lunes, 31 de enero de 2011

Cuando las comparaciones son ociosas


Mumbai - India 

No, no me he equivocado en el título. Nos pasamos la vida comparando. Comparando lugares comparando negocios, comparando cosas, personas. Esto en sí no tiene porque ser malo, es una forma de tener una referencia, una forma de poder evaluar nuestro entorno, nuestra circunstancia y a nosotros mismos.  Sin embargo, lo hacemos mal – no hablo de subjetividad y objetividad que son las dos caras de una misma moneda dependiendo del como y el cuando – sino más bien de esa forma tan extraña que tenemos de querer poner en un mismo plano cosas distintas aunque tengan algo en común.  Por ejemplo uno podría comparar dos chuletones puestos a la brasa, uno con más sal, otro menos hecho y al probarlos decir cual gusta más, cual es mejor para uno. Eso es una forma de comparar más o menos razonable, pero hay otros ejemplos en los que las comparaciones son ociosas o lo que es lo mismo más que aclarar confunden o esa comparación no sirve para mucho. Me explicó.

Si a alguien le preguntan si es más bonito Barcelona o Madrid, Londres o París, pues dependiendo de lo que uno entienda por belleza se decantará por una u otra, pero también la belleza, la comparación, la hará basándose en lo que representa emocionalmente, por el contexto y por las circunstancias que la llevaron a esa persona allí.

También, claro, existen las comparaciones de oído, aquellas en la que te lo haces por lo que escuchas y oyes, o por lo políticamente correcto, que viene a ser la opinión al final de la masa. ¿Se puede comparar el Big Ben con la Torre Eiffel o con la Sagrada Familia? Yo pienso que no, si no se hace exclusivamente en términos de altitud y aún así esa comparación ofrece un dato, curioso si queréis, pero que tampoco aporta mucho. ¿Podríais comparar Vietnam con México? Os podrán gustar más, pero no son comparables. Esto ocurre mucho en los viajes.

En nuestro día a día también: comparamos lubinas con besugos, música clásica y flamenco; cine o teatro. Los gustos, las preferencias, no se pueden comparar como tampoco se pueden comparar las personas porque, a pesar del marketing, de la costumbre, de la educación, todas y cada una de ellas son únicas aunque tengan cosas en común.

Pero aún así comparamos, y nos comparamos. Comparamos nuestros trabajos, nuestras casas, nuestra forma de vida, nuestras familias, nuestros amigos con lo y los de los demás, curiosamente con los que entendemos, a menudo de forma errónea, que son mejores, que han tenido más éxito, que son más queridos, más molones vaya. Con lo otro, con lo que está peor y están peor según ese baremo ni nos comparamos. Y ya puestos, digo yo, que habría que comparar por los dos lados.

Pero no, sólo comparamos de una única forma.

En el mundo empresarial también abundan las comparaciones ociosas. En este caso, me llama la atención la soltura con la que mucho “experto” compara las empresas y  negocios y su funcionamiento y luego falla más que una escopeta de feria; bien porque mezcla churras con merinas o lachas (ésta variedad denominación de origen del norte como me comentó José Luis Montero) o lo que es lo mismo diferentes sectores, tamaños, modelos de negocio etcétera; bien porque se comparan realidades y variables distintas o porque cree que el mundo ya está inventado: “esto debe ser así, porque se ha hecho así siempre o no es momento para cambiar”. Es decir, comparación por igualación.

Claro, luego llega uno, pega el pelotazo yendo a su bola y todo cristo a comparar lo incomparable, lo diferente y a cambiar de opinión.

Lo malo de comparar alegremente o, insisto, de forma ociosa  es que al final, como divertimento, como puede ser el caso de los viajes o el del pescado no hace daño y es casi un juego, pero cuando se compara con personas o empresas, al final puede crear insatisfacción e infelicidad, porque para ser como otro o hacer lo que hacen otros, para eso, no hace falta pensar, sólo copiar y pegar y que la circunstancias sean iguales o parecidas.

La vida no es un busque, compare y si encuentra algo mejor cómprelo, como decía el anunció, sino un busque y encuentre, preferiblemente en uno mismo. Y para eso no hace falta comparar, sino más bien escuchar.

Feliz lunes


viernes, 28 de enero de 2011

Exprime el limón



Exprime el limón, solía decir mi padre cuando hablaba de la vida. Era su versión del Carpe Diem, su forma de aconsejarte, que la aprovecharas. No se refería a que fueses un bala perdida ni a que todo te resbalase. Creo más bien que lo que quería transmitir era que no debíamos perder las oportunidades que se nos presentan para disfrutar de nuestra existencia.

Cuando lo hacía, no lo planteaba en términos de que fueses mejorando laboral, social  o económicamente; tampoco se trataba de que fueses como una abeja libando de flor en flor para recolectar solo el lado dulce de la vida. Era, sobre todo, una cuestión de actitud, de saber mirar las cosas, las circunstancias y los hechos  que aparentemente nos parecen anodinos o carentes de importancia, y hacerlo con la mirada ilusionada de un niño, con esa capacidad de asombro y sorpresa que poco a poco nos van, o nos vamos limitando.

Nuestros días , están llenos de esos pequeños momentos que dejamos pasar o ignoramos porque estamos más centrados en intentar conseguir las metas que nos proponen o nos proponemos, en ser los más ricos, los más guapos, los más cool, los más competitivos, los más triunfadores, los más enterados y solemos dejar de lado cosas que realmente al final importan y que no tienen que ver nada ni con el dinero y sí mucho con lo que nos hace o puede hacer felices.

Todo esto viene a cuento de que me lo ha recordado e artículo que publicaba Francisco Alcaide “Boomerang y el materialismo de siempre” en el que relataba que lo que más le gustó a James Cook de los aborígenes australianos era su actitud ante la vida, el saber aprovechar lo que la vida ofrecía y ser felices con ello.

