jueves, 31 de marzo de 2011

Del ingenio: frases que me hubiera gustado pronunciar II

Como ya conté en este post, admiro a la gente que tiene ingenio y agudeza verbal. Incluso se le puede perdonar la mala leche y la ironía cuando replica a quien le ha atacado.

Cuando se ofende, se menosprecia o se burla una persona de otra, el ofensor corre el riesgo de que le salga el tiro por la culata o que pase a ofendido. Es como ir a por lana y salir trasquilado. ¿Cuantas veces no hemos tenido la tentación de replicar de forma más aguda y si me apuráis hiriente? como si quisiéramos devolver el golpe  que nos han lanzado. 

Unas veces no lo hacemos por dejarlo estar, porque no merece la pena o por no ponernos a la misma bajura; otras simplemente, nos quedamos paralizados o no nos salen las palabras adecuadas, lo que a ojos y cerebro de la persona que nos ofende puede ser una muestra de cobardía o sumisión aunque no sea cierto. Allá cada cual con sus entendederas.

Lo que si es cierto, es que ocasionalmente, dan ganas de responder con frases que anulan toda posibilidad de réplica o, por qué no, frases que pongan a más de uno en su sitio.

Hoy os dejo otras tres de estás extractadas del Anecdotario Universal de Cabecera de Gregorio Doval

Valorando el trabajo propio

Se cuenta que la zarina Catalina II invitó a la soprano Caterina Gabrielli a que ofreciese una serie de conciertos en la corte de San Petersburgo sin concretar sus honorarios. Al finalizar los mismos, la soprano, pensando en la categoría de la audiencia, le dijo a la zarina con total tranquilidad: 

 -  Cinco mil rublos.  
     
      - ¡Cinco mil rublos! . exclamó la zarina-. ¡Vaya!, ninguno de mis mariscales de campo recibe tanto.
-          
-     - Pues entonces, Majestad, haced cantar a uno de vuestros mariscales.

Se dice que la zarina pagó sin rechistar la cantidad demandada.

Un rejonazo en todo lo alto

Un día que se cruzaban improperios los parlamentarios británicos Lord Sandwich y John Wilkes que en otro tiempo habían sido amigos pero que por esas cosas de la vida estaban a matar y el aprecio había desaparecido, Lord Sandwich espetó a su rival.

-         -            --   Wilkes, usted morirá en el patíbulo o de sífilis.

Wilkes, con mucha suavidad le contestó, aludiendo a las andanzas de sándwich con una amante de vida licenciosa.
-      
              - Eso dependerá de si abrazo sus principios o a su querida.

A veces todos somos muy listos.

Se cuenta que el diplomático y político Juan Valera realizaba un discurso en el Senado en el cual mencionó a Shakespeare pronunciando con la fonética española “Chakespeare” en lugar de la inglesa. En el auditorios se produjeron bastantes cuchicheos. Valera, al notarlo detuvo su discurso y dijo.
-       
       - Perdón, señores, creí que no sabían ustedes inglés.

Dicho lo cual, continuó, pero habando, en esta ocasión, en el lenguaje de “Chespir”.

Feliz fin de semana


miércoles, 30 de marzo de 2011

Recuerdos de España


Puerta del Sol - Madrid 

Hace poco un amigo mío me preguntaba por qué no viajaba más por España o por Europa cuando tomaba mis vacaciones de verano. Le dí tres razones: la primera de ellas es que aún me siento con fuerzas para hacer viajes que exigen estar más o menos en forma para aguantar calor o frío, incomodidades varias, cargar con peso, etcétera. 

Quizá en unos años, cuando las fuerzas vayan fallando, no pueda aguantar una noche sin dormir o hacer caminatas de veinte kilómetros, es posible que no pueda acceder a varios lugares o necesite ayuda para ello. La segunda es una cuestión económica: en verano que es cuando puedo desaparecer durante unas semanas, Europa y España, además de estar a reventar, son caras de narices y, por último y muy importante para mi, encontrarme, a pesar de la globalización, con gente muy diferente.

España y Europa lo suelo dejar para escapadas cortas. Cuando vaya marchitando aprovecharé para hacerme un país, un continente en la mochila, pero de momento, mientras pueda elegiré otras opciones.

Y no es porque no me guste. Por España he viajado mucho y siempre la disfruto. También la he echado de menos, o mejor dicho la he recordado en muchos de mi viajes, no por comparar ni por patriotismo ni por añoranza, sino más bien por el calorcito que ofrece tu casa, tu entorno.

Siempre hay algún momento en los viajes que vuelves con la mente a casa, aunque tu casa no sea necesariamente tu país. El martes decía que los viajes son momentos, y siempre hay un momento para recordar otros lugares, otras gentes y otras sensaciones.

Os dejo Recuerdos de España de Soul India escrito en uno de esos momentos en los que a pesar del ventilador no podía dormir por el calor.

Feliz fin de semana

Acurrucado en pensamientos de seda y viento viajo a Sevilla, a las playas del Norte, a los mares de trigo y cebada de Castilla, al corazón de mi frío lleno de estrellas, al suelo húmedo y dulce de pastos siempre verdes, al levante de la árida arena de sol desparramada por aguas de plata; al olivo, a la encina, al almendro y a la jara; a unos ojos que ya no existen, a un brindis inacabado, a una conversación con interferencias, a las punzadas que da la música que vierte en las venas los recuerdos presentes y futuros; a los libros que leyeron mis sueños, al corazón de mis amigos, aquellos que una vez compartieron mis locuras.

Y llega un momento en el que me recojo en la sonrisa de quien ha vivido la vida con una pasión tímida, serena, sin fingidas manifestaciones de sentimientos, sin ocultar los ojos en las miradas de mentira.

Sueño con sonrisas familiares, con los años pasados, con olores de navidad, con goles geniales, con vino tinto adornado de tertulia; con tardes aburridas y melancólicas, con un futuro mejor que nunca llega.

El apego, lo descuidé al subir en mi primer tren. Los apegos futuros sé que a veces acaban en la nada y, aún así, necesito constantemente descubrir nuevas cosas: añorar, amar, sentir, vivir, imaginar, jugar, inventar; pero nunca olvidar lo que quiero. Necesito desaparecer en mi mundo interior, dibujar sobre ideas el paso de la vida, reconocerme en cada paisaje nuevo, sentir los climas: sentir...

Y la India en toda su magnitud ocupará su espacio en el universo de los recuerdos, al igual que México, Brasil, Kenya, Cuba, Marruecos, La Patagonia, Egipto y tantos lugares que me han hecho vivir. Todo al final es cercano, entrañable, mío.

Este es mi duermevela, mi particular homenaje a unas raíces que, si bien se debilitan con el paso del tiempo, están tan arraigadas que es difícil que algún día se extingan en los mapas del olvido.

Ahora que se acerca la Semana Santa os dejo este post sobre la Semana Santa Sevillana 

martes, 29 de marzo de 2011

Los viajes son momentos


Ranakpur - India  

Los viajes, como la vida, hay que bebérselos a sorbitos. Reflexionaba sobre ello cuando preparaba el Thinking Souls de hoy, que va de viajes y experimentos varios. A medida que iba seleccionando las frases, mi cabeza iba visualizando imágenes, recreándose en lugares, personas y momentos que me llenaron de felicidad.

Nunca he viajado sólo por ver. Mi religión viajera me impide rezar la oración del turista e ir a toda leche por los sitios. Tampoco dispongo de todo el tiempo que quisiera para viajar y esas limitaciones me llevan a elegir, más o menos el itinerario, y a modificarlo continuamente. No por un error de cálculo sobre lo que quiero hacer o visitar, sino porque creo que la flexibilidad es necesaria si uno no quiere agobiarse y convertir su viaje en un Grand Prix.

Hace tiempo escribía lo siguiente

“Siempre que viajo solo, me gusta caminar sin rumbo fijo, fisgando por cualquier recoveco, sin mapas, sin guión, sin obligaciones de visitar este o aquel lugar. Creo que es la mejor manera de descubrir una ciudad, un pueblo... Me dejo llevar: en una encrucijada de calles, solo instantes antes, decido por cual seguir. Parecerá una tontería, una forma de desaprovechar el tiempo, pero esta forma de hurgar en los sitios, permite tener un contacto más real, un contacto nada previsible con la ciudad, con los habitantes..., contigo. En ocasiones, no es grato lo que ves; pero en los viajes no todo debe ser perfecto ni debe ser  idealizado, y no hacer esto puede distorsionar la realidad de un lugar. Este tratamiento de choque que me impongo, me sirve también para analizar mis posibilidades de adaptación: por mucho que hayas viajado siempre eres un principiante en territorios  desconocidos. Procuro, eso sí, visitar los monumentos y lugares que realmente merezcan la pena o sean únicos. Si por cuestiones de tiempo, dinero, despiste o están cerrados no veo algo, no pienso: ¡vaya fastidio!, ¡ qué mala suerte!,  sino: ¡ ya lo veré!, ¡ tengo que volver! “

Y eso es lo que me pasa, que para mi, los viajes son una sucesión de momentos que hay que beberse sorbo a sorbo, disfrutando de cada uno de ellos.

Hay que elegir y vivir cada momento y no arrepentirse de lo que no se hizo ni de lo que se podría haber hecho.

Todos tenemos el tiempo limitado y cada uno tiene sus motivaciones y preferencias a la hora de viajar. Intentar condensar todo un pais, una ciudad en un corto periodo de tiempo es, en ocasiones contraproducente. Es como si ante un buen pescado o un excelente jamón en lugar de degustarlos, los tragáramos. El resultado nunca será el mismo. Por poner otro ejemplo: aquellos que viváis o visitéis Madrid, pasead por la Gran Vía recreándoos en los edificios, la gente, los momentos (cuidado con las carteras)  o hacedlo a toda pastilla. No hay color. O mirad un cuadro de forma pausada o “saludarlo” como hace mucha gente que visita el Museo del Prado porque “hay que visitarlo”.

Por eso, no os preocupéis si no veis todo lo que queríais ver. De un viaje se puede disfrutar sin necesidad de que una guía te explique como. Y lo mejor de todo, una vez allí hay miles de cosas gratis. Es sólo una sugerencia.

Feliz martes.



domingo, 27 de marzo de 2011

Y tú ¿ cómo sueñas?


El amigo Josep Julian (@josepjulian)  tiene una especial habilidad para contar historias. Muchas de ellas podrían formar parte de un estupendo libro de microrelatos. Lo que me gusta de ellos es que independientemente de la temática, de los personajes y de las situaciones siempre admiten varias lecturas, sirven para no tener ociosas las neuronas y si uno ya le quiere sacar el jugo de verdad, para interiorizar las diferentes emociones y sensaciones que nos provoca sus lecturas.

Hace unos días publicó Tú puedes, papá en el que se habla de sueños, de deseos, de derrotas, de victorias, de riesgo, de decisiones, de muchas cosas…

Como merece la pena leerlo no os lo resumo, pero de esas lecturas que se pueden sacar (hay más) hoy a las neuronas les ha dado por juguetear con la idea de si uno por si mismo puede empujar a sus sueños, si otras veces eres empujado hacia ellos o si, eres empujado a los sueños que tienen otros para ti.

Como para casi todo en la vida no existe una única verdad y cualquiera de las preguntas en mayor o menor medida son ciertas. Todo dependerá del grado determinación, energía, seguridad y capacidad de discernimiento que tenga cada uno; también del nivel de riesgo o comodidad que se esté dispuesto a asumir para conseguirlo.

Persigue, lucha, consigue tu sueño nos dicen por todos lados. ¿Pero realmente los sueños que perseguimos son los nuestros? ¿o son sueños “socialmente aceptados”?, es decir, que son sueños molones para nuestro entorno o zona de comodidad lo que motivará que nos ayuden a conseguirlo, o ¿nuestros sueños han sido creados por otros para nosotros? Pero voy más allá. ¿es necesario tener sueños? o ¿deberíamos dejar que la vida fluyese sin pensar en un seño concreto?

Pueden parecer estúpidas estas preguntas que me hago, pero me da la sensación de que en el mundo hay pocos soñadores pata negra - aquellos que lo tienen todo muy claro y viven su sueño, su pasión -; algunos que cumplen sueños como se cumplen años, -que son microsueños de los que al final ni te acuerdas-; bastantes que sólo se atreven si les invitan a ello – lo que al final provoca que si no les apoyan lo pongan como excusa para no realizarlos-; mogollón que acepta o cree que los sueños de los otros son los suyos; y una cantidad considerable de gente a la que eso de los sueños le parece una memez porque ellos “viven en el mundo real”.

Personalmente creo que cada uno puede hacer lo que mejor le parezca y me merecen el mismo respeto aquellos soñadores pata negra, como los que viven los sueños de otros o los que los abandonan o los que pasan de todo. Cada uno de nosotros tenemos características diferentes y buscamos o necesitamos distintas cosas

Creo que nos confundimos cuando damos pistas y recetas de cómo alcanzarlos, también cuando decimos cosas como impossible is nothing y soltamos frases inspiradoras y motivadoras porque, en definitiva, todos sabemos que el mundo no vino con manual de instrucciones y menos con un apartado en el que habla de los sueños.

Coged el metro a primera hora de la mañana. ¿cuántos de los que van en tu vagón tienen cara de perseguir un sueño? y no me vale lo de que es muy temprano y todo el mundo es normal que tenga ese careto. Echad un vistazo a las noticias del día de cualquier pais y decidme que clase de sueños son esos en los que la violencia, la corrupción, los abusos, y el miedo forman parte de ellos. Escuchémonos y dejémonos de mirarnos el ombligo para saber que clase de sueños estamos viviendo. Pensad en la gente más cercana a vosotros y reflexionad sobre sus sueños y de que manera intervenís en ellos…dadle una vuelta.

Los sueños no son ni mejores ni peores, se van ajustando a nosotros y no nosotros a ellos: los sueños somos nosotros.

Al final todos los sueños se cumplen, todo depende de cómo sueñes.




miércoles, 23 de marzo de 2011

Los post perdidos y III: Cuentos de las noches tristes



Llevo unas semanas en las que a pesar de intentar planificarme lo mejor posible me faltan horas. De vez en cuando no es que no quieras escribir cosas nuevas, es que materialmente no puedes. Por eso, esta semana he republicado varios post. Para cerrar la semana, os dejo tres cuentos de las noches tristes que se publicaron hace tiempo y que seguro que muchos no conoceis. A vuestra bola, ya sabéis.

Feliz lo que queda de semana y fin de semana


Invariablemente, cuando llegaba el mes de abril, Paquillo sacaba de debajo de la cama una desvencijada caja roja de madera cuyo fondo se dividía en pequeños e irregulares compartimentos. La limpiaba, barnizaba y le daba una mano de pintura. Una vez seca, colocaba con mimo las chucherías que había comprado tras ahorrar durante todo el invierno las pocas monedas que le sobraban de la exigua pensión que su trabajo como bedel de la oficina de correos le había dejado. Se pasaba horas ubicando y reubicando las bolsas de pipas, las piruletas, los ositos de goma, los chicles por unidades, las barras de regaliz y las pastillas de leche de burra. (sigue)


El vuelo a Ámsterdam había sido interminable, y aún le quedaban cinco horas para llegar a su destino; dos de espera en unos asépticos bancos de plástico, y casi tres de vuelo a Madrid.

Los preparativos habían sido largos. Cinco años ahorrando cada una de las monedas que los clientes dejaban como propina en el pequeño café de la Plaza de la Iglesia donde trabajaba doce horas diarias sirviendo y limpiando mesas después de acudir al Mercado Central donde con las primeras luces del día descargaba a destajo enormes fardos que contenían hortalizas, frutas o verduras de los valles próximos (sigue)



Todos los años, cuando los días comenzaban a alargarse, llegaba a la ciudad el viejo Circo de la Luna. El Circo de la Luna era un circo pequeño, viejo que algunos calificarían de vulgar. Muchos años atrás había sido un circo importante: La ciudad por la que pasaba se engalanaba de coloridos carteles en los que el dibujo de la cabeza de un payaso sonriente en primer plano, y tigres y elefantes y trapecistas en un segundo, invitaban a ver lo nunca visto en «El mayor espectáculo del mundo.» (sigue)

martes, 22 de marzo de 2011

Los post olvidados II: Wrong World



Segunda entrega de los post olvidados. En este caso, los post tienen mucho que ver con lo mal que hacemos a veces las cosas.

Feliz martes

Lago Atitlan - Guatemala 

Violencia en Guatemala: El comité vengador: En Guatemala, al igual que en muchos países la injusticia y la violencia está a la orden del día.

Tiruvannamalai - India  
Todos somos inocentes, todos somos culpables : Solemos mirar hacia otro lado o pensar que nosotros no tenemos que ver nada en la destrucción del planeta.

Antigua - Guatemala 

Antigua: Museo y testigo de lo que fuimos. Cuando paseas por algunos lugares entiendes muchas cosas.

Hoy Thinking Souls.  con Josep Julian (@josepjulian), Javier García (@Javierggar), Francisco Alcaide (@falcaide), Pablo Rodríguez (@pablorb), José Luis Montero (@JLMON53), Astrid Moix (@astridmoix), Javier Rodríguez Albuquerque (@jrediez)

domingo, 20 de marzo de 2011

Los post olvidados I: reviviendo viajes


Como ocurre con los periódicos, nadie suele leer artículos o post que no sean del día o de actualidad, seas ésta rabiosa o no; como si lo escrito perdiese valor, como si las palabras estuviesen ya marchitas. 

Seguro que todos los que escribimos un blog a veces nos preguntamos como un post determinado puedo ser obviado, no leído o ¿por qué no?, olvidado. 

Las razones pueden ser muchas: el blog no lo conocía ni el tato, elegiste mal día y hora para publicarlo, el tema no interesaba o realmente era una birria. El caso es que, al igual que uno sabe cuando lo escrito no merece la pena ser leído, hay otros que te gustaron y crees , quizá equivocadamente, que necesitan una segunda oportunidad. 

Por eso, esta semana os voy a dejar alguno de estos post  sobre negocios, viajes y cosas que me interesan que fueron olvidados o pasaron desapercibidos.

Feliz semana

Udaipur - India 

El jugador de ajedrez - Uno de los primeros post en el que conté una experiencia que tuve en India jugando al ajedrez.

Tuol Sleng - Phnom Penh

El preso 175 – Un paseo por el horror y la barbarie de los jemeres rojos. Interiorizando la prisión de Tuol Sleng en Phnom Penh.

Aleppo - Siria 

Zocos árabes, escuelas de la vida – O lo que se puede aprender en estos lugares , llenos de energía.


jueves, 17 de marzo de 2011

Cosas que llevas de viaje



El otro día en uno de mis blogs favoritos de viajes “Las aventuras del Xixerone” publicaba un post muy interesante inspirado en otro blog “Tienes Ojos” que acabo de descubrir, sobre los objetos curiosos  que no suelen faltar en sus viajes. Por continuar un poco con su post hago mi propia lista y algunas cosas más que hago cuando me voy de viaje.

Adaptador de enchufes – Muy práctico cuando las clavijas pueden ser diferentes incluso dentro de un mismo pais. A veces me ha pasado que en una misma habitación tenían dos tipos diferentes de clavijas.

Cadena y candado – Una cadena con su candado para amarrar la mochila en trenes nocturnos y sitios susceptibles de que te levanten la mochila en un descuido.

Bolsa de viaje – Una Bolsa de viaje vacía que puede servir para hacer una pequeña escapada de unos días (dejando la mochila en una consigna, en un hotel etcétera) y no tener que cargar con peso y también como bolsa adicional para separar lo limpio de lo sucio ó, para tener más espacio si decides comprar cosas y no deseas facturarlas.

Vaso de viaje – Un pequeño vaso metálico que se pliega y se cierra y es muy práctico si no tienes un recipiente a mano y debes tomarte una medicina en polvo o hacerte una sopa instantánea fría por ejemplo y debes mezclar.

Un ojo turco – No soy supersticioso, y no es muy racional llevarlo, pero me gusta llevar siempre uno en mis viajes desde que por menos de un millón de liras turcas de las de antes ( es decir muy poco dinero) un vendedor ambulante de Estambul me dio un buen puñado de ellas. 

Una brújula – Apenas la he utilizado, pero ni molesta y puede llegar a ser muy útil cuando te pones a pasear por caminos no trillados.

Otras cosas que hago, como medidas de seguridad o precaución, es escanear y fotocopiar todos los documentos (pasaporte, seguro, billetes etcétera) y listados de teléfonos de interés y contactos, por si los pierdes, te roban … y enviarlo a dos o tres cuentas de correo diferentes por eso de que en algunos sitios pueden tener “capado” el acceso. O fotografiar mapas y planos con la cámara digital para esos momentos que no los llevas encima.

También dividir en tres el botiquín por la misma razón y porque para el día a día no lo vas a llevar todo encima. En determinados lugares y o a ciertas horas es complicado encontrar medicinas.

Como llevo gafas, suelo llevar dos por si se rompen o las pierdo como me ocurrió en Laos tras echar una pachanga futbolera con unos monjes. 

Pero lo que nunca falta en mi mochila es todo aquello que ya conté en este post.

Iré contando más peculiaridades o manías que tengo a la hora de viajar.

Feliz fin de semana

martes, 15 de marzo de 2011

Miles de estrellas

Hotel Mama María Kafountine 

La memoria, como el cuerpo, se va volviendo frágil. Rescatar de nuestro disco duro imágenes, momentos y emociones, a medida que pasa el tiempo, se nos hace más complicado.  A mi, al menos, me cuesta. Todo esto viene a cuento de que me encontraba en el hotel Món St Benet cercano a Manresa por motivos laborales (que por cierto, me gustó mucho). Antes de dormir, salí a la terraza. De fondo el Monasterio, un cielo lleno de estrellas y un silencio que invitaba a la evocación. Y eso es lo que hice, traer a mi débil memoria las miles de noches que he pasado en hoteles, hostales, pensiones y lugares varios.

Ahora mismo no podría recordar ni todos los lugares, ni todos los días, ni tan siquiera hacer una lista de los mejores y los peores. Sólo sé que muchos de ellos se convirtieron en hogar circunstancial, en refugio donde reposar mis pasos y, alguna que otra vez en prisión de sábanas de seda de la que deseaba salir bien por añoranza del hogar, bien porque no fue mi voluntad alojarme allí.

Gracias a mi trabajo he tenido la oportunidad de conocer cientos de hoteles que no habría podido permitirme, a dormir en suites cuya tarifa diaria supera la cuota de una hipoteca, o a conseguir descuentos importantes por  pertenecer al sector profesional de Eventos y Viajes; que rara vez utilizo para mis viaje personales por una razón: suelo buscar alojamientos que de alguna manera tengan alma y/o, me los pueda permitir. Otras veces no queda más remedio con conformarse con lo que hay.

Y recordando, paseando por miles de números de habitaciones, por cientos de anécdotas, hay algunos de los que me acuerdo perfectamente con cariño, -que es una forma de saber que no te importaría volver- y a los que si puedo suelo volver. Son hostales, pensiones y hoteles con alma.

Quizás no tengan las mejores habitaciones, el servicio sea mínimo, la ducha va a ratos, se les funden los plomos cada dos por tres, o alojarte en ellos sea más que una experiencia, una aventura. Tienen algo especial. Puede tratarse de unas magníficas vistas, de una salita de lectura, de un bar amable, pero sobre todo tienen personas, que sabiendo sus limitaciones o sus carencias (las suyas propias y las del establecimiento) procuran que tu estancia sea lo más agradable posible.

Y esa noche hice recuento de algunos, como el Mamá María en Kafountine cuyo dueño, Amador, un pucelano que se instaló en Senegal para vivir me explicaba y contaba cosas sobre el lugar, sobre las costumbres y sobre muchas más cosas mientras veíamos anochecer.
Secret of the Elephants - Siem Reap

O aquellos días en Secrets of the elephants, en Siem Reap, donde me relajaba después de pegarme una paliza en Angkor y era tratado como un príncipe por la familia que regentaba el hotel. Recuerdo esas noches de copas en el jardín con Babette, (una agradable mujer camboyana que casi me hace quedarme una temporada más) y con Nick, un joven carpintero de San Francisco que trabajaba unos meses y luego el resto del año viajaba.  Hace un par de años regresé y el hotel estaba cerrado no sé si por obras, por temporada o definitivamente.
Mandir Palace - Jaisalmer 

Como también ha cambiado y está irreconocible el Mandir Palace del cual ya os hablé en Noches tristes de la India, en el que me conversaba varias tazas de Té con el gerente a la sombra del infierno indio y al que accedía casi por un corral donde había patos y algún que otro caballo. Ahora puede costar una pasta, pero entonces creo que recordar que no llegaba a los seis euros noche.
Vistas desde Casa Amelia - Flores Guatemala 

O Casa Amelia en Flores donde veía pasar la vida mientras el sol rielaba en el Lago Petén y todo era slow.

Me acordé de éstos y de muchos más. Y ese día, fijando la vista en la noche sonreí para mis adentros y me dije: ¡Qué suerte tienes Fernando! de poder haber vivido esas miles de noches, esas miles de experiencias, en hostales y hoteles que no tienen estrellas, pero que las personas hacen que brillen como si tuviesen mil estrellas.

Feliz martes.

Hoy Thinking Souls con: Katy, María Hernández, Josep Julian, José Luis Montero, Asun, María y Javier Rodríguez Albuquerque.



domingo, 13 de marzo de 2011

El Thaur de Jalandhar


Paschim Express en Amritsar

Hoy estoy flojo, así que os dejo un poco de Soul India en el que cuento una anécdota con unos tipos que es mejor evitar , otros que se suman a éstos de los que hablé en El lado oscuro de los viajes: tipos a evitar

Feliz lunes

El Paschim Express marchaba parsimonioso por las fértiles llanuras del Punjab. Los campos de arroz afloraban en un lienzo impresionista donde el agua reflejaba una vegetación anegada. Al llegar a la ciudad industrial de Jalandhar, descendí del tren con la intención de fumar un cigarrillo y comprar agua. Entre calada y calada, me distraía observando a los vendedores que, en alocadas carreras, se afanaban por llegar a las puertas de los interminables vagones: eran ventas urgentes, de manos cruzadas y billetes arrugados: los rostros no importaban. Por mi izquierda, avanzaron dos policías de paisano que, con una barra y un detector de metales, revisaban los bajos de los coches.

Al pasar junto a mí, uno de ellos se detuvo, y durante unos instantes me examinó con una cara cínica de Clark Gable en «Lo que el viento se llevó», continuando su camino mientras su acompañante giraba la cabeza de vez en cuando, mirándome de reojo. Curiosidad india, pensé: no era la primera vez que sucedía y, por ello, no di mayor importancia al asunto. Llamé a uno de los avispados chicos que, en cubos de metal, llevaban agua y refrescos para despachar. Cuando pagaba, escuché una voz que provenía del interior del tren y que, de manera enérgica, reclamaba mi atención. Al girarme, «Clark Gable» me hacía señas inequívocas para que me adentrara en el vagón: sin duda era el jefe. Una vez arriba, me pidió —rogar hubiese sido lo correcto tratándose de la autoridad— que le acompañase hasta mi departamento. Antes de sentarnos, el otro comprobó que no había nadie excepto nosotros en el vagón. Sentados en triángulo equilátero, se dirigió a mí de una forma severa, al tiempo que su subordinado se flagelaba la palma de la mano con una torcida barra de acero:

— Usted ha cometido una grave infracción, ha ofendido a nuestro país.
No sabía de qué hablaba, creí que estaba de cachondeo, que la suerte me había regalado con la compañía de un policía amigo de bromear con turistas. No obstante, y como en esos casos hay que ser prudente, no solté una carcajada, que era lo que me pedía el cuerpo y, con toda la cordialidad que me fue posible, le pregunté la razón.

— Usted ha fumado en un lugar prohibido y eso es un delito muy grave. ¿Sabe que puedo detenerlo por ello?, ¿ve esa ventana? —prosiguió orientando la vista hacia un pequeño bloque adosado al edificio principal de la estación. Ahora mismo tengo encerradas a quince personas que, como usted, se han burlado de nuestras leyes.

No me gustaba cómo se sucedían los acontecimientos. Ese semblante duro me hizo especular con la posibilidad no sólo de tener que hacer una visita a unas dependencias que no deseaba conocer y verme obligado a intimar con transgresores de las leyes indias, sino con otra, que en ese momento me preocupaba más; que no era otra que la pérdida del tren y el consiguiente rollo de explicaciones absurdas que hubiese tenido que fabular para abandonar tan antipática ciudad. Me disculpé, le hice notar que ignoraba esa prohibición, que había visto a mucha gente fumar en los andenes y que nada más lejos de mi intención que ofender a su país.

Él repetía una y otra vez la misma cantinela, intercambiando frases en punjabí con su compañero: que si había cometido un delito, que estaba prohibido fumar, que tenía el calabozo lleno, que me iba a empapelar... Su objetivo no era otro que ponerme nervioso, que me fuese de vareta; presionarme hasta derrumbarme, preparar su traca final.

— Tendrá que pagar una fuerte multa, pero quizá deba pasar unas horas aquí ,concluyó.

Aseguré, con la mayor serenidad que me fue posible, que por ese error no merecía ser multado ni arrestado, que había sido la primera vez; no lo volvería a hacer. En fin, solicitaba su comprensión. Se hizo un largo silencio, un silencio de miradas penetrantes en el que como partida de póquer esperábamos el siguiente envite. Los dos jugábamos nuestras cartas. Al otro policía lo habíamos descartado: era un juego entre profesionales. Las palabras eran nuestros naipes, las miradas las jugadas.

En unas manos, descubrí que iba de farol: a medida que se acercaba la hora de la salida del tren, insistía una y otra vez en que pagase una multa; primero con recibo, luego sin él. Yo me mantenía firme, cambiando la conversación con preguntas banales, con estadísticas que me importaban un bledo, indagando sobre la vida en el Punjab... Asombrado por mi actitud, sustituyó su gesto de dureza por una irónica sonrisa que parecía anunciar mi derrota final. A mi favor contaba que ya había jugado partidas parecidas en La Habana, en Marrakech, en Estambul, en México, y sabía que sólo era cuestión de tiempo, de aguantar. Todos eran iguales, y la experiencia me dice que el que de verdad te quiere fastidiar omite prolegómenos innecesarios, va al grano y no se anda por las ramas: te «jode» y ya está. Como decía Margarita de Valois: «Plaza que parlamenta es plaza medio conquistada». Mi contrincante lo olvidó en un exceso de autoridad mal entendida. Seguramente habría desplumado a muchos turistas, pero fue a dar con uno que ya había jugado en varios salones de la vida con fulleros y sinvergüenzas.

Sonó el pitido del tren; ya no obtendrían su botín. Se despidieron deseándome un buen viaje y salieron musitando palabras de confusión, palabras tan marcadas como su baraja.

Los tahúres no sólo juegan a las cartas. 


jueves, 10 de marzo de 2011

Cuando la vida te cambia, cambia tu la vida


El hombre, por naturaleza, tiende a buscar la seguridad y, si puede, refugiarse en su zona de comodidad. Esa zona de comodidad puede albergar la familia, los amigos, el trabajo y muchas más cosas. Muchos no la abandonan por miedo, otros por pereza y por aquello de más vale malo conocido que bueno por conocer aunque no sean todo lo dichosos que quisieran. Otros, encantados con encontrarse allí: no ven necesidad de cambio.  Todo muy respetable.

Sólo se abandona la zona de comodidad cuando incomoda lo cual es un poco extraño dicho así, pero tiene su explicación: la zona externa la que alberga lo que arriba se escribía puede estar bien, pero la interna, la de uno mismo por lo cual se tiende a buscar otra zona de comodidad diferente. Y así sucesivamente, hasta que la persona encuentra su sitio: nadie vive para estar incómodo.

Si uno controla la situación, es decir, su gestión de la zona de comodidad, no hay mayor problema porque eso es vivir de manera confortable (cómoda) con uno mismo y su circunstancia. Sin embargo, en ocasiones, son las circunstancias de la vida las que no sacan de la zona de comodidad. Puede tratarse de la pérdida de un ser querido, de un terremoto que acaba con nuestra casa, de una pirueta financiera de algún golfo que te salpica, de la ida de olla de un dirigente de un páis o que te digan que gracias por sus servicios.

Cambia mucho el cuento. No es lo mismo que tu quieras cambiar por una necesidad, digamos de búsqueda, que te hagan cambiar sin tu haberlo deseado. Es un matiz importante, pero en cualquier caso, lo importante es que si te cambia la vida (aquello que no puedes controlar) seas capaz de cambiar tu la vida y relativices y trabajes en la búsqeda de tu nueva zona de comodidad.

Os dejo un cuento de Jorge Bucay que leí hace años y que nos sugiere como  podemos cambiar la vida cuando la vida nos cambia.

Feliz fin de semana

El portero del prostíbulo

No había en el pueblo un oficio peor conceptuado y peor pago que el de portero del prostíbulo. Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre?

De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque sus padres había sido portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre. Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos.

Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio. Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones.

Al portero, le dijo: A partir de hoy usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes.

El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero.....
- Me encantaría satisfacerlo, señor - balbuceó - pero yo... yo no sé leer ni escribir.
- ¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga esto y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto...
- Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo...

No lo dejó terminar.
- Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, lo siento. Que tenga suerte.

Y sin más, se dio vuelta y se fue.

El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. Llegó a sí casa, por primera vez desocupado. ¿Qué hacer?

Recordó que a veces en el prostíbulo, cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisorio. Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo.

Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada.

Tenía que comprar una caja de herramientas completa. Para eso usaría una parte del dinero recibido.

En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que debía viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra.

¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha.

A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa. Era su vecino.

- Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme.
- Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar... como  
me quedé sin empleo...
- Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.
- Está bien.

A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta. - Mire, yo todavía necesito el martillo-  ¿Por qué no me lo vende?
- No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula.
- Hagamos un trato - dijo el vecino- Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?.

Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días... Aceptó. Volvió a montar su mula. Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.

- Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?
- Sí...
- Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatros días de viaje, y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras. El ex - portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.

"...No todos disponemos de cuatro días para compras", recordaba. Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas.

En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo de viajes.

La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje. Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes. Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar más dinero. Alquiló un almacén. Luego le hizo una entrada más cómoda y algunas semanas después con una vidriera, el galpón se transformó en la primer ferretería del pueblo.

Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente.

Con el tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.

Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos. Y luego, ¿por qué no? Las tenazas... y las pinzas... y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos.....

Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El empresario más poderoso de la región. Tan poderoso era, que un año para la fecha de comienzo de las clases, decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se enseñaría además de lectura y escritura, las artes y los oficios más prácticos de la época.

El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador. A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:

Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primer hoja del libro de actas de la nueva escuela. El honor sería para mí - dijo el hombre -. 

Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto.

¿Usted? - dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo - ¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto, ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?

Yo se lo puedo contestar - respondió el hombre con calma -. Si yo hubiera sabido leer y escribir... sería portero del prostíbulo!.

martes, 8 de marzo de 2011

Cosas que se pierden o se confunden: EL SERVICIO


Madurai - India 

Se habla mucho de innovación, de creatividad, de productividad como motor de cambio para ser competitivos. A mi, personalmente, todo esto me parece muy bien y no seré yo quien diga lo contrario. Sin embargo hay algo que me llama la atención: nadie habla del servicio y para mí sigue siendo un elemento indispensable que aporta realmente valor a las personas y a las empresas. No me refiero al servicio al cliente que tiene muchas compañías ni al servicio que se presta de forma forzada y mecánica por mucha gente. Hablo del SERVICIO con mayúsculas, aquel que sale de forma natural, de ese servicio que se presta con orgullo, con verdadera vocación de satisfacer a la gente; aquel que se presta con la humildad y empatía; aquel que se realiza con la mente y el corazón; aquel, en definitiva, que surge del alma.

Como ocurre con la innovación, el servicio, en muchas ocasiones,  es una palabra denostada, prostituida y vacía. Unos porque confunden el servicio con normas y protocolos, y otros porque creen que es servilismo. El servicio no es más que una experiencia y si ésta es buena habrá cumplido sus objetivos que no son otros que crear empatía, confianza, confortabilidad, seguridad ya sea en el aspecto empresarial o personal.

Con esto del Low cost, la eficiencia tecnológica y demás zarandajas, el servicio en muchos casos ha pasado a un segundo plano al pensar que no aporta mucho a la cadena de valor o que se puede suprimir sin más, automatizar  o para qué pagar más. Se habla también del fin de la intermediación (qué básicamente es servicio) aunque yo creo más en la transformación del modelo de intermediación, pero de eso ya hablaré otro día.

El servicio es una potentísima herramienta competitiva pero muchas veces se convierte en una herramienta de destrucción masiva de clientes y de relaciones por eso de que no se gestiona adecuadamente.

Yo no sé vosotros, pero estoy hasta las narices de que cuando llamo al servicio de atención al cliente de una gran compañía tenga que acertar con el número porque mi consulta no viene parametrizada ni programada en sus fabulosas herramientas de gestión; estoy harto de que las maquinas no entiendan lo que quiero decir y deba repetir una y otra vez lo que quiero, cuando, además vocalizar creo que lo hago de narices; estoy harto de que al final cuando alguien por fin habla conmigo no entienda mi problema porque está en otro país, desconoce mi cultura, mis costumbres y le importe un huevo lo que me pase. Estoy harto de que me traten de estúpido cuando días después de haber contratado un servicio me ofrezcan otro que me obliga a más papeleo y compromiso.

Estoy harto de que en algunos comercios “me perdonen la vida” por querer comprar; de qué muchos hoteles cobren por estrellas y el servicio brille por ausencia;  de qué en muchos restaurantes te echen de comer; de qué en muchos servicios estatales, autonómicos, provinciales o locales tenga que hacer una cola impresionante para que me despachen y digan eso de el siguiente. Pero también estoy harto de los que confunden el servicio con el compadreo y cuando te quejas por un mal servicio se ofenden; de aquellos que te ven como un euro con patas y sólo pretenden aligerarte la cartera; de los que creen que por cruzar mis datos ya saben lo que quiero sin haberme escuchado ni interactuado conmigo.

Todo ello no me aporta nada y me cabrea pagar por ello. No soy un producto, soy una persona y como tal quiero que me traten ya sea en el ámbito personal o profesional.

Cuando encuentro gente con vocación de servicio, que todo lo que hace lo hace con ilusión, con dignidad con convicción,  suelo ser bastante fiel a ellos porque sé que intentarán superar siempre mis expectativas, me escucharán y si pueden aceptarán mis sugerencias o intentarán satisfacerme si solicito algo diferente. Gente que te hará sentirte bien, que procurará por todos los medios que tengas una experiencia positiva en la relación, sin pensar en el corto plazo ni el largo plazo, sólo en el ahora, pero ese ahora será la base del mañana.

Si, además, todo eso lo hacen con una sonrisa y con amabilidad, pago muy gustosamente lo que algunos llamarían sobre precio, que por otro lado hoy lo pago de forma indirecta bien por su ausencia o porque lo que entienden algunos como servicio no es más que un listado de normas y protocolos que quizá funcionaron en su momento, pero que hoy además de obsoletos son contraproducentes.

La única forma de saber si uno tiene vocación de servicio es, parafraseando a Jan Carlzon, tratar con las personas en esos pequeños momentos de la verdad con los que nos encontramos todos los días en los que debemos poner lo mejor de nosotros para que generar una experiencia positiva. Una experiencia que siempre nos tenga en el Top of Mind de todos aquellos con los que nos relacionamos.

Muchos no quieren pagar por un buen servicio pero luego se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena, cuando acaban pagando más por no recibirlo.

Feliz martes.

  

lunes, 7 de marzo de 2011

Carreteras indias: la muerte en el arcén.

India - Rajastan
Durante estos días se están cambiando los rótulos de las señales de tráfico. Allí donde ponía 120 ahora pondrá 110. No sé si esto es bueno, si esto ahorra energía o si esto, puede ser una de esas ocurrencias a las que no tienen acostumbrados los políticos como decía Javier Rodríguez Albuquerque en este artículo.

El caso es que la carretera siempre es peligrosa, pero hay algunas especialmente complicadas, como son las de Rajastán en India, donde te la juegas cada dos por tres como conté en Soul India.

A una velocidad o a otra, siempre prudencia.

Feliz lunes

Si hay algo que realmente se puede considerar aventura en India, son sus carreteras, una aventura gráfica de «Play Station»; con la diferencia que en ellas sólo tienes una vida: no hay posibilidad de repetir, grabar o reiniciar partida. Mal asfaltadas, llenas de socavones, irregulares, en ellas apenas se ven coches. Autobuses y camiones son dueños absolutos de estas rutas de la muerte, donde no impera la ley del más fuerte, sino la ley del que tiene más suerte; suerte de no morir en un choque frontal, de no atropellar a un animal, de no ser expulsado de la maltrecha carretera, de no reventar las ruedas con una piedra olvidada del último accidente.

Circular por ellas es jugar a una ruleta rusa en la que la última bala es un camión no esquivado, un autobús que no pudo adelantar o un animal despistado que ignora que en la carretera no son sagrados. Dentro de la recta monotonía de la carretera, cada poco tiempo encuentras de frente, y a escasos treinta metros, autobuses, camiones y coches que vienen juntos, en brutal estampida sonora; vehículos, que hasta unos instantes de estrellarte contra ellos, no sabes quién va a ceder en el estrecho margen de la carretera. Parece que la muerte espera en un volantazo: se pasa miedo.

A ambos lados de las desgastadas pistas, multitud de carteles invitan a la prudencia en la conducción. Son campañas de tráfico emocionales, que recuerdan que es mejor llegar que no, que alguien te espera y que la vida es maravillosa. Campañas que no son leídas, porque los conductores están pendientes de no atropellar un animal o finalizar la partida de la vida en un crash, pluf, plaf................clonk.
India Rajastan
 Todos los camiones tienen en la parte trasera un mensaje que viene a decir más o menos: «por favor, toque el claxon». Es la forma de adelantar, y así se hace en general, hasta que los que pitan son ellos avisando que en breve verás un accidente. En esos casos, reducen la marcha para, lentamente, maniobrar entre los amasijos de hierro y humo de accidentes de pocas horas; a veces de minutos. Los reventones son frecuentes, y los triángulos de señalización son piedras que se sitúan alrededor del vehículo reventado.

En las carreteras indias, todo aparece por sorpresa: el más experimentado conductor extranjero lo pasaría francamente mal. Si lo llega a pasar, claro. No existe la lógica, no existe la prudencia. Esto era India.

Camellos, vacas, búfalos, ovejas, cabras, palomas, perdices, perros, gatos, ciervos y pavos reales se cruzan en el camino. A veces, ya muertos en mitad del asfalto, semidevorados por aves carroñeras. Los animales ni se inmutan, y los conductores indios tratan de esquivarlos añadiendo más emoción a un corazón que ya está próximo al infarto. La paradoja es que estas carreteras de la muerte te hacen sentir más vivo. Son carreteras que inyectan adrenalina.

Los restaurantes y áreas de descanso son tristes, mugrientos, pero son ideales para tomar aliento y reposar un estresado corazón que, cuando desciendes del coche, sigue siendo tambor: el restaurante de carretera indio es un montón de pucheros ennegrecidos, llenos de comida indescifrable hasta que la examinas en un thali o bandeja donde la sirven. La única nota de color la ofrece el logotipo de «Pepsi» que suele estar en casi todos los dhabas; cuatro sillas de plástico, que algún día fue blanco y mesas llenas de herrumbre que hacen compañía a unos camastros en los que los somnolientos y aburridos camioneros descansan tumbados o sentados: no hay más.
India Rajastán
Allí, parábamos Dinesh y yo. Él almorzaba su buen plato de dhal con chapati, y otras verduras: lo hacía con la mano derecha, a toda velocidad. Era una comida de dibujos animados. Restregaba el chapati por la comida y lo introducía en su boca que quedaba brillante por los diferentes aceites o salsas con las que pringaba. El agua, la bebía como si bebiese de un botijo o una bota: los indios nunca tocan el gollete con la boca. Después, eructaba varias veces y se lavaba las manos con el resto de agua que había quedado en su vaso de metal.

En estos calurosos dhabas, me limitaba a beber agua mineral, un refresco o un té. No me apetecía comer nunca. Lo más que hacía era probar del plato que siempre me ofrecía Dinesh.

 Comer y conducir son las dos únicas cosas que los indios hacían a toda leche.

Observaba a la gente que bajaba de los autobuses: unos autobuses de ventanillas rotas, de equipaje sujeto al techo, atestados de gente; eran «infiernos en movimiento». Jugaba a adivinar cómo sería su vida ¿Quién los esperaría al final del trayecto?, ¿por qué subían a ese autobús...? Me miraban con ojos de quien no entiende qué se me había perdido allí. Ellos, con suerte, llegarían a su destino.

Como en la vida, cada carretera te lleva a un destino. En el caso de estas gentes queda limitado a uno, que no va generalmente más allá del depósito de gasolina o de la muerte en el arcén. 



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