donde se escuchan los silencios porque quien entra allí empieza viendo, y acaba interiorizando. No es un mueso al uso, no es para disfrutar, no es para sólo ver, es un museo para comprender y rendir homenaje a todos esos rostros que te miran asustados y perdidos. Un lugar para sentarse y reflexionar mientras tu imaginación escucha unas veces las risas infantiles de cuando el museo era un colegio y, otras, el dolor de la impotencia.

 
Dentro de la prisión hay un poema que refleja el sufrimiento de alguien que no entendía la sin razón de los Jeméres rojos. Sin razón que debemos recordar siempre, independientemente de las fechas, porque todavía hay mucha gente en el mundo que piensan como lo hacían Pol Pot y sus chicos.



No religious rituals.

No religious symbols.

No fortune teller.

No traditional healers.

No paying respect to elders.

No social status. No titles.



No education. No training.

No school. No learning.

No books. No library.

No science. No technology.

No pens. No paper.

No currency. No bartering.

No buying. No selling.

No begging. No giving.

No purses. No wallets.




No human rights. No liberty.

No courts. No judges.

No laws. No attorneys.

No communications.

No public transportations.

No private transportations.

No traveling. No mailing.

No inviting. No visiting.

No faxes. No telephones.

No social gatherings.

No chitchatting.

No jokes. No laughter.

No music. No dancing.

No romance. No flirting.

No fornication. No dating.

No wet dreaming.

No masturbating.

No naked sleepers.

No bathers.

No nakedness in showers.

No love songs. No love letters.

No affection.




No marrying. No divorcing.

No marital conflicts. No fighting.

No profanity. No cursing.



No shoes. No sandals.

No toothbrushes. No razors.

No combs. No mirrors.

No lotion. No make up.

No long hair. No braids.

No jewelry.

No soap. No detergent. No shampoo.

No knitting. No embroidering.

No colored clothes, except black.

No styles, except pajamas.

No wine. No palm sap hooch.

No lighters. No cigarettes.

No morning coffee. No afternoon tea.

No snacks. No desserts.

No breakfast [sometimes no dinner].



No mercy. No forgiveness.

No regret. No remorse.

No second chances. No excuses.

No complaints. No grievances.

No help. No favors.

No eyeglasses. No dental treatment.

No vaccines. No medicines.

No hospitals. No doctors.

No disabilities. No social diseases.

No tuberculosis. No leprosy.



No kites. No marbles. No rubber bands.

No cookies. No popsicle. No candy.

No playing. No toys.

No lullabies.

No rest. No vacations.

No holidays. No weekends.

No games. No sports.

No staying up late.

No newspapers.



No radio. No TV.

No drawing. No painting.

No pets. No pictures.

No electricity. No lamp oil.

No clocks. No watches.



No hope. No life.

A third of the people didn't survive.

The regime died



Siempre que vuelva a Phnom Penh haré una visita, no sólo por recordar, sino por lo comentado y porque, de alguna manera, ya forman parte de mi vida.





miércoles, 16 de septiembre de 2009

De fechas y aniversarios

No soy muy dado a rememorar, conmemorar o celebrar aniversarios. Ni de hechos catastróficos o dolorosos como el ataque a las Torres Gemelas, la II Guerra Mundial etcétera ni de asuntos más agradables, como podría ser la caída del Muro de Berlín, o asombrosos como la llegada del hombre a la Luna. Incluso mi cumpleaños hace ya años que no lo celebro o lo hago muy discretamente. Supongo que hay algo en el ser humano (que no sé muy bien que es) que le lleva a recordar fechas y ha hablar durante unos días de lo qué ocurrió años atrás. Me parece razonable, aunque opino, que no son más que datos que no aportan nada. Es decir, la fecha en sí misma no aporta valor.

Personalmente, no me dice nada que un fulano naciese hace cien años como ha sido el caso de Mariano José de Larra cuyo centenario (el del nacimiento, luego vendrá el de la muerte) se ha cumplido este año. Lo que si me interesa es lo que hizo Larra, no el día que nació.

Aclaración (el párrafo de arriba ha sido publicidad subliminal; pero a Larra hay que leerlo y releerlo)

Bien, después de estos segundos de publicidad, en todos los casos (buenos o malos, alegres o tristes) no me interesa recordar el aniversario sólo durante unas horas, días o meses. Más bien, me gusta tener el hecho presente siempre, como se tiene presente a los seres queridos aunque hayan abandonado este mundo.

Ahora se está rememorando el 70 aniversario de la II Guerra Mundial. No me gustan nada las guerras, pero como la vida es contradicción, como postea Francisco Alcaide, por esta en concreto tengo debilidad, lo que me ha llevado a leer varios libros y crónicas sobre el asunto que me han ayudado a conocer un poco mejor lo que somos.

Pues bien, esta guerra la tengo muy presente en mi memoria aunque no la viví; y sé, más o menos lo que pasó (que la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad en asuntos de armas acaba siendo relativa en función de quien cuente, cómo la cuente y en el momento que la cuente) y las consecuencias de la misma, que son las de siempre: dolor, desamparo e injusticias. En definitiva, derrota: antes, durante y después.

A mi estas cosas no me las recuerda una fecha, me las recuerda un libro como «La estepa infinita» de Esther Hautzig que narra en primera persona su vida en la estepa siberiana tras la invasión rusa de Polonia y cuya lectura encierra interesantísimas reflexiones (que compartiré en próximas fechas con vosotros) sobre la capacidad tan extraordinaria que tiene el ser humano para sobrevivir y buscar la felicidad en las condiciones mas adversas.

Las fechas, para mi, sirven sólo como la alarma que se pone en el móvil o la cita programada de la agenda o del Outlook. Cada uno tiene sus motivos, que pueden ser como respeto, homenaje, nostalgia, vanidad…

Lo importante, lo esencial es comprender que podemos evitar algunos errores, que no debemos olvidar, pero tampoco volver al pasado para construir el futuro y sobre todo, no volvernos locos llenándonos de fechas y números sin entender que si sólo nos centramos en los aspectos superficiales o comerciales (se gana mucho dinero en este negocio de los centenarios, aniversarios…) no habremos entendido nada.

Larra y Esther Hautzig en Breve

lunes, 14 de septiembre de 2009

Espíritu olímpico (The best of us)



El anuncio es bueno, ¿Para qué vamos a negarlo? Ha sido lanzado hace apenas un mes por el IOC (el COI para los que hablan español). El mensaje y lo que quiere transmitir no hace falta explicarlo como vosotros mismos podréis comprobar. El anuncio, spot o comercial, además, está bien hecho. Seguramente, cumpla a la perfección su función. Sin embargo, me ha dejado un sentimiento agridulce debido a que, en mi opinión, la publicidad es temporal y los mensajes tienen fecha de caducidad: ¿Os acordáis cuando todas las entidades financieras querían ser nuestro banco?, ¿o cuando el detergente x, por fin había dado con la fórmula perfecta? (nadie lava más blanco), ¿o cuando Veterano era cosa de hombres? (hoy el creativo estaría pendiente de juicio por machista).

Incluso, cuando los mensajes apelan a lo mejor del ser humano, y son motivadores e inspiradores (generalmente cuando las cosas van mal y/o hay que ser solidario: es decir, anuncios hechos para el colectivo), al cabo del tiempo (cuando la cosa se tranquiliza o mejora) vuelven a dirigirse al individuo y no a la colectividad. Así, si os fijáis, vuelven los triunfadores, los y las modelos espectaculares, los jovencitos tarados que saltan como cabras y gente así. Se vuelven a utilizar recursos como la envidia, el egoísmo, la vanidad y ese buen rollito comunicacional desaparece. Ahí están las hemerotecas y You Tube para comprobarlo. Pero me desvío.

Me ha dejado una sensación agridulce por lo arriba comentado y porque creo que todos vamos conociendo el paño del que estamos hechos y tendemos a «caducar» u olvidar aquello que nos incomoda o que requiere un esfuerzo. Hablé de ello en «Nos dejamos engañar y lo sabemos». Evidentemente, no soy una excepción y no estoy libre de pecado para tirar ni la primera ni la última piedra, pero me gustaría que determinados mensajes no caducarán, que estuvieran siempre a nuestro lado, que se repitiesen hasta que calasen en lo más hondo de nuestro ser para realmente sacar lo mejor de todos nosotros y que todos juntos ahora (All togheter now) lo hiciéramos y no cuando se trata de unos Juegos Olímpicos, hacer estadísticas sobre muertos y heridos, contabilizar pérdidas económicas o fletar puntualmente aviones para ayudar a gente que está mal un día si y otr también.

Yo me estoy entrenando para ello

domingo, 13 de septiembre de 2009

Historias breves para una tarde de domingo

Los domingos, por lo general, se hacen otras cosas. Se cambia por unas horas el orden al que nos sometemos o estamos sometidos. Sólo hay que salir a la calle para comprobarlo. Hay menos ruidos, menos gente, andamos más despacio. En definitiva, parece que el mundo o nosotros vamos al ralentí. Parece como si nuestras capacidades, niveles de concentración estuvieran, ya digo, bajo mínimos. Sin embargo, esto no es del todo cierto. Esa relajación, esa modorra, esa hibernación temporal que nos entra, nos permite a su vez tener la mente más clara (al no estar pensando en muchas cosas a la vez, ya sea trabajo, obligaciones, compromisos...) dejándonos la oportunidad de concentrarnos o disfrutar de aquello que nos gusta. Es decir, «tenemos tiempo» para nosotros que aprovechamos para leer, pasear, cocinar, ver familiares y amigos, ir al fútbol, al Campo, a la Sierra…Cada uno, a su manera.

Por eso, como habéis llegado aquí, (os agradezco el tiempo que invertís en Soul Business) y yo voy a hacer otras cosas, os dejo unas muy breves historias para la tarde del domingo que no cuesta mucho leerlas y que lo mismo sirven para reflexionar, que para jugar. Espero que os gusten.

El sentido de los cuentos

El Maestro sufí contaba siempre una parábola al finalizar cada clase, pero los alumnos no siempre entendían el sentido de la misma...

- Maestro – lo encaró uno de ellos una tarde. Tú nos cuentas los cuentos pero no nos explicas su significado...

- Pido perdón por eso. – Se disculpó el maestro – Permíteme que en señal de reparación te convide con un rico durazno.

- Gracias maestro.- respondió halagado el discípulo

- Quisiera, para agasajarte, pelarte tu durazno yo mismo. ¿Me permites?

- Sí. Muchas gracias – dijo el discípulo.

- ¿Te gustaría que, ya que tengo en mi mano un cuchillo, te lo corte en trozos para que te sea más cómodo?...

- Me encantaría... Pero no quisiera abusar de tu hospitalidad, maestro...

- No es un abuso si yo te lo ofrezco. Solo deseo complacerte...

- Permíteme que te lo mastique antes de dártelo...

- No maestro. ¡No me gustaría que hicieras eso! Se quejó, sorprendido el discípulo.

El maestro hizo una pausa y dijo:

- Si yo les explicara el sentido de cada cuento... sería como darles a comer una fruta masticada

La rosa y el sapo

Había una vez una rosa roja muy bella, se sentía de maravilla al saber que era la rosa más bella del jardín. Sin embargo, se daba cuenta de que la gente la veía de lejos. Se dio cuenta de que al lado de ella siempre había un sapo grande y oscuro, y que era por eso que nadie se acercaba a verla de cerca. Indignada ante lo descubierto le ordena al sapo que se fuera de inmediato; el sapo muy obediente dijo: Esta bien, si así lo quieres. Poco tiempo después el sapo pasa por donde estaba la rosa y se sorprendió al ver la rosa totalmente marchita, sin hojas y sin pétalos. Le dijo entonces:

-Vaya que mal aspecto tienes. ¿Que te pasa?

La rosa contesta: Es que desde que te fuiste las hormigas me han comido día a día, y nunca pude volver a ser igual.

El sapo solo contesta: Pues claro, cuando yo estaba aquí me comía a esas hormigas y por eso siempre eras la más bella del jardín.

La rana y los gansos

Una rana se preguntaba cómo podía alejarse del clima frío del invierno. Unos gansos le sugirieron que emigrara con ellos. Pero el problema era que la rana no sabía volar. «Déjenmelo a mí -dijo la rana-. Tengo un cerebro espléndido». Luego pidió a dos gansos que la ayudaran a recoger una caña fuerte, cada uno sosteniéndola por un extremo. La rana pensaba agarrarse a la caña por la boca.

A su debido tiempo, los gansos y la rana comenzaron su travesía. Al poco rato pasaron por una pequeña ciudad, y los habitantes de allí salieron para ver el inusitado espectáculo. Alguien preguntó: «¿A quién se le ocurrió tan brillante idea?» Esto hizo que la rana se sintiera tan orgullosa y con tal sentido de importancia, que exclamó: «¡A mí!» Su orgullo fue su ruina, porque al momento en que abrió la boca, se soltó de la caña, cayó al vacío, y murió.

Un minuto de sabiduría

- ¿Existe eso que se llama "Un minuto de sabiduría"?-preguntó el alumno.


-Por supuesto que existe, replicó el maestro.

-Pero un minuto ¿no es demasiado breve?.

- No, es cincuenta y nueve segundos demasiado largo.






viernes, 11 de septiembre de 2009

Cloudconsulting: una Soul idea que en sí es un Soul Business

Pues me he apuntado. Tiene buena pinta. Y «La culpa» la tenéis vosotros. Si, vosotros que me leéis y os leo. Una de las razones por las que merece la pena escribir un blog es que en el camino vas conociendo gente. Gente de todo tipo, ideología, sensibilidad, gustos etcétera. A varios los conoces personalmente: son amigos, conocidos, colaboradores, familia…Otro grupo lo forman los amigos, conocidos, colaboradores, familia de los anteriores…y por último gente que no conoces de nada, y que en algunos casos, no verás en tu vida, con los que no conversarás nunca e incluso ni chatearás o te cruzarás con ellos sin saber que os habéis leído. Estos, a su vez, te recomendarán y el ciclo seguirá…
Al final, bueno, al final no, (que esto nunca acaba), te vas dando cuenta de la cantidad de personas a las que le gusta comunicarse con otras aunque sea de forma «virtual»; a las que les gusta compartir opiniones, emociones, ideas, reflexiones…

Y me gusta, me gusta la variedad de gente que pasa por aquí y que expresen lo que quieran. Para mí, esto de los blogs, además de terapia personal como he comentado en alguna otra ocasión, me sirve para conocer mejor lo que somos, lo que hacemos y lo que queremos. De hecho sigo diferentes blogs de temáticas muy diferentes. Voy mirando, y cuando encuentro uno que me gusta, lo adopto y lo sigo habitualmente. Los hay muy buenos y variaditos de cada especialidad, pero para que lo adopte me debe gustar el contenido y además me debe gustar la persona que lo escribe. Hay, algunos, ya digo, muy buenos que leo, pero que no acabo de adoptar o participar casi nunca, porque me parece que no tienen alma o son demasiado técnicos y parafraseando o tuneando al Licenciado Vidriera, personaje creado por Miguel de Cervantes, «Ni soy tan necio de creerme conocedor de todo, ni tan venturoso de serlo»

Así que voy siguiendo a aquellos autores que me parece que me aportan algo y que además tienen un algo especial; algo único que a mis ojos y a mi mente les hace diferentes. Gente con una sensibilidad especial.
Pues bien, después de este rollo que os he metido, comprenderéis por qué me he apuntado a Cloudconsulting. Visitando el blog La inteligencia de las emociones, su autor, Josep Julian hablaba de un sueño que se llamaba Cloudconsulting. Extraigo alguno de los párrafos:

«Y eso qué es os preguntaréis: un sueño hecho realidad, un espacio de encuentro en el que poder compartir una parte significativa de experiencia y conocimiento de forma completamente altruista. Pensamos que para dar servicio de calidad a los clientes en la nueva era que se avecina o en la que ya estamos instalados, cada vez será más necesario unir talentos, esfuerzos, experiencias, etc. Eso es lo que significa Cloud Consulting y a ello están llamados e invitados desde este momento todos aquellos buenos profesionales (no sólo consultores) que compartan este sentimiento y que piensen que ese puede ser un buen lugar para aportar y recibir.»

El texto estaba lleno de palabras positivas o claves. Hasta aquí, más o menos lo de otras iniciativas, pero leyendo la declaración de intenciones y la voluntad de no ser excluyente, me apunte. Lo poco que he visto me ha gustado, y el nivel, sin haber profundizado me parece bastante bueno, al igual que los comentaristas que suelen pasar por La inteligencia de las Emociones (algunos de los cuales tienen unos blog muy brillantes o hacen reflexiones estupendas).

Una vez dentro del Wiki, que de esto va el asunto y que habrá que manejar al menos lo básico, se pueden ver documentos, videos, artículos, trabajos, fábulas y más cosas (que no me he tenido la oportunidad de trastear) bastante interesantes. Buena pinta, y un reto, porque no se si yo tendré la capacidad de aportar ideas muy brillantes. Además, me han dado la bienvenida los dos administradores, de una forma muy cordial y humana, en lugar del «Su proceso de alta ha finalizado». De momento, me han adoptado. Me ha gustado porque conocen poco de mi, pero se fían y eso, queráis o no siempre es un halago.

Como me gusta ayudar a la gente a cumplir sus sueños (es parte de mi trabajo) me he apuntado, porque me parece un sueño bonito.

Y este post, como no podía ser de otra manera, se lo dejo acabar a Josep Julian

«Y poco más que añadir excepto que aquell@s que tengan interés y quieran formar parte deben tener presente que la entrada implica aceptar un compromiso colaborativo real. El horizonte es el que seamos capaces de crear entre todos.»

Os dejo el primer video que he subido a CloudConsulting y que no sé por qué, no lo había utilizado hasta ahora.
Si el sueño se cumple se beneficiará mucha gente y solo por eso merece la pena intentarlo.

Feliz fin de semana

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Del botellón, del alcohol y Leo Harlem

Acabo de llegar a casa. Vengo de conversarme unas cervezas con unos amigos. Han sido más de dos y tres, pero nos las hemos conversado. Hemos hablado de lo humano y lo divino (de esto menos porque no tenemos mucha idea) y ha estado bien. Posiblemente a más de uno, nos hubiese apetecido quedarnos un poco más, y alegría, que no decaiga, la última y nos vamos y esas cosas. Estábamos, como dice la canción, muy agustito, pero el sentido común, la sensatez, los años, nuestras otras obligaciones y el bolsillo, nos han dicho que más vale una retirada a tiempo que hacerse al día siguiente el intelectual en el curro simulando que piensas, cuando en realidad tienes un dolor de pelota y un mal cuerpo del carajo. No es bonito.
Todo esto viene a cuento, de la noticia que aparecía en portada en gran parte de la prensa y abría las noticias de diferentes canales de televisión. En Pozuelo se había montado «La de Dios es Cristo», «La de San Quintín» cuyo origen era un botellón: para los lectores del otro lado del Atlántico o desconocedores de las costumbres de eso que aún se llama España, una multitud de personas (más de mil o así) bebiendo en espacios públicos con la sangre y boca muy caliente y el cerebro aparcado al abrir la botella.
Pues bien, la noticia contaba que, varios, muchos o todos (depende del medio que lo contase) de los asistentes a estas fiestas, que por cierto son anunciadas por los mismos medios y semi autorizadas por Ayuntamientos, (de hecho habilitan espacios o explanadas) que desean ser noticia, habían querido asaltar la comisaría de la localidad y se habían producido incidentes o disturbios.
Y no me extraña. Ya no se sabe beber. En países como Italia, Francia, España, Portugal..., el alcohol era un medio y no un fin. De hecho, el borracho estaba mal visto. Había una cultura o forma de entender el asunto. Todo lo contario de lo que ocurre en países como en Finlandia, donde lo más natural del mundo es «cocerse» cuando toca: como el que va a setas.
Y, en este país, nos llevamos a la cabeza y nos escandalizamos de que los jóvenes se hayan convertido en hooligans o prefieran el fin al medio. Siempre vieron a los mayores beber o fumar como la cosa más natural del mundo; vieron como la sangría corría a litros, y como se les inició casi voluntariamente en esos ritos de mayores. Siempre hay una imitación, por mucha rebeldía adolescente que se quiera vender. Pero a estos adolescentes no se les advirtió de los peligros (tan solo unas broncas, cuatro voces moralizadoras mientras se sujetaba el chato, el botellín, el «Veterano» o el vaso de Whisky) ni de que el alcohol puede ser un medio (a veces ni eso) pero nunca un fin. Lo más a dejar el garrafón y pasarse a la marca
Un día hablaré de los «Connaisseurs».
Hay una gran diferencia entre trasegar o conversar una botella. Y esa lección, parece que se olvidó hace mucho tiempo.
El botellón siempre ha existido. La diferencia es que antes era un medio: es decir, se conversaba; era furtivo y tranquilo. Ahora se ha convertido en un Record Guinness de ver que pueblo, ciudad, o región junta la mayor cantidad de gilipollas gritando y cantando como consecuencia de esos etílicos efluvios (pon aquí la marca) provocados por veinte tragos de golpe. Todo por ser noticia. Unos y otros. Así nos va.
Yo seguiré conversándome las botellas o las cervezas y, cursi o tonto de mí, el único ataque en el que me meteré será el de la melancolía (para los cánticos regionales estoy mayor)
Os dejo un extracto de Leo Harlem, un tipo con el que me he conversado unos cuantos “clinky clinking” hablando sobre este tema. El lo trata con humor, pero los dos sabemos que esto es muy serio

martes, 8 de septiembre de 2009

El Principito «Revisited»

La primera vez que lo leí empezaba así : « Lorsque j'avais six ans j'ai vu, une fois, une magnifique image, dans un livre sur la Forêt Vierge qui s'appelait "Histoires Vécues". Ca représentait un serpent boa qui avalait un fauve. Voilà la copie du dessin». No creo que tuviese más de diez años cuando, a través de mi hermana o de la profesora de Francés de L´Alliance Française, tuve la oportunidad de leerlo. La segunda, unos años después, de adolescente, comenzaba así: «Cuando tenía seis años, vi una vez un extraordinario dibujo que trataba sobre la Selva Virgen, llamado…»
En ambos casos su lectura me dejó un poco indiferente. Bueno, sí, la historia no estaba mal, pero no acababa yo de encontrarle el punto. Me gustaba la forma en la que estaba escrito: había muchas frases brillantes, las historias eran entretenidas aunque, desde mi punto de vista, se sucediesen sin aparente cohesión pero, fallo mío: o no las comprendía ó pensaba que a ese niño vestido con capa azul, que podía respirar en cualquier planeta, se le había ido la cabeza. Aún así, lo volví a leer en un par de ocasiones más (hay que tener en cuenta que no se trata de un libro de 1.000 páginas tipo «Los Pilares de la Tierra») y poco a poco descubrí que en realidad era un libro para adultos escrito por un niño que se hizo piloto y escritor, que se disfrazaba de Príncipe para invitarnos a reflexionar sobre como actuamos, y a enseñarnos a ver, mirar, observar, pensar, sentir y conocer.
Hay un párrafo que me gusta especialmente. Eso sí, hay que leerlo tres veces, por lo menos: Una como niño, otra como adolescente y otra como adulto. Y además. Observareis cómo el significado es diferente. Si además lo aplicáis a otros ámbitos de la vida como son las relaciones personales, la vida profesional, los viajes, nuestra propia forma de interpretar las cosas, el resultado es espectacular.
«A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: ¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas? Pero en cambio preguntan: ¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre? Solamente con estos detalles creen conocerle.»
El Principito (Antoine de Saint-Exupéry)

¿Os suena?
Este post se lo dedico a un sobrino mío al que por lo visto no le gusta leer (así que dudo que esto lo lea) pero que en su forma de ser y pensar se parece mucho al Principito. Y a mí hermana mayor, que hablando sobre libros, se lo había recomendado. Y es que El Principito es un libro de «flipar»: se lee en un rato y no se abandona nunca. Ideal para aquellos que cuando leen disfrutan creando sus propias historias.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Nos dejamos engañar (y lo sabemos)

No tengo la menor idea de cuando el hombre se convirtió en un ser racional, entre otras razones porque año más, año menos, no me va a aportar a estas alturas de mi vida (no soy antropólogo ni freaky del asunto) gran cosa y uno ya empieza llenar el disco duro con historias que a su juicio le parecen más interesantes. Además, no está el cerebro como para almacenar cosas sin ton ni son ya que – como los ordenadores - puede petar y reiniciarlo no siempre funciona.
A lo que iba, desde ese momento en el que el hombre comenzó a comunicarse mediante la palabra y dejó de actuar bien por instinto, bien como consecuencia de la experiencia aprendió a razonar. Hasta aquí, con matices, todos de acuerdo. A lo largo de los siglos, cuanto más razonó, más experimentó y más se documentaron las experiencias, más se desarrolló la civilización y a medida que pasa el tiempo, esos cambios se producirán más rápidamente. Y si no, echad las vista atrás, diez, quince o veinte años y pensad cuantas cosas han desparecido o están a punto de desaparecer (máquina de escribir, telex, polaroid…) y cuantas tendencias sociales han cambiado (ley del tabaco, culto al cuerpo, tatuajes…) o cuantas normativas o leyes van cambiando como consecuencia de ese cambio (medio ambiente, sociales…) En teoría, nunca como hasta ahora, la sociedad había estado tan bien. Lo tenemos casi todo para seguir evolucionando y que la vida nos ponga como nota un PA (progresa adecuadamente) y sin embargo acabamos fastidiándola.
Si miráis desde la distancia a la España de cinco o seis años atrás (justo después de la crisis de las punto.com), a mucha gente le parecería que vivíamos en los «Mundos de Yupi»: La crisis se llamaba pelotazo o trinque fácil; las colas del paro no es que estuviesen mal vistas, es que no se veían – al menos de puertas para afuera-; recibíamos regalos del gobierno y España no es que fuera bien, es que iba de «puta madre» ¡Qué tiempos aquellos! ¿No?
Pues no, no era buenos tiempos aunque nos lo hicieran creer o nos lo creyésemos. Si hubiesen sido buenos tiempos, hoy no estaríamos hablando de desesperación, de pobreza, de falta de esperanza, porque nos hubiésemos detenido a razonar y pensar, y no nos hubiésemos tragado la cantidad de mentiras adornadas de eufemismos que nos contaron y siguen contándonos. Tampoco hubiésemos tragado con esta política de pan y circo a la que nos tienen acostumbrados cuando ya no hay de qué mentir y nos desvían el problema con fútbol, baloncestos, festivales y cosas así.
Nos dejamos engañar y lo sabemos. Estamos ávidos de verdades que nos den sosiego, pero cuando estas llegan preferimos no hacerlas caso y seguir escuchando otras mentiras. Nos dejamos llevar por ellas y somos incapaces de reflexionar y asumir que el cambio, empieza por uno mismo sin hacer demasiado caso a los ruidos que nos pueden bloquear o petar el disco duro. Tantos años de civilización, de razonamiento y nos la siguen colando y lo sabemos; y además nos gusta. Somos muy raritos.
Nos podría pasar lo mismo que al fulano de esta historia árabe que os dejo y que me ha parecido genial.
Cierto día un hombre capturó un canario minúsculo, al que sujetó en la palma de la mano. El canario intentó negociar su libertad, diciendo al hombre:

-¿Qué quieres hacer conmigo? Soy muy pequeño. Dame la libertad y yo te diré tres verdades que te serán muy útiles en la vida.

-¿Pero cómo sabré que tus verdades tienen valor para mí? -replicó el hombre.

-Es sencillo: te diré la primera verdad mientras estoy todavía en tu puño; de ese modo podrás juzgar por ti mismo su valor, mientras estoy en tu poder. Te diré la segunda verdad cuando haya alcanzado la rama de ese árbol; si dudas de su interés, todavía me podrás alcanzar con una piedra. Finalmente, te diré la tercera verdad, la más justa, cuando ya vuele por el cielo.

El hombre encontró aceptables esas condiciones; después de todo, nada tenía que perder. Así pues, le pidió al pájaro que le revelase la primera verdad.

-Hela aquí -respondió el pájaro-. Si pierdes alguna cosa, aunque se trate de tu propia vida, no debes lamentarlo.

El hombre sonrió. "Ah -se dijo-. He aquí una verdad profunda. El desapego de las formas exteriores es el secreto de la verdadera libertad". Y dejó que el pájaro volase hasta la rama del árbol, desde donde le dijo:

-He aquí la segunda verdad: No creas todos los absurdos que te dicen, a menos que se te proporcione la prueba.

El hombre asintió una vez más. "Decididamente este pájaro es un gran sabio -se dijo-. Esta verdad es tan justa como la primera. El hombre se encuentra atraído de forma natural por la mentira y por la ilusión, causas de su codicia y de su falta de deseo de verdad. De ese modo se le puede hacer creer lo que sea". Y dejó que el pájaro volara. Pero apenas había abandonado la rama, cuando se puso a gritar:

-¡Desgraciado! No sabías que yo me había tragado dos enormes diamantes, gordos como tus dos puños. Si me hubieras matado, habrías hecho fortuna.

Al oírle tales palabras, el hombre montó en cólera e intentó tirarle piedras al pájaro, pero este se hallaba fuera de su alcance. Entonces el hombre empezó a lamentarse por su suerte y a dolerse por la fortuna que había dejado volar tan estúpidamente. Y en esto escuchó al canario que estaba riéndose.

-¿Por qué te ríes? -preguntó el hombre-. ¿Te estás burlando de mí?

-Sí -respondió el pájaro-. Porque tu codicia te hizo olvidar las dos verdades que te había enseñado. Te dije que no había que lamentar jamás una cosa, aunque fuera tan preciosa como tu vida, y tú ya te lamentas de haberme liberado. Te dije que no creyeras cualquier cosa sin una prueba, sobre todo cuando es algo que va contra el sentido común. Ahora bien, me has creído cuando te he dicho que me había tragado dos diamantes gordos como tus dos puños, cuando lo cierto es que todo mi cuerpo cabe en la palma de tu mano.

El hombre, lleno de confusión, no se atrevió a decir nada más. Pero el pájaro continuó:

-Eres un necio, y no mereces ni siquiera las verdades de un canario. Sin embargo, voy a decirte ahora mismo la tercera verdad, la más justa de todas. Hela aquí: Por culpa de su codicia y de las limitaciones de que es prisionero, de las cuales no logra librarse, el hombre se verá siempre pegado a la superficie de la tierra, y jamás podrá volar.

Y el pájaro remontó el vuelo hacia lo más alto del cielo, mientras el hombre se quedaba tristemente en tierra



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