En nuestro caso es más complicado por la cantidad de necesidades que nos vamos creando, cuya consecuencia es que a la hora de exprimir el limón lo hacemos mal, demasiado rápido, y por eso el zumo de la vida nos sabe demasiado ácido; seguimos exprimiendo limones con la esperanza de que uno sea el definitivo, el dulce sin aceptar que a éstos hay que echarles agua o azúcar para que el sabor sea más agradable.

Y la mejor forma de que nos guste, es saber exprimir el limón, añadiendo esas pequeñas cosas, esos pequeños momentos que nos hacen más felices como pueden ser la llamada de un amigo, una puesta de sol, frotarse las manos y sentir el calor cuando hace frío, sonreír y que nos sonrían, comerse un bocata en silencio mientras esperas el próximo tren, escuchar la lluvia o cantar bajo ella, beber un enorme vaso de agua cuando tienes mucha sed, oler pan caliente, leer un libro, admirar el vuelo de una mosca o emocionarte con una sinfonía…cosas y momentos que no retenemos porque en esa continua busca de la felicidad confundimos limones con naranjas confiando en que en lugar de ácidas o amargas nos salgan dulces.

La felicidad, hay que currársela y eso tiene mucho que ver con saber exprimir el limón, con sacar el gusto a la vida, aunque ésta juegue contigo, aunque tu juegues con ella.

Feliz fin de semana  

miércoles, 26 de enero de 2011

Más allá de Thinking Souls


Chiapas - México
Los que pasen por aquí la primera vez y hayan accedido buscando en Google frases de la semana, frases del fin de semana etcétera se preguntarán que es eso de Thinking Souls. Por si alguno no lo sabe, o si alguno de los habituales todavía no se ha animado a visitar al hermano pequeño de Soul Business (más que nada porque nació después) os diré que es un blog en el que se recogen, sacados fuera de contexto, y en algún caso acortados, los comentarios y opiniones que dejan aquí los amigos. Se selecciona siete por semana y se publican. 

Coincidiendo con la segunda temporada que acaba de empezar hoy quiero ir un poco más allá de lo que es blog y presentaros a algunos de los colaboradores habituales.

Como son muchos los que pasan, me quedaré con los siete de hoy. Y que mejor forma de hacerlo que presentado sus blogs, que como observareis tienen temáticas, enfoques, formas de expresión distintos; edades, procedencia geográfica, ideas, creencias y muchos más etcéteras que se haría largo mencionar y que es mejor que lo descubráis (los que no habéis tenido el gusto) por vosotros mismos.

Es una sugerencia, pero merece la pena que os deis una vuelta por el Museo de ABC como sugiere Katy o leáis la conmovedora historia del Tractor de Martín que nos narra MaS y luego decidir si podemos vivir como un Arco iris como nos sugiere Asun, pero también debatir sobre si España debe ser rescatada como apunta Fernando Rodríguez de Rivera o si lo nuestro es más bien cosa de los Spanish Cuentacuentos como dice José Luis Montero o,  de la Obsolescencia programada, de cómo está montado el tinglado según cuenta Pablo Rodríguez, sabiendo, eso sí, que no es bueno hacer, ni emocional ni higiénicamente correcto hacer Trampas en el solitario como Josep Julian nos explica.

En fin, que ya sabéis con que clase de tipos os la jugáis.  Hoy Thinking Souls post con los arriba mencionados.

Feliz miércoles


lunes, 24 de enero de 2011

¿Nos manipulan o nos dejamos manipular?


La televisión, ¿muestra lo que ocurre? En nuestros países, la televisión muestra lo que ella quiere que ocurra; y nada ocurre si la televisión no lo muestra. La televisión, esa última luz que te salva de la soledad y de la noche, es la realidad. Porque la vida es un espectáculo: a los que se portan bien, el sistema les promete un cómodo asiento. Eduardo Galeano

Me gusta esta reflexión que hace Eduardo Galeano en el “Libro de los abrazos”. Pero creo que esto no es exclusivo de la televisión. Sucede en todos los medios. Prensa, Internet, etcétera. Cada día se informa menos y se opina más, o se opina más sin tener la información. Somos así, que le vamos a hacer. Así, una misma noticia puede parecer totalmente distinta dependiendo de quien la transmita, en el momento que la transmita, y con la frecuencia e intensidad que lo haga. Siempre hay un interés por parte de alguien (que el algo es el ente) en mostrarnos su “realidad” con el fin de que se tome partido, se genere confusión o simplemente por el mero hecho de hacer daño.

No sé vosotros, pero cada vez me cuesta más formarme una opinión sobre algo, no por falta de criterio, que algo queda, sino porque cualquier información puede estar tan bien argumentada que se me hace complicado ver las cosas con claridad. Cualquier teoría, cualquier información puede ser cierta o no si ésta está bien planteada. De esto sabía mucho Goebbels quien creo que afirmaba que una mentira varias veces repetida se convertía en verdad y, en este sentido, como receptores de los miles de mensajes que cada día nos llegan, vamos tomando partido por aquellos que o bien se nos hacen más familiares, o menos molestos, o bien porque aceptamos pulpo (que nos den la del) como animal de compañía. 

Da lo mismo el tema, puede tratarse de economía, fútbol, los pares termoeléctricos, o la apasionante vida del lirón careto, todo para que se tome partido, o lo que es lo mismo, para saber de qué pie cojea cada uno, lo que a efectos de estudios de mercado por parte de quien corta el bacalao es muy práctico ya que tensarán o aflojarán la cuerda en función de cómo vean que este el percal.

Luego pasa lo que pasa, que vamos de contradicción en contradicción y donde pensábamos blanco ahora es negro o viceversa. En realidad, no es que cambiemos de opinión con facilidad, es que la acomodamos a lo que nos interesa a cada momento. Clamamos contra los manipuladores de la información, echamos la culpa a los medios y no nos damos cuenta que muchas veces somos nosotros mismos quienes nos dejamos manipular porque ya se sabe que ojos que no ven, corazón que no siente y es más fácil hacerse el ciego, como otros se hacen los sordos, ante lo que realmente somos, ante nuestra verdadera esencia, lo que provoca que vayamos dando tumbos emocionales por la vida ya que esas certezas que adoptamos e intentamos adaptar no son más que obstáculos que ponemos a eso que se llama razón.

Pensar acorde con las convicciones cada día se paga más caro. ¿Dónde están todos esos que defendían Wikileaks y a su fundador y lo proclamaban con vehemencia, hasta que supieron que el Gran Hermano Global les podía fichar?, ¿Por qué cada día se tocan temas menos profundos pero se montan apasionados debates sobre si es razonable que, pongamos por caso, Belén Esteban se presente a las elecciones o si el Madrid necesita un delantero?

Pero claro, esto no es nuevo. Desde pequeños nos “comunican”, nos informan, nos enseñan a saber quienes son los buenos, quienes los malos, nos enseñan a despreciar a un país y querer a otro, a creer que si el mundo es injusto es culpa de otros, nunca nuestra… y así con cualquier tema, como si nuestras conciencias se calmasen, como si tuviésemos la cabeza bien amueblada.

Que me temo que no.

Feliz lunes  

viernes, 21 de enero de 2011

Callejuelando: Un día en la vida de los viajes



Varanasi - India 

«Cada mañana abro los ojos con la incertidumbre elegida de no saber con seguridad qué voy a hacer. Son muchos años paseando, dejándome llevar por las calles sin más brújula que la intuición y los sentidos. No hay pasos vanos; cada pisada es el resultado de un pensamiento, de una introspección a veces inconsciente. Los paseos permiten descubrirte porque no eres sólo un espectador de cámara fija, sino que vas cambiando de plano e interactúas constantemente en cada paso.»

Del diario de viajes Paseos Turcos

El otro día publicaba De mochileros y viajeros  en el que tanto un servidor como varios de los comentaristas opinábamos que estábamos más o menos de acuerdo en que viajar era más una cuestión de convicción que de etiquetas, y que  autodenominarse una cosa u otra era peligroso.

Cada uno tenemos nuestras motivaciones y entendemos el viaje de una manera. Hacemos unas cosas u otras o nos decantamos por elegir las opciones que se nos presentan o simplemente no elegir y dejarse llevar. Ésta, particularmente, es una de las que más me gustan. Y en muchos de mis viajes, los días no los planifico: me dejo llevar por ellos, como escribía más arriba. Por eso, en ocasiones, suelo llamar a mis viajes paseos, porque eso es lo que hago, pasear y descubrir aquello que no sale en ninguna guía: las emociones, las sensaciones y las personas. Os dejo un capitulo de Soul India que le dediqué a mi amiga Sara porque hubiese disfrutado de ese día tanto como lo hice yo.

Feliz fin de semana

Callejuelando


A las seis de la mañana ya estaba en la calle, pateando los cinco kilómetros que separan Cantonment de Goudalia. Necesitaba saciarme del Ganges y sus Ghats.

En Varanasi, cada metro recorrido te ofrece la posibilidad de descubrir una ciudad mágica, de paleta de pintor, de símbolos escondidos en cada rincón, en cada gesto que te atrapa y te desordena el alma.

Descargaba mis ojos en cada casa, en cada balaustrada vencida por el tiempo, en cada hombre amanecido; y era entonces cuando comprendía que Varanasi es la vida que alguien quiso disfrazar de un halo de muerte.
Varanasi - India 
Una vez en Goudalia, me perdía una y otra vez por los laberintos de callejuelas que velaban imágenes de dioses azafranados que te empujaban al Ganges o a la oración: Ganesh, el dios elefante, es de los más populares; parece un dios de dibujos animados. Allí pasaba horas abandonándome. Observaba cómo los oficios aún eran hechos con cariño, con amor: me guiaba por los sonidos, por los aromas de especias recién molidas. En una de las angostas calles, calle que me costaría volver a encontrar, asistí al concierto de martillos más maravilloso que los hombres pudiesen componer: los carpinteros golpeaban con una cadencia digna de los mejores percusionistas tablas de madera creando una sinfonía de golpes que más bien parecían acariciar la madera que maltratarla. Perdí la noción del tiempo sentado en la calle, y el que me prohibiesen el acceso al templo de Vishwanatha, el templo Dorado, por no ser hindú, me trajo sin cuidado.
Varanasi India 
Reanudé mi particular peregrinación, profundizando en el barrio musulmán donde los animados bazares se organizaban en una anarquía de calles flacas, que conducían a recónditas mezquitas en las que el muecín emplazaba a la oración y la India parecía no existir. Como no existían los turistas: solo un español despistado que se detenía en todos lados, que dialogaba con quien podía, que filmaba con los ojos y se quedaba alucinado viendo el bazar de los juguetes de plástico malo que pocos niños disfrutarían: Yo.

Varanasi India
Varanasi - India 

Agonizando mi vida, me adentré en un suburbio de barro en el que todos los credos posibles de la India se hermanaban en hambre y desesperación. Nadie me mendigaba nada; sólo alargaban la mano para estrechar la mía. Sólo eso. Cuando uníamos nuestras manos, en un apretón fuerte y solidario, sabíamos que nos queríamos desear algo bueno. ¡Tantas cosas!
Estaba empapado en sudor. 
Varanasi - India 
De regreso al hotel, viré otra vez el rumbo. Los cinco kilómetros desde Goudalia se transformaron en ocho: mis labios estaban secos, mi cuerpo deshidratado, mis piernas ralentizadas, y cada vez me costaba más caminar. Volví atravesando la estación y al ver a los peregrinos y a los futuros muertos, me invadió una sensación de angustia. Dudaba si podría llegar al hotel en buenas condiciones; a pesar de que bebía litros de agua que en segundos eran cataratas que recorrían mi cuerpo. Me preguntaba si desafiaba a Varanasi o era yo el que necesitaba el reto. Extenuado, me desplomé en mi habitación. Me dolía todo el cuerpo: la templada ducha de agua y una cama perfectamente hecha me recordaron que habían sido más de ocho horas caminando bajo un sol abrasador: veinte kilómetros que fueron un instante.

Ese día yo fui Sara.

miércoles, 19 de enero de 2011

No solo juegos - Mueve la mente

Hay días que lo que te pide el cuerpo no es escribir de esto o aquello, sino de este y aquel; de personas vamos. Hay días también que te apetece hablar de amigos, de buena gente y hay días que te apetece compartir algo que sabes que a alguno de los lectores le pueda interesar. Por eso hoy os quiero presentar a Alfonso V un mago que me presentó long time ago, ósea hace muchos, muchos años el Mago More. Y la verdad es que el mamón sigue prácticamente igual que cuando lo conocí. Debe ser cosa de magia, pero se conserva fenomenal.

No sé la de veces que ha trabajado con nosotros (porque a Alfonso siempre se le ha considerado uno más de la casa) haciendo mucho más que magia, porque además el tipo tiene otros registros como puede ser el de calculadora humana, experto en globoflexia o tahúr de casinos clandestinos que despluma a los invitados en una de nuestras fiestas casino. Un profesional vamos.


Hace unos días me llevé una agradable sorpresa al descubrir su blog No sólo juegos, porque está chulo, pero que chulo de verdad. Les gustará a aquellos a los que ejercitan la mente con juegos que vayan más allá de lo sudokus, los crucigramas y las sopas de letras; a los que le gusten los juegos de lógica, las adivinanzas y a los amantes de las matemáticas.

Son juegos que ayudan a pensar, a mirar de forma diferente para resolver un problema, a buscar más de una solución, a errar y a acertar,  y estaréis de acuerdo conmigo en que este tipo de ejercicio ayudan a desentumecer las neuronas y predisponer la mente para un reto.

Así que si queréis jugar, descubrir como discurrís o simplemente quedaros con el personal no dejéis de seguir a Alfonso V. Y como siempre, no es un consejo, es una sugerencia.

PD – Conseguí, llevar las ranas y los saltamontes a su sitio, eso sí con más de 18 movimientos.

Feliz miércoles.

Hoy Thinking Souls con Begoña Gozalbes, Katy, Germán Gijón, Rafa Bartolomé, Javier Rodríguez Albuquerque, Alberto Barbero, María Hernández y Josep Julian


lunes, 17 de enero de 2011

De mochileros y viajeros

Hostal de Palmira 

Hoy a través de Twitter Francisco Alcaide (@falcaide) compartía un interesante artículo de Paco Nadal (@paconadal) sobre si se habían extinguido los mochileros o no.  El mochilero, tal y como se conocía (aquel que viajaba de forma independiente durante un periodo de tiempo más o menos largo, que se buscaba la vida para alojarse, comer y trasladarse de un lugar a otro utilizando para ello cualquier medio de transporte) va desapareciendo. 

Eran personas con un gran espíritu de curiosidad a los que les movía las ansias de aprender y conocer otras culturas, otros paisajes y otras gentes. Todavía quedan muchos, pero la palabra, la figura, como muchas otras cosas ha sido prostituida y cada vez te encuentras menos de los auténticos y más de los que hablaba este artículo "Sin rastas no hay paraíso", publicado en tono de humor pero no exento de fina ironía porque muchos de los perfiles se ajustan a la realidad.

El viajar con mochila y durante unas semanas de seguido no te convierte en mochilero - yo sin ir más lejos, en ocasiones viajo con mochila, pero no me considero mochilero ni nada por estilo como conté en ¿Quién tiene la verdad de los viajes?- pero parece que mucha gente cree que el sólo hecho de viajar de forma independiente, de la forma más barata posible, vestirse de forma especial y ser “reconocido” en diferentes foros de viajes como mochilero auténtico le otorga un aura especial que les eleva por encima del resto de los viajeros.

En mis paseos por el mundo, he tenido la oportunidad de ver lo que Paco comenta sobre estos mochileros de pastel: he visto en Vang Vieng como deambulaban por las calles borrachos y drogados hasta las trancas, totalmente cocidos, haciendo rafting con neumáticos o viendo la serie Friends en cualquier bareto del pueblo; los he visto mosquearse, pegar gritos y quejarse por la incomodidad de ir apretujados en una furgoneta en Camboya; porque no haya Wi FI en el hostal de Hanoi; por los retrasos, por la comida, porque no hablan su idioma, porque te quieran timar en India; porque los lugareños se acercan demasiado; porque los precios de la Lonely Planet no están actualizados; tipos que sólo van donde indican las guías; tipos que van a contrarreloj por el mundo saltando de sitio en sitio sólo mirando los horarios, levantándose pronto para tomar el primer bus; tipos que no te hablan (no vaya a ser que les robes)... 

Tipos que son capaces de regatear horas y horas por unos céntimos de euro porque a ellos nadie les engaña y pagan  después y sin pestañear una burrada por el garrafón que les sirven en tugurios de la happy hour  global; tipos, en fin que lo más arriesgado y libre que han hecho durante su viaje ha sido comprar en el mercado local algo de fruta pero que luego te venden su experiencia como si hubiesen hecho un viaje iniciático.

Nada que ver con tipos como Jorge Sánchez, que en otra entrevista que me paso Francisco, se define como viajero y nos cuenta sus motivaciones para viajar con las que me identifico aunque nuestra forma de viajar sea muy diferente en líneas generales.

Viajar es eso, modelar experiencias a través de otros entornos, necesarias para conocer, aprender y comprender quienes somos, de donde venimos y hacia donde vamos. Viajar no es una cuestión de mochila, es una cuestión de convicción, una forma de expresar un profundo respeto por el ser humano y por este planeta que llamamos tierra.

Y para mí, un viajero es aquel que tiene esas convicciones, lleve maleta, mochila, viaje en primera o haga auto stop.

Feliz lunes



sábado, 15 de enero de 2011

Los videos de Soul Business IV: Música

Hoy cuarta entrega de esta serie de videos publicados en el blog.  Toca música (vaya juego de palabras) . Y es que Soul Business no se podría entender sin música. Muchos de los post están relacionados con ella y, absolutamente todos se han escrito mientras la escuchaba.

El primero inspiró el post Música y trabajo en equipo.


El segundo: Comunicación a través de pentagramas habla sobre la comunicación y la música



El tercero, fue uno de los primeros post que escribí y habla sobre “El lenguaje de la música”


Feliz fin de semana

miércoles, 12 de enero de 2011

Escuelas para aprender de personas


Como ya he dicho otras veces, una de las cosas buenas que tiene los blogs es que conoces, aunque sea “virtualmente” – lo entrecomillo porque no me acaba de gustar esta palabra - a un montón de gente que te enseña un montón de cosas, nuevas perspectivas; gente que te aporta ideas o te las aclara; gente que te da claves, te inspira o te sugiere. Que mola, vamos.
El otro día leía un interesantísimo artículo de Astrid Moix (@astridmoix) en el que comentaba la importancia de conocer los aspectos culturales y sociales que hay que tener en cuenta en la gestión de personas en unos entornos cada vez más internacionalizados y el papel que deberían tener los profesionales de los recursos humanos para contribuir al éxito de la internacionalización de las empresas. 

El caso, que juguetón como soy, le estuve dando vueltas al asunto, dibujando ideas en mi cabeza y llegué a otra de esas absurdas conclusiones fruto de esa revolución neuronal pasada de vueltas.

Necesitamos escuelas para aprender de personas.

Y lo digo así, sin despeinarme. Es cierto que abundan los libros sobre protocolo en los negocios, sobre costumbres que, la mayor parte de las veces tienden a encasillar, a meter a todo el mundo en el mismo saco y a crear clichés que acaban por convertirse en verdades. Así, por ejemplo, a nuestra imagen (en general) los japoneses son unos estajonovistas de cuidado que comen pescado crudo y siempre van en grupo y nosotros a la suya, primos hermanos de José Tomás y Joaquín Cortés, gritones y juerguistas. Pero me voy del hilo.

Las escuelas y las universidades siempre han estado “dirigidas” a preparar a la gente para el Sistema, sea este local o global. Enseñan leyes, finanzas, técnicas de mercadotecnia, idiomas, geografía etcétera pero poco sobre las personas, es decir sobre como somos, el porqué de nuestras conductas, pero enseñan poco sobre nuestras emociones, las de todos, como si eso fuese una debilidad o careciese de importancia para saber manejarnos; no enseñan a desarrollar la empatía sino el odio o la compasión; no enseñan a gestionar las diferencias ni a aprovechar las oportunidades de enriquecimiento como apuntaba Astrid. En definitiva, como casi siempre, mucha teoría, poco práctica y una corta y cómoda visión sobre el asunto. Luego pasa lo que pasa, que no nos entendemos aunque nos toleremos.

Y eso pasa porque no somos capaces de tener una visión más amplia en la que contextualizar a las personas, lo que nos lleva a clasificarlas y agruparlas por estatus social, económico, religión, gustos y preferencias pero no por lo que son y sienten realmente, por lo que pueden aportarnos y nosotros aportarlos. Nosotros mismos creamos barreras, a veces de forma inconsciente, pero barreras que limitan el conocimiento y el entendimiento entre personas y, como consecuencia de ello, la eficacia de la comunicación, que es fundamental para avanzar en las relaciones ya se trate de un ámbito personal o profesional.

Yo, lo poco que se de personas, me lo han enseñando, la familia, los amigos, los compañeros de trabajo, los viajes: el haberme acercado y compartido algo con la gente… En mi humilde opinión, no somos tan diferentes. Todos compartimos emociones, valores, sentimientos, lo único que cambia es el contexto y eso, también es importante conocerlo; pero si solo se tiene en cuenta el contexto, al final caeremos en el error de que las personas son muy diferentes, que es lo que nos han enseñando siempre.

Así que necesitamos escuelas para aprender de personas. Lo bueno y lo malo, que hay cada uno por ahí suelto…

Feliz miércoles.

Hoy Thinking Souls. Pablo Rodriguez (@pablorb) Un gran tipo.

lunes, 10 de enero de 2011

Lo que me enseña la lluvia



A mi regreso de vacaciones, Madrid me ha recibido con lluvia. Después de dejar las cosas en casa me he ido a dar un paseo. Debo ser un tipo raro porque mientras otros transeúntes se refugiaban bajo las marquesinas y los portales yo continuaba andando sin importarme lo más mínimo el que me estuviese calando. Los paraguas y yo no nos llevamos muy bien. Suelo dejarlos olvidados en cualquier lugar y se me hacen incómodos para caminar. Esa es la razón de que casi siempre salga sin paraguas a la calle. Además, me gusta sentir las gotas de agua en la cara aunque en ocasiones sea un poco molesto. 

No sé, la lluvia me da vida. La he experimentado en todas sus versiones: tormenta, tromba, aguacero, llovizna, chubasco… y bajo diferentes temperaturas. El caso es que me gusta porque me hace sentir vivo, activa mis neuronas, me ayuda a generar ideas y sobre todo a reflexionar. Debo ser rarito, ya digo, pero la lluvia, para mi no es sólo un fenómeno atmosférico sin más. 

La lluvia me ha enseñado y me enseña muchas cosas. Me enseña que en la vida no basta con sembrar sino que hay que regar constantemente; me enseña que por mucho que queramos tunear la tierra hay cauces que no debemos modificar pues si lo hacemos el agua se volverá contra nosotros; me enseña que su ausencia, como otras cosas en la vida puede ser dañina, pero que su exceso, como otras en la vida, puede ser muy perniciosa y peligrosa para nuestra existencia; me enseña que debemos tener cuidado al caminar para no resbalar, que por mucho que planifiquemos y creamos tener todo controlado siempre puede caer una tromba que desbarate todo lo construido obligándonos a comenzar de nuevo; me enseña que todo se puede hundir, pero también me enseña que después de la tormenta viene la calma y que siempre acaba por salir el Sol, aunque como os dejo en este capítulo de Soul India esto no ocurre al mismo tiempo ni para todos por igual.

En fin, cada uno tiene sus fuentes para aprender.

Feliz lunes


Lluvia

Amritsar me estaba encantando. Supongo que, Templo Dorado aparte, el que no te abordasen ni te diesen la brasa —la gran brasa india— contribuía a ello. Se podía pasear sin ningún temor a ser interrogado de forma involuntaria; se podían examinar telas y chales sin una legión de curiosos alrededor; se podía, en fin, respirar. 

Marujeé un buen rato por el bazar textil, un enorme laberinto de telas estampadas que hacían complicada la elección. Los grandes y enormes rollos de las telas parecían apuntalar los muros y tabiques del bazar. En mi vida había visto tal cantidad de comercios que vendiesen lo mismo. En el lugar más recóndito, encontrabas un tenderete, una galería sin salida en la que se exponían los más variados tejidos que yo suponía podían vestir a media India.

Me adentraba en las tiendas y allí, medio tumbados sobre un suelo enmoquetado de sábanas, el dueño y yo comentábamos las calidades, los precios, las posibilidades de los lienzos, en tanto que un empleado se afanaba en desenrollar los grandes cilindros de mil colores y motivos extendiéndolos por el local: «que no te convence esto, ¡niño, trae los chales!», vociferaba el dueño, contento de tener un cliente extranjero, un cliente de postín: un «mirlo blanco» en su establecimiento con el que haría el día. Me divertía muchísimo: fingía entender, ser un experto en materia textil cuando la realidad es que me costaba diferenciar las calidades: la experiencia de haber visto y sobado telas en otros lugares, junto con el análisis de los gestos del dueño y del personal, que a mis comentarios cambiaban el semblante, me ayudaban a decidir. A veces no era suficiente y, si no timado, seguro que alguna vez me llevé algo bien pagado.

Así transcurría la mañana, feliz de estar en una ciudad amable en la que la gente ofrecía su hospitalidad desinteresadamente. Cuando abandoné el templo Dorado y antes de perderme en el Bazar, callejeé por los suburbios próximos al centro de la ciudad, mirando los oficios, escuchando los trabajos, viviendo la ciudad. Descansé en una carpintería que olía a viruta y goma fresca; charlé, sin saber cómo, con un sastre que no sabía inglés y bebí agua en un pequeño puesto donde el propietario y sus amigos me quisieron regalar chocolatinas y otras chucherías como muestra de hospitalidad: tenía mi propia pandilla india. El día era perfecto. Me encontraba muy bien.

Había quedado con el dueño de la tienda en recoger mis compras al día siguiente: no es práctico patear una ciudad cargado de bolsas y menos, en ciudades donde el espacio para pasar en determinadas calles es para dos personas o una vaca. De todos modos en Amritsar se veían pocas.

Las nubes comenzaron a descargar agua. Primero, unos gotitas, luego un chaparrón y finalmente la lluvia del monzón en todo su esplendor. Al principio, no había dado mucha importancia a la lluvia. Me encontraba cerca del bazar textil, fisgando en un entramado de callejuelas donde se vendían cacharros de menaje, pucheros de cobre y metal, y no imaginaba, que el aguacero durase más de quince minutos. Sin embargo, la lluvia seguía cayendo, y busqué refugio en un portalón de una casa abandonada. Pasó una hora, pasaron casi dos, cuando viendo que no paraba de llover, decidí regresar al hotel. Como no tenía ni idea de dónde me encontraba, me metí por la primera calleja que tenía más de tres metros de anchura. Estaba inundada, viré en la siguiente; también. 

Regresé chapoteando sobre mis pasos, explorando nuevas calles por las que poder escapar; pero estaban anegadas. Volví a la casa abandonada y esperé un tiempo más. Fue peor: la riada de agua amenazaba con llegar a mi arruinada guarida. El nivel de las aguas iba subiendo hasta originar pequeñas «Venecias» sin góndolas, pero con mendrugos de una porquería que navegaba incontrolada, de «rafting», en los canales formados por la tromba de agua. Había leído en el Times of India que en una zona del norte de India habían muerto cuarenta y dos personas por los efectos provocados por la lluvia. Y, en Amritsar, la lluvia iba a más. 

Como no quería ser número anónimo de portada de periódico, salí de allí hundiendo mis piernas en un agua chocolateada que me llegaba por encima de los tobillos: conseguí alcanzar una pequeña glorieta, en la que un «todo terreno» remató la faena equilibrando, en un derrape que hizo de surtidor con chorro a presión, la cantidad de agua en mi cuerpo. Mi cuerpo cada vez era más blanco, más grimoso; era agua vestida. Derrotado por la lluvia, convencí —en realidad fueron mis rupias— a un conductor de auto rickshaw para que me llevase al hotel. Encerrado en el vehículo, al que habían colocado en los laterales dos trapos hechos jirones a modo de cortinas, pude observar que toda la ciudad era un parque acuático y la entrada del hotel, una laguna. 

Desembarqué como pude por una puerta lateral, con el agua por encima de las rodillas. Ya en mi habitación, tomé una ducha caliente. Me puse cómodo. Con un cuerpo menguado, fofo y estriado, telefoneé al servicio de lavandería y al de habitaciones. Sabiéndome seguro, mientras sorbía el humeante té, reflexioné sobre el día, llegando a la conclusión de que a veces es necesario hundirse para poder reflotar, en lugar de esperar que los problemas se resuelvan por sí solos, que amaine el temporal. 

Porque en la vida, el Sol no sale ni al mismo tiempo ni para todos igual.

sábado, 8 de enero de 2011

¿Tienes 9 minutos?

Qué cosas más tontas pregunto. Si ya se que tienes más de nueve y de diez. Otra cosa es que los quieras emplear en leer este post y ver el video que hoy dejo; que si lo hago es porque merece mucho la pena (el video claro).

Es posible, que con esto de la supervelocidad, de la inmediatez o, simplemente porque no quieras invertir ese tiempo en ver unas imágenes que no son divertidas, en las que no se cuenta aparentemente nada optes por abandonar el blog y pasar olímpicamente del video. Pero yo creo que después de verlo te alegrarás de haberlo hecho.

Personalmente, cuando quiero tomar distancia, pensar o simplemente buscar inspiración suelo visionar este tipo de videos. Es como si realizase un viaje a las emociones, a todo lo que representa la naturaleza, a esa parte de mi que sabe que los sueños se cumplen; a mis silencios y a mis ilusiones; a ese convencimiento de que vivimos en el mejor planeta posible aunque nos encarguemos de tunearlo; a tantas cosas.

Por eso, por  que es muy sugerente y no tiene “ruidos” me he permitido pedirte estos 9 minutos, que no cambiarán tu vida, pero que seguro que disfrutarás, sabiendo además, que el kilo de disfrute se está poniendo caro. Y este año más por lo que vamos viendo o nos van contando.

Enjoy it

Dedicado a Katy que nos deja unas imágenes fantásticas en Ciudadana del Mundo

miércoles, 5 de enero de 2011

Mi carta a los Reyes Magos: Soul Mail for Hope


Siempre me gustaron  los Reyes Magos. Recuerdo que, cuando era pequeño, esperaba nervioso su llegada.  Sabía que aunque escribiese tarde la carta les llegaría: para eso eran magos. En ella, habitualmente abundaban los tachones, fruto de la indecisión infantil sobre que juguetes elegir. Los párrafos en los que pedía regalos para mis familiares, sin embargo, estaban limpios de borrones, -  aunque eran difíciles de entender porque mi caligrafía siempre ha dejado mucho que desear a pesar de los cuadernos del señor Rubio-, ya que tenía claro lo que quería para ellos y, aunque posiblemente mis gustos no coincidiesen con los suyos, yo lo hacía con mucha ilusión. Con la ilusión virgen de un niño.

Me llamaba mucho la atención que los Reyes Magos pudiesen  estar en miles de sitios a la vez o que en una noche se lo currasen de tal manera que el día seis al amanecer ya habían repartido todo; pero para eso eran magos y nadie cuestionaba sus poderes: unos fenómenos. 
Los días previos a su llegada estaba, como posiblemente miles de niños, bastante alterado y supongo que hasta insoportable. La noche de reyes muy especial y la sensación de ser el primero junto a mi hermano pequeño en entrar en el cuarto de estar y escuchar el silencio de la estancia con los regalos colocados, era en sí, otro regalo. Luego, la alegría general, la pequeña decepción porque se olvidaron de ese juguete que te volvía loco, el montar y desmontar cosas, ver lo que le habían traído a los demás… Un día en el que la vida parecía amable con todo el mundo.

Con el paso de los años, descubrí que no todo era tan mágico, y que muchas personas no habían disfrutado jamás de la magia de Sus  Majestades de Oriente, que no habían podido compartir la alegría de rasgar un paquete, de presumir de caballo de cartón o dar el biberón a esa muñeca meona y monosílaba. Y claro, eso me contrarió un poco, tirando a bastante, al no entender esa discriminación. Era un niño, pero no tan estúpido como para pensar que era debido a que unos habíamos sido buenos  y otros malos, (entre otras razones, porque yo nunca fui un santo ni de mi devoción  y en la escala buen chaval era ampliamente superado por muchos) ni a que no eran católicos ni apostólicos ni romanos o seguidores de Papa Noel: me hubiese gustado tanto que todos tuviesen sus regalos.

Pero estamos a tiempo de corregirlo y por eso hoy me voy a sobrar pidiendo cosas a Melchor, Gaspar y Baltasar que para eso, no lo olvidemos, son magos.

No sé si he sido bueno o malo: ellos sabrán que para eso, ya digo, son magos y creo que juiciosos, pero yo hoy voy a pedir no sólo para mi sino para todo quisque. Para los malos malotes, ya se encargan ellos de llevarles carbón, aunuqe pensándolo bien quizás no les vendría mal algo de lo que pido para la buena gente.

Felices Reyes

Queridos Reyes Magos:

Supongo que este año no reconoceréis mi carta porque está limpia y la he hecho en ordenador. Es una de las ventajas de la tecnología. Yo escribo, paso el corrector y luego la envió por correo electrónico con lo cual todos salimos ganando. Yo presento algo decente, no gastamos papel y vosotros no tenéis que dejaros los ojos descifrando lo que he querido escribir y con un solo clic, la podéis clasificar, analizar para vuestras estadísticas de demanda y todo eso.

Tampoco hace falta que os cuente como es mi vida porque os la sabéis de memoria y sé que si tenéis dudas enviáis a vuestros pajes para que os hagan un informe.

Así que empiezo a hacer mi lista común para todo el mundo, sabiendo que quizás no todo lo puedan transportar vuestros camellos  pero me conformo con que, aunque sea un poquito, nos llegue a todos. Sé que algunas de las cosas que os pido escasean o que ya no se fabrican porque pasaron de moda; que no se encuentra buena materia o que ya no queda, pero estoy seguro de que el esfueerzo en localizarlos merecerá la pena.

Me gustaría que recibiesemos.

Un kit de amabilidad que nos llene de armonía, lleno de palabras mágicas para practicar. Palabras como Buenos días, hola, por favor, gracias, si, enseguida, siempre, también, perfecto, estupendo, maravilloso que nos permitan desarrollar la empatía.

Un juego interactivo en el que todos ganan mediante la colaboración, un juego  en el que los participantes  hagan uso de las cartas de “Podemos, cooperación, generosidad, logro, responsabilidad, unión, confianza..”, para no caer en el pozo de la desesperación que es lo que nos hace perder la partida de la felicidad.  

Un libro de cuentos – En el que los personajes nos enseñen lo que es el amor, la amistad, el perdón, la compasión, el esfuerzo, la fortaleza, la ternura, la justicia…

Un álbum de fotos o un marco digital  donde poder ver siempre a nuestra familia, a nuestros  amigos y a nuestros seres queridos para tenerlos presentes y decirles lo mucho que los queremos y lo importantes que son para nosotros.

Un traje o un vestido cosido con el hilo de la nobleza, de la bondad, de la fraternidad y de la generosidad que no mengüe ni pase de moda.

Y un gran juego de construcción  con mogollón de piezas que nos ayuden a construir un futuro estable,  lleno de esperanza y libre para poder vivir dignamente y en paz.  Una construcción sólida de valores donde no quepa el egoismo, la soberbia, la envidia, la violencia ni el odio y que nos permita de una vez por todas vivir en un mundo sin miedo, sin temores. Un mundo lleno de ilusión para vivir y compartir.

Pediría muchas más cosas, pero con esto ya tenéis trabajo y no sé si no lo merecemos.

Muchas gracias por leer la carta y por tenerla en cuenta que seguro que algo hacéis.

Os saluda

Fernando.

Pd - Esta noche no dormiré pensando que al día siguiente mucha gente tendrá más ilusión.

Hoy en Thinking Souls un regalo para el año que empieza con Fernando Rodríguez de Rivera, Pablo Rodríguez, Josep Julian, Javier Rodríguez Albuquerque, Begoña Zalbes y María.

 


lunes, 3 de enero de 2011

De propósitos, deseos y el sentido de la vida



Comienza el año en Soul Business y lo hace al ralentí, sin un objetivo claro y, como habitualmente, sin una temática concreta: es decir, a mi bola. No es este el momento para hacer un balance del blog ni tampoco para hacer un resumen del año, que ya se hizo en su momento, sino más bien, el primer post de este año quiero que sea auto motivador y sirva para ir cogiendo fuerzas para un año que se presenta complicado.

Los humanos tendemos a medir, acotar o regular nuestra existencia en periodos de tiempo, como si nuestra vida estuviese delimitada por etapas que hay que cerrar y abrir, etapas en las que se hace necesario cambiar, unas veces de motu propio, otras por que te las cambian y otras, pues no se sabe muy bien por qué. El caso es que vamos cambiando y hay periodos más propensos como pueden ser el inicio del año o después de las vacaciones de verano.

La razón es que en esas fechas hacemos propósitos (buenos, que un cambio sin mejora ni es cambio ni es nada) con los que creemos que nuestra vida dará un salto de calidad y seremos más felices. De esta forma, a primeros de año hacemos nuestra lista particular de buenos propósitos que la mitad de veces no cumplimos o hacemos como con los fascículos por entregas, que nos los saltamos o los abandonamos (dejar de fumar, adelgazar, llamar a los amigos, apuntarse a un curso de inglés, ayudar en una ONG, ir al gimnasio y hacer deporte, etcétera) Pienso que el fracaso de poner en práctica de forma efectiva tan buenas intenciones se debe a dos razones principalmente: una de ellas es que los propósitos los vemos como obligaciones, pero como éstas sólo suelen afectarnos de forma personal y son auto impuestas (no olvidemos que son nuestros propósitos) a las primeras de cambio, o cuando tenemos el día tonto, las dejamos de lado, lo que a la larga provoca el abandono. Algunos a esto lo llamarán falta de fuerza de voluntad. Es posible, pero para mi la clave está en poner una fecha de arranque determinada. Llamémosla fecha de buenos propósitos. Es cierto que algunos consiguen sus objetivos, pero la mayoría no suele aguantar más allá de un par de meses.

La otra razón es que confundimos propósitos con deseos, y los deseos, si bien pueden ser ese pequeño o gran empujón que necesitamos, por sí mismos no funcionan con lo cual las expectativas que teníamos no se cumplen dejándonos el sinsabor del fracaso, o una desazón que nos paraliza y puede llegar a deprimirnos.

Todo esto viene a cuento de que hoy leía un párrafo del Calendario de la sabiduría de Leon Tolstoi correspondiente al día 3 de enero, fecha de publicación del post y lo he relacionado con los buenos propósitos que, teóricamente, nos hacen más felices.

Imaginad por un momento que el único propósito de vuestra vida es vuestra felicidad. Entonces, la vida deviene algo cruel y sin sentido. Tenéis que abrazar lo que la sabiduría de la humanidad, vuestro intelecto y vuestro corazón os dicen: que el sentido de la vida es servir a la fuerza que os envió al mundo. Entonces, la vida deviene un goce constante.

"Imaginad por un momento que el único propósito de vuestra vida es vuestra felicidad. Entonces, la vida deviene algo cruel y sin sentido. Tenéis que abrazar lo que la sabiduría de la humanidad, vuestro intelecto y vuestro corazón os dicen: que el sentido de la vida es servir a la fuerza que os envió al mundo. Entonces, la vida deviene un goce constante".
Leon Tolstoi

Le he estado dando vueltas y me he dicho, en realidad no se deben hacer buenos propósitos, ni desearlos, sino dar sentido a lo que somos, sin obligaciones, sin ambicionar un resultado, sino simplemente vivir de acuerdo a tu corazón y a tu conciencia. Lo demás ya vendrá.

Os deseo desde la cabeza, el alma y el corazón un estupendo año.

 .

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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