miércoles, 31 de agosto de 2011

Diarios de viaje: contar el momento


Flores - Guatemala 

“El lenguaje de la palabra tiene sus límites, hay cosas que no se pueden explicar, sólo se entienden cuando las vives”

Esta frase de Francisco Alcaide @falcaide que daba pie al post “Lo que sientes en los viajes” me gusta mucho porque, en mi opinión, es muy certera. Cuando escribo mis diarios de viajes, intento explicar no solo lo que veo, sino también lo que siento.  Viajar es vivir y a veces es complicado explicar como siente uno la vida. Escribir un diario de viaje es, de alguna forma, hacerlo. Contar el momento, aunque no sea lo mismo.

Hoy os dejo un capitulo de Los sueños perdidos, diario de un viaje que realicé hace unos años a Guatemala y México: al mundo maya.

Los sueños perdidos: Primeras miradas

Volábamos en un pequeño avión.  Desde la ventanilla izquierda, inclinando la vista hacia la tierra se divisaban los Cayos de Belice y, al virar,  la Selva del Petén con su inmenso lago sólo y salvaje.  Sobre nosotros, el suave azul del cielo de América. Dentro de la cabina, la modorra que deja una luz de siesta y el ronroneo monótono de los motores que arrullaban a un pasaje medio dormido.

Tras dos horas de viaje aterrizamos en el pequeño aeropuerto de Santa Elena que más parecía una pequeña terminal de autobuses que un aeropuerto. En comparación con el bullicioso y caro de Cancún, donde el trajín de pasajeros era prácticamente constante, en el de Santa Elena se podían escuchar los bostezos de los escasos funcionarios que, solícitos pero con desgana, sellaban los pasaportes.

Desvinculado del resto de los pasajeros, al salir, fui cazado por una taxista que por apenas dos dólares se ofreció a llevarme hasta la isla de Flores. No suelo regatear cuando las cosas me parecen razonables, ni pararme a pensar en lo que las guías de viaje recomiendan. Tampoco puedo hacer alarde de excelente negociador debido a que, por ahorrarme unos dólares no suelo discutir los precios mucho, máxime cuando valoro más mi tiempo; y si no es por la cháchara y el entretenimiento no me merece la pena hacer un toma y daca.

Había reservado por correo electrónico en Casa Amelia, un hotelito familiar, sin ningún lujo pero bastante digno y limpio.Un humilde hotel en el que el amor, la dedicación y el esfuerzo se respiraban en cada rincón del edificio; un hotel construido y decorado con gustos y tiempos desiguales en los que se adivinaban inversiones continuadas, quetzal a quetzal, fruto del sudor de tres generaciones que se turnaban en recepción, habitaciones, bar y cocina. 

Tras comprobar el funcionamiento de la ducha y aire acondicionado (asunto al que le suelo dar bastante importancia en los viajes, especialmente en zonas calurosas) salí a pasear por el pueblo rodeando la isla.

Con la primera mirada al lago, con la primera visión del paisaje me dí cuenta que realmente habían comenzado mis vacaciones: el trabajo, la rutina, las preocupaciones habían desaparecido dejando en mi espíritu una calma que predisponía a disfrutar de cada instante que viviese en las siguientes semanas.    

En el lago Petén se veían niños bañarse entre risas y chapoteos. Algunos lugareños ofrecían sus barcas para pasear llamando la atención con aspavientos  suaves y unos cuantos guiris, como yo,  holgazaneábamos  o paseábamos  perdiendo la mirada en las aguas o en las orillas que lo circundaban.  En otro lugar, los niños dibujaban con acuarelas baratas la luz que se reflejaba en el lago. Me senté en un cafetín y estuve observándoles un buen rato. Se miraban los dibujos, se intercambiaban colores y se manchaban juntos. Reían, como sólo lo saben hacer aquellos que encuentran el gusto a las pequeñas cosas de la vida.

Proseguí mi toma de contacto, crucé el puente que unía Flores con Santa Elena y  me adentré en un pueblo destartalado de calles polvorientas que en algunas bocacalles recordaban a esos poblados del oeste americano que me harté de ver en la tele cuando era niño.

Abundaban pequeñas iglesias de diferentes confesiones, de la nueva América evangélica patrocinada por los USA  que están reconvirtiendo, una vez más, a los indígenas a otra «religión única, verdadera». Más bien parecían galpones convertidos en humildes almacenes de almas, porque quizás El Pueblo no de para más y las religiones tampoco.
 
A media tarde el mercado no era más que despojos y caras de cansancio  cotidiano. Nadie parecía hacer un esfuerzo por vender las últimas mercancías. 

Los  plátanos morían ennegrecidos;  los repollos  se mostraban flácidos y las coliflores llenas de moscas abundaban. Tampoco el resto de la fruta  y hortalizas: exhalaban podredumbre, vencidas por el calor, creando una atmósfera acre que no invitaba a permanecer allí por lo que me abandoné por varias callejas en las que los rojos Tuk Tuk con sus ensordecedores run runs, estridentes pitidos y vómitos de humo te envolvían de tal manera que, por momentos, daba la sensación de que estuvieses en una de esas caóticas y atronadoras ciudades indias en las que siempre me perdí con gusto.

Los motocarros casi todos tenían nombre de mujer, como si de una devoción o promesa se tratase: Yasmine, Rosario, María, Nora…

Regresé a Flores. Al lado del puente, había estacionada una calesa, aguardando improbables clientes que no subirían nunca porque al jamelgo, huesudo, blanco deslucido y agotado se le adivinaba una muerte próxima. Tampoco tenía mucho sentido pasear dar vueltas por una isla que no parecía tener mas de cuatrocientos metros de diamétro. 

En lo alto de la isla, subiendo calles mal pavimentadas se llegaba al Parque Central donde se encuentra la iglesia, un edificio del gobierno y una cancha de baloncesto donde no había «dream teams » pero si sueños: niños y adolescentes jugaban de forma muy simple al baloncesto, errando continuamente los pases y los tiros a una canasta herrumbrosa.

En el pequeño graderío, un corro de muchachos, mezcladas las edades, fantaseaba con el manejo de las motos. En un banco, algo apartado y sombreado, dos enamorados se decían cosas sin mirarse a los ojos, mientras un anciano repanchingado me miraba con una indiferencia estudiada y, de reojo, a los demás. Frente a la iglesia, al fondo, varios quiosquitos y puestos anunciaban en letras erosionadas y pinturas descoloridas, refrescaciones y otras bebidas. Quioscos que seguramente vieron tardes de paseos, noches de anheladas ilusiones y  domingos de traje bonito; de sonrisas de niños que tenían las manos llenas de dulces. Tiempos de paz.

Volví a orillas del lago. Las aguas se desplazaban  en corriente cadenciosa y uniforme. El Sol  por no desentonar se ocultaba al compás y yo, por no llevar la contraria, participé de su juego caminando al mismo ritmo.

Lago Petén - Guatemala  

lunes, 29 de agosto de 2011

Cosas a mejorar en muchos hoteles: La publicidad e información que ofrecen


Ducha Boutique hotel

Tercera entrega de esta serie. Si en la primera hablé de los desayunos buffet y en la segunda   sobre los hoteles bajo mínimos, hoy lo voy a hacer sobre la información que ofrecen al consumidor y como la muestran o la publicitan. No son todos claro, pero si muchos: desgraciadamente ocurre en todo el mundo y en todas las categorías.

Muchos, con tal de vender, se vienen arriba y cuentan unas milongas o transmiten la información de tal manera, que si te lo crees tal cual, lo más probable es que cuando llegues al hotel y veas las instalaciones y el servicio tengas la sensación de que te la han colado a base de bien. A veces te puedes ir con la maleta a otra parte y buscar otro hotel. Otras, no te queda más remedio que alojarte en un sitio que no cubrirá tus expectativas. El grado de cabreo dependerá, en gran medida, del tiempo que vayas a permanecer durante el día en el hotel, pero siempre tendrás la sensación de estar pagando un precio superior al que pagaste al realizar la reserva.

Con la primera que nos las cuelan es con las fotos. Son escasísimos los hoteles que muestran las instalaciones tal y como son. Uno ve las fotos de las habitaciones en Internet o en un folleto y luego lo hace con sus propios ojos al llegar a la habitación y flipa: la habitación ha menguado. Sí, se parece, pero no tiene nada que ver con lo publicitado. Eso, sí no han pasado la habitación por el “photoshop”, que si lo han hecho, ya cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Ojo, que esto no pasa sólo con las habitaciones, ocurre con el área de la piscina, el restaurante y otras zonas comunes. 

Los fotógrafos que contratan son deben ser unos fueras de serie.

En las descripciones tampoco se quedan cortos y exageran lo que no hay en los escritos. Los adjetivos que utilizan serán calificativos pero en absoluto clarificadores. Abusan del eufemismo o de las frases hechas, (remanso de paz, ambiente selecto…)

Un día de estos publicaré un post en el que nos echaremos unas risas con lo que dicen y lo que realmente quieren decir. Os ofrezco un adelanto.

Dicen: A escasos minutos de la playa
Realidad: A hacer puñetas. Quince andando y veinte en coche por eso de los atascos.

Dicen: Área recreativa
Realidad: Una mesa de ping pong y un futbolín

Dicen: Personal agradable y atento
Realidad: Personal agradable, atento, despistado y escasamente formado.

Dicen: Business Center
Realidad: Un cuartucho con un PC y una impresora…

Ahora me río, pero este verano, por ejemplo, en Yogyakarta, que estaba lleno, al menos en el rango de precios que me quería mover encontré un hotel para las siguientes noches (la primera dormí en una especie de habitación a pie de calle en otro hotel) que se anunciaba como boutique hotel, con agua caliente, WiFi, habitación deluxe,  y amenities por menos de 20$ en el centro. Hice la reserva por Internet después de haber obtenido el no por respuesta en unos cuantos y fue, como se dice, de traca. El agua caliente me la traían en un barreño, la habitación de luxe era interior, la tele era como ver el Canal + sin el decodificador, la habitación no la hacían, el desayuno era de espanto, el aire acondicionado en lugar de enfriar rugía y en los pasillos los huéspedes – generalmente familias- se montaban unas buenas tertulias que debían ser divertidas por el alboroto que había. Afortunadamente pasaba poco tiempo allí, pero objetivamente era una tomadura de pelo.

Con esto quiero decir que hay que tener mucho, pero que mucho cuidado con palabras acompañan a la palabra hotel, tales como Boutique, Grand, Spa, Resort que en muchos casos solo sirven para aumentar las tarifas porque ni de lejos es lo que tenemos en mente. Claro que la culpa a veces es nuestra por creernos todo lo que suena bonito y rimbombante.

Es posible que estas prácticas pudieran considerarse publicidad engañosa pero como la legislación en materia turística y/o  publicidad suele ser de su padre y de su madre en cada lugar y además hace la vista gorda, no te queda otra que el enojo, la reclamación, o cambiarte de hotel.

Por último, y no menos importante.  No entiendo como puede haber tantas diferencias dentro de una marca o cadena entre sus diferentes hoteles de una misma categoría. En lo único que se parecen algunos es en las amenities que ponen en el cuarto de baño, el Boli y el pequeño bloc de notas con lo cual la experiencia es desigual y la experiencia de marca no aporta mucho. En fin, pero ese es otro tema.

Como también es el de las opiniones de los viajeros en los portales de viajes y foros, pero como también es otro tema que da mucho juego lo dejamos para otro día.

Por eso, os sugiero que leáis, miréis y restéis para no llevaros una decepción

Feliz día:

PD – Si alguno se anima puede contribuir a realizar el diccionario del que hablaba más arriba.

domingo, 28 de agosto de 2011

Ajo y agua


Laos  
Leo en Blognomía, del amigo José Luis del Campo (@JoseLdelCampo) que el máximo responsable del rescate del euro Klaus Regling ha declarado que en dos o tres años los países de la moneda única saldrán de la crisis. Por otro lado, leo en El Mundo que la directora del FMI, Christine Lagarde, asegura que la economía ha entrado en una nueva y peligrosa fase lo que más o menos viene a significar que entramos en una nueva recesión si no se toman las “medidas adecuadas”.

Independientemente de las “medidas adecuadas” - que suelen consistir en una retahíla de recortes, ajustes y abolir derechos que tenía el personal, meter pasta en bancos y estados que no han gestionando bien sus negocios o sus cuentas, – a mí lo que realmente me preocupa es como, cada dos semanas más o menos, recibimos un jarro de agua fría por parte de “los mercados”, los expertos o la madre que los parió.

Cuando no es la bolsa, o un nuevo cadáver que sale de las cloacas de la ambición humana, son las revoluciones, cuando no son las revoluciones son la escasez de materias primas, el excedente de las mismas o la dudosa salubridad de lo que fabricamos, (que lo de sembrar cada vez se hace menos). La naturaleza, que ya está indignada, con mucha razón, tampoco ayuda y monta unos pifostios de tres pares de narices mandando a hacer puñetas países, centrales nucleares, personas y muchos sueños.

Leyendo a otro José Luis, (@JLMON53) viajero accidental y una de las mentes más claras e incomodas (para muchos) de la blogosfera, llego a la conclusión de que esto tiene mal arreglo por nuestra propia incapacidad y resistencia a construir un futuro distinto, por querer construirlo para que sea como el pasado y no como debiera ser.

Tengo la sensación de que estamos dejando de creer en el hombre, al menos como individuo, ya que tendemos a ampararnos en las creencias de una u otra masa, como si con esa sola acción se justificasen el resto de nuestros actos, nuestro fracaso colectivo como raza, como si el hecho de vivir en permanente estado de cabreo fuese a solucionar la falta de Fe en nosotros mismos. Y es que la ignorancia o la ceguera, como sugería José Luis, nos está llevando a vivir no ya en la era de la incertidumbre sino en la era de la desesperación porque el día a día nos está acostumbrando a perder la única batalla que nunca debería perder: la batalla contra uno mismo.

Eso a su vez nos lleva a desconfiar de todo y de todos; repetimos y asumimos lo que otros quieren que pensemos y digamos, pero no nos detenemos a pensar ni a reflexionar sobre ello. Hace tiempo lo comenté en "Todos somos inocentes, todos somos culpables": seguimos siendo incapaces de interiorizar los problemas frivolizando con ellos. Siempre son los otros, nunca nosotros que somos ciudadanos ejemplares que nunca hemos roto un plato ni tenemos la culpa de lo que le pasa al mundo. Estamos creando una sociedad absurda e incongruente, que cambia de opinión según sopla el viento, una sociedad débil sin capacidad de sacrificio, pero sobre todo, una sociedad sin ilusión, sin alegría y sin esperanza. Y es que como siempre comenta nuestra amiga MaS hay que empezar por barrer primero la casa de uno.

Cada día tengo más claro que lo que tenga que ser, será. Que hay cosas que dependen de mi y otras no, pero no por ello debo dejarme llevar por este mundo tan pesimista, tan cabrón y tan interesado en que viva siempre al filo de la navaja. Que la vida fluya y la haga fluir.

Si lo hiciera, si solo creyese en lo que me dicen o me cuentan sólo me quedaría eso de “Ajo y agua”, es decir “a joderse y aguantarse”. Francamente, no estoy por la labor.

Feliz semana
  

jueves, 25 de agosto de 2011

Kawah Ijen: Por un puñado de rupias II




Me siento en una especie de banco de madera y paso observando un buen rato como pesan el azufre. Lo hacen de una manera muy rudimentaria - nada de tecnología-, confiando en la precisión de una balanza que van ajustando muy pausadamente hasta equilibrar el peso. De repente, mi cabeza se va al pasado. Me sorprendo sonriendo, recordando las antiguas “romanas” que hace décadas se veían en muchos mercados de los pueblos y ciudades españolas y que hoy sólo se ven en determinados ambientes rurales.

Van haciéndolo por turnos. Después anotan la cantidad para saber cuantas rupias percibirán exactamente y colocan la carga en unas pequeñas explanadas adyacentes. Una vez hecho esto, encienden sus cigarrillos de Kretek, el famoso cigarrillo de clavo y tabaco, cuyo aroma se entremezcla con el olor de una montaña que se va templando y charlan un rato antes de volver al trabajo: todavía les resta una dura jornada.



En los últimos quinientos metros el verdor desordenado y los árboles van desapareciendo. El paisaje se torna yermo, regresa el frío y se escuchan ráfagas de viento que parecen advertir que estoy próximo a coronar los 2.300 metros de altura que tiene el “cráter verde”.

Aparecen ante mis ojos las primeras columnas de humo, la primera visión de las laderas erosionadas que se asemejan a pequeños cañones, a cauces de arroyos secos: tierra cuarteada y hostil. Lo voy bordeando hasta que empieza a asomar un lago de pálido color turquesa tan hermoso que suaviza la visión. Dicen que es el lago sulfuroso más grande del mundo.


Más adelante, la visión es sobrecogedora: En la base, en una de las orillas del lago, enormes masas de intenso amarillo veladas por intermitentes fumarolas muestran el lugar donde se desarrolla uno de los trabajos más duros y peligrosos que se realizan hoy en día.

Desde la lejanía, los mineros parecen hormigas, puntitos negros moviéndose de forma desordenada: vulnerables. El alma se estremece al verlos y más cuando piensas que se han convertido en una atracción turística. Pero esto no es Disneylandia. Estás viendo a personas que sabes que están muriendo lentamente: el aire allí es irrespirable, el oxigeno escasea, el dióxido de sulfuro quema los pulmones y las mucosas y los ojos se irritan. Aunque intenten protegerse con pañuelos mojados, aunque procuren protegerse de las emanaciones. Las fumarolas las mueve el viento y éste no se puede controlar. Hay momentos en los que el humo súbitamente se convierte en niebla cubriendo el amarillo, ocultando a las personas. Son los pequeños ataques de un volcán asesino que acortará, en muchos años, la vida de todos.




Por lo que me cuenta un chico de Surabaya con el que había estado charlando la noche anterior en el hostal y que ahora encuentro sentado en una roca, a partir de las diez de la mañana la atmósfera se vuelve irrespirable y prácticamente a partir de esa hora la actividad decrece.

Me siento a su lado. Me pregunta si voy a bajar hasta la mina. Le respondo que no. Varias son las razones para no hacerlo. Desde donde me encuentro hay cerca de trescientos metros de distancia. El descenso se realizada por una de las paredes que tiene fuertes desniveles de roca agrietada y no debe ser nada sencillo. El ascenso, viendo la pendiente tampoco invita a ello. 

Por otro lado, no quiero respirar olores nauseabundos e intoxicantes. Definitivamente no quiero toser hasta vomitar y sufrir innecesariamente: prudencia obliga. Pero, además, no quiero ser un estorbo para esos hombres que se están dejando algo más que la piel. No quiero entorpecer su tránsito, obligarles a detenerse o a que me cedan el paso, no quiero interrumpirles ni que desvíen la atención a su trabajo y sé que aunque ya están de vuelta de todo, que no les importa que les miren, les hagan fotos y algunos estén encantados de acompañarte por la propina, me niego a romper el equilibrio. Me merecen un gran respeto.

Admiro su valor, su fuerza de voluntad y su dignidad. Son, como he dicho, de otra pasta y me imagino a cualquiera de nosotros, los del primer mundo, los que creemos que nos la sabemos todas, los mismos que cuando llega una crisis, una dificultad, tiramos la toalla con facilidad o maldecimos nuestra suerte o nos quejamos y andamos por el mundo cabreados intentando aguantar este día a día. Aquí sí se gana el jornal uno con el sudor de la frente.

Por lo que puedo entender a mi compañero de miradas, hay dos tipos de trabajadores. Unos de ellos pasan en la cantera gran parte del tiempo, controlando el proceso de condensación que se hace a través de unas tuberías. Luego lo enfrían y solidifican.  Después, otros mineros con barras de metal picarán la amarillenta masa hasta obtener suficientes pedazos que quepan en las cestas para realizar el camino de vuelta.



El azufre arrancado al volcán, entre doce y quince toneladas diarias,  se enviará a una cercana refinería a 20 kilómetros donde será tratado para su posterior uso en la industria farmacéutica, cosmética, vulcanización del caucho, elaboración de fertilizantes, blanquear el azúcar y un montón de aplicaciones más.

Comienzan a llegar grupos de turistas. Empieza a parecer una romería por lo que decido irme. Si la subida cuesta, en el descenso se sufre. Muchas veces debes ir frenando con los pies porque da la sensación de que te vas a precipitar al suelo dándote un golpazo morrocotudo. Los mineros, que ya están acostumbrados saben como hacerlo y bajan en zigzag y a un fuerte ritmo. De no hacerlo así, la carga se volcaría en cualquier momento.

Tengo las rodillas machacadas, estoy cansado. Quiero beber agua y tomar un café caliente, pero no me quejo. No tengo derecho a hacerlo.

Me siento en un cafetín a esperar la hora de mi salida para el puerto de Ketapang, donde tomaré un ferry que me llevará a Bali. Cuando doy los primeros sorbos al café no pienso en que he viajado al corazón de un volcán. He viajado al corazón del alma.


miércoles, 24 de agosto de 2011

Kawah Ijen: Por un puñado de rupias I

Ijen -Java 

Aún no ha amanecido cuando me dispongo a encarar los tres kilómetros de ascensión que me llevarán al cráter del volcán Kawah Ijen. Las primeras luces del día van asomando despacio, acompañando mis pisadas y el sonido de una naturaleza fresca y poderosa que parece desperezarse por segundos. Durante un buen rato camino en solitario – he sido de los primeros en salir del hostal –  recreándome en la vegetación, en el cielo, en los lejanos volcanes; absorbiendo cada instante que me ofrece el paisaje, como si de esa manera estuviese reconciliándome con una naturaleza que muchas veces tengo abandonada, aún a sabiendas de que en ella está la esencia de la vida.


Ijen Indonesia 

Metro a metro, el recorrido se va haciendo más sinuoso, con empinadas rampas que demandan pequeños descansos en los que poder jadear sin forzar, en los que apaciguar el sofoco, con tramos en los que un suelo resbaloso, por la humedad del bosque tropical, obliga a clavar el paso más que a andar, al menos, hasta alcanzar el primer kilómetro y medio del trayecto.

En la subida, antes de cubrir los primeros doscientos metros, veo un hombre sentado que parece estar descansando. A medida que me acercó, me doy cuenta que es uno de los doscientos y pico mineros que todos los días bajan al cráter del Ijen para extraer el azufre que de la misma forma que sustenta sus vidas, las apaga. Al llegar a su altura, se incorpora e inicia una conversación cuyo prolegómeno anticipa un mayor interés en mi bolsillo que en mi persona.

Se llama Wayan, tiene 37 años y dos hijos. Es muy moreno, de mediana estatura y cuerpo fibroso. Desde luego, su rostro aparenta más edad. Quiere saber de dónde soy, cuántas horas de vuelo hay a mi país, si estoy casado, tengo niños, si tengo tabaco.

Me cuenta que todos los días hace dos o tres viajes al cráter mostrándome unas cestas unidas por una vara de Bambú que usa para transportar la carga. Por el sendero encontramos cestas que contienen bloques de azufre. Apenas huelen. Son desiguales, de un intenso amarillo que parece cobrar más fuerza cuando contrasta con el verde umbrío de esas horas de la mañana.


Azufre - Kawah Ijen Java

Se coloca una a la espalda y me invita a que pruebe a llevarla, pero declino amablemente la invitación pues tan temprano no estoy para cargar con cerca de 60 o 70 kilos a mis espaldas. Además, la operación requiere tanto de fuerza como de maña, cualidades que son escasas en mi persona. A medida que ascendemos me va mostrando un volcán lejano, una perspectiva. Señala con el dedo hacia arriba varias ramas de los árboles y me muestra como los monos juguetean entre las ramas. Luego sonríe.




Es un tipo simpático, que acompasa su paso al mío, al tiempo que su oratoria acelera el ritmo buscando mi compromiso para descender con él al cráter, lo cual no tengo previsto hacer y así se lo hago saber en varias ocasiones. En una de las paradas le ofrezco un cigarrillo. Somos alcanzados por la familia francesa con la que compartí transporte. Intercambiamos unas palabras sobre la belleza de lo que estamos viendo y continúan el ascenso con un nuevo acompañante: Wayan, que viendo que conmigo tenía poco que rascar, traslada su entusiasmo y objetivo hacia mis compañeros de viaje.  Sigo a mi ritmo y los veo alejarse en la siguiente curva, aunque al final, alcanzaríamos la cima casi a la vez.


 Kawah Ijen

Me cruzo con varios mineros que descienden con sus cargas o soy adelantado por los que suben con las cestas vacías. Unos saludan, otros saludan y piden tabaco, que les haga fotos a cambio de dinero: casi todos intentan venderme figurillas hechas con azufre que esconden en sus cestas: una tortuga, una flor, algo indescriptible…

Están acostumbrados a los turistas, viajeros, caminantes o peregrinos de las bellezas del mundo y no se molestan por su presencia. Es más, gracias a ellos, consiguen, si la suerte, o su simpatía acompañan, sacarse un sobresueldo que puede llegar a ser superior a su salario habitual.  Un salario, por otra parte, que dobla el de los agricultores de los cafetales y campos próximos y que en el mejor de los casos, no sobrepasará los ocho o nueve euros diarios correspondientes a dos viajes diarios cargados con más de setenta kilos de azufre a la espalda por unos parajes que en tramos son duros y venenosos.

