miércoles, 29 de febrero de 2012

Templo de Nathwara


Templo Nathwara - Rajastán

Una de las cosas más fascinantes de India son sus templos. Ya os hablé aquí de El templo de las ratas. Hoy, lo haré del de Nathwara, y de lo que allí me ocurrió: uno de esos días de emociones fuertes.  

Me había preguntado Dinesh día atrás si no me importaba que su mujer y su hija pequeña nos acompañasen desde Udaipur a Ajmer, donde ellas tomarían el autobús hasta Jaipur. Le dije que sí, y allí estaban los tres, esperándome en la puerta de la haveli para arrancar. La mujer, muy bajita, muy tímida, sin mirarme nunca directamente a los ojos ni acercarse demasiado a mí. La niña, más curiosa, me miraba con la cabeza inclinada y las pupilas hacia arriba: ¿Por qué los niños miran así...? De vez en cuando se dirigía a su padre para comentarle cualquiera de mis movimientos.

Dinesh, que generalmente no hablaba cuando conducía, ese día habló mucho más, pero pienso que fue porque quería demostrar a su mujer que él hablaba inglés. Y la realidad es que no tenía ni pajolera idea. Yo no sé mucho, para ir tirando, pero es que lo que él hablaba, lo hablaba mal y con acento hindi: muchas veces no me enteraba de nada y tenía que preguntarle varias veces, cosa que no me ocurrió con otros indios que hablaban inglés. Es más, algunos decían que yo lo hablaba bien: ¡Qué cachondos!; y, además, ¡pelotas!

India no es un cajón de sorpresas: es la sorpresa constante. Visitando el templo de Nathwara, un templo dedicado a Krishna, tuve otra de esas experiencias que algunos calificarían de místicas, pero que yo las clasifico del tipo ¿dónde me he metido?

Según la leyenda, y la India es historia escrita en la leyenda, una imagen de Krishna estaba siendo trasladada desde Mathura a Udaipur y el carro que la transportaba quedó hundido en el fango. Esto fue interpretado como una señal y entonces construyeron el templo de Nathwara. Así de sencillo. ¿Para qué adornarlo?

Al final, todas las religiones tienen sus milagros y hechos transcendentes.
Para visitar el templo contraté a un fulano que, por supuesto, no sabía inglés y se tenía que apoyar en Dinesh para la traducción. En ocasiones, no sé por qué, entendía lo que quería decir y no sé hindi. Milagros de la comunicación.

A la entrada del templo, y tras dejar los zapatos, me rodearon nuevos mendigos —mendigos de siempre—, gente hecha polvo que se llevaba la mano a la boca en señal de petición de dinero: deformes, humildes, expresivos, sinceros, los mendigos de la India viven la vida a ras de suelo, como si su condición de casta baja no les permitiese levantarse más que para suplicar unas pocas monedas.

A mí con los mendigos, con los niños, con la gente que pide, se me puede dilatar o contraer el corazón en cuestión de segundos. Dependiendo del instante puedo ser desproporcionado llenando las manos de monedas o negarme en rotundo a dar una mísera rupia: llega un momento que no puedes repartir limosna a todo el que la pide. Me gustaría en esos momentos tener sacos en lugar de bolsillos, sacos llenos de monedas que no se vaciasen nunca; pero lo que no puede ser, no puede ser.

Cuando me estaba descalzando sentado en el suelo, me acordaba del templo de las ratas, y la limpieza de éste no era muy diferente, por lo que al quitarme los calcetines me dije: ¡De perdidos al río otra vez! Al principio me sentía incómodo caminando descalzo por el templo, pero a medida que andaba sobre el negro gris pavimento, me sentía mucho mejor. Una sensación rara, de libertad, de energía. Visité todas las dependencias, incluso las oficinas del templo donde se administraban las donaciones que se hacían con dinero, con alimentos, aceite, leche...

Y hablando de leche, reconozco que soy una de las personas más torpes del mundo y que puedo crear situaciones absurdas o divertidas según se mire. A mi gran capacidad para tropezarme con cualquier obstáculo, asunto que a los que lo ven les suele producir una profunda hilaridad, y que personalmente no me hace mucha gracia; pero que tan poco doy demasiada importancia —toda vez que puedo hacer feliz por unos momentos a la gente— se une ya la torpeza en estado puro, que en el templo de Nathwara estuvo a punto de crear un conflicto de religiones o, cuanto menos, un total desprecio por parte de los numerosos hindúes que vieron la escena. Mientras visitaba el templo, y antes de esperar cerca de una hora para la ceremonia final de la adoración a Krishna a la que asistiría —no me la podía perder, repetía Dinesh—, se me acercó un hombre con una especie de vasija o cántaro similar al que llevan los Shadus para solicitar su óbolo. Me habló en hindi como si yo fuese un experto en la lengua local. Ante la insistencia de lo que yo entendí como una petición formal y en toda regla de una donación para el templo, accedí a echarle unas monedas en la vasija, que en lugar de contener monedas, contenía ¡leche! Ver la cara del tío y después la mía debió ser todo un poema: él miraba consecutivamente al interior de la vasija y a mí, con movimientos de cine cómico —de Harold Lloyd y Buster Keaton—, con una expresión parpadeante en su rostro que no creía lo que acababa de ocurrir; era imposible que hubiese sucedido. Yo, por mi parte, mantenía una cara de ojos agrandados, cándidos, que suplicaba perdón por la metedura de pata, aunque confieso que a punto estuve de partirme de risa cuando vi como intentaba sacar las monedas pescándolas una a una, mientras un improvisado ayudante sujetaba la vasija. Afortunadamente no se lo tomó muy mal: los indios son muy pacíficos.

Conseguí saber que lo que estaba pidiendo era dinero para llenar la vasija de leche y ofrecerla al templo. Aclarado el malentendido, y después de rellenar el recipiente, fuimos juntos agarrando conjuntamente la vasija al lugar donde en enormes cántaros —cántaros de los de lechero antiguo— se vertía la leche de las ofrendas para su posterior reparto. Para rematar la faena, nos hicimos una reverencia de despedida que acabó en choque de cabezas, mutua disculpa y contradicción. 

Un poco confundido por lo que había ocurrido, y antes de poder asimilar lo que había pasado, Dinesh me llevó al lugar donde se hacía la puja, ofrenda o saludo a los dioses: en muchos templos visten, enseñan, pasean y acuestan a los dioses. Algo parecido a lo que hacían en España las mujeres solteronas, y cuya tradición se está perdiendo, excepto en algún pueblo o donde existen imágenes muy veneradas; solo que en los templos hindúes, son los sacerdotes del templo.

El caso es que, de repente, nos vimos absorbidos por una multitud enfervorizada que nos adentraba en el templo sin posibilidad de huida, sin posibilidad de marcha atrás: éramos un inmenso puzzle formado por músculos y huesos que resbalaban por el sudor de unos cuerpos cada vez más histéricos. Sentí miedo: las avalanchas nunca me han gustado, y menos cuando uno es el único que mantiene la cordura y ve, impotente, como puede morir aplastado en un momento de exaltación de la fe. Afortunadamente, esta muestra de devoción no duró más de dos minutos y consistió, básicamente, en gritar y decirle cosas a Krishna. Vamos, como lo de ¡Macarena guapa!, pero en versión masculina e India.

Mientras Dinesh y su familia comían, me entretuve en ver cómo cocinaban en el restaurante —por llamarlo de alguna manera— donde almorzaron.

La cocina India se caracteriza por la rapidez en la preparación: primero fríen la cebolla, y luego, poco a poco, van añadiendo especias y otras verduras, dejando para el final el tomate y mezclándolo todo en menos de tres minutos. Mientras esto ocurre, en un horno Tandori, similar a una gran tinaja recubierta por todos lados, se van preparando los chapatis y algunas patatas. Los no vegetarianos hacen allí el famoso pollo Tandori: cocina india versión «fast food».

Antes de continuar nuestro camino di permiso a Dinesh para que fuese a comprar con su mujer. Yo necesitaba tiempo para digerir el Templo de Nathwara. 
 

lunes, 27 de febrero de 2012

Viajar es aprender: cuando los huipiles hablan.

Antigua - Guatemala

Seguimos con las respuestas de Viajar es aprender IV

El huipil es una vestimenta característica de las mujeres indígenas de Mesoámerica y, especialmente, del mundo maya. Consiste en una camisa o blusa bordada de coloridos diseños que originalmente se confeccionaba con henequén y algodón o, también, con lana y seda tras la llegada de los españoles.  El diseño de un huipil tiene que ver mucho con la identidad de cada pueblo. Gracias a ellos, se podía saber el lugar de origen o comunidad a la que pertenecía la mujer que lo llevaba. Esto, por ejemplo, les vino muy bien a los encomenderos y colonizadores españoles que de esta manera tenían controlados a sus esclavos y trabajadores indígenas.

Chichicastenango Guatemala 

El huipil además tiene un enorme significado. No se trata de una vestimenta más o menos colorida y bonita. En ellos se refleja las historias de los antepasados y la cultura de cada pueblo indígena al igual que la categoría social.

También guarda una relación con la cosmovisión maya por la cual todo está interrelacionado en el universo, de tal manera que la representación de  la mitología, de historias que cuentan el origen de la vida está presente en ellos.

Chichicastenango - Guatemala 

El huipil es una prenda utilizada sobre todo en las ceremonias y ocasiones especiales aunque algunas mujeres lo llevan a diario. Gran parte de los huipiles siguen tejiéndose en telares artesanales. Es un arte vivo que ha ido evolucionando con el paso del tiempo. Muchos de los elementos se han ido modificando como los colores, pero permanece la esencia.

De alguna manera, un huipil habla: desvela secretos, relata historias de pasado, del presente y del futuro, anhelos y esperanzas de un alma que los muestra para que sean leídos por aquellos que conozcan los códigos.

Feliz día


domingo, 26 de febrero de 2012

Esclavos de sí mismos


Cuando uno viaja en un transporte público debe guardar unos mínimos de urbanidad por el bien de todos. Es una cuestión de respeto, de empatía y, si me apuráis, de sentido común.

Sin embargo, existe una especie que abunda mucho: me refiero a los “ejecutivosagresivosqueimportantesoy” que viajan en las líneas de alta velocidad.

El viernes regresaba de Barcelona, y por enésima vez, cerca de mi asiento se encontraba uno de ellos: Hacer un viaje de cerca de tres horas con uno de estos sujetos a escasa distancia puede obligarte a colocarte los auriculares a un umbral de volumen que no moleste al resto, para evitar que te pongan la cabeza como un bombo o a rezar para que se les acabe la batería del móvil.

Se les reconoce fácil. Antes de que el tren se ponga en marcha ya han realizado un par de llamadas a su secretaria o al pobre de Gómez que se estaba frotando las manos con su ausencia. De nada sirve que por la megafonía se indique que se baje el volumen de los móviles y que la gente se vaya a hablar a las plataformas: ellos suben el tono de su voz y no hacen, con perdón, ni puto caso a las sugerencias; también se les reconoce por la cara de mala leche que tienen o por el careto de desprecio que ponen cuando el auxiliar de cabina o azafata les interrumpe para ofrecerles una toallita, prensa o la revista Paisajes.

Yo entiendo perfectamente que se trabaje en el tren. Ese tiempo se puede aprovechar para adelantar tarea, terminar la pospuesta, pensar, organizar etcétera, pero esto ha de hacerse sin molestar a los demás, lo que no ocurre con estos sujetos que harán todo lo posible para que te enteres de los importantes asuntos que se traen entre manos.

El del otro día era pata negra. Comenzó en Barcelona y no bajó el tono de voz hasta pasar Guadalajara. De esta manera, pude enterarme de los márgenes de su producto, de quien era su competencia, de cómo se la iba a meter doblada a su cliente y del precio final por pieza que estaba dispuesto a ofertar si las cosas no iban bien del todo. La conversación era ágil, enérgica. Daba la sensación de que el tipo más que dedicarse a la ferretería (venta de tuercas en este caso) dirigía un Imperio de miles de empresas repartidas por todo el mundo y que el éxito de las mismas dependía de sus acertadas decisiones: era una máquina de hablar y de ordenar: era insufrible.

Al llegar a Madrid estuve pensando en él y otros fulanos parecidos. Tipos que confunden la pasión con la obsesión en el trabajo, que es origen de muchos males e insatisfacciones laborales; tipos que creen que cuanto más muestren su “productividad” llegarán antes a alcanzar una metas que la mayoría de las veces se reducen a un Audi nuevo, una buena cuenta corriente y que le reconozcan en un buen restaurante; tipos que no saben de discreción (en ese vagón podía ir un cliente o la competencia), que se pavonean de su poder, de sus contactos; de sus propias actitudes, de una imagen que tarde o temprano desaparecerá con un ERE o una nueva generación que hará los negocios de otra manera y les relegará a ese ostracismo y olvido inevitable al que lleva el paso del tiempo: eso si no mueren antes de un infarto, son abandonados por sus mujeres, o rechazados por sus hijos o los amigos.

Pensé en él, en ellos y más que desprecio lo único que me produjo fue lástima. La lástima que provocan las personas que son esclavas de sí mismas por elección, aunque se crean libres de hacer lo que les de la gana: como en este caso darnos la matraca a sus compañeros de viaje.

Una pena

martes, 21 de febrero de 2012

Mis 50 canciones favoritas de los Beatles.

The Beatles en Madrid
Como sé que entre varios de los lectores hay muchos a los que les gusta The  Beatles os dejo una recopilación personal sobre los temas que más me gustan. No necesariamente son los más famosos ni los mejores técnicamente.  Si no os gustan The Beatles podéis enviar directamente este post a la papelera de reciclaje o escuchar alguno de los temas menos conocidos por probar: si una cosa tenían era variedad de repertorio y recursos. También podéis aportar vuestros favoritos.  

Faltan dos repuestas a Viajar es aprender IV que las pondré la próxima semana

Feliz fin día

  1. Any Time At All
  2. A Hard Day´s Night
  3. No Reply
  4. I´m A Loser
  5. I Need You
  6. I´ve Just Seen a Face
  7. The Night Before
  8. Ticket To Ride
  9. Help!
  10. Norwegian Wood
  11. Nowhere Man
  12. Michelle
  13. Girl
  14. In My Life
  15.  And Your Bird Can Sing
  16. I´m Only Sleeping
  17. Eleanor Rigby
  18. Here, There And Everywhere 
  19. For No One
  20. Got To Get You Into My Life
  21. She Loves You
  22. From Me To You
  23. We Can Work It Out
  24. I Feel Fine
  25. Day Tripper
  26. Paperback Writer
  27. I Want To Hold Your Hand
  28. Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band
  29. Lucy In The Sky With Diamonds
  30. Getting Better
  31. She´s Leaving Home
  32. Within You Without You
  33. When I´m Sixty-Four 
  34. A Day In The Life
  35. I Am The Walrus
  36. Strawberry Fields Forever
  37. All You Need Is Love
  38.  Back In The U.S.S.R.
  39. While My Guitar Gently Weeps
  40. Blackbird
  41. Julia
  42. Hey Bulldog
  43. Hey Jude
  44. Something
  45. Here Comes The Sun
  46. Golden Slumbers
  47. Two Of Us
  48. Across The Universe
  49. The Long And Winding Road  
  50. Get Back


lunes, 20 de febrero de 2012

Viajar es aprender: Kafountine y las sardinas muertas




Hoy la segunda de las respuestas de Viajar es aprender IV, la encontrareis en el diario de viaje Toubab.

Humo, sueños y derrotas

Tras la lluvia decido irme a dar un paseo por el pueblo de pescadores. A ambos lados de la calle principal se suceden los secaderos de pescado. A la entrada de los mismos la leña se amontona en irregulares pilares. En el interior, en una especie de horno, la madera va quemándose generando un humo que ennegrece cuanto está a su alrededor. En la parte superior del horno algunos hombres van depositando el pescado que poco se va ahumando y secando.







El olor a leña quemada y a pescado lo impregna todo; también el del gasoil que desprende los camiones que se van abriendo paso para encontrar un lugar dond estacionar. A medida que uno permanece en la zona va notando como se agregan otros olores: el del barro mojado, el de las basuras putrefactas, el del agua estancada… Todo ello le da un cierto aire de guetto, de zona prohibida, seria y en absoluto bulliciosa; una imagen de Dickens en África.




Ya cerca de la playa, asoman tableros llenos de pescado seco o a medio secar: barracudas, rayas y otros, desconocidos completamente para mi. Van adquiriendo un tono ocre, un tono marrón como sí se tratase de pescado frito y refrito de horas.

A media tarde las barcas de pesca se van acercando a la orilla. Una hilera de hombres se adentra en el mar a su encuentro para descargar las cajas de pescado. Van sorteando olas y aguantando el vaivén de la marea. Es complicado mantener el equilibrio en esas condiciones. Muchos de ellos morirán en el intento ya que no todos saben nadar: un golpe de ola o un traspiés les puede derribar y llevarlos a una muerte segura.

Es un trabajo ingrato y mal pagado. Por cada porte que llevan a la orilla o los secaderos reciben 100 CFA, el equivalente a unos 15 céntimos de euro, en ocasiones algo más dependiendo de la distancia a recorrer.

El esfuerzo es brutal y se les ve corriendo por la playa a toda velocidad para realizar el mayor número de descargas: no hay trabajo para todos y los que más corren, los más espabilados más fuertes, conseguirán hacer el mayor número de viajes. En su mayoría son emigrantes: vienen de Ghana, de Guinea y otros países. También hay senegaleses, sobre todo del norte, pero no hay trabajo para todos.

Los menos afortunados esperan y esperan sentados en la playa, paseándose resignados por la arena o simplemente observando como las mujeres limpian el pescado y arrojan las vísceras sobre la arena: hombres que no hacen nada, no esperan nada y viven nada.
Kafountine no puede ofrecer trabajo a sus 16.000 habitantes. A lo sumo, según me cuenta Amador el dueño del hotel Mama María, la pesca podría dar trabajo a 5.000 personas entre pescadores, la gente que trabaja en los secaderos, los transportistas y los constructores de piraguas, pero no para todos.

Hay poca pesca, y cada vez menos. Los barcos europeos y japoneses mediante la compra de cuotas al gobierno senegalés están esquilmando el mar lo que provoca que cada vez la pesca sea cada vez más escasa.

Cuando salen todas las barcas y hay exceso de pesca, disminuye el precio de la mercancía aumentando las dificultades para todos.  Por lo visto, se estaba estudiando la posibilidad de que se estableciesen turnos de salida por días, aunque eso no garantiza en absoluto que el pescador salga a pescar pues los patrones organizan la marinería a su gusto y ninguno tiene el puesto asegurado.

Los ingresos se reparten como casi siempre: gran parte para el patrón, otra bastante más pequeña para los pescadores más experimentados y una porquería para los más jóvenes o los que empiezan, llegando en ocasiones su salario a consistir en unas cuentas piezas de pescado.






La sardina, que abunda, es uno de los pescados que carece prácticamente de valor y cuando es pescada es devuelta al mar ya muerta por los pescadores. Las mareas las llevarán hasta la orilla llenado las playas de cadáveres de sardinas en hileras que se pudrirán al sol. Los pescadores no las quieren y tampoco las buscan una utilidad para su transformación bien en conserva . bien para la fabricación de harinas: no existe una industria transformadora.

El genocidio se repetirá cada día. Solo los buitres parecen encontrar una utilidad al asunto. No parece haber demasiado interés en buscar una solución.

A continuación del pueblo de pescadores, Al principio de la playa y a escasos metros del hotel Mama María, y cerca de donde se encuentra una zona militar se construyen los cayucos que llevarán a los futuros pescadores a faenar en mar, a perder la vida persiguiendo el sueño de Europa o, los más afortunados, a alcanzar su puerta. España.

Los hombres trabajan, moldeando a golpes la madera, ajenos a todo conscientes de que lo que están construyendo en no pocas ocasiones no son barcos sino ataúdes.

domingo, 19 de febrero de 2012

Viajar es aprender IV: Funerales Toraja



Esta semana las respuestas a Viajar es aprender lV.

La primera pregunta estaba relacionada con las ceremonias que se celebran en la región Toraja, en Indonesia. La respuesta correcta era: Funerales, como alguno de vosotros comentasteis.



El sincretismo religioso está presente en muchas culturas. La Toraja es una cultura que fusiona elementos cristianos con otras creencias anteriores a la llegada de los cristianos a la zona. Como muchas otras culturas, el culto a los antepasados y a los espíritus esta presente en sus vidas. La muerte, el paso  entre lo humano y lo divino, es uno de los momentos más trascendentales en la vida de un Toraja. Según sus creencias, una persona no muere hasta que se celebra su funeral y, éste, debe ser lo más fastuoso posible dependiendo de la posición social y económica del finado.



Así, pueden pasar meses y años hasta que la familia ahorre lo suficiente para realizarlo. Mientras tanto, el cadáver es embalsamado y alojado en la parte meridional de Tongokan, (típicas construcciones que asemejan la forma de un barco) donde es visitado por familiares y amigos que incluso le llevan agua comida.



El funeral, cuyo objetivo es que el espíritu del difunto transite de la mejor manera posible al más allá. Suele celebrarse entere los meses de julio y septiembre tras la cosecha (aunque se hacen durante todo el año): puede tardar meses o años en realizarse, pues supone uno de los mayores desembolsos a los que se enfrentan los familiares: de hecho, leí en un periódico que, de alguna manera, querían limitar la grandeza de los fastos, especialmente lo referente a la compra de búfalos, debido a que muchas familias se endeudaban de tal manera que luego no podían hacer frente a los gastos.



En el funeral, que puede llegar a durar varios días, se sacrifican búfalos, cerdos, se ofrece fruta, vino de palma y se celebran varios banquetes para los asistentes. Hay baile, cánticos, juegos y tienen un aire festivo. Incluso, hay una especie de maestro de ceremonias que, micrófono en mano, