jueves, 29 de septiembre de 2011

De una visita al Taj Mahal


Taj Mahal India


Hoy y para dejar algo para el fin de semana he elegido este capítulo de Soul India. En los viajes no es lo que ves, es lo que sientes. Aquí os dejo mi experiencia de la visita de tu a tu que hice al Taj Mahal, sin duda uno de los mausoleos más bellos e impactantes del mundo.

Feliz fin de semana

Alma de mujer encerrada en silenciosa geometría

Había puesto el despertador a las cuatro y media de la mañana para ver amanecer el Taj Mahal. De noche no se ilumina y se eclipsa, como si a la luna se le hubiera denegado el derecho a acariciar su mármol blanco.

Cada minuto que pasaba, la tonalidad del Taj iba alternando hasta que, una vez que el sol sobrepasaba la cúpula principal, el blanco de su brillo y la contaminación de la ciudad difuminaban su figura en un cuadro de Monet. No podía esperar más, y a las ocho de la mañana me hallaba en la puerta. 

Había advertido al conductor del ciclo rickshaw que no era necesario que hiciese guardia hasta mi salida: tenía intención de quedarme varias horas dentro, y no sabía ni la hora aproximada de mi salida del monumento. Él, con la tranquilidad de «más vale pájaro en mano que ciento volando», me dijo:

— No hay problema, yo aguardo allí, al lado de ese árbol.

— No es necesario —insistí—, prefiero pagar el servicio ahora y si a mi regreso todavía estás, prometo hacer el camino de vuelta contigo remunerándote la misma cantidad: —«¿Es okey?»

— «Es okey», ningún problema, yo espero —sentenciaba, sumiéndome en el desconcierto más absoluto. Todo era «okey, no hay problema» y esto, a mí me ponía un poco de los nervios, más que nada por la poca sangre que tenía el pobre hombre. Es como si le dices a alguien: «¿Estas tonto?» y te contesta con un «es okey, no hay problema». ¡Yo no quería engañar ni aprovecharme de nadie! y sabía que iba a estar unas dos o tres horas más que un turista normal.

Fueron cuatro horas. Quería hacer una visita de ritmo suave. Había bebido agua suficiente, pasado por los aseos; me preparé para un largo viaje sobre el mármol. Un viaje que no me iba a decepcionar en absoluto. Hay veces que tenemos tantas ganas de ver algo que luego nos decepciona o no se ajusta a lo que teníamos en mente; lo que teníamos imaginado. El Taj Mahal es como el fuego, como el mar: no te sacias de contemplarlo, te apresa, te borra, y no piensas. No lo hace de una forma violenta ni insultante. Te va atrayendo, te va acercando: «despacio, no corras» parece que va diciendo. Desde cualquier ubicación es perfecto, sin defectos que encontrar porque no los hay. Me senté sobre el mármol, sobre la hierba, en los bancos buscando la clave de los misterios que encierra. Respiraba profundo, no sé si suspiraba: era un acordeón. Su figura era relajante, un bálsamo para los dolores del cuerpo y alma.

El Taj Mahal es un mausoleo construido por amor; quizá una de las pruebas de amor más grande que haya conocido la historia tras la muerte de un ser amado, quizá la única. La perfección de sus líneas, la riqueza de sus relieves tallados con piedras preciosas, la complejidad del interior de la tumba, los constantes cambios de color que parecen darle vida, así lo sugieren. 

Cuentan que el emperador mongol paso sus últimos años contemplándolo con nostalgia desde el Fuerte de Agra, donde había sido confinado por su hijo al acceder al poder. Otras versiones menos románticas indican que el emperador murió como consecuencia de una orgía de sexo y drogas. En cualquier caso, prefiero quedarme con la versión más romántica.

Erraba por los jardines y advertía cómo las dos mezquitas, magníficas por otra parte, que flanqueaban el mausoleo eran ignoradas por los visitantes: eran patitos feos que en otro lugar hubiesen sido cisnes. Para mí eran el complemento ideal al inmaculado mármol de la tumba. En el interior de la tumba los guías hacían demostraciones de la acústica del mausoleo con aires desconsolados, cantos de «blues mongoles».

Puedo asegurar que los lamentos del emperador debieron ser música que intentaba agrietar las entrañas de la tierra para rescatar el alma de su esposa muerta. 
  
Taj Mahal
Taj Mahal
Taj Mahal
Taj Mahal

miércoles, 28 de septiembre de 2011

50 cosas gratis o casi, que te hacen sentirte bien (al menos a mi)


«Si busco en mis recuerdos los que me han dejado un sabor duradero,
si hago balance de las horas que han valido la pena, siempre me encuentro con aquellas que no me procuraron ninguna fortuna.»
Antoine de Saint-Exupery

Esta cita cerraba el post “Las citas que me regala Lourdes”

Pues bien, esto viene a cuento de que en la vida hay que procurar tirar menos de bancos y visa y más de intangibles. Suena raro, pero a mi me ayuda a contrarrestar, (al igual que las Noticias positivas de Javier Rodríguez Albuquerque,(@jrediez), ese aluvión de desesperanza, miedo y pesimismo que nos invade. El orden no significa nada, han salido sobre la marcha. Pues eso, que son 50 cosas gratis o casi te hacen sentirte bien. Al menos a mí, claro

Feliz día

1      La luz del día, especialmente al amanecer o al anochecer
2      El olor a tierra mojada
3      Escuchar la naturaleza
4      El sonido del agua
5      La risa y la mirada inocente de un niño
6      La risa alegre y la mirada serena de un anciano
7      Un abrazo o un beso
8      Una conversación interesante
9      Escuchar música
10  Leer un buen libro
11  Pasear
12  Hacer deporte
13  Mirar una foto
14  Mirar un cuadro
15  Escribir
16  Ver a la gente que quieres
17  No ver a la gente que no quieres
18  Saber que alguien sanó o mejoró su situación
19  Encontrarme o conocer gente agradable, amable, interesante
20  Leer blogs de los amigos
21  Cocinar
22  Admirar el paisaje cuando viajo
23  Ponerte un jersey cuando empieza a refrescar
24  Escuchar a gente que tiene ilusión
25  Sonreír
26  Que me sonrían
27  Observar a la gente cuando tomo el autobús
28  Ver a alguien enamorado de su trabajo
29  Saber que alguien se acuerda de ti
30  Recibir una carta, una llamada, una visita de alguien que te quiere
31  Jugar al fútbol física y mentalmente
32  Hacer algo bien por los demás
33  Mirar mapas de viajes
34  Jugar con la mente
35  Reconocer errores y corregirlos
36  “Desperdiciar un día” sin hacer nada
37  Reírme de mí y conmigo
38  Dar a las cosas su justa importancia
39  No querer ser lo que no soy
40  Darme un chapuzón
41  Aprender
42  Resistir cuando se cree en algo
43  Pensar en gente que quiero y no veo: me dan energía
44  Olvidar y perdonar los agravios
45  Curiosear en una librería de viejo en un chamarilería
46  El milagro de la vida
47  Soñar despierto y dormido
48  Mirarme al espejo y reconocerme
49  La gente con sentido del humor
50  Cualquier instante que no he puesto aquí pero que igualmente me hace feliz.
¿Y a ti?



martes, 27 de septiembre de 2011

Viajar es aprender Little Business, Las respuestas.


Hoy publicamos las respuestas al post anterior.

Estos hombres empujan un carro lleno de pequeñas mochilas y botes de metal ¿Qué transportan?

Comida. Los hombres que los llevan son los Dabawallash.


Los dabbawallas recogen la comida de los hogares (existe un recipiente metálico especial muy habitual en india parecido a una fiambrera que tiene varios compartimentos y actúa a modo de termo) y lo llevan a la estación de ferrocarril más cercana. Allí se clasifican a mano para su transporte al centro de Bombay y una vez allí se vuelven a clasificar y son entregadas a los clientes. Más tarde el servicio se invierte. Lo curioso del caso es que el extravío de envíos es irrelevante (uno por cada dieciséis millones). Aquí tenéis el post completo de cuando escribí sobre ellos.

Estas botellas están llenas de gasolina. En el sudeste asiático se ven mucho por todos lados. ¿Quiénes repostan allí? ¿Por qué hay tantas si también se encuentran estaciones de servicio?

Generalmente los motoristas y los agricultores para sus pequeños motores. 


Hay que tener en cuenta que en casi todo el sudeste asiático abundan las motos y es una forma sencilla de repostar. Los vendedores de gasolina se encuentran por todos lados. La compran y la revenden introduciéndola en botellas de cristal o plásticos: La venden con un margen de entre el 5% y 15% sobre su coste. Cuanto más complicado sea acceder a otro puesto o a una estación de servicio más cara será. Si eres guiri posiblemente también. Seguramente en alguno de los sitios la adulteren o mezclen más de lo debido pero tampoco debe ser excesivo porque de ser así el negocio no funcionaría. No creo que quienes venden así paguen impuestos ni que las autoridades se los reclamen. En cualquier caso, es otra forma cualquiera de ganarse la vida. Más en sitios donde no sobran los trabajos ni las oportunidades.  

En Asia en general y en el sudeste asiático en particular es muy habitual comer en la calle. En Indonesia abundan los Warungs, pequeños restaurantes que se encuentran por casi todos lados.  ¿Qué tienen de particular estos pequeños negocios?

En Indonesia los llaman Warung, pero abundan en toda Asia. Las razones son varias. Se hace mucha vida en la calle. Hasta la caída de la noche te encuentras mucha gente en la calle. Incluso en algunos lugares hasta bien entrada la madrugada. En Asía no se es muy estricto con los horarios de comidas. Es más, mucha gente come cuando le apetece o va picando tomando pequeñas cantidades en un lugar u otro.


Cada uno suele tener una especialidad. El tiempo de “apertura” depende de varios factores. Uno de ellos es la salida que den a los productos. Cuanto más público tengan, antes cerrarán debido a que una vez agotada la mercancía no tiene sentido seguir abiertos. Hay que tener en cuenta que no pueden almacenar determinados tipos de alimentos, (muchos de ellos son frescos) no tienen cámaras y el espacio es muy reducido. Si durante el día has visto prácticamente los mismos productos, desconfía, pues es raro que no cocinen nada y, además, el calor puede estropear los alimentos. Los hay buenos, malos y pésimos. El ojo, el olfato y la intuición siempre ayudarán a decidir.

En esta foto se ve un negocio muy habitual en Vietnam, tanto en las ciudades como en las zonas rurales. ¿sabrías decir cual es?

El de motero taxista. 



Una de las maneras más prácticas y baratas para moverse por determinados lugares en Vietnam (y mucho lugares del Sudeste asiático) es hacerlo como paquete en una moto. Entre las miles de motos que circulan siempre hay alguien dispuesto a trasladarte por poco dinero, unos céntimos de euros o unos euros dependiendo de la distancia, dificultad etc.…

Hay precios fijos y precios que se negocian, pero en cualquier caso no son excesivos. Para que os hagáis una idea Un día de alquiler (unas ocho horas) de este servicio en Siem Reap puede estar en torno a los ocho o diez dólares incluida la gasolina y gastos del conductor. Un trayecto interno en Ho Chi Minh alrededor de un dólar…

Los hay profesionales que se dedican a ello y son identificables porque suelen llevar un chaleco y a veces casco. Y los hay “piratillas” que tienen bastante más peligro que los anteriores. De esta manera uno puede ir al aeropuerto en moto, visitar tales o aquellas ruinas, desplazarte por las ciudades o adentrarse en lugares imposibles para otros vehículos. Eso si, en algunos casos, bastantes diría yo, se pasa algo de miedo, pues si bien las velocidades a las que se circula no son altas, el caos y el desparrame de vehículos, animales, personas, estados de la carretera o vía y la extraña interpretación que se hace en estos lugares de las normas de tráfico, convierten cualquier trayecto en una peligrosa aventura.

En cualquier caso, es una forma también de que la gente autofinancie la compra de su moto y una posibilidad para llegar a lugares donde no lo hace el transporte público.

Por cierto, estos moteros son buenos clientes de los “gasolineras” anteriores.

Otro día más.

Feliz día

domingo, 25 de septiembre de 2011

Viajar es aprender (Little Business)

Hace una año publiqué el post Viajar es aprender, en el que os proponía un pequeño juego. Se trataba de responder correctamente a la pregunta que se formulaba o darle una explicación a la misma.

Hoy os propongo un nuevo reto. Viajamos al continente asiático. Allí ves negocios que habitualmente no se ven por aquí. Pero gracias a ellos, mucha gente sobrevive. En cualquier caso, es curioso.

Las respuestas tienen su lógica. Son resultado de la historia, de las costumbres y de la fusión entre culturas y personas.

Ya sabéis que no hay ganadores, sólo la satisfacción de haberle dado un poco al coco.

Feliz día.

Estos hombres empujan un carro lleno de pequeñas mochilas y botes de metal ¿Qué transportan?



Estas botellas están llenas de gasolina. En el sudeste asiático se ven mucho por todos lados. ¿Quiénes repostan allí? ¿Por qué hay tantas si también se encuentran estaciones de servicio?


En Asia en general y en el sudeste asiático en particular es muy habitual comer en la calle. En Indonesia abundan los Warungs, pequeños restaurantes que se encuentran por casi todos lados.  ¿Qué tienen de particular estos pequeños negocios?


En esta foto se ve un negocio muy habitual en Vietnam, tanto en las ciudades como en las zonas rurales. ¿sabrías decir cual es?


El martes las respuestas.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Videos inspiradores, motivadores y sugerentes

Hay días en los que la automotivación no basta y se necesitan estímulos para ponerla en marcha. La música, como ya he comentado en otras ocasiones es muy útil para estos menesteres y a mí, particularmente, me da bastante vidilla. Si no similar, algo parecido me ocurre con las imágenes.  Hoy os dejo algunos videos, cortitos, eso sí, que me inspiran, me motivan y me sugieren. Para verlos en un Kit Kat.

El primero de ellos pertenece a la película La vida es bella. El segundo, ya lo publiqué en el post “Hoy me apetecía hablar de pingüinos” . El tercero lo descubrí gracias a  Mari Cruz Gomar (@cruzcoaching) y me parece soberbio.

Los tres me sugieren adaptación, lucha contra la adversidad y ternura. En los tres, el amor está presente. Y ya se sabe que el amor es lo que hace a este mundo soportable y apetecible.

Por último, una canción con un poquito de marcha. Feliz día






lunes, 19 de septiembre de 2011

Desajustados II


Angkor - Camboya 


En mi anterior post MaS, ha hecho un comentario que reproduzco porque plantea algo muy interesante. Dice:

“Cuando una barca zozobra en la tempestad, los que van dentro tienden a agarrarse con fuerza a los lomos del navío; algunos gritan, todos tienen miedo, y el barquito de marras no cesa...dale que te dale de babor a estribor, arriba y abajo, calándote hasta las cejas y provocando la sensación de que como no cese pronto el traqueteo, todo se irá al fondo, incluidos los humanos "desajustados" que siguen dentro.
Me pregunto ¿por qué pensamos que la barca va a parar? y si el estado de incertidumbre se prolonga? y si nos vemos obligados a permanecer en la tormenta y a somatizar el vómito que nos produce?

Lo medimos todo con lo ya vivido, y ese es uno de nuestros errores. No tenemos conciencia, ni social ni individual. No emprendemos nada nuevo realmente. Queremos revivir una y otra vez sobre el mismo modelo. Queremos ir a piñón fijo y eso, sobre el agua...es prácticamente imposible. ¿Valentía o cobardía, son esas verdaderamente nuestras opciones?”

¿Valentía o cobardía? y/o también ¿generosidad o egoísmo? como he leído en el blog de Alicia Pomares (@AliciaPomares). ¡ Qué complicado!  ¿verdad?

Hoy comentaba en el post de Francisco Alcaide (@falcaide) “No es lo que dices es lo que haces” , (que es de esos post que remueven conciencias), lo siguiente:

“Cuando me he sorprendido a mi mismo en un renuncio me he avergonzado mucho de ello y, o lo he corregido, o he afrontado las consecuencias. Tendemos a fallar más que una escopeta de feria. No fallamos sólo a los demás, nos fallamos a nosotros mismos. Nuestra coherencia es limitada tanto externa como internamente. En cuanto nos descuidamos un poco "nos la trabajan". Nuestra debilidad, soberbia o miedo nos pueden llevar a la contradicción. También las circunstancias.”

Hay tres niveles para mi:
 

Equilibrio entre lo que dices y haces,
(vas bien) 

Procuras hacer lo que dices,
 (progresas adecuadamente)

Dichos y hechos están en distinta frecuencia, 
(háztelo mirar)

Luego para cambiar el modelo como apuntaba MaS y no “revivir el día de la marmota” deberíamos empezar a desarrollar nuestro propio “modelo”, a ajustar nuestras frecuencias internas y externas o si lo preferís en versión MaS, tomar conciencia social e individual.

Hay gente que prefiere hundirse, no intentarlo e incluso arrastrar a los demás antes que luchar, cambiar, sacrificarse o experimentar, porque sólo cree en su mejor ayer. Gente que se queja o pasa , que dice lo que hay que hacer pero ni lo intenta; o que está de mal humor todo el tiempo, o que para lo bueno si se apunta y para lo malo dice eso de ” yo no he sido, no es mi culpa”.

Pero tampoco hay que enfadarse por ello, el alma obra de forma diferente en cada uno de nosotros y no podemos pretender que la gente se ajuste a lo que creamos.  Hace dos años publicaba el post ¿A ti qué te mueve? El motor de nuestras vidas.  En él escribía sobre la automotivación, sobre la fuerza de voluntad, sobre el miedo, la derrota y sobre cómo más o menos llevarlo bien cuando las cosas no son como queremos.

Pero claro, muchos tienen desajustado su propio motor o directamente ni lo tienen lo que les lleva a agarrarse a la barca y pegarse cual lapa a la espera de que la tormenta escampe. 

Desajustados, ya digo.

Feliz día

sábado, 17 de septiembre de 2011

Desajustados

Jerash - Jordania 
Me gusta leer los análisis económicos que hace Fernando Rodríguez de Rivera (@FernandoRRivera) en El disparadero. Para una persona como yo, que de conocimientos económicos ando justo, es como si asistiese a una clase magistral. Explica las cosas de una forma sencilla y amena que me permite entender más o menos cosas que se me escapan. Leyendo alguno de sus post uno pensaría que el mundo, en general, y España en particular tarde o temprano unos u otros, o todos, nos iremos a tomar por saco. Quizá no le falte razón.

Por otro lado, mi admirado José Luis Montero, (JLMON53) en el Viajero accidental, publicaba un magnífico post “Tiempo de cobardes” en el que decía que “no existen optimistas o pesimistas mal informados. Tan sólo cobardes acomodados o valientes inspirados en el sacrificio”.

También el amigo Josep Julian (@josepjulian) en la Inteligencia de las emociones comentaba que convenía distinguir entre cambio y transformación, o entre acomodo a una nueva realidad o construcción de una nueva realidad de la que se desconoce todo o casi todo. Muy recomendables sus últimos post.

Dándole una vuelta a los tres artículos todavía me pregunto ¿cómo es posible que todavía no seamos capaces de admitir que el mundo comienza a existir un nuevo “modelo de negocio”? ¿cómo es que aún no hemos aprendido a caminar con esta incertidumbre atenazadora y agotadora que no ofrece respuestas precisas ni tranquilizadoras, sino más bien que demanda y exige cambios? ¿Cómo es posible que nos estemos lamentando de nuestra suerte cuando la lógica de la historia y de la condición humana nos ha demostrado que las seguridades y los acomodos han sido el origen del fin de pueblos y civilizaciones?, (aunque también por el rebote del personal menos afortunado o más machacado, o por la ambición de todos).

Tampoco ayuda que la pirámide social siga siendo básicamente la misma en todas partes: en lo más alto la religión, la ideología o la herencia tribal; un poco más abajo los guerreros o funcionarios que cuidan del sistema implantado por los primeros. Casi igualados ya a los segundos, los comerciantes que quieren escalar en la pirámide social caiga quien caiga y, por último, aquellos que tocan la materia prima la trasforman: (agricultores, obreros, mineros …) y que son los que más difícil lo tienen para mejorar su situación porque mucho no depende de ellos. Esto suele ser así en casi todas las culturas y países.

Antes, el mundo era más ordenado, más predecible y más fácil.  Al menos para quien lo controlaba, bien por las ideas, bien por la fuerza o por ambas.  A medida que el mundo se iba globalizando más (de esto hace ya miles de años, no es nuevo) se han ido produciendo desajustes en la sociedad. Lo que ocurre, desde mi punto de vista, es que no nos hemos dado cuenta de ello o no hemos querido verlo.

La sociedad, las civilizaciones, siempre han crecido a costa de otras. Es decir, para que unos estuviesen bien otros tenían que estar mal.

De ahí, las guerras, la esclavitud, el colonialismo, la estafa, la usura o la especulación, cosas que nos incomodan… que en realidad son el resultado de lo que somos, de lo que hacemos y nos hemos buscado. 

Desajustados porque no creemos en el modelo actual y exigimos un mundo más justo, solidario y mejor - pero para nosotros, para los que aún tenemos una posibilidad donde caernos muertos -, al tiempo que permitimos que otros todavía lo pasen peor. 

Nos importan nuestras condiciones de trabajo pero nos da lo mismo lo que le paguen a un trabajador que cose nuestros zapatos, ensambla nuestros aparatos tecnológicos… Hablamos con una soltura tremenda de los derechos humanos, nos escandalizamos con cualquier “soplapollez” de programa de corazón pero nos hacemos los “longuis” con los problemas de fondo que tengan otros mientras podamos consumir todo lo que alimenta nuestro ego. 

Somos solidarios express, de manifestación que no coincida con el fútbol, de “We are the world” y caras compungidas cuando hay una cámara enfocando; de ciscarse en las multinacionales cuando somos los que las alimentan, y formamos, nos guste o no, parte de ellas. Todos trabajamos en ellas y para ellas aunque no lo creamos.

Desajustados porque, como apuntaba Josep, no es lo mismo cambio que transformación. Nuestros deseos podrán ser buenos pero nuestras esperanzas serán nulas mientras sigamos con los mismos hábitos, y en lugar de hacer las cosas con y para el hombre sólo las hagamos contra el hombre. Esto se nos ha ido de las manos y para solucionarlo lo primero que tendremos que hacer es intentar ajustarnos. Cada uno en la medida de su mente y de su corazón.

Feliz día


   

jueves, 15 de septiembre de 2011

Estela de arena y rajputas


Jodhpur - India

Tercer post sobre Soul India en el que cuento como los viajes, al menos a mí, hacen reflexionar y mirarnos dentro. Dejamos descansar este diario de viaje y la semana que viene otros temas y post.
Feliz fin de semana

Habíamos madrugado. Nos esperaba un largo trayecto de cinco horas, cinco horas de reloj de arena, cinco horas indias. Nos alejábamos del desierto. En el coche, con un aire acondicionado puesto a máxima potencia que congelaba —quitarlo era peor—, intentaba recordar las experiencias que había vivido los últimos días. Era muy afortunado. Estaba consiguiendo realizar uno de esos viajes que al regresar se añoraban, un viaje que marcaba, un viaje ideado con el alma. 

En los días que llevaba, ya me había perdido y encontrado a mí mismo varias veces: despistado que es uno. Uno creé que todo lo tiene controlado, que sabe cómo es. Ocultamos nuestras debilidades, inventamos nuestras fortalezas, nos mostramos seguros, «a mi no me afecta nada», soy un tipo duro. Actuamos según el público, somos gregarios para no ser rechazados, y nos avergonzamos de ser lo que somos: muy español, muy humano. Y, cuando te alejas de todo eso, cuando eliminas ruidos y ves la vida con una perspectiva de desierto, te das cuenta de que las cosas que te preocupan, muchas veces no merecen la pena porque están manejando tus pensamientos como el viento maneja la arena del desierto. En esos momentos debes ser tormenta, un huracán de arena que apenas deje una estela; por aquello de que siempre algo queda.

Aunque en ocasiones pensaba que me hubiese gustado compartir el viaje con alguien, creo que India es un país para descubrirlo solo o con personas que sepan sacar partido a la vida, que no les importen ni las incomodidades ni los horarios ni los contratiempos y, sobre todo, no estén buscando referencias inexistentes tal y como decía el Sr. Singh: personas capaces de ser tormenta.

Abandonaba un desierto de mil rostros, de miradas reflexivas, de niños corriendo hasta el último pozo, de mujeres de colores moviendo el viento, de rebaños de cabras y ovejas concentradas. Me alejaba de días de camellos, de rutas de la seda, de cargamentos de especias y noches nacidas del lamento de una flauta y ritmos de una tabla. Algún día volverían las caravanas, algún día Scherezade y, ese día, yo estaría allí. Todo esto cavilaba cuando arribamos a Jodhpur tras dejar mi propia estela de arena. 

Jodhpur es una de esas ciudades del Rajastán que pueden pasar desapercibidas si uno se ciñe a los circuitos más turísticos. No es tan mítica como Jaisalmer ni tan romántica como Udaipur ni tan monumental como Jaipur; pero sin lugar a dudas merece una parada y fonda. 

Una de las características de las ciudades del Rajastán es la existencia de fuertes en las ciudades más importantes: fuertes que servían, en muchos casos, para protegerse de las continuas invasiones, enemistades y rivalidades provocadas por las rutas de las caravanas. Bastiones que mostraban el poder de unos reyes rajputas que vivían de los impuestos que cobraban a los mercaderes por pasar sus territorios. En el caso de Jodhpur, el fuerte Meherangarh que corona la ciudad ofrece unas vistas espectaculares del barrio azul y otras áreas de Jodhpur; un mirador que se precipita a un abismo de casas bajas donde poder observar detalles de la vida de los maharajás, de estos reyes rajputas que se creía, eran descendientes directos de los dioses. 

Actualmente los maharajás han perdido parte de su poder, pero siguen de alguna manera gobernando las ciudades. La sociedad rajastaní es una sociedad extremadamente cerrada, anclada en machistas costumbres y tradiciones, en la que cualquier idea sobre las igualdades es evitada y rechazada: otra paradoja más de una India que se muestra amable y comprensiva con las ideas ajenas, pero hermética con las propias. 

Con la creación del actual Estado Indio, el poder de los maharajás, aunque siguen siendo los dueños de las tierras, ha quedado disminuido. Aún así, continúan siendo respetados, temidos y venerados por los habitantes de las ciudades. Antes eran reyes en su tierra. Hoy, además, son empresarios o viven de las rentas, pero en cualquier caso siguen teniendo una influencia política y social enorme. Desde luego, ya no se repiten las escenas que en cualquier palacio puedes ver sobre tapices y pinturas en miniatura, en las cuales se los ve cazando o en escenas de la vida cotidiana mostrando toda su omnipotencia. 

Las vistas del fuerte desde Jaswant Thanda, un pequeño templo de mármol construido a la memoria del rey Jaswant —un rey bueno por lo visto— dejaban en la retina una sensación de temor y respeto, de vasallaje hacia el maharajá. El atardecer en el templo ofrecía un necesario respiro al ajetreo de los mercados y calles: si uno no quiere volverse loco en la India, precisa de lugares donde poder sentarse tranquilamente y disfrutar de unos momentos de calma.
Decidido a relajarme, me senté en una posición parecida a la del Loto —lo único que tengo flexible es el cerebro y no siempre—, y estuve meditando un buen tiempo sobre un mármol que se templaba con el día, dejando volar la imaginación mientras, con los ojos cerrados e interiorizando el fuerte escuchaba, lejano, el bullicio de la Ciudad azul.
 

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Lluvia en Amritsar


Amritsar India
Continuamos con Soul India. Hoy cuento la experiencia de un día en Amritsar, en el Punjab indio, cerca de la frontera con Pakistan y lugar de peregrinación Sij.  Un día en el que el monzón hizo de las suyas calando por igual lugares y personas. Incluido un servidor.

Amritsar me estaba encantando. Supongo que, templo Dorado aparte, el que no te abordasen ni te diesen la brasa —la gran brasa india— contribuía a ello. Se podía pasear sin ningún temor a ser interrogado de forma involuntaria; se podían examinar telas y chales sin una legión de curiosos alrededor; se podía, en fin, respirar. Marujeé un buen rato por el bazar textil, un enorme laberinto de telas estampadas que hacían complicada la elección. Los grandes y enormes rollos de las telas parecían apuntalar los muros y tabiques del bazar. En mi vida había visto tal cantidad de comercios que vendiesen lo mismo. En el lugar más recóndito, encontrabas un tenderete, una galería sin salida en la que se exponían los más variados tejidos que yo suponía podían vestir a media India. Me adentraba en las tiendas y allí, medio tumbados sobre un suelo enmoquetado de sábanas, el dueño y yo comentábamos las calidades, los precios, las posibilidades de los lienzos, en tanto que un empleado se afanaba en desenrollar los grandes cilindros de mil colores y motivos extendiéndolos por el local: «que no te convence esto, ¡niño, trae los chales!», vociferaba el dueño, contento de tener un cliente extranjero, un cliente de postín: un «mirlo blanco» en su establecimiento con el que haría el día. 

Me divertía muchísimo: fingía entender, ser un experto en materia textil cuando la realidad es que me costaba diferenciar las calidades: la experiencia de haber visto y sobado telas en otros lugares, junto con el análisis de los gestos del dueño y del personal, que a mis comentarios cambiaban el semblante, me ayudaban a decidir. A veces no era suficiente y, si no timado, seguro que alguna vez me llevé algo bien pagado. 

Así transcurría la mañana, feliz de estar en una ciudad amable en la que la gente ofrecía su hospitalidad desinteresadamente. Cuando abandoné el templo Dorado y antes de perderme en el Bazar, callejeé por los suburbios próximos al centro de la ciudad, mirando los oficios, escuchando los trabajos, viviendo la ciudad. Descansé en una carpintería que olía a viruta y goma fresca; charlé, sin saber cómo, con un sastre que no sabía inglés y bebí agua en un pequeño puesto donde el propietario y sus amigos me quisieron regalar chocolatinas y otras chucherías como muestra de hospitalidad: tenía mi propia pandilla india. El día era perfecto. Me encontraba muy bien.

Había quedado con el dueño de la tienda en recoger mis compras al día siguiente: no es práctico patear una ciudad cargado de bolsas y menos, en ciudades donde el espacio para pasar en determinadas calles es para dos personas o una vaca. De todos modos en Amritsar se veían pocas.

Las nubes comenzaron a descargar agua. Primero, unos gotitas, luego un chaparrón y finalmente la lluvia del monzón en todo su esplendor. Al principio, no había dado mucha importancia a la lluvia. Me encontraba cerca del bazar textil, fisgando en un entramado de callejuelas donde se vendían cacharros de menaje, pucheros de cobre y metal, y no imaginaba, que el aguacero durase más de quince minutos. Sin embargo, la lluvia seguía cayendo, y busqué refugio en un portalón de una casa abandonada. Pasó una hora, pasaron casi dos, cuando viendo que no paraba de llover, decidí regresar al hotel. Como no tenía ni idea de dónde me encontraba, me metí por la primera calleja que tenía más de tres metros de anchura. Estaba inundada, viré en la siguiente; también. Regresé chapoteando sobre mis pasos, explorando nuevas calles por las que poder escapar; pero estaban anegadas.

Volví a la casa abandonada y esperé un tiempo más. Fue peor: la riada de agua amenazaba con llegar a mi arruinada guarida. El nivel de las aguas iba subiendo hasta originar pequeñas «Venecias» sin góndolas, pero con mendrugos de una porquería que navegaba incontrolada, de «rafting», en los canales formados por la tromba de agua. Había leído en el Times of India que en una zona del norte de India habían muerto cuarenta y dos personas por los efectos provocados por la lluvia. Y, en Amritsar, la lluvia iba a más. Como no quería ser número anónimo de portada de periódico, salí de allí hundiendo mis piernas en un agua chocolateada que me llegaba por encima de los tobillos: conseguí alcanzar una pequeña glorieta, en la que un «todo terreno» remató la faena equilibrando, en un derrape que hizo de surtidor con chorro a presión, la cantidad de agua en mi cuerpo. Mi cuerpo cada vez era más blanco, más grimoso; era agua vestida.

Derrotado por la lluvia, convencí —en realidad fueron mis rupias— a un conductor de auto rickshaw para que me llevase al hotel. Encerrado en el vehículo, al que habían colocado en los laterales dos trapos hechos jirones a modo de cortinas, pude observar que toda la ciudad era un parque acuático y la entrada del hotel, una laguna. Desembarqué como pude por una puerta lateral, con el agua por encima de las rodillas. 

Ya en mi habitación, tomé una ducha caliente. Me puse cómodo. Con un cuerpo menguado, fofo y estriado, telefoneé al servicio de lavandería y al de habitaciones. Sabiéndome seguro, mientras sorbía el humeante té, reflexioné sobre el día, llegando a la conclusión de que a veces es necesario hundirse para poder reflotar, en lugar de esperar que los problemas se resuelvan por sí solos, que amaine el temporal.

Porque en la vida, el sol no sale ni al mismo tiempo ni para todos por igual.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Estación de Satna

Estación de Satna - India

Como esta semana la tengo un poco complicada iré dejando post sobre Soul India. En esta ocasión carretera, paisajes, estaciones de tren y sobre todo personas.

Feliz martes

A las siete de la mañana me estaban esperando ya mis nuevos compañeros de viaje. Había alquilado un coche para ir hasta Satna, donde tomaría el tren a Varanasi, y aunque en principio tenía pensado hacerlo en autobús, los horarios de éstos impedían cualquier conexión con el expreso Bombay–Varanasi, tren en el que había conseguido una plaza.

Así que allí estábamos los tres: el conductor, el dueño del coche y yo dispuestos a hacer un viaje de ciento treinta kilómetros por una carretera que ellos mismos catalogaban como infernal, con tramos en muy mal estado. El coche, un Ambasador sin aire acondicionado, sin cinturones de seguridad; con el cuentakilómetros e indicador de velocidad estropeados. El conductor, muy joven, estaba más asustado que yo. En ese escenario, sólo faltaba la «L» para que me hubiese bajado en ese momento.

El sonido ronco y sucio del motor tampoco acompañaba, haciendo constantes amagos de griparse en cualquier cuesta de la montañosa carretera. Contra todo pronóstico, el viaje fue muy placentero: la temprana hora de salida evitó encontrarnos demasiados camiones, lo que tranquiliza bastante cuando se circula en la India. Atravesamos el Parque Nacional de Panna, una reserva de tigres cuyo paisaje podría haber sido perfectamente el de El libro de la Selva.

Al bajar del parque, paramos para revisar el coche: el esfuerzo de la subida había calentado demasiado el motor. Aprovechamos también para fumar un cigarro de carretera y descansar un rato de los continuos baches que habíamos soportado. Por lo visto, quedaba lo peor, me decía Hussain, el dueño del coche, moviendo la mano derecha de una forma que anunciaba un cuerpo envejecido. El mío.

Durante más de veinticinco kilómetros fuimos dando botes: socavones, baches, pistas de tierra y asfalto envejecido impedían que el coche se moviese con normalidad. La llegada a Satna, una antipática ciudad industrial, se convirtió en anhelado alivio para nuestros cuerpos, a pesar de soportar la hora punta de una ciudad que era imposible de manejar por la misma policía de tráfico. 

Como aún tenía tiempo antes de tomar el tren, invité a mis acompañantes a un refresco en un dhaba situado a escasos cincuenta metros de la estación. El dhaba tenía un suelo pegajoso por los restos de comida que habían arrojado anteriores clientes. El «zumbivuelo» continuo de las pesadas moscas no invitaba a la conversación. Apuramos nuestras bebidas en menos de dos minutos, y me despedí de ellos para recordar lo que era la espera en una estación.

Las estaciones de tren siempre me han gustado; a diferencia de los aeropuertos tienen vida. Son más cercanas, más humanas. Son hierro y piedra, olor a sol contaminado por fuego de fábrica; grasa ferroviaria que hierve en los raíles y que impregna los andenes de melancolía.

Al llegar a la estación de Satna, intenté averiguar de qué anden salía mi tren. Era imposible, no entendía el hindi. Afortunadamente, el número del tren aparecía disimulado entre las letras de un cartel escrito en sánscrito. Poco a poco, me fui hacía al lugar, y descubrí un panel informativo traducido al inglés en el que se anunciaba el retraso de mi tren. Solo una hora. Busqué un hueco donde poder sentarme y dejar una mochila que empezaba a pesar de polvo y arena; pero no encontré un sitio ni en el suelo. Vagué con mi carga por todos los rincones de la estación, y me angustié viendo las caras agotadas de la gente que esperaba trenes que seguramente nunca llegarán a coger.

Estas almas han creado un hogar en los andenes, un hogar inmóvil donde habitan la miseria y famélicas figuras que huelen ya a cadáver. Lisiados por errores que no cometieron, peregrinos de dioses sin memoria, viven melancólicos la hora de escapar de los andenes de la pobreza. Sentados como los monos, te recorren con la mirada de la desesperación. Se arrastran hacia ti con un gesto de pintura de Goya, pidiendo, temblorosos, una moneda con la que poder llenar una mano de comida.

Los viajeros deambulaban con enormes bultos y maletas viejas, maletas que se hicieron cuando el mundo era en blanco y negro, mientras un megáfono ronco avisaba de las próximas llegadas y salidas. Las moscas completaban el decorado. Conseguí aposentare en un banco de piedra, entre dos indios que dormitaban la espera de su tren. Inmediatamente y frente a mí, se colocaron tres o cuatro hombres que me fijaban en su mirada. Sólo me miraban de arriba a abajo, de abajo a arriba preguntándose, supongo, qué carajo hacía allí. Cuando intentaba hablar con ellos, tímidos, bajaban la cabeza. No sabían inglés, nunca lo aprendieron y tampoco lo necesitarán. Llegaba un momento en el que tenías la sensación de ser una atracción de feria y cerrabas los ojos para desaparecerlos.

Era casi la hora de subir al tren. Los moribundos aguardaban bajo el sol su cita con la muerte. Su cita en Varanasi. 
 

Soul Business

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