Se me hace complicado el explicar lo que se siente en un sitio así, tan bello como cruel, un lugar donde uno se convierte en mero espectador de lo caprichoso que puede llegar a ser el destino que nos hace nacer a cada uno en una frecuencia; que a unos regala, a otros desprecia y a otros exige.

Kawah Ijen Java 

Al observarlos como se dejan, la vida en cada trayecto por un puñado de rupias, conscientes de que la vejez es una quimera, uno no puede más que sentir admiración por ese esfuerzo resignado, por esa pasta tan especial de la que están hechos muchos hombres.

De vez en cuando, vuelvo a quedarme solo en el camino. Escucho la naturaleza. En esa nitidez sonora, también llegan a mis oídos las pisadas de los mineros que aparecerán unos segundos después de cada curva descendiendo a una buena marcha, como si diesen pequeños saltitos que provocan un chirrío irregular en el bambú de la vara que une las cestas que da la sensación por momentos de que no soportará más peso y quebrará.

Cada pocos pasos o según el desnivel, los mineros van compensando la carga por los hombros: diagonal pasando uno de los lados por el hombro derecho y dejando el otro a la espalda o viceversa. Siempre la misma rutina.

MInero Kawah Ijen
Imagino sus primeros días: espaldas llagadas, escoceduras, dolor de huesos, rodillas, tobillos y tendones a punto de romperse, jaquecas, quemaduras, pulmones intoxicados, ojos y narices irritados. Con esa sensación de derrota que deja el miedo a lo desconocido, la falta de experiencia y las dudas que seguramente ronden sus mentes sabiendo que han comenzado una carrera que les acortará la vida.

Pienso en todo ello mientras atisbo una gran caseta y algún cobertizo en el que se encuentran muchos mineros descansando, colocando y pesando el azufre.

Aún no había visto casi nada. (continuará)

martes, 23 de agosto de 2011

Lonely Traveller


Región Toraja - Sulawesi 


Hace más o menos un mes Francisco Alcaide (@falcaide)  escribía un fantástico post ¿Qué significa viajar? en el que citaba cuatro cosas importantes que experimenta el viajero solitario y que os recomiendo leer.

Hace años que viajo solo, al menos cuando se trata de hacer un viaje que exceda dos o tres semanas. Las razones, además de poder ir a mi ritmo, cambiar los planes sobre la marcha, no depender de nadie y tener tiempo para mi, tienen que ver mucho con lo que conté en el anterior post, allá en el mes de julio, antes de irme de vacaciones.

Hoy he querido retomar el blog, reflexionando sobre lo que comentaba Francisco y lo que he experimentado en este último viaje en el que gran parte del tiempo he estado en contacto con la naturaleza, perdiéndome por valles, montes y pueblos; días que no empleaba en ver por ver, sino en ver para sentir, para reflexionar, para redescubrir o revisitar mis fragilidades, mis torpezas, mis errores, pero también mis aciertos, mis habilidades, mis fortalezas.

Y uno se va afirmando en la frase que inicia el post de Francisco “Viajar es la experiencia de dejar de ser quien te esfuerzas en llegar a ser para transformarte en aquello que eres”

Porque es cierto, el viaje te ofrece la posibilidad de quitarte el maquillaje o la careta, de mirarte en un espejo que refleja tu interior y todo ello, poco a poco, te va transformando, destuneando, o reafirmando en convicciones que hasta entonces eran débiles o dubitativas. 
Aprendes a comprender mejor a las personas y a todo lo que te rodea.

Viajar en solitario te despoja de tus seguridades. La incertidumbre, la consciencia de saberte ignorante, el desamparo que provoca no tener referencias, provocan que todo se viva y aprenda de forma más intensa, posibilitando que alma y mente, se despojen también de todo lo que les incomoda.

El viajero solitario, a pesar de lo que piense mucha gente, no suele ser un aventurero ni lo persigue, arriesga lo que considera oportuno, lo que su instinto y experiencia le aconsejan y suele documentarse en varias fuentes antes de emprender el viaje.

Viajar en solitario no es mejor ni peor que hacerlo acompañado. Es diferente. Pero habiéndolo experimentado de varias maneras, el hacerlo en solitario aporta el plus de que además de viajar se establece un dialogo sincero con uno mismo. Y eso, no se puede desperdiciar.

Feliz martes


Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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