miércoles, 30 de junio de 2010

No adelantemos acontecimientos

Somos muy dados a dar por hecho cosas que no han sucedido. Eso de pronosticar se nos da de cine aunque luego fallemos. Generalmente nuestras predicciones suelen estar basadas  en previsiones (tras haber analizado un montón de datos, tendencias y estadísticas), en corazonadas (sensaciones que no tienen ninguna explicación razonable, salvo que Punset u otros tipos que le dan mucho al coco nos den otra visión) o en deseos ( lo que nos gustaría que sucediese). En los tres casos no se puede asegurar nada si bien la lógica ilógica con la que nos solemos mover, nos diría que la opción basada en el análisis del pasado es la más razonable. 

Sin embargo, en múltiples ocasiones, comprobamos que lo que suponíamos que iba a ocurrir no se parece ni por asomo a lo que realmente ocurre. Es decir, no se cumplen las expectativas, sean buena o malas y todo porque no hemos comprendido aún que lo único que es cierto (y aún así tengo mis dudas) es lo que está ocurriendo ahora mismo, en el momento y que lo que pasó, pasado está y lo que viene aún no ha llegado por lo que no se puede contrastar. ¿O alguno sabéis quien ganará El Mundial de fútbol?

Por otro lado, las corazonadas son eso, corazonadas; percepciones que surgen espontáneamente, que se acomodan en nuestro cerebro construyendo ilusiones férreas que cuando no se materializan en realidades nos dejan un poco plof.

Por último, los deseos,  no son más que pensamientos que pretenden que todo gire a nuestro antojo.

Nos gusta adelantar acontecimientos, nos gusta predecir el futuro o creer que lo dominamos o que sabemos cómo va a ser. Pasa en todos los órdenes de la vida y no es malo. Lo malo es creer que podemos adivinarlo cuando a lo que podemos llegar en el mejor de los casos es a una aproximación.

Vivir en la era de la incertidumbre tiene estas cosas.  Piensa que si todo va mal podrá ir bien y viceversa, pero no adelantes nunca acontecimientos porque la vida da muchas vueltas y no todas son iguales.

 Y si no, leed lo que le ocurrió al fulano del cuento de hoy.

Feliz miércoles

Un peul y un bambara, que compartían la misma celda, se enteraron a través del guardián de que por orden del rey uno de ellos sería castrado y el otro decapitado.

El peul, más astuto que el bambara, empezó a quejarse de inmediato, gritando que le dolían los testículos, que le dolían mucho y que pedía un alivio. Gritó tan fuerte que el guardián fue corriendo, armado con un sable afilado, y le desembarazó de los dos objetos de su dolor. El peul sufrió muchísimo el resto de la noche, pero en el fondo de sí mismo estaba contento por haber salvado la cabeza.
A su lado, el bambara dormía profundamente.
Por la mañana el rey los hizo llamar y les anunció que eran libres. Su castigo había sido levantado.
El peul se lanzó a una serie de imprecaciones y lamentaciones:
-¡El bambara ha salvado la vida -gritaba- y yo he perdido mis testículos!
-Nunca hay que leer la página cinco antes de la página cuatro -le dijo el rey.

lunes, 28 de junio de 2010

¿Nos creemos lo que decimos?

Ayer, Eugenio de Andrés en el blog Aprende del deporte lanzaba una reflexión sobre un comentario que había realizado en el post “La falta de valores mata un español”. Decía lo siguiente:

“Cada vez que un grupo de personas nos ponemos hablar sobre estos temas coincidimos. Pero entonces yo me pregunto ¿Por qué no conseguimos cambiar las cosas? ¿Será que no nos creemos lo que decimos o que es más fácil ser parte del problema?”

Como “de todo hay en la viña del Señor”,  supongo que habrá gente que sí crea en lo que dice, y gente que lo que diga tenga que ver más con lo que otros quieren escuchar que con lo que realmente piensen o crean, porque cuando uno habla lo hace para una audiencia aunque ésta sea de una persona.

En muchas ocasiones, hemos dicho que el hombre es una continua contradicción. Reflexionando sobre el comentario de Eugenio e intentando llegar un poco más allá, ya no lo tengo tan claro: no porque no lo asuma como verdad, sino porque creo que lo que pasa es que pensamiento y actos suelen estar desajustados. Es decir nuestras palabras no se corresponden, o al menos no con la rotundidad con la que afirmamos las cosas, con nuestros actos.

Podríamos justificarlo diciendo que esto forma parte de la misma naturaleza humana, que somos así o que circunstancias obligan; que un mal día lo tiene cualquiera o que, en realidad, lo que quería decir era... Todo ello, amparándonos, como digo,  en lo que nos rodea, en el momento, en los peros, o en… sin haber contrastado con uno mismo, sin haber realizado un ejercicio de diálogo interior que posibilite que pensamiento, palabra y hechos sean uno.

Hablamos mucho para los demás y nos decimos pocas cosas a nosotros mismos, ni tan siquiera nos decimos cosas al oído. De vez en cuando algún susurro, alguna reflexión hecha a toro pasado, pero poca cosa. Entrenar la palabra, dominar el lenguaje es relativamente fácil, pero la actitud, que es lo que hace creíble nuestras frases ya lo llevamos peor.

Cuando uno se habla a si mismo y hace oídos sordos a todo lo que hace ruido como puede ser la envidia, la ira, la vanidad, la soberbia, el miedo o el que dirán, empieza a convertir la palabra en actitud, la actitud en hábito y el hábito en conducta lo que al final permite que no es que uno no sólo crea en lo que dice, sino también que los otros le crean y como consecuencia de ello cambiar las cosas. Lo demás es, como apuntaba Eugenio, ser parte del problema.

Otras cosas no, pero esos cambios, por pequeños que sean siempre están en nuestra manos. Será la forma de hacer buenas nuestras palabras, de creer en ellas.

Feliz lunes

viernes, 25 de junio de 2010

Un Café con Josep Julian y algo más de Soul India

Hace exactamente un año publicaba el post De velocidad, de tecnología, del alma y de la mente. En él comentaba lo siguiente:

Vivimos acelerados; a toda leche, pidiendo créditos al banco del tiempo, único banco universal que se caracteriza por prestar cada día la misma cantidad a todos los seres de la Tierra, que no pide avales ni cuentas ni devolución, ni intereses, ni te embargará. No pide explicaciones, la única condición que pone es que no exijas más de lo que concede diariamente, y te avisa de hagas lo que hagas se consumirá, no se acumulará y nunca te ampliará el crédito, ni siquiera una décima de segundo más. Aún así, nos empeñamos en forzar la máquina sin darnos cuenta de que cuanto más deprisa vayamos, menos capacidad de análisis y reflexión tendremos, convirtiéndonos en autómatas que un día tuvieron alma.”

Hoy he tenido la oportunidad de hacer un kit kat para tomar un café con Josep Julian, al cual no conocía personalmente, y disfrutar de su charla, de los interesantes servicios que su empresa ofrece, de cosas de trabajos, de viajes y de personas. Han sido dos horas de esas que te dices ¡qué suerte tienes de poder parar por unos momentos la locura del día a día y seguir aprendiendo! El caso que antes de regresar a casa y conectarme por remoto con la oficina, le he estado dando vueltas a eso de la velocidad y me he acordado que había escrito lo de arriba. Gestionar el tiempo ¿qué difícil verdad?

Ayer me preguntaron que cuando dormía, aunque en realidad la pregunta debería haber sido cuanto dormía y contesté que deprisa: debía haber añadido que además bien.

Procuro gestionar mi tiempo adecuadamente. Unas veces con metodología, planificación y escaleta y, otras, lo tengo que hacer a rebufo, bien por necesidades de guión, bien porque me lo he saltado, o bien, porque de vez en cuando, también me lo gestionan; unas veces lo consigo y otras exige un sobresfuerzo que uno, por eso de relativizar las cosas, que no le dé un infarto o le salgan canas antes de tiempo procura llevarlo con dignidad. Es decir, más o menos bien: es lo que toca, aunque no sea lo ideal: ya me gustaría ver a muchos expertos gestionando algunas bombas de relojería laborales, conciliando  familia, amigos, reconciliándose con uno mismo… al tiempo que se ha roto la caldera, te han llamado que van a pasar los del contador de luz, tienes que recoger antes de las ocho el traje de la tintorería y te están dando la murga constántemente por teléfono (que te preguntas eso de En qué día se te ocurrió consentir o no leer la letra pequeña) un montón de entidades bancarias, empresas de comunicaciones (que ahora todo va en pack), aseguradoras, además de esa señora que se suele equivocar al marcar que te sigue llamando Manoli o preguntandote si no es “encasa” de Manoli o repitiéndote el número de teléfono hasta que cantes bingo y más cosas y todo eso gestionarlo  en hora y sin despeinarse, con un sistema infalible; con un par.
   
Vivir en la era de vamos a toda leche tiene estas cosas; pero de vez en cuando te reencuentras con momentos, ya digo, como el de esta tarde y es entonces cuando  rememoras, cosas, gentes, instantes, situaciones, paisajes y piensas que a lo mejor no es para tanto y que ir a esa castaña lo que permite es disfrutar mucho más, de una forma más intensa todo: Como los dos cafés que me he tomado con Josep Julian.

Para el fin de semana otro capítulo de Soul India.

Feliz fin de semana

Kilómetros de confusión 

Antes de partir de Mont Abu, había tenido una pequeña discusión con Dinesh sobre cuál era el mejor itinerario para llegar a Ranakpur, un lugar donde se pueden admirar el templo jainista de Adinath y otros templos menores —más que nada porque son más pequeños— que pueden estar a la altura de los de Dilwara. La discusión era sobre la carretera: él quería llegar cuanto antes a Udaipur. Razonaba que el camino más corto era el más rápido, y yo le decía que la mejor ruta era la más segura; la más rápida. Finalmente, circulamos por donde él consideró; total, a mí qué más me daba. Nos extraviamos por una maraña de pistas que nos hizo multiplicar los kilómetros y el tiempo, y yo, lógicamente, me quedé encantado.

En esos momentos de carretera y paisajes, de aldeas y ojos de curiosidad, me hubiese dado lo mismo acabar en Bombay. Me recreaba en las llanuras del Rajastán. Las cabras eran pastoreadas por turbantes de colores que, a menudo, acorralaban nuestro Ambasador en los cruces de los caminos. En esas circunstancias Dinesh se «despistaba», desviándose de los preceptos de su religión, sacando el conductor cabreado que muchos llevan dentro, y despotricaba contra las cabras, los pastores y la madre que los parió. Nuestro flamante Ambasador tornaba el color de blanco a crema y quedaba sucio. Dinesh gesticulaba y lanzaba improperios, con una ligereza impropia de quien no se distinguía por su rudeza verbal.

El asunto es que llegamos a Ranakpur con dos horas de retraso sobre el horario previsto, pero durante ese tiempo en el que la carretera nos «engañaba», tuve la ocasión de errar por las solitarias aldeas del «oeste americano-indio» y de observar cómo a Dinesh se le pasaba el enfado cuando devoraba unos buñuelos de cebolla y pimiento que le habían servido en un mugriento cucurucho de letras impresas en sánscrito, en un dhaba perdido del mundo, mientras yo pastoreaba con la imaginación los rebaños de cabras.

Ranakpur asomaba encerrado en montañas. La temperatura de la zona era más baja, más húmeda, más del norte. El verde lo forraba todo. No se avistaban animales; pero se oían. No se veían apenas personas, se presentían, y en algún momento me dio la sensación que el alma de África había viajado hasta la India.

Concienzudamente esculpidos, los templos de Ranakpur son otra de las maravillas de la arquitectura jainista de la India. Divagar descalzo sobre el mármol mientras te deleitas en cada detalle, te hace arrinconar el tiempo y el cerebro: los rayos de luz, que penetran por los huecos, son torrentes que abrillantan el mármol tallado transmitiendo vida.

Siempre admiré a la gente capaz de inventar y crear sólo con su cabeza y manos, pero en este caso, cuando miles de personas consiguen, cincelando el mármol, una total armonía entre las proporciones y el estilo, solamente puedes descubrirte, decir «olé» o «chapeau».

Arrancamos tras beber agua. En lugar de tomar la carretera principal, Dinesh ascendió por las peligrosas curvas de las escarpadas laderas de la montaña. Nunca retornaba por el mismo sitio, como recordando que no se debe mirar al pasado, como sugiriendo que lo esencial es avanzar, conocer lo desconocido, sin importar cuan tortuoso sea el camino.
Antes de llegar a Udaipur, nos detuvimos a beber dos chais reflexivos, dos ardientes infusiones que eran silencios de días contradictorios. Udaipur nos esperaba abajo. 



miércoles, 23 de junio de 2010

Los veinte euros de MaS o ¡Vaya Tropa!

Hay una anécdota que siempre me gustó. Se la oí al fallecido  Luis Carandell en la radio hace mucho años. 

Por lo visto el Conde de Romanones tenía intención de se nombrado académico de la lengua. Para ello, fue indagando (realizando encuestas) entre los miembros con el propósito de ganarse su voluntad. Así , fue trabajándose el voto de cada uno de los encuestados quienes le aseguraron que podían contar con el. Todos le votarían 

Al acabar la votación, se le acercó un ujier y le informó del resultado:

- Señor, no ha salido elegido.

- ¿Cuántos votos he tenido?- quiso saber.

- Ninguno, contestó el funcionario

El político se quedó unos instantes pensativo y concluyó: ¡Vaya Tropa!

Con esta pequeña introducción que me ha venido al pelo empezamos hoy . El lunes nuestra amiga María (MaS para los lectores de este blog o viceversa) publicaba un interesantísimo post sobre una experiencia que había tenido con un encuestador, que os recomiendo que leáis porque da para reflexionar mucho y replantearse si las encuestas son necesarias (que posiblemente), si están bien planteadas (se supone) o si son precisas y/o útiles (aquí uno ya duda). El caso es que al final de toda la historia se llevó 20 euros, que por lo que cuenta, ya han cambiado de manos y vete tu a saber dónde estarán por eso de que el dinero fluye aunque sea, como en este caso en formato “vale”: osea, que sirve.

Lo que ya no tengo tan claro es que lo que sirvan sean determinadas encuestas, porque, en ocasiones, el resultado de las mismas no es que sean sorprendentes sino que son increíbles y escapan a toda lógica: Ciencia ficción vamos. Para muestra el siguiente titular aparecido en El Mundo “Los europeos prefieren la ciencia al deporte, según el Eurobarómetro”. Ahí queda eso.

Una de tres, o la noticia está tuneada para que piquemos y sigamos leyendo, con lo cual pasa de ser información a opinión; o el personal miente más que habla, que me da que sí; o la muestra ha sido realizada entre los seguidores de Punset, lo que me extrañaría sobremanera ya que intuyo que localizar a sus seguidores, pongamos por caso en Oslo o La Toscana, lo veo un poco complicado. Así que me inclino por la natural tendencia humana a la larga cambiada o al requiebro fino cuando algo nos incomoda, aburre, pretende descubrir nuestras cartas, tenemos el día guasón o contestamos no de acuerdo a lo que somos y a nuestra circunstancia sino a lo que nos gustaría ser. Es decir, contamos desde mentirijillas a trolas gordas por las razones apuntadas más arriba y por muchas otras que entrarían en el terreno de la psicología.

Luego pasa lo que pasa, que las cosas no cuadran y los documentales de “la dos” según los encuestados se ven más que los tuneos de Belén Esteban   cuando los datos de audiencia muestran lo contrario, o que la peña no piense salir de vacaciones porque no hay dinero y luego está todo lleno y cosas así.

Dándole vueltas al asunto, no me extraña que o mintamos o contestemos al buen Tun Tun. Si os han hecho una encuesta telefónica sobre la calidad de servicio al cliente de cualquier empresa, de las larguitas, no de esas de sí, no y depende, (encuesta quiniela 1x2 la llamo yo) y habéis tenido la paciencia de responderla, llega un momento en la que ya ni sabes lo que respondes, o lo haces a voleo para acabar cuanto antes. Si es presencial, como la de MaS, el pudor, la desconfianza o el mismo tono de voz del encuestador al preguntar, puede producir que la respuesta sea tan alejada de lo que realmente se piensa como lo está la Vía Láctea de la fabrica de “La Lechera”; y si es tipo formulario, con respuestas a puntuar entre uno y diez como la que con buena intención intenté rellenar el otro día y que abandoné porque eran demasiadas decisiones y comparaciones sin tener datos objetivos o conocidos para hacerlo, al final, si contestas,  lo haces, a voleo.

Otro factor que influye es como te pillen. Si te pillan de buen rollito todo puede ser maravilloso, incluso sincero,  y uno contestará con la mejor voluntad, pero si te pillan mosqueado porque, por ejemplo, no tienes conexión a Internet mejor que no te llame tu proveedor del servicio a preguntarte ¿que tal?, ¿te mola nuestro servicio? porque seguro que al currito (a preguntar o realizar este tipo de entrevistas solo se manda a la infantería o a los mercenarios) no es que le cuentes la verdad es que además vas ampliar la información comentando lo que opinas del servicio, de los que trabajan allí e incluso realizando sugerencias de cual camino deben seguir o adonde deberían ir.

¡Ah! también están las encuestas abiertas, aquellas que aparecen todos los días en cualquier medio en Internet etc…que se lanzan siempre en el momento más inoportuno desde el punto de vista de búsqueda de la objetividad y que generalmente están relacionadas con un titular interesado que busca la respuesta y que, como en el caso anterior, condiciona la respuesta, lo que de alguna forma se puede considerar una mentira.

En fin, que me gustaría ser como MaS, más responsable, más colaborador y creer en la bondad de algunas encuestas, pero cada día soy más escéptico y no se si con los 20 euros nos corregiríamos o seguiríamos siendo merecedores de la expresión ¡Vaya Tropa!

Feliz miércoles.

Hoy Thinking Souls Verdades como puños


lunes, 21 de junio de 2010

¿Juzgamos con ligereza?


He dudado si poner el título como afirmación o como interrogación. Finalmente he optado por escribirlo con signos que siempre me recordaron al Capitán Garfio porque lo que se pretende es que este sitio sea un lugar participativo en el que además de contaros lo que se me ocurra sea un espacio donde cada uno pueda opinar y reflexionar sobre lo escrito. Pero entremos en materia.

Somos unos cabritos. Sí, lo digo sin cortarme un pelo y siendo consciente de que una parte no esté de acuerdo con ello e incluso pueda indignarse o molestarse, pero tengo mis razones. Una de ellas, que es la que nos ocupa hoy, y en la que baso mi aseveración es que juzgamos a toda leche, es decir, emitimos nuestros juicios sin reflexionar, dejándonos llevar no sólo por nuestras emociones sino también por nuestros intereses o lo que nos pide el cuerpo en ese momento sin tener en cuenta si realmente nuestra sentencia es justa y las consecuencias de la misma adecuadas al mal hecho. Pasa mucho. 

No hablo de criticar, que es un deporte nacional, no exclusivo de estos lares, y que suele estar alimentado por los medios de comunicación a nivel general y, a nivel doméstico, en pandillas de amigos, familia y  conocidos varios, sino  de condenar en una u otra medida individualmente, y en la que si bien puede haber influencias externas, es uno, el que al final dicta la sentencia movido generalmente por una reacción que se produce cuando lo juzgado le afecta a, como decía, sus intereses y emociones con lo cual el desarrollo de los juicios están fundamentados la más de las veces en reacciones y no en argumentos sólidos que promuevan la equidad y la justicia.

Pensad en ello. Es posible que hayáis condenado a alguien por una cosa sin importancia o injustamente. O No.

Os dejo un cuento que explica mejor lo que quiero decir.

Feliz lunes

En un lejano reino, el monarca era muy aficionado a la caza y se servía para ella de dos halcones muy hábiles a fin de atrapar las presas. Sentía tanto afecto hacia sus implacables aves, que un hombre de su confianza tenía como única tarea velar por las mismas y mantenerlas siempre bien adiestradas para la caza. Pero un día, en un descuido, el hombre dejó escapar a uno de los halcones. El rey montó en cólera y ordenó que ejecutaran al negligente. Pero uno de los consejeros del monarca era un hombre sabio, de mente serena y lúcida. Con tono sosegado le dijo al rey:

-Majestad, el condenado ha cometido grandes crímenes para merecer con creces la pena capital. Además, creo que convendría hacer pública su culpabilidad a fin de que el pueblo lo repudie sin contemplaciones.

El consejero, en presencia del monarca, se dirigió al condenado para decide:

-¿Sabes lo imperdonable de tu delito? Siendo encargado del halcón real lo has dejado escapar por negligencia. Y lo más grave es que tu culpabilidad ha movido a su Majestad a ordenar tu muerte por la desaparición de su animal favorito. Y la peor consecuencia de todo es la crítica que podría provocar tu condena en los demás reinos contra nuestro soberano. Sería culpa tuya si se desprestigiara a nuestro rey debido a las calumnias de que su Majestad aprecia más a un animal que a uno de sus súbditos. ¡Tendrás que pagar con tu muerte todas estas consecuencias terribles!

Al terminar de expresarse así su consejero, el monarca afirmó:

-He decidido perdonar la vida a este hombre. Tu condena lo ha absuelto.

viernes, 18 de junio de 2010

El bazar de Jodhpur


Me gustan los bazares, los mercados: Son lugares que te llenan de vida. Para el fin de semana os dejo El bazar de Jodhpur de Soul India.

Feliz fin de semana

A medida que pasaban los días, mi necesidad de integrarme en la vida de la India y poder compartir las inquietudes, las preocupaciones, las conversaciones con la población aumentaba: en ocasiones el coche, los monumentos, los hoteles te aíslan. Quizá eres tú el que sin darte cuenta te alejas o construyes unos muros, unas barreras que nunca quisiste poner.



En un momento de lucidez, le dije a Dinesh que parase, que yo me bajaba en ésta, no en la próxima, que me esperase en la torre del reloj en tres horas, quizá en tres diez, que pasase una buena tarde. No le di tiempo a reaccionar. Se quedó con la boca abierta: esta vez era él, el que no entendía nada. Yo ya era como India, un hombre de contradicciones al que no había que buscarle explicaciones. Cuando fue a decirme algo, ya estaba desapareciendo en una ciudad pintada de azul.



Quería bifurcarme, desdoblarme en cada calle, ser sombra atrapada por el alma de un país que me estaba envenenando; quería llamar a la puerta de cada casa y escuchar Namasté. Anduve kilómetros de laberintos. La gente, sentada de forma dejada, caprichosa, intercambiaban palabras de tono apagado, y los niños jugaban a saludar casi de militar.



Los bazares asomaban a escasa distancia, y como burro de zanahoria, mis pasos seguían una única dirección. Me perdí por ellos, introduciéndome en el bazar de las especias, donde por primera vez durante mi estancia en India pude aspirar los aromas que desprendían las especias expuestas en desgastados costales. Quise hundir mis manos en los ordenados sacos de las coloridas especias, ansiando en ese instante apresar la tierra manchándome de algo puro. El bazar, organizado por gremios y actividades, era un continuo ir y venir de gentes cuya voz se fundía con el bullicio de la música que provenía de pequeños tenderetes donde se vendían «casettes» pálidas del sol y la intemperie: pasé del bazar de los textiles, en el que centenares de telas enrolladas en enormes cilindros se sostenían en la pared a la espera de ser cortadas por las manos de unos sastres, que tumbados, charlaban a la espera de clientes, al multicolor de frutas y verduras donde la piña, el plátano y el mango eran olor de zumo recién exprimido. Los vendedores de trigo aventaban el cereal bajo deshilachadas carpas de esparto que eran pabellones con sabor a pan y polvo; al punto que los latoneros golpeaban el brillante metal que en horas se convertiría en enormes cajas. Las zapaterías, de tres modelos, se anunciaban en carteles traducidos, cerca de los asépticos joyeros que, en humildes vitrinas de cristal, exponían sortijas de oro color huevo frito, pendientes y brazaletes de plata mate engarzados con piedras semipreciosas. Las joyerías, estaban vacías de gente y llenas de miradas. Todo lo contrario que los puestos de pulseras que, por miles, se apilaban en estanterías y que eran probadas y comentadas por mujeres que regateaban el precio, con vendedores de bigote turco que procuraban mantenerse firmes en los precios: ver cómo compraban y vendían era tan atractivo como husmear en el mismo bazar. No regateaban árabe; eran regateos de silencios, regateos reflexivos, regateos de única compra.



Para descansar de los bazares, me senté junto a dos policías: uno de tráfico, el otro local, que interrogaban a Dinesh sobre mí. Dialogamos unos minutos, y a pesar de que no sabían prácticamente nada de España —ni puñetera falta que les hacía—, se los veía ilusionados porque alguien venido de tan lejos visitase su ciudad.



— ¿Cómo es la policía allí? —me preguntaban—. ¿Es como aquí?



— Más o menos —respondía—, más o menos.



— ¿Cuánto ganan los policías en España?, ¿viven bien?



— No sé, no puedo responder —decía yo, viendo cómo se quedaban con una cara de «este tío es tonto», «mira que no saber eso».



La policía es un tema delicado para hablarlo con ellos, e ignoraba cómo funcionaba la de allí. No sabía de qué porra cojeaban. Explicarles lo de la Guardia Civil me hubiese llevado su tiempo, así que cambié el tercio y me despedí.



Según me dijo Dinesh en el coche, la policía de los pueblos y ciudades pequeñas es buena. No tenía la misma opinión de la de las ciudades grandes.



Hice unas fotos, y prometí enviarles una copia: promesa que cumpliré si consigo entender la dirección que el de tráfico escribió con letra de médico sobre mi pequeño bloc de notas. No querían que me fuese, querían seguir hablando conmigo, pero el día había sido largo, de ropa sucia y sudor seco. Necesitaba un tiempo para escribir y hacer planes —que la mitad de las veces no cumplía—, para los días siguientes: India era un mundo de conversaciones breves.



Cuando llegué al hotel seguía oliendo a bazar. El hotel en el que me alojaba tenía unos cuidados jardines plagados de frondosos árboles en los que anidaban juerguistas aves que cantaban saltando de copa en copa, como si fuesen de bares, y las ardillas jugueteaban y corrían por un nivelado césped en el que había una pequeña fuente cuyo chorro se precipitaba desde el surtidor a la base, creando una melodía de ecos acuáticos. Las habitaciones eran cabañas con un porche: la mía, tenía unos banquitos, una mesa y un columpio que se me hacía un poco cursi; un columpio de niña de tirabuzones y vestido blanco. Me duché, me cambié, pedí un té y, al atardecer, me dispuse a redactar parte de las experiencias vividas. Con la anochecida, telefoneé a mi madre, que seguía alucinada por lo bien que se me oía. No podía creer que estuviese tan lejos y que mi voz sonase tan cercana: ella no sabe que yo siempre estoy cerca aunque me encuentre lejos.



El que alucinó fui yo, un mes después, cuando me llegó la factura del móvil.




miércoles, 16 de junio de 2010

¿Sabes realmente quien eres?

El post de hoy tiene su origen en los post de dos twitteros José Luís del Campo Villares (@JoseLdelCampo) y Oliver Serrano (@oliverserrano) , con los cuales de vez en cuando intercambio unas palabras, algunas ideas y varias risas.

Creo que son dos buenos profesionales de lo suyo, además de tipos inquietos por naturaleza. Pues bien, ayer casi coincidían en la temática de sus blogs que resumiendo, o tal como lo veo yo, hablaban de una cosa muy importante, aunque con enfoques diferentes: Conocerse. 

Los artículos eran ¿Sabes cual es tu marca personal? de @JoseLdelCampo y Mi proyecto de búsqueda de empleo (I) mi DAFO personal de @oliverserrano y si bien José Luis hablaba de branding, es decir de construir imagen que te diferencie del resto y que seas bien percibido en tu mercado objetivo , Oliver se desnudaba exponiendo sus puntos fuertes, los débiles, sus oportunidades y sus amenazas.

El caso es que hoy, entre parada y parada de metro, me he dedicado a jugar con la mente y observar a la gente que estaba a mi alrededor y me preguntaba si aquellas personas tenían marca personal, que seguro que sí, (aunque la vista se va a unos pocos), y sí, llegado el caso, harían un autoanálisis como el de Oliver.

El caso es que he seguido dándole vueltas al asunto y he empezado a relacionar cosas y personas, a conocidos y desconocidos, a estrujar las neuronas, a provocarlas y he llegado a la conclusión de que es curioso como nuestra percepción nos engaña, aunque quizás seamos nosotros mismos los que nos hagamos trampas y pensemos que somos peores o mejores de lo que somos.

Hay gente que para unas cosas cree que es la leche y así lo proclama y, sin embargo, a la hora de la verdad no demuestra gran cosa, intentando proteger (su marca) posiblemente por miedo a que la gente piense que no es para tanto y elijan otra. Por el contrario hay personas, que aparentemente son anodinas y piensan que nunca estarán a la altura, lo que les lleva a no desarrollar sus habilidades. En ambos casos el temor les mueve. Con lo cual se pierden grandes oportunidades de crear una buena marca. Si además se hacen un DAFO, una sólo verá fortalezas y oportunidades, se cuidará muy mucho de mostrar sus debilidades e intentará que las amenazas que se ciernen sobre ella no le rocen. La otra, hará un DAFO de circunstancias, un ni chicha ni limoná. En ambos casos, la herramienta servirá de poco.

La cosa se complica cuando circunstancialmente, esas mismas personas te sorprenden con unas actitudes diferentes dependiendo de su estado emocional y parecen haber intercambiado los papeles.

Los que sabéis de inteligencia emocional, de psicología y de cómo funcionan las personas seguro que tenéis muchas respuestas. Yo, sin embargo, y creo que tengo la almendra más o menos bien situada, no entiendo el por qué de nuestras contradicciones, el porqué de maltratar nuestra marca o pensar una cosa y hacer otra.

Creemos conocernos, pero en realidad pienso que no acabamos de hacerlo. Lo que sabemos de nosotros, en realidad son inputs,  unas pautas de comportamiento adquiridas, una suma de experiencias, y una sucesión de reacciones a los estímulos de la vida.

Así que como le dije a José Luis o yo debo ser marca blanca o necesito un DAFO con urgencia guiándome por el de Oliver


Os dejo un video para la reflexión




lunes, 14 de junio de 2010

Se acabó la crisis: bienvenidos a la era de la desconfianza


No, no se me ha ido la olla ni me ha dado un ataque de positivismo. Tampoco vivo en los mundos de Yupi, ni uno de esos concienzudos analistas de corta y pega, de largas editoriales - en la que Keynes siempre está presente- me lo ha soplado; tampoco ninguno de esos especuladores de guante quirúrgico que realizan sus operaciones con un bisturí que no deja huella; ni esos francotiradores a sueldo del Dinero que disparan con pólvora ajena; ni tan siquiera esos millones de golfos que andan pululando por ahí y que toman el dinero y corren: básicamente porque no tengo el disgusto de conocerlos ni ganas de hacerlo.

La afirmación que hago (que como decía el otro día puede no ser verdad) es consecuencia de una de esas extrañas teorías que me monto cuando estoy aburrido de escuchar tanta lamentación, tanto echarle la culpa al Boogie o aquel que queda más a mano: que cuando estábamos de fiesta y gastábamos lo que no teníamos, contribuíamos todos alegremente a “ir por hielo para los cubatas” empezando por gobierno, empresas, banca, sindicalistas, curritos, hombres de bien, buscavidas  y resto de la basca.

Y digo que se acabó la crisis porque esa palabra suele ser entendida como un hecho puntual que suele pasar al cabo del tiempo y, sin embargo, la situación en la que vivimos me da a mí, y no soy economista, que no es que vaya para largo sino que ha venido para instalarse por lo cual la palabra crisis carece de sentido.

Se ha hablado mucho de crisis financiera, económica, de valores y de tanto hablar de ellas, al final se han hecho un hueco en nuestras vidas, como en su día lo hizo el televisor o Internet.

Todos los días estamos viendo como el mundo funciona con una de cal y otra de arena, o dos de cal y una de arena o viceversa. Me da que esto va a seguir así de aquí en adelante, sobre todo cuando hemos comprobado la capacidad de confusión que se puede crear moviendo determinados hilos, realizando diversas declaraciones o sacudiendo el polvo de las hemerotecas. Y quien tiene esa capacidad, desde luego no la va desaprovechar.

Se nos ha calentado tanto la boca con lo de la competitividad; los lentos se comen a los rápidos; la reducción de costes; el éxito a cualquier precio, el consumo, el más, más y más  y la madre que lo parió que, al final, hemos caído en nuestra propia trampa y nos pasamos la vida corriendo como pollos sin cabeza, sin referencias claras porque hemos convertido el mundo en un bebedero de patos donde el único ladrillo que hoy cotiza es el de la especulación controlada; el de haz tu el ajuste que a mi me da la risa mientras se juega con las emociones y las voluntades de las personas que no saben a qué atenerse por el miedo, por las dudas y por la desconfianza que provoca no ya la incertidumbre y la ausencia de viruta (que también minan) sino por la falta no de algo en qué creer sino de alguien en quien creer que sea capaz de sacarnos de está era de recelos, de desconfianzas, de pesimismo y nos vaya devolviendo la dignidad que por culpa de nuestras ambiciones y de nuestro egoísmo vamos día a día perdiendo.

Pero claro esto es tarea de todos y, francamente, no sé cuantos están por la labor, aunque leyendo las noticias de los lunes de Javier Rodríguez Albuquerque, y las buenas iniciativas de gente que lucha todos los días, uno sigue creyendo en la grandeza del ser humano.

¿Crisis? Desconfianza más bien

Feliz lunes

viernes, 11 de junio de 2010

¿Verdad, Verdadera?

Decía Aristóteles que nunca se alcanza la verdad total, ni nunca se está totalmente alejado de ella. Nos pasamos la vida buscándola, pero ésta, como decía el griego, suele ser inalcanzable porque, pienso, cuando creemos estar a punto de alcanzarla, en realidad lo que estamos haciendo es construirla a través de nuestra percepción que es dual, como nuestra naturaleza y como tal, tan cierta como engañosa.

Incluso lo que llamamos “nuestra verdad”, aquella que nos formamos a través de nuestros razonamientos está siempre basada en percepciones que nos son inducidas y en el caso de que no fuese así, no tendría ningún valor al no poder saber con certeza si eso que pensamos es una verdad porque ignoraríamos su utilidad o no necesitaríamos tenerla.

Aún así, hablamos con mucha ligereza de la verdad,(que para mi sigue siendo un misterio indescifrable al no tener muy claro como conceptualizarla) y nos pasamos horas y horas hablando en nombre de ella, reclamándola, apropiándonos de ella, relativizándola o proclamándola con vehemencia para compartirla y convertirla en absoluta. De hecho, mientras escribo esto, me sonrojo al recordar la cantidad de veces que habló de ella como si mis apellidos en lugar de López Fernández fuesen Verdad Verdadera.

No sé si es porque uno se hace mayor o porque de vez en cuando el que suscribe, le da una vuelta de tuerca al cerebro, pero cada vez tengo menos verdades y muchas de las que me quieren endosar acaban en ese limbo que conforma la duda. Lo que sí sé, o mejor dicho lo que intuyo o mi percepción me dice, es que comprendo muchas más cosas y esa búsqueda que viene de serie se hace más llevadera, quizás porque vas soltando lastre de verdades que habías aceptado como absolutas y que con el tiempo se han convertido en relativas.

No sé si algún día encontraré, hallaré, se topará conmigo o la casualidad nos juntará, pero mientras tanto os deseo que paséis un feliz fin de semana, que éste si es un deseo de verdad.

Os dejo, una magnífica historia sobre la verdad.


El rey había entrado en un estado de honda reflexión durante los últimos días. Estaba pensativo y ausente. Se hacía muchas preguntas, entre otras por qué los seres humanos no eran mejores. Sin poder resolver este último interrogante, pidió que trajeran a su presencia a un ermitaño que moraba en un bosque cercano y que llevaba años dedicado a la meditación, habiendo cobrado fama de sabio y ecuánime.

Sólo porque se lo exigieron, el eremita abandonó la inmensa paz del bosque.

-Señor, ¿qué deseas de mí? -preguntó ante el meditabundo monarca.

-He oído hablar mucho de ti -dijo el rey-. Sé que apenas hablas, que no gustas de honores ni placeres, que no haces diferencia entre un trozo de oro y uno de arcilla, pero todos dicen que eres un sabio.

-La gente dice, señor -repuso indiferente el ermitaño.

-A propósito de la gente quiero preguntarte -dijo el monarca-. ¿Cómo lograr que la gente sea mejor?

-Puedo decirte, señor -repuso el ermitaño-, que las leyes por sí mismas no bastan, en absoluto, para hacer mejor a la gente. El ser humano tiene que cultivar ciertas actitudes y practicar ciertos métodos para alcanzar la verdad de orden superior y la clara comprensión. Esa verdad de orden superior tiene, desde luego, muy poco que ver con la verdad ordinaria.

El rey se quedó dubitativo. Luego reaccionó para replicar:

-De lo que no hay duda, ermitaño, es de que yo, al menos, puedo lograr que la gente diga la verdad; al menos puedo conseguir que sean veraces. El eremita sonrió levemente, pero nada dijo. Guardó un noble silencio.

El rey decidió establecer un patíbulo en el puente que servía de acceso a la ciudad. Un escuadrón a las órdenes de un capitán revisaba a todo aquel que entraba a la ciudad. Se hizo público lo siguiente: “Toda persona que quiera entrar en la ciudad será previamente interrogada. Si dice la verdad, podrá entrar. Si miente, será conducida al patíbulo y ahorcada”.

 Amanecía. El ermitaño, tras meditar toda la noche, se puso en marcha hacia la ciudad. Su amado bosque quedaba a sus espaldas. Caminaba con lentitud. Avanzó hacia el puente. El capitán se interpuso en su camino y le preguntó:

-¿Adónde vas?

-Voy camino de la horca para que podáis ahorcarme -repuso sereno el eremita.
 
El capitán aseveró: -No lo creo.

 -Pues bien, capitán, si he mentido, ahórcame.

 -Pero si te ahorcamos por haber mentido -repuso el capitán-, habremos convertido en cierto lo que has dicho y, en ese caso, no te habremos ahorcado por mentir, sino por decir la verdad.

-Así es -afirmó el ermitaño-.

Ahora usted sabe lo que es la verdad... ¡Su verdad!

miércoles, 9 de junio de 2010

Así… es imposible que salgan las cuentas

Dicen que la matemática es una ciencia exacta. No lo sé. Einstein decía que Cuando las leyes de la matemática se refieren a la realidad, no son ciertas; cuando son ciertas, no se refieren a la realidad: un lío de narices. Pues bien, o a los españoles nos la enseñaron mal o lo que ocurre es que aquí somos más chulos que nadie y hemos pasado de la lógica y el razonamiento, a contar, calcular y medir, olvidando lo anterior. Y además, eso sí, a nuestra bola, con un par.

Todo esto viene a cuento de las cifras que han dado hoy unos y otros respecto al seguimiento de la huelga de la Administración, que son de risa: el Gobierno cifra en el once por ciento el seguimiento medio del paro en la Administración Central y los sindicatos en torno al setenta y tantos: aquí podéis leer la noticia, aunque supongo que ya habrá sido ampliamente comentada.

Y yo me pregunto ¿cómo cuentan estos tíos? ¿son los mismos que cuentan en las manifestaciones? ¿lo hacen a ojo de buen cubero? ¿a voleo? ¿o directamente se lo inventan por el morro? ¿cómo es posible que en torno al mediodía ya se podían dar unas primeras cifras, que eran casi un balance? ¿tenemos el sistema de medición más eficaz y fiable de todo el planeta? Y lo peor de todo ¿a quién creemos? ¿por qué lo creemos? y ¿para qué?

Pero volviendo un poco a lo de las matemáticas, lo que creo es que además de contar mal en el sentido numérico, uno más uno y todo eso, contamos, lo de narrar y todo aquello, mal, y eso provoca que, luego por mucho que nos empeñemos, no salgan las cuentas, es decir, se resuelven los problemas. Y como digo, somos más chulos que nadie, porque definimos o planteamos el problema según nos interese, damos los datos que nos parecen, y resolvemos por las bravas sin comprobar el resultado o dejamos que otros nos “soplen” la solución y, a menudo, dejamos el folio en blanco como esos alumnos que no tienen ni puta idea pero que siempre echan la culpa al profesor, que lo que pasa es que les tiene manía (sólo hay que escuchar las declaraciones de la case política, sindical y demás fauna desde el inicio de lo que hoy se llama crisis)

En España muchos cálculos suelen estar basados en la frivolidad más que en la frialdad (sólo hay que tirar de hemeroteca y comprobareis como a muchos, entre los que se encuentran especialistas de la cosa han fallado más que una escopeta de feria, incluidos aquellos que ponen lo de la triple A o el progresa adecuadamente), en la adivinación, en el azar o en la esperanza más que en la previsión.

Sumar, sumamos poco y mal. Cada uno mira por lo suyo (ayuntamientos, diputaciones, gobiernos autonómicos, administración central, empresas, curritos, funcionarios… y nuestro concepto de solidaridad (la suma más justa) me da que muchas veces tiene que ver más con sacar pecho o salir en la foto que con entregar el corazón. La suma de buen rollito ,(en la que estamos todos o casi todos de acuerdo), con los triunfos deportivos o Rock in Río. El resto del tiempo lo empleamos en restar, en quitarnos valor a nosotros mismos, aceptando que nuestro destino en lo universal es la derrota, por eso de los complejos y prejuicios que pienso todavía tenemos como país lo que nos hace que avancemos lentamente, que no con paso seguro.

Todo esto, al final, nos divide, nos confunde y nos distrae multiplicando los problemas y agotando las posibilidades como país que tenemos, que son muchas si sumásemos esfuerzo, ilusión, compromiso, actitud y restásemos por ejemplo la envidia, la soberbia, la ira y la gula…El resultado final sería sentido común

Sumar, restar, dividir y multiplicar: cuatro operaciones básicas que no hemos aprendido bien o que hemos querido realizarlas a imagen y semejanza de nuestros intereses particulares y no del bien común.

Y así… es imposible que salgan las cuentas

Hoy en Thinking Souls José Luis Montero que tiene un blog que me encanta por el contenido y por cómo expresa lo que publica: El viajero accidental.

viernes, 4 de junio de 2010

Redifusión V: México y Guatemala en los sueños perdidos



Suelo contar bastantes cosas de India, pero también lo he hecho de Guatemala y México. Os dejos dos capítulos del Diario de viaje Los sueños perdidos. Sincretismo, violencia, historia, nostalgias…personas.
Feliz Fin de Semana.

San Cristóbal había amanecido limpia, de empedrado reluciente y colonial que deslumbraba en aquellos tramos donde el Sol iba acomodándose en el día y calentaba a las pocas personas que se aventuraban en las vacías calles de la mañana del domingo. En el Parque Central apenas se adivinaban un montón de pájaros chillones que revoloteaban entre los árboles rompiendo el silencio mientras que los primeros fieles se acercaban a una catedral que ya había abierto su regazo a las almas.
Donde nacen los sueños Chamulas: I parte y II parte:

Abandonábamos, no se si el lago más bello del mundo, pero si quizás el que encerraba más misterios: el que a lo largo de su historia había visto más dolor, más injusticias, pero también más vida.

Cruzamos la población de Sololá atascados por la actividad de un día inusualmente ajetreado que estrechaba aún más las desordenadas calles de pendientes desiguales en las que viejas camionetas pretendían maniobrar en espacios imposibles.
Lluvia acompañada de lágrimas I parte y II parte 

jueves, 3 de junio de 2010

Redifusión IV: ¿Viajero, turista o explorador?

 Viajar es mucho más que tomar un avión, un tren, un autobús. Es experimentar, llevarse sorpresas y de vez en cuando salir escaldado.

Feliz jueves


Es difícil precisarlo, pero estoy convencido de que no existen tribus, razas o colectivos que en algún momento de su existencia no hayan tenido contacto con otros seres humanos. Los continentes han sido explorados en su totalidad por tierra, y aire y la posibilidad de encontrarse con una tribu desconocida, es bastante improbable.

En el post:
De viajeros étnicos, turistadas y negocio.
Durante los años que estuve trabajando en agencias de viaje era inevitable que conocidos, familiares, amigos y amigos de los amigos, me hiciesen la misma pregunta.
-¿Cuánto cuesta un viaje a…?

En el post:
Decálogo para viajar

miércoles, 2 de junio de 2010

Redifusion III: Aprender

Hay muchas formas de aprender. Una de ellas es leyendo viejas historias que nos enseñan a mirar. Como estas que inspiraron estos post. Otras es viajando: Thinking Souls Viajar

Una historia china cuenta que el noble Ping de Dsin había cumplido setenta años. Tenía un músico ciego también de avanzada edad, que además era su confidente. El noble se lamentó:

¡Qué pena ser tan mayor! Ahora, aunque quisiera estudiar y emprender la lectura de libros importantes, ya es demasiado tarde para ello.

El músico ciego pregunto:

— ¿Por qué no enciende la vela?

El noble se quedó perplejo con aquella respuesta. ¿Es que su súbdito trataba de mofarse de él?

Dijo:— ¿Cómo te atreves, osado, a bromear con tu señor?

La irritación del noble era evidente. — Jamás bromearía un pobre músico ciego como yo con los asuntos del señor. Nunca osaría una cosa tal, pero prestadme un poco de atención.

El noble se calmó, y el músico ciego dijo: — He oído decir que si un hombre es estudioso en su juventud, se labrará un futuro brillante como el sol matinal; si estudia cuando ha llegado a una edad mediana, será su futuro como el sol de mediodía; si empieza a estudiar en la ancianidad, lo será como la llama de una vela. Aunque la vela no es muy brillante, por lo menos es mejor que andar a tientas en la oscuridad.

Ese mismo día el noble comenzó a estudiar.


Un día, cuando un leñador se preparaba para salir a trabajar, no encontraba su hacha. Buscó por todos los sitios en vano. Trató de recordar dónde la había dejado el día anterior. Únicamente se acordó de que el niño del vecino lo estuvo observando mientras él partía leña en el patio. ¿No habrá sido el chico? Se le ocurrió que el hacha pudiera haber sido robada por el niño. Mientras seguía buscando infructuosamente en las habitaciones, crecía su sospecha. Cuando removió en vano las cosas del patio llegó a confirmar con certeza su conjetura.

—Seguro que ha sido él. Me estuvo observando hasta que terminé el trabajo —pensó. Incluso pudo imaginarse cómo entró el niño sigilosamente en su patio y se llevó el hacha corriendo. Justo en ese instante, el presunto ladrón se asomó por la tapia que separaba los dos patios, preguntándole:

— ¿Va a cortar leña otra vez?

El leñador lo miró con profundo resentimiento, tratando de interpretar el doble sentido del pequeño diablo.

—Sí. Ojala pudiera cortar también las manos del ladrón. Al oír eso, el chico desapareció tras la tapia, de lo que dedujo el leñador que se sintió aludido.

Desde ese momento, el dueño del hacha siempre observaba el comportamiento del niño. Le parecía que su forma de andar sigilosa, su mirada huidiza y su hablar titubeante revelaban indudablemente su culpabilidad y su condición de ladrón. La sospecha creció, se consolidó y se convirtió en una categórica certeza. Ha sido el. Conforme iba pasando el tiempo, el hombre veía al niño cada vez más como un ladrón y cada vez más encontraba en su comportamiento indicios de haber hurtado su hacha.

Pero, un buen día, por pura casualidad, descubrió su hacha en el sitio menos pensado, dentro del montón de leña cortada.

Se acordó repentinamente que la dejó allí olvidada. A partir de ese momento, el niño le parecía totalmente distinto. Ni en su forma de andar, ni en su mirada, ni en su modo de hablar encontraba nada raro. Era un niño simpático, sincero y completamente normal en su conducta.


martes, 1 de junio de 2010

Redifusión II: Cosas que enseña el deporte.

Hay un blog bastante interesante que os recomiendo que visitéis. Se llama Aprende del deporte y en colaboran tipos que saben de deporte, de la empresa y de la vida y entre los que está Francisco Alcaide. No es muy habitual que hable de deporte, pero de vez en cuando lo hago, como en estos dos casos; al igual que Leo Harlem que lo ve a su manera.

Técnicamente son casi perfectos, si es que realmente existe ese concepto en un juego como el tenis en el que hay millones de golpes diferentes; y tan magistrales suelen ser los que da el que sirve como el que resta.

Ha sido un buen partido. Sin embargo, lo que más me ha gustado ha sido la actitud de los jugadores antes, durante y después de la final. Creo que nos han vuelto a dar una lección que puede ser aplicable tanto en las empresas como en nuestra vida personal.


Varias cosas me han llamado la atención comenzando por la colocación en el campo de los jugadores que con su orden, han ofrecido en cada movimiento una lección de lo que debe ser luchar por un interés común: si alguno perdía la posición, rápidamente era cubierto por otro compañero. Disciplina y esfuerzo compartido con el objetivo de defender la portería y parar al rival: inteligencia y astucia en cada ataque para hacer gol: en definitiva, estrategia y táctica asumida por todos. Pero también el riesgo y la valentía de asumir responsabilidades cuando el encuentro lo demandaba: realizando unas veces pases y regates geniales y, otras, imprecisos y torpes pelotazos que eran rápidamente corregidos por quien pudiese remediar la situación. Sin reproches, sin buscar justificaciones en la grada o comprensión en los ojos del entrenador; siendo conscientes de que el egocentrismo y la vanidad no habían sido convocados a la cita, al contrario que la generosidad y la solidaridad que han sido titulares indiscutibles en el campo.

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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