lunes, 29 de noviembre de 2010

Lo que sientes en los viajes


No sé si la frase es suya o de donde la ha sacado. El caso es que he capturado de Twitter esta frase que dejaba Francisco Alcaide (@falcaide)

“El lenguaje de la palabra tiene sus límites, hay cosas que no se pueden explicar, sólo se entienden cuando las vives”


Francisco, que además se está convirtiendo en un genial asesor de viajes, pues me sugiere páginas y artículos muy interesantes, me recomendaba dos buenas entrevistas a viajeros: Jorge Sánchez y Sandra Canudas que no es que me hayan puesto los dientes largos sino que me han hecho disfrutar muchísimo y, por unos momentos, trasladarme no sólo a lugares sino a sensaciones y emociones.


El otro día Cristal00k en su post Vuelos escribía lo siguiente:

Hay momentos y lugares, más allá de lo majestuosos o recoletos que nos resulten, en los que parece que la naturaleza vaya a absorbernos. Haciéndonos sentir su poder de abducción, al punto, que parece que vayamos a desaparecer en ellos como un árbol o un insignificante, pero no por ello menos importante, guijarro más.”

Curiosamente, hoy volviendo de Gran Canaria miraba por la ventanilla del avión y aún sabiendo que aterrizaría en Madrid, mi mente se iba a otros lugares, concretamente en este caso a Estambul y después a Siria.


En numerosas ocasiones he hablado de lo que se aprende en los viajes, he escrito sobre lugares, he sugerido algunas cosas y he explicado alguna de las razones por las que viajo; pero creo, como se decía más arriba, hay cosas que no se pueden explicar. Me encantaría poder hacerlo, pero son tantas las sensaciones, las emociones, las respuestas… tan intenso todo lo que se vive, que cuando uno se pone a ello tiene la sensación de que no se acercará ni de lejos a lo vivido.


No es cuestión de que el viaje te ayude a descubrirte o a conocerte, sino que éste te ayuda a activar emociones que parecían estar aletargadas o atrofiadas, quizás porque habitualmente el viaje rompe con las rutinas lo que le permite a uno que sus sentidos estén dispuestos a escuchar el sonido del mundo, a palparlo, a olerlo, a degustarlo, a beberse con la mirada paisajes, gentes y situaciones, o quizás sea por que cuando uno viaja por placer es libre y esa libertad permite, de forma natural, no sólo sentir e interiorizar, sino expresar todo lo que realmente eres.

Hay cosas que son difíciles de explicar

Feliz Lunes





jueves, 25 de noviembre de 2010

Lo que te puede pasar si sólo tienes un punto de vista o ¿cuál es tu nivel de coherencia?


En ocasiones nos obcecamos con una única visión de las cosas. Tendemos a ver la paja en ojo ajeno y no la viga en el nuestro. Percibimos como nos da la gana o como nos interesa; y criticamos o acusamos a los demás de cosas que hacemos nosotros. Es normal, humano, aunque no adecuado.

Da lo mismo el tema que se toque.  Trabajo, gobierno, inmigración, capitalismo, solidaridad, negocios, ética, tendencias… lo que hace el resto nada tiene que ver con nuestra forma de pensar o actuar.

Nos pasamos de listos y solemos decir aquello de “no es lo mismo” intentando justificar unas diferencias que objetivamente no existen y se nos llena la boca de sentencias y frases que curiosamente se pronuncian con la vehemencia de quien está enfadado y no con la serenidad que aporta la rectitud. ¿Curioso no? Fijaos en vuestro jefe, o en algún empleado, o en un político, en lo que veis y observáis a vuestro alrededor y coincidiréis conmigo en que esto ocurre muy a menudo.

Pero en el fondo, mucho de lo que criticamos podría ser un reflejo de lo que somos. Y es que nuestro nivel de coherencia dependiendo del día está bajo mínimos.

La historia nos ha dejado múltiples anécdotas que lo confirman. Como las que os dejo hoy.

Feliz fin de semana

Se cuenta que llevaron preso ante Alejandro Magno al capitán de un barco pirata. Alejandro le reprochó su conducta en los mares y el pirata, sabiendo que iba ser castigado solicitó defenderse:

- Me llaman pirata porque sólo tengo un barco. Si tuviera toda una escuadra y un ejercito, me llamarían conquistador.

No tuvo Alejandro Magno más que reconocer que tenía razón y decidió perdonarle la vida.

Otra historia nos narra que un amigo del poeta Calímaco de Cirene, le contó que su vecino había hablado de cosas con él que no favorecían en absoluto al poeta. Calímaco respondió:

- El no habría hecho eso de no haber sabido que le oías con gusto.

Durante una visita a Inglaterra, un periodista le preguntó a Gandhi qué era lo que opinaba sobre la civilización occidental y su forma de vida.

- Cuando leo el Evangelio, me siento cristiano; pero cuando veo a los cristianos hacer la guerra, oprimir a los pueblos colonizados, enriquecerse, beber alcohol y fumar opio, me doy cuenta de que ellos no viven de acuerdo al Evangelio.

Otra anécdota cuenta que durante una visita del presidente de la entonces Unión Soviética Nikita Kruschev a Estados Unidos, un periodista le preguntó que si en caso de que se desencadenase una guerra por seres extraterrestres Rusia y Estados Unidos se unirían para repeler el ataque.

Kruschev le miró con calma y le dijo.

- Joven, usted no ha pensado bien su pregunta ¿Imagina usted que seres dotados de la inteligencia suficiente para realizar viajes interplanetarios o interestelares serian capaces de pensar en declarar la guerra a alguien?

Un soldado del ejercito del mariscal Mauricio de Sajonia fue encontrado culpable de haber robado gallinas por valor de seis francos y, en consecuencia, fue condenado a muerte. El mariscal, que estaba presente en el juicio sumarísimo, le dijo:

- ¡Eres un idiota! ¡Jugarte la vida por seis francos!

- Mi general, en el frente me la juego cada día por veinticinco céntimos.

Gracias a tan certera respuesta salvó la vida. 

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Reflexión; Pigs on the wind

Hay, ay o ahí (según lo que se quiera hacer con la lengua y gramática) que los días salen raros. Grecia, Irlanda, la bolsa a hacer puñetas y Portugal y España a la espera. Si al final, “los listos” van a tener razón. PIGS on the wind; osea que nos demos por jodidos. Menos mal que en Thinking Souls hoy tenemos a Josep Julian para que nuestras emociones no se vayan a donde la espalda pierde su nombre.

Feliz miércoles
Pd. ¿Sabes leer canciones?


lunes, 22 de noviembre de 2010

¿Habría que prohibir los cómics de Asterix?

Creo que casi todo el mundo conoce las historias de Asterix. Muchos las conservamos. A varias generaciones nos han hecho pasar unos ratos estupendos. Sin embargo, he de confesar que estoy preocupado.

Si, ya se que se trata de un comic y que las historietas están llenas de parodias y estereotipos, pero claro, con los tiempos que corren, no se yo si a alguna mente calenturienta, al mejor estilo de Torquemada y sus chicos, le dará por censurarlas y retirarlas del mercado. Puede parecer una broma, pero tal y como está el patio no me extrañaría. Y es que en sus páginas se pueden observar, cuando menos, comportamientos bastante extraños que no están alienados con los tiempos de hoy. 

Todo esto viene a cuento de que ayer estuve leyendo algunos de ellos que encontré mientras buscaba otras cosas y pensé: ¡qué raro! Con todo esto de lo políticamente correcto, el buen rollismo, de salvaguardar la moral, lo que debe ser y lo que no puede ser, lo normal es que desaparecieran a la orden de ya por fomentar conductas machistas, la violencia, la obesidad y tantas y tantas cosas…porque salvo los valores de la amistad y la ocasional solidaridad, pocas cosas positivas se pueden extraer de los irreductibles galos. Y si no fijaos:

Los galos basan su fuerza en las pócimas de Panoramix, en un estimulante o droguilla que les provoca un subidón de adrenalina, pero que por lo visto, debe alterar el cerebro porque todo, o casi todo, lo solucionan a leches. No razonan. Primero dan y luego preguntan. Poco dialogo, y no sólo con los romanos, sino con todo aquel que ve las cosas de otra manera a la suya. Una pócima para la violencia. Además con efectos secundarios. Fijaos en Obelix, se cayó en la marmita y lo que más le pone, además de comer como Pantagruel es repartir estopa por el hecho de repartir.

Además, si quisieran podrían devolver la libertad al resto de la Galia. Tan sólo repartiendo más poción entre otros galos se solucionaba el problema rápidamente, pero su seguridad no la comparten con el resto; son un poco egoístas en este sentido.

Lo de las mujeres también tiene delito. Siempre están en un segundo plano, son tratadas de forma machista o de medio tontas y sólo cuando el pamplinas de Obelix o el astuto Asterix se enamoran de una, parece que son más listas. Nunca o casi nunca aparecen en los banquetes y prácticamente sólo se las ve haciendo la compra en la pescadería de Ordenalfabetix o criticándose unas a otras. Machismo por un tubo.

Tampoco es que sigan una dieta mediterránea, pues poca veces se les ve comer verdura y casi siempre comen Jabalí: en grandes cantidades, eso sí. Claro, que dadas las condiciones sanitarias en las que se vende el pescado en el pueblo (permitido por las autoridades sanitarias) y que suele ser motivo de peleas, es normal que lo tomen la menos de las veces.
Y ¿qué me decís del pobre bardo? ¿por qué siempre le excluyen de las fiestas, le tapan la boca y le atan? ¿por qué ese poco respeto a su profesión aunque cante fatal? Eso también es discriminación.

Y puestos a pensar ¿en qué curra el jefe?, ¿cuál es su ocupación aparte de bañarse una vez al año? No sé, pero en eso pueblo trabajar, trabajar pocos: Obelix con sus menhires que para el es como modelar plastilina, el herrero que se pasa la vida haciendo armas y el pescadero que vende genero en mal estado. De vez en cuando alguno pasea vacas, pero no se ve a muchos trabajar.

Y uno piensa si éstas historias, en manos de los niños no será peligroso, porque si sacamos punta al asunto, en las historias aparecen varios de los pecados capitales ira, gula, pereza, soberbia, envidia y menos la avaricia y la lujuria que apenas aparecen, los otros se suelen repetir.

Dado como somos a sacar los pies del tiesto, a montar el pollo por cualquier cosa y crear debate en tertulias televisivas en las que los paladines de lo “único correcto” se dedican a la perorata interminable por la cosa más nimia, me extraña que no hayan pedido la retirada inminente de las historias de los irreductibles galos, de las historias del Pato Donald, (que también tiene lo suyo) y del Correcaminos (que éste, por cargante estaría hasta justificado).

Dentro de unos días volverán las campañas sobre los juguetes responsables, que no sean sexistas, que no sean bélicos…habrá debate, pero al final los mismos que lo provocan acabaran por hacer la vista gorda con el último video juego sobre los comandos especiales o les compran un karaoke para que sean como los chicos de Operación Triunfo  o si les llevas la contraria te pegaran dos gritos o te darán dos leches.

Los mismos que un día se querrán cargar los tebeos de Asterix. Y es que no hay que sacar las cosas de quicio;  y a veces se nos va la almendra buscando tres pies al gato.

Feliz lunes


viernes, 19 de noviembre de 2010

Cosas que no me traigo de los viajes


No soy muy aficionado a los souvenirs, nada diría yo. Es más, mucho de los que veo cuando viajo me horrorizan y me hacen tal daño a la vista que acostumbro a salir escopetado de aquellos lugares donde abundan esas esculturas que representan el monumento de turno que se visita o el emblema de la ciudad o ese sinfín de máscaras, miniaturas, platos con fotos, cerámica en serie varia con la leyenda de turno etcétera. 

Tampoco soy un apasionado de las compras y éstas, las suelo dejar para los últimos días, no muchas y preferiblemente cosas que vayan a ser útiles o que sepa que les va hacer ilusión, o al menos no te las van a tirar a la cara, los receptores de las mismas. Comprendo y entiendo que haya gente que su principal objetivo del viaje sea comprar. Cada cual es cada cual.

Todo esto viene a cuento de que el post de hoy se iba a titular “Cosas que me traigo de los viajes”, pero como son tantas las que me traigo, voy un poco mal de tiempo y estoy muy cansado le he dado la vuelta a la tortilla y he escrito esta pequeña introducción para dejaros otro capítulo de Soul India donde cuento una experiencia en la ciudad de Jaipur donde si te descuidas acabas más timado que los clientes de Madoff.

Feliz fin de semana


¿Compras? No, de momento

En la Ciudad Rosa vuelves a un pasado que alguna vez creíste haber vivido. En las cuadriculas de los barrios, diseñados de acuerdo a las castas, a la religión, en los ordenados bazares, rememorabas cosas que hacía muchos años desaparecieron de tu mente. Se veían cachivaches que ignorabas para qué servían. Aún haciendo un tremendo ejercicio de imaginación, no te explicabas qué utilidad podían tener determinados artilugios. Cuando preguntabas su utilidad, la población no sabía responder porque no te entendían. Si insistías en saber, en segundos tenías dos o tres niños, vigilados de cerca por sus madres, que te tiraban de cualquier parte para que entregases unas monedas; o tres ricksawhs wallash que se disputaban el honor de pasearte por la ciudad; o un amable y risueño jaipurense que, después de poner la ciudad a tus pies, quería hacerte millonario escoltándote a un taller de joyería —«el negocio del siglo»— de donde seguro saldrías con menos de lo que entraste.

Dinesh, en no pocas ocasiones, insistía en llevarme a tiendas. Lo sugería de una forma discreta porque sabía que no le iba a hacer caso. Aún así, y mientras circulábamos por las saturadas avenidas de Jaipur, apuntaba señalando con el dedo índice: «aquí se venden las mejores alfombras, en este taller de joyería trabajan mis primos, este el mejor emporium de Jaipur; todo bueno, nada falso, barato, very cheap».

En Jaipur, percibí alguna de las diferencias que existían entre los pueblos y ciudades. Si bien en los pueblos tienes menos actividades para realizar, ya que prácticamente no hay nada, el ambiente que se respira es mucho más sano. Las miradas son hospitalarias, la vida es más natural. En las ciudades es diferente, y muchos ojos esconden la codicia; son miradas que esperan turno para intentar una venta. 

Yo, que no soy un gran comprador —al contrario que mi amigo Paco, uno de mis maestros en eso de la vida; un negociador capaz de desquiciar a los mercaderes de medio mundo—, y que para comprar me vuelvo loco hasta que encuentro algo que me guste, me metí en una tienda con el objetivo de tener referencias de precios para mi hermano. Por supuesto, fui acompañado del estudiante de turno en su día libre que sólo pretendía practicar inglés conmigo. Y practicar inglés conmigo es como practicarlo con los indios Tabajara: era obvio que el único interés que tenía en mí era el de mi cartera. El caso es que accedí; ese día por lo visto necesitaba marcha.

 De vez en cuando viene bien ir a esas escuelas de ventas que son los zocos, los bazares.

Me mostraron tres destartalados pisos repletos de todos los tejidos imaginables, al tiempo que el dueño, simpaticote a más no poder, me agasajaba y halagaba su mercancía: «¿Quiere un té?, ¿quizá un refresco?, ¿bonito eh? Esta calidad no se encuentra en otros lugares de Jaipur, ¿cuántas se lleva?, precio indio, me ha caído bien». Unos minutos más y me sacan el género de la tienda de al lado.

Aburrido de tanta sin razón en los precios, de ser percha de vestidos, maniquí de pasminas y Aladino de alfombras, decidí irme. No era posible; seguían desplegando mercancías para ver y regatear. Tejidos, por otro lado, que parecían bastante falsos; tan falsa como la afectación de los comisionistas de «no comprar, solo mirar, es gratis».

Los precios de las alfombras y textiles en India, más asequibles que en España, son elevados para presupuestos escasos sin son buenos, y el que pretenda venderte una pasmina de cachemira por menos de tres euros te la está colando. Eso es imposible allí y en Sebastopol. En India se puede adquirir de todo; pero también es cierto que para hacer una buena compra hay que entender bastante; que no era mi caso. Las calidades pueden variar considerablemente, lo que dificulta la distinción de la mercancía.

En cuanto a la bisutería y artesanía no hay gran cosa que merezca la pena. Supongo que alguien que lea esto no estará de acuerdo con esta afirmación. Es cuestión de gustos y yo de esto, sí que escribo.

En todos los comercios, tenían montañas de artículos para turistas. Comprar esos recuerdos se me hacía ciencia-ficción. Es como si en España me agenciara una muñeca vestida de flamenca, unas castañuelas, o un abanico de mala calidad. Algo que ni en un exceso de Jumilla haría.

Abundaba la horterada y lo de los dioses ya clamaba al cielo. En carteles de colorines, en bronce o plástico inundaban las tiendas y eran una de las preferentes «maravillas» que procuraban colocarte los vendedores: eran dioses de baratillo que parecían sacados de una portada de un disco de heavy metal.

Y es que, a veces, aunque quieras es imposible comprar.


jueves, 18 de noviembre de 2010

Los videos de Soul Business II

Segunda entrega de los videos que han aparecido en el blog. Los tres que dejo hoy tienen que ver con el Mundo y esos seres de dos patas (porque a veces somos patanes) que se encargan de tunearlo y maltratarlo.

Lo peor de todo es que, como seres olvidadizos que somos, no somos conscientes de lo que hacemos. Poe eso, he elegido tres videos que me sugieren cómo estamos, cómo deberíamos  actuar y que es lo que pasaría si lo hiciésemos.

Feliz fin de semana

En el post: ¿Brotes verdes?


miércoles, 17 de noviembre de 2010

El dolor de las nubes



Hay días que amanecen brillantes, llenos de vida y a cierta hora se nublan. Hay nubes que afectan y otras que no. No importa si son negras o violetas; no importa si son cúmulos, cirros o aisladas. Si son constantes, de evolución, o si desaparecerán. 

Lo que realmente importa es si la nube duele. A mí  hay nubes que me duelen, no por lo oscuras que sean, que los colores y matices son bonitos, sino más bien porque cuando las miro me gustan y desearía que dibujasen en el cielo sus más bellas formas: si habéis  mirado alguna vez las nubes dejando la mirada más de varios minutos sabréis de lo que hablo.

Y uno mira y mira y desea construirlas y manejarlas según sus gustos o, al menos que guarden cierta armonía con lo que tu estás construyendo con tu mirada, pero al final sabes que los vientos o los acontecimientos cambian el rumbo de tus deseos lo que te lleva a vivir en una eterna borrasca con respiros de días claros, como si fueses un escocés de las tierras altas.

Ese quizá sea mi destino, o posiblemente me haya acostumbrado a ello. Hoy he tenido otro de esos difíciles en los que parezco la bolsa, puñetera borrasca de subidas y bajadas.

Mi madre sabía y sabe de mi, y por eso quizá escribió esto hace tantos años que en lugar de bigote me salía pelusilla, pero que os dejo (sin consultarla, sin SGAE por medio,  ni nada que reclamar por parte de su autoría) porque en realidad no ha cambiado nada . La  vida, en mi caso, es continua borrasca, pero a fuerza de convivir con ella me manejo en este “valle de lágrimas”

Si yo pudiera adentrarme,
dentro de esa tu borrasca..
Pasar como un aire suave,
que diera paz a tu alma

Si todo fuera silencio
Si tu por fin escucharas
Oirías mi corazón …latiendo
a golpe de aldaba

Llamando dentro del tuyo
para pedirte posada…
posada del peregrino
que no quiere pedir nada

¡Sólo entregarte su amor,
su verdad y su esperanza!

A mi hay días que me duelen las nubes, pero eso no me impide desearos un Feliz miércoles.

Hoy Thinking Souls: Comentarios frescos con Myriam, Francisco Alcaide, Rafa Bartolomé, Pepe Moral, Katy, Fernando Rodríguez de Rivera y Begoña Gamonal

lunes, 15 de noviembre de 2010

Preguntas o respuestas a medias, o cuida la comunicación


La comunicación es un arte pero como todos sabemos se producen continuos fallos en la misma. Muchas veces por no escuchar, otra por no saber interpretar y las más de las veces, porque ésta se deja a medias, lo que en ocasiones producen mal entendidos o a interpretaciones que dan por hecho el desenlace del resto de la comunicación.  Y es que a veces no es una cuestión de ser exactos, sino de pensar un poco más sobre lo que estamos hablando porque si no, nos puede ocurrir como al personaje de la historia que os dejo hoy que por dejar las comunicación a medias se encontró con una situación que no esperaba.

La historia aparece en otro de mis libros favoritos “El círculo de los mentirosos” de Jean-Claude Carriére, un fantástico libro que utilizo a menudo como fuente y que me permite, entre otras cosas no tener que desarrollar mucho el post porque la historia lo explica por si solo.
Feliz lunes

Un hombre que vivía solo se instaló en un apartamento de reciente construcción. Era un apartamento de dos habitaciones, situado en una de aquellas edificios feos de varios pisos se elevaron en el siglo XX por todas partes.

Aquel hombre, cortés por naturaleza, decidió presentarse a sus nuevos vecinos, que lo recibieron con amabilidad.

La última puerta a la que llamó fue a la del apartamento situado justo encima del suyo. Un hombre abrió, lo hizo entrar, pareció encantado por aquel gesto y le ofreció un vaso de oporto bastante bueno. Era un hombre que también vivía solo, en un apartamento de dos piezas idéntico, debido a las normas de construcción, al del nuevo inquilino.

En el transcurso de la conversación, este último se fijó en el papel pintado que cubría las paredes del vecino de arriba.

¿Le gusta? le preguntó el vecino.

Me gusta mucho. Es el papel pintado más agradable y seductor que he visto.
Si quiere, puedo decirle dónde lo he comprado.

Perfecto.

El vecino de arriba le dio la dirección de la tienda. Tras lo cual el nuevo inquilino, al darse cuenta de que todo el apartamento estaba recubierto por el mismo papel, preguntó:

¿Y cuantos rollos ha comprado?

Veintiocho contestó el vecino de arriba.

El nuevo inquilino se lo agradeció efusivamente y se fue.

Al día siguiente se acercó hasta la tienda, encontró el mismo papel pintado y compró veintiocho rollos. Empezó a colocarlo de inmediato y cubrió todo su apartamento, sin olvidar el más pequeño rincón.

Sin embargo, para su sorpresa, cuando hubo acabado el trabajo, vio que le quedaban diez rollos de papel que no necesitaba para nada. Subió rápidamente al piso de arriba, llamó, el vecino fue a abrirle, lo hizo entrar con una sonrisa en la boca, lo invitó a sentarse y le ofreció un vaso de oporto.

Perdone que le moleste dijo el nuevo inquilino , pero estoy un poco intrigado. He hecho lo que usted me dijo, he comprado veintiocho rollos de papel pintado, he empapelado todo mi apartamento, que es exactamente como éste, ¡y me sobran diez rollos de papel! 

dijo el vecino de arriba , a mí también.
  

viernes, 12 de noviembre de 2010

Cuando la vida era Cinema Paradiso

Mari Cruz Gomar (@CruzCoaching) tiene el buen gusto de recomendarme piezas musicales variaditas aunque tiene especial predilección por las bandas sonoras en general y por Ennio Morricone en particular.

El otro día hablaba de cine en tono jocoso y en otra ocasión escribí sobre bandas sonoras y personas: para que veaís el juego que puede dar esto del cine. El caso es que MariCruz ha estado regalandome música durante toda la semana y yo esta semana he estado escuchando prácticamente todo el tiempo bandas sonoras y por eso, me ha dado por la semana cinéfila.

Una de mis películas favoritas es Cinema Paradiso. He de aclarar que no soy cinéfilo empedernido. Los Oscar o los Goya me la traen al pairo y tampoco estoy pendiente del último estreno ni de las sutilezas del making off. Al cine no voy mas que cinco o seis veces al año como mucho, aunque si suelo ver una película una vez por semana. Lo cuento, porque es muy complicado verme a las puertas de una sala para ver un previsible éxito de taquilla y muchas películas las veo bastante tiempo después de su estreno.

Eso es lo que me pasó con Cinema Paradiso. Llegué a ella gracias a la música, a la excelente banda sonora de Ennio Morricone que fue lo que me impulsó a verla y convertirla en una de mis “clásicos de cine» que cada cierto tiempo me gusta volver a ver.”

La película cuenta la historia de Salvatore (Toto) un famoso director de cine que regresa a su pueblo para asistir al funeral de Alfredo, el proyeccionista de un pueblo italiano y casi un padre para él, quien le enseño las técnicas de proyección y muchas otras cosas para manejarse en la vida.

La cinta, ambientada en la Italia de la posguerra, - una época especialmente dura no solo para Italia, también para lo que llamamos mundo occidental-  nos lleva al mundo de los recuerdos, de las emociones y las sensaciones. No sólo es un nostálgico homenaje a la historia del celuloide sino también a la amistad y al amor. Es un viaje a las relaciones humanas a través del tiempo, a la infancia, a la juventud, a la madurez y a la vejez; una travesía en la que la mirada del protagonista nos desvela, a través de una cuidadísimas escenas, algunas claves importantes para la vida como pueden ser la ilusión para cumplir un sueño que se observa en la determinación con la que Totó comienza a trabajar con el proyeccionista y éste, como un maestro, le va enseñando el oficio (que antes se llamaban así a los trabajos) y le va guiando, cuidando y protegiendo.

La ilusión de Totó es alegre, fresca y virgen de fracasos; la de Alfredo, la del viejo y cansado maestro que encuentra un nuevo alumno a quien enseñar. La ilusión los empuja, la determinación los mueve y la paciencia los equilibra.

Es una historia en la que se suceden los fracasos. Totó, por convencionalismos sociales debe renunciar al amor de su vida. Alfredo queda ciego…

Cinema Paradiso es una película en la que se muestra lo que significa la renuncia y la generosidad. Hay un pasaje particularmente emotivo en el que Alfredo le dice a Toto: desde hoy, ya no quiero oirte hablar; ahora quiero oir hablar de ti; una verdadera prueba de amor por parte de Alfredo pues sabe que con Totó se va parte de su vida.

Al final, Totó es un prestigioso director de cine y Alfredo cumplió su sueño de saber que lo que le había enseñado a Totó sirvió para que éste cumpliese su sueño.

Y todo ello sucede en una época difícil, especialmente dura, donde el día a día lo gobierna la escasez, la pobreza y la pérdida: pérdida no sólo material sino afectiva, pero también una época de esperanza en la que la gente, a pesar de ese dolor, todavía ríe a carcajadas, se besa furtivamente cuando acude al Cinema Paradiso y por un par de horas aparca sus preocupaciones, para volver a enfrentarse a su realidad.

Hoy no hay Cinema Paradiso. Hemos querido crear un Paraiso y nos ha salido mal: se nos ha ido de las manos.

Es cierto que hoy vivimos mejor. Vivimos en la era de la superabundancia. En la era de la superabundancia de productos, de información, de recetas para el futuro, de opciones, de posibilidades y, sin embargo, somos incapaces de vivir con la dignidad de aquellos hombres de la posguerra, sin la ilusión de Alfredo y Totó, sin la determinación de alcanzar nuestros sueños, sin renunciar a nada en nuestra zona de comodidad, bien por miedo, bien porque la renuncia se considera una pérdida y lo del fracaso lo llevamos fatal. También, y esto es quizá una reflexión de esas absurdas que me hago, debido a que nos debilitan emocionalmente con continuos mensajes para que no nos movamos, como si estuviesemos sometidos a una especie de tortura sicológica en la que el vaiven de inputs que nos llegan son tantos y tan variados y las responsabilidades tan posesivas que nos dejan sin fuerzas siquiera para soñar.

Quizás hubo o habrá un tiempo en el que la vida era, sea más fácil: Cuando la vida era, será, Cinema Paradiso: como volver a vivir en un mundo simple otra vez, que creo es necesario, como se apuntaba en el post de Francisco Alcaide (@falcaide) de hoy.

Pero quizás como decía Alfredo a Totó "La vida, no es como las películas, es más dura, mas difícil"

Feliz fin de semana



miércoles, 10 de noviembre de 2010

Cine y perfiles 2.0 Take One

El cine, como recurso, da mucho juego a la hora de escribir un post. Son tantas las películas y tantos los temas que se pueden tratar que, incluso, un mismo fragmento puede ser usado para hablar de varios asuntos. Yo suelo hacerlo con cierta regularidad por tres motivos: el primero de ellos porque muchas veces tengo la sensación de que lo escribo no se va a entender muy bien y creo que poniendo el ejemplo cinematográfico va a ser, o mejor comprendido o, al menos, más entretenido; el segundo motivo tiene que ver más con mi carácter juguetón, el que me lleva a asociar ideas y conceptos. A hacer fusión: en suma. El tercer motivo, el de hoy, es que no sabía, como me ocurre a menudo, qué escribir hoy y se tira de recursos como el cine.

Si ya sé que hay temas para aburrir, pero la inspiración no siempre te visita aunque estés trabajando. Además, hoy necesitaba reírme un poco, de mi mismo y con los demás.

En este ágora en el que se ha convertido el mundo 2.0, verdadera ciudad estado, donde fluyen las palabras, se repiten los mensajes y cuajan las ideas, podemos encontrar miles de perfiles. Los hay de todo tipo; gurús seudogurús, tarados, ingeniosos, profetas, copysypegas; los hay tiernos y los hay bordes, aficionados al fútbol y al cante jondo, con mala leche y mimosines; followstheleader y leaderstofollow y unfollow. De todo como en botica: cada uno con sus razones, intereses, objetivos o preferencias.

En resumidas cuentas, que la lista es tan larga que rara vez nos libramos de pertenecer o que nos encasillen en una categoría. Hoy os dejo varios perfiles parodiados mediante el cine y si cuaja la idea o colaboráis, podremos ir buscando nuevos extractos y nuevas asociaciones.

Para echarnos, unas risas claro, que no hay que ser retorcido. Dedicado a José Luis Campo Villares, (@JoseLdelCampo)  una de las personas con las que comparto risas en el 2.0.

Hoy, además, Thinking Souls: Sugerencias para políticos con: Germán Gijón, María Hernández, Pedro Ojeda Escudero, Alberto Barbero, Josep Julian, Pepe Moral y MaS.

Feliz Martes.

Los profetas – La vida de Brian.

Tienen muy claro lo que va a ocurrir en los próximos años y en las próximas décadas. Se caracterizan porque todo lo que va a suceder es malo y no nos espera nada bueno, No future, no hope. Vamos, que nos vamos a cagar y aunque en ocasiones no les falte razón, lo ponen de tal manera que virgencita virgencita, que me quede como estoy.


Los que te acojonan – Nueve Reinas

Llevan tiempo utilizando las redes sociales, han convencido a un montón de gente para que se incorporen a ellas. Te cuentan sus bondades; que las utilices para buscar trabajo; que lo de relacionarse está muy bien; que seas tu mismo... pero al cabo del tiempo te hablan de sus peligros, de que estás más fichado que el Dioni y que guardes las formas. O lo que es lo mismo, mucho 2.0, pero al lorito con la censura social del 1.0.



Los que se pierden en las conversaciones – Airbag.

El 2.0 es un mundo de  conversaciones, pero también de encuentros y desencuentros. Unas veces porque los interlocutores no se leen bien o interpretan lo escrito a su manera (los gestos, los tonos al igual que el algodón no engañan) creando confusiones, o también porque las conversaciones están en distintas frecuencias. También porque unos y otros no saben realmente de qué están hablando. 



Los abducidos por el Gurú – Amanece que no es poco

Este perfil se da sobre todo en Twitter. Retuitean (es decir, replican y reenvían todo lo que dice su Gurú,  absolutamente todo lo que dice, como por ejemplo “estoy tomándome una tapita de bravas al sol que mas calienta”. Suelen seguir a aquellos que son muy conocidos en el ámbito 2.0 y que participan en Congresos, dan charlas sobre las redes sociales, y creen marcar las directrices del 2.0. Gente con poco criterio o el criterio de otros.

  

lunes, 8 de noviembre de 2010

Las miradas perdidas.

Acababa de anochecer. Estaban sentados en un banco de la calle Carranza o Alberto Aguilera. No lo recuerdo bien; pues caminaba como un autómata, abstraído en reflexiones, pensamientos, deseos y recuerdos. Fue tan sólo un instante, apenas unos segundos: lo que tardé en pasar delante de ellos. 

Miré primero a uno, luego al otro. Se conocían, eso era evidente. No conversaban, estaban muy callados, cada uno con la mirada perdida en su infinito, como si todo lo que ocurría a su alrededor les fuese ajeno. Daba la sensación de que ni coches, ruidos, murmullos, o luces pudiesen alterarlos. Los miré tan sólo un instante, pero lo suficiente para saber que sus ojos no expresaban derrota sino pérdida y nostalgia.

Estaban juntos, pero estaban solos. Seguro que se apreciaban, se notaba; sus rostros no mostraban animadversión, ni enfado ni se les veía incómodos; pero estaban solos. 

El mayor era español y rondaría los ochenta años; su acompañante unos cincuenta y tantos y era hispanoamericano. Uno era el cuidado y otro el cuidador.

Seguí caminando. A partir de ese momento, y hasta mi destino, todo lo que pasó por mi cabeza tuvo que ver mucho con esas miradas perdidas. Las reconocí: vi en la del anciano, la del hombre que ha perdido ya sus referencias más importantes, las únicas que le mantenían con ilusión, que a esos años salvo raras excepciones, son las afectivas; y vi en sus ojos la espera resignada de quien ya ha cerrado cuentas con la vida y sólo espera que la parca le presente la factura final;  vi el íntimo y dulce dolor que deja la nostalgia de lo perdido, de aquello que un día se amó y se quiso, y ya queda lejano.

Su acompañante fijaba la mirada en América, o al menos así me lo pareció. Quizás, en ese momento estuviese viendo corretear a sus hijos por cualquier calle de su ciudad, quizás estuviese pensando en su juventud, en el día que tímido decidió pedir a su mujer que se casara con él, o en la próxima navidad junto a los suyos.

Los dos, ya digo, estaban absortos en sus propios mundos, acurrucándose en aquellos visiones perdidas, en esos afectos perdidos o lejanos que les confortaban en esa tarde de soledad. Nadie, excepto yo, reparaba en ellos; ellos no reparaban en nadie. Sólo existían sus miradas a la nada o a su todo.

Eso imaginaba yo en mis nuevas reflexiones.

Todo esto viene a cuento de que la escena me recordó años pasados. Durante algún tiempo estuve realizando la PSS (prestación social sustitutoria, lo que unos llamaban objeción de conciencia y yo, una forma de evitar ir a cumplir con el ejercito) en la Cruz Roja. He de confesar que no elegí el destino y que me quise escaquear del tema, pero al final “pringué”. 

En ese año mi labor consistió en visitar a ancianos con pocos recursos, a hacerlos compañía, a pasearlos, a hacerles los recados, pero sobre todo a procurar darles, en la medida de lo posible, el afecto que habían perdido. Y paseando con ellos, me encontraba con otros ancianos acompañados que miraban igual que los que comentaba. Luego me enteraba o me contaban cosas de su vida: esposas muertas, otras derrotadas por el Alzheimer; hijos en la cárcel, otros yonkis por galopar con el caballo equivocado, o simplemente cabrones que ni siquiera les visitaban o les llamaban: sólo cuando recibían la pensión o necesitaban dinero. Engañados por constructores sin escrúpulos, alguno incluso timado (varias veces) por el truco del tocomocho; gente, en definitiva, a los que la vida les había dado de frente, de costado y por detrás; almas a las que la vida, siempre caprichosa, les machacó dejando en cuerpo y alma cicatrices que nunca conseguirán curar.

Sólo les quedaba la compañía y el cuidado de desconocidos que no son de su familia, ajenos a su transito por la vida. Y estos desconocidos, a su vez, les cuidaban a ellos y no a sus familias lo que les creaba su propia desazón. Mi caso era distinto, no cobraba por ello y siempre me ha gustado dar cuartelillo,  cháchara o simplemente escuchar.

Y recordé esa etapa de mi vida dura pero enriquecedora, pero ya habrá tiempo de hablar de eso.

Por lo que yo viví, creo que unos y otros tenían  la mirada pérdida en algún momento de su vida, en ese instante en el que realmente su existencia fue maravillosa. Y se aferraban  a ese recuerdo como un naufrago a un tablón.

Dicen que siempre hay que vivir en el presente y mirando al futuro, pero a veces, lo mejor que se puede hacer es tener la mirada perdida en el infinito, aunque sólo sea para continuar vivo. Cada uno tiene sus razones. Como estas dos personas sentadas en un banco, en este Madrid otoñal.

Feliz Martes


viernes, 5 de noviembre de 2010

Toubab: un diario de viaje en bruto: días inesperados II

 
Cierro esta semana viajera con la continuación del post  de ayer. Fin del experimento. Ahora hay que trabajar.

Feliz fin de semana

Asistía a una discusión, que como alumno no quiere perder la lección  me hacía estar atento a cualquier detalle. Observaba los gestos y los ojos de la gente sin apenas parpadear, porque siempre he creído que es lo que hay que leer y escuchar cuando no se entienden las palabras.

Vi como mi futuro compañero de infortunio entregaba su billete al responsable de la ruta. Lo que en principio me pareció una devolución de dinero, - lo que significaba que ese día no saldría- en la practica fue un cambio de billete hasta Diaoubé. Me acerqué a él y le pregunté qué era lo que pasaba. Me dijo que, efectivamente, el coche a Kolda no saldría, pero si tomábamos el transporte hasta Diaoubé y llegábamos antes de las siete y media, podríamos llegar a Kolda lo cual era positivo, esas fueron sus palabras, para los dos porque él debía, estar en Kolda esa noche. 

Pensé que si así era no habría que preocuparse mucho pues su urgencia estaba más justificada que la mía.

La razón de tener que llegar antes de esa hora es que una vez que anochece se corta la carretera por motivos de seguridad. Una vez que se hace de noche y hasta que no amanece no se puede circular, al menos en la región de la Casamance, debido a la guerra o guerrilla que mantienen el Movimiento de Fuerzas Democráticas de Casamance (MFDC) - que desea una mayor autonomía o la independencia de esta región del país – y el gobierno de Dakar.

Para acelerar la partida tuvimos que pagar la última plaza que quedaba por ocupar. Salimos como aquel que dice, escopetados por una pista de tierra que parecía en buen estado. Consciente de la que nos jugábamos, el conductor marchó a la mayor velocidad que había circulado hasta entonces en Senegal. Daba la impresión de que finalmente conseguiríamos nuestro objetivo y podríamos enlazar con nuestro destino; pero prepararse para lo inesperado es necesario y más en Senegal, o quizás en África donde todo sucede o deja de suceder con la misma intensidad.

Llegamos  Diaoubé a las siete y cuarto. Era día de lumo, de mercado semanal y atravesar las calles, infestadas de vendedores, de idas y venidas de mercancías, de puestos callejeros que estrechaban más, si cabe, nuestro camino hasta el próximo coche, ralentizaba nuestra marcha. El mercado, uno de los más importantes de Senegal atrae a gente de Malí, Gambia y Guinea debido a la cercanía de las fronteras.

Ante la imposibilidad de circular en esas condiciones, descendimos de la furgoneta y caminamos a paso demasiado ligero, esquivando personas y bultos, los últimos quinientos metros donde encontraríamos nuestro salvoconducto a Kolda o nuestros problemas.

A veces diez minutos no son nada o lo son todo. Cuando llegamos, la carretera ya estaba cortada y la noche había decidido no ya caer, sino aparecer de forma súbita. Hasta en eso África no avisa. Cuatro coches esperaban que el oficial de guardia hiciese manga ancha y les dejase pasar. El responsable del puesto de mando, se mostró inflexible: Nada que hacer.
Alahou que así se llamaba mi compañero de infortunio, decidió tomarme bajo su tutela en un pueblo en el que escasamente hay hoteles, y posiblemente estuviesen llenos; un pueblo que cada vez se hacia más negro.

Hasta el amanecer, seis de la mañana, hora en la que supuestamente partiríamos, estaríamos inmovilizados. Quedaba mucho tiempo, casi doce horas horas en las que me veía pasando la noche bajo un triste soportal o mendigando una cama o un espacio donde dormir.

Era uno de esos días que la resignación te lleva a relativizar todo y piensas que a pesar de estar donde no quieres, sin tener ni idea de lo que va a pasar o como te las vas a arreglar, eres feliz: porque una noche africana, oscura, sin más protección que el sentido común te ayudará a saber cuales son tus límites en eso que llamamos viajar.

Mucha gente, mucho ruido y sobre todo, mucha incertidumbre, no nerviosa pero tampoco relajada del todo.

Nos refugiamos en una gargotte de dos platos y dos guarniciones donde la dueña servía de dos cuencos carnero o cous cous a los que allí se acercaban. Seleccionaba con sumo cuidado lo que servía a cada comensal revolviendo bien en un puchero, bien en una cuenco de metal amplio y hondo. En este último, reposaban trozos de cabra o carnero aceitosa hecha con cebolla guisada, pimienta y vaya usted a saber qué. En la otra un pobre cous cous en el que abundaba la sémola y poco la verdura. A sus pies, en el suelo, una bandeja con patatas fritas bastante sospechosa y una fuente de espaguetis excesivamente cocidos. 


En el interior una mesas bajas y varias sillas, algunas de ellas mutiladas por el respaldo o mancas, y poco más; o más bien nada más. 


Nos sentamos a cenar tras lavarnos las manos con jabón en polvo y aclararlas hasta que dejasen de estar preguntosas.

Nuestra fuente contenía varios trozos de carne gruesos que reposaban sobre lo que los cursis dirían un lecho de espaguetis. Alahou despedazaba la carne con la mano derecha con gran maestría y al ver que yo no me defendía bien, me iba ofreciendo trozos, arrojándolos cerca del borde de la fuente que se encontraba más cerca de mi. Debía estar muy atento a utilizar solo la mano derecha, para no ofender a mi acompañante y sólo utilizaba la izquierda para partir el pan. Yo, intentaba corresponder arrancando también trozos de carne, pero mis dedos resbalaban cuando intentaba separarla del hueso. Era para mí, casi imposible y Alahou tomaba la iniciativa. Impregnábamos con el pan la salsa, capturando los trozos de carne más pequeños y algo de pasta. Al rato, una chiquita , depositó en la bandeja parte del hígado y los riñones del animal que me fueron ofrecidos como si de un manjar se tratase. Comí más con prudencia que con desgana. Al finalizar la cena, otra vez sesión de lavado.


Salimos al exterior. Me senté en un camastro que se encontraba a la puerta. A pesar de que el mercado había  acabado, aun se veía mucho movimiento en las calles. Apenas unas bombillas iluminaban algún punto del pueblo. Se veían bultos que se movían, más que personas. A medida que pasaba el tiempo, las calles se iban apagando y aumentaba mi incertidumbre.

Aun quedaba lo más difícil. ¿Donde dormir? Eran las nueve y media de la noche e ignoraba que iba a ocurrir antes de las seis mañana. El único temor que tenía era que me venciese el cansancio. Si debía permanecer en la calle, tendría que estar muy pendiente del equipaje, de posibles ladrones y de las más que probables picaduras de variados insectos que a buen seguro vendrían a hacerme una visita de cortesía.

Inesperadamente Alahou encontró un sitio para dormir y fuimos llevados a una especie de patio cerrado donde se encontraba la casa, “la maison”, como decía Alahou, que mas parecía una sucesión de compartimentos estancos donde se guardaba un poco de todo.

En el espacio que nos dejaron para dormir había un gran camastro con un mosquitera y poco más; unas vigas de madera, unos sacos y unas lonas. Allí pasaríamos la noche. El hombre que nos había conducido a través de callejas de barro nos dejó un ventilador y se marchó sin decir ni adiós.


Uno, con el tiempo, ha afianzado sus manías y la perspectiva de compañía en una habitación con un desconocido nunca me ha seducido, pero dadas las circunstancia no quedaba más remedio. Creo que los dos estábamos un poco incómodos y aunque el cansancio empieza a aparecer alargamos la velada fuera de la habitación para ir dormir.

El lugar donde nos encontrábamos  se asemejaba más a un corral  que a una casa.  El baño, estaba situado a varios metros y consistía en un retrete a la turca que exhalaba olor a orines, al lado, otra pequeña estancia que se suponía era donde se lavaban.

Charlamos un rato, era militar y regresaba de un permiso. Su familia vivía en Tamba. Había estudiado económicas pero había ingresado en el ejercito tras acabar y llevaba allí 19 años . Le pregunté si le gustaba la vida militar y me contestó que por fuerza tiene que gustar, porque es una vida difícil, lejos de la familia, lejos de todo. Lo decía perdiendo la mirada, sin ninguna pasión. Hablamos del país, me contó que muchos de los problemas tiene su origen en que la gente quiere salir de Senegal. Apenas hay industria. Solamente algunas empresas de transformación agropecuaria y la pesca; pero no es suficiente.

En la noche africana hace calor. En la habitación contigua a la nuestra se escuchaba una animada charla de las mujeres, y a pesar de no entender woolof, la conversación se me hacía familiar. Alahou me contó que casi todo el mundo habla woolof, incluso los que son de la etnia peul o diola. El francés, que es idioma oficial, no lo habla todo el mundo y está más reservado a la clase intelectual. En el colegio como segundo idioma se puede elegir entre árabe, inglés y español. El estudió español, pero se le había olvidado y recita, divertido algunas frases sueltas.

De repente otro de los habituales cortes de luz. Nos fuimos a dormir iluminados por mi linterna. Tomamos nuestro espacio del camastro, el pared, yo pasillo y en posición quieta permaneceríamos hasta las cinco de la mañana. Me desvelé varías veces por el ruido que producían los animales que caminaban por el techo y que bien podía ser pájaros o ratas; y por el asfixiante calor que hacía en la habitación.


En unas horas intentaríamos pelear y conseguir una plaza en el primer transporte que saliese para Kolda. Costó dormir, pero al final el sueño y el agotamiento me derrumbó. Mañana sería otro día.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Toubab: un diario de viaje en bruto: días inesperados I



Tercer y penúltimo borrador del diario de viajes Toubab que publicaré. Al estar en "bruto" faltan muchas cosas y posiblemente sobren otras, pero he querido ser fiel a lo que escribí estando en Senegal. 

Feliz jueves

Planificar en África requiere tener siempre un amplio margen de maniobra y considerar que todo lo que no quieres que ocurra tiene grandes posibilidades de pasar; o directamente pasará.

Me había propuesto hacer del tirón la ruta Kedougou – Kolda (aproximadamente 470 kilómetros). Para ello debía tomar un sept place a primera hora de la mañana hasta Tambacounda y después enlazar con otro hasta Kolda. A pesar de la paliza del día anterior, que me había dejado un cuerpo agotado y dolorido, me había despertado de madrugada para conseguir plaza en uno de los coches que saliesen para Tamba. 


Aún era de noche, de primer camarero y primer café cuando una brisa agradable y después un viento fuerte anunciaron lluvia. En pocos minutos, África me regaba, al principio de forma suave y luego de ducha tensa y caudalosa. El canto de los pájaros que había anunciado la mañana cesó.


Me dirigí a la estación. Era el tercer pasajero en llegar, pero gracias a que los dos primeros eran una pareja, pude conseguir, por primera vez la plaza delantera, lo que aseguraba, de alguna manera, que mis rodillas, que hasta entonces habían viajado inmovilizadas y doloridas, como si de un momento a otro fueran a romperse, no sufrieran lo de días anteriores.


Eran las siete de la mañana. La estación sola y llena de ausencias permanecía en calma. Me había avisado el director del hotel, que amablemente me había llevado a la gare routiere, que hasta que no cesase la lluvia no saldría ningún transporte debido a que ningún pasajero se acercaría por allí y los medios de transporte sólo salen cuando rebosan gente. Incluso, me había sugerido que volviese al hotel a esperar. Decidí aguardar el final de la lluvia y mi partida metido en el coche. La idea de poder viajar más cómodo, la posibilidad de que si regresaba al hotel me chuleasen la plaza, eran suficientes argumentos para permanecer allí: quien haya viajado en las plazas traseras de estos viejos cacharros comprenderá perfectamente mi decisión.


Amadou, mi guía, apareció por allí montado en su bicicleta y estuvimos charlando un rato. De alguna manera creo que quería hacerme compañía y hacerme más agradable la espera. Además, ese día no había trabajo. Pocos turistas y lluvia, mala combinación para ir de excursión. Seguro que algunos senderos serían intransitables pues ya el día anterior, en algunos tramos tuvimos dificultades.


A las once de la mañana, después de una larga espera en la que de vez en cuando abandonaba el coche y me paseaba por una estación sosa y aburrida, comenzaron a llegar con cuentagotas los primeros pasajeros. Éramos seis y nos faltaba uno viajero más para completar la plaza.


Hubo un primer intento por parte del conductor de que los seis prorrateásemos el precio de la plaza restante y la pagásemos a escote, pero la mayoría no estaba por la labor. Había que seguir esperando. Finalmente y tras varias discusiones se logró un acuerdo y a las once y media partíamos.




Nos dirigimos en primer lugar a un puesto militar para pasar un control donde fui el único al que le fue solicitada la documentación. Tras observar un rato mi pasaporte, más por curiosidad que por celo administrativo, el soldado de turno me lo devolvió con un gracias y seguimos hacia la gasolinera para repostar los 15.000 cefas de gasolina. Comenzaba uno de esos días donde lo mejor que puedes hacer es dejarte llevar porque planifiques lo que planifiques no te servirá de nada


Aparentemente, circulábamos a buen ritmo, es decir a más de 50 kilómetros por hora, con lo cual, lo que comentaba Amadou, los camareros del hotel y dos fulanos con los que me había parado a conversar un rato dos días antes, de que la ruta se podría hacer en dos horas y media o tres, podría ser hasta cierto. Iluso de mi, había hecho mis cálculos y pensaba que a esa velocidad estaríamos en Tamba sobre las dos de la tarde teniendo en cuenta que deberíamos hacer alguna parada para entregar los tickets de los impuestos de circulación que se suceden en las carreteras senegalesas y dando por hecho que, probablemente, algún pasajero tendría alguna urgencia fisiológica en su versión de aguas menores o mayores.


Como en África todo es imprevisible, esas conjeturas que yo me hacía no sirvieron para nada. No era la primera vez que ocurría ni tampoco la última. Lo difícil es fácil, lo fácil difícil, lo esperado no ocurre y lo inesperado asoma en forma de milagro.


Se sucedieron las paradas a lo largo del camino. La primera en una Dibiterie de carretera donde varios pasajeros, conductor incluido, compraron sus trozos de carne asada a la que añadían cebolla y una salsa pringosa que posteriormente devoraron en el coche dejando en el ambiente un olor fuerte y algo desagradable.


Atravesando el Parque Nacional de Niokolo Koba numerosos animales asomaban en la carretera: pájaros azules de larga cola que despegaban en estampida del asfalto; otros de tonos verdosos nos sobrevolaban; los babuinos y los monos nos miraban curiosos y huían hacia los árboles; también algún que otro facocero que corría a refugiarse entre los arbustos y parejas de gallinas guineanas que permanecían en el arcén como si tal cosa.


Abandonando el parque fueron los rebaños de vacas y de cabras los que nos obligaban a aminorar el paso quedando, en ocasiones, envueltos por su presencia. Más paradas en pequeños poblados donde el conductor se echaba un cigarrillo y yo le acompañaba. Me decía que estaba muy cansado y que debía descansar. De hecho, a medida que nos acercábamos a Tamba, levantaba cada vez más el pie del acelerador, con lo cual, el viaje que yo creía haríamos en las dos horas y media o tres previstas, se convirtió en una travesía de cuatro horas y media. Si llegaba en hora, probablemente debería hacer el recorrido inverso y no se le veía por la labor.



Yo confiaba, a pesar de los retrasos, estar en Kolda antes de las ocho de la tarde. Sin embargo, hay días que salen torcidos o, más bien, que son dominados por la incertidumbre. Cuando llegamos a Tamba solo éramos dos los pasajeros para Kolda, un hombretón, de aspecto muy limpio y bien vestido y yo.

Pasaban los minutos y no llegaba nadie: a medida que pasan las horas es más complicado que la gente viaje casi en cualquier parte del mundo y África no es la excepción. 

Le pregunté al nuevo conductor si saldría el coche o si, por el contrario, era mejor hacer noche en Tamba y salir al día siguiente. Sus respuestas imprecisas o no del todo claras me predisponían a hacerme a la idea de que esa noche dormiría otra vez rodeado de mosquitos en cualquier lugar de Tamba y saldría a primera hora de la mañana, pegándome el madrugón y una nueva paliza al día siguiente.

Como solución, me ofreció tomar otro transporte, una pequeña furgoneta que se consideraba también un sept place hasta Diaoubé y de allí tomar otro sept place hasta Kolda. A mi pregunta sobre si podría enlazar bien, me contestó que sí, siempre y cuando llegásemos antes de las siete de la tarde, pero que en cualquier caso, si salíamos antes de las cinco de la tarde, no tendríamos problemas en llegar. De todas formas había que esperar al menos hasta las cuatro y media por si finalmente el coche de Kolda se llenaba. Me comentó que la otra persona debía llegar ese día a Kolda porque trabajaba al día siguiente.

La observación de lo que ocurre alrededor y la búsqueda de referencias se  hace imprescindible en los viajes, más cuando de ello depende el que viajes o te quedes en tierra y sabía que a partir de ese momento, la única referencia válida sería el otro pasajero. Si tenía que llegar a Kolda esa noche sabría mejor que yo cómo hacerlo así que no había que perderlo de vista.


El tiempo pasaba entre vendedores de cachivaches y baratijas, vendedores de tarjetas telefónicas y pedigüeños varios; entre las miradas de todo aquel que me descubría, y entre las inevitables moscas que habían encontrado su espacio natural en toda esa amalgama de hombres, olores y hechos cotidianos.


Llegado el momento, mi futuro compañero comenzó una acalorada discusión (mucha fuerza pero en Senegal luego todo se calma) con el conductor y los encargados de despachar los billetes. Su enfado iba en aumento, aunque después de un tuya mía, los ánimos parecieron calmarse. (continuará)

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Toubab: un diario de viaje en bruto: País Bassari II



Continuamos durante esta semana con Toubab y la continuación de la jornada del viaje. Quedan muchas cosas que contar; organización social, temperaturas, miradas etc, pero como ya dije en el post de ayer es un bruto.

Feliz miércoles: Hoy Thinking Souls: Ambición y dinero con Pablo Rodríguez, Fernando Rodríguez de Rivera, Francisco Alcaide, Katy, Rafa Bartolomé, Javier Rodríguez Albuquerque y José Luis Montero.



Paseo por el País Bassari

Volvemos al coche. Abandonamos Ibel tomamos una pista de tierra para dirigirnos a Dindifello. Comenzamos a vadear arroyos, a protegernos de las ramos de los arbustos, de los termiteros, salvar socavones y circular por caminos que no parecen señalizados. Da la sensación de que en cualquier momento te puedes perder. Van apareciendo varios poblados, aldeas perdidas, de tres o cuatro casas, aldeas aisladas de todo. La gente saluda al guía y al conductor, intercambian palabras.

Llegamos a Dindifelo, un pequeño poblado con pequeñas casuchas y chozas diseminadas pero con unas impresionante vistas a las montañas de Futa Jalom que, de alguna manera marcan la frontera con Guinea Bissau. Hacemos una pequeña parada en el campamento Villageois para reconfirmar la comida que habíamos encargado cuando salimos de Kedougou y partimos a pie para visita las cascada de Dindifello.

Lo primero que hacemos es pagar al fulano el acceso y luego caminar por un sendero en el que abundan los termiteros. Se escuchan los lejanos chillidos de los Chimpancés, pero no alcanzo a ver ninguno. Amadou me dice que mire hacia tal o cual sitio, pero no veo nada. El último tramo, hasta llegar a la cascada se hace a través de un terreno umbroso en el que se pudren las hojas caídas de los árboles, se encuentra también basura.


En un tramo, las mujeres lavan la ropa ensuciando, si cabe, un poco más el ambiente. Finalmente, la llegada a la cascada no impresiona mucho. El agua cae a una pequeña poza color verdosa, no muy grande. Lo realmente interesante es observar como cae el agua, casi a cámara lenta. No es una cascada de gran caudal, o quizás sea que no es la mejor época, pero lo más interesantes es ver como se precipita el agua dulcemente.


Hace mucho calor, pero aún así no decido bañarme y prefiero seguir elevando los ojos hacia la cima de la montaña mientras imagino la época de los exploradores. Regresamos al campamento y almorzamos el sabroso, pero escaso  Yassa poulet que nos han preparado.

Al regreso Amadou me pide permiso para llevar a algunos lugareños en  nuestro vehículo. Las comunicaciones con Kedougou sólo se pueden hacer en 4x4 o en furgonetas preparadas. No hay carreteras y un automóvil normal no puede circular ni de broma por esas pistas. Me comenta, que serán cuatro las personas, pero acaban siendo ocho las que llevaremos. A mi no me importa. Accedo con gusto y el viaje se convierte en una sucesión de voces que acompaña la música guineana que hemos puesto en el cassete. Regresamos a Kedougou entre mil baches.

Soul Business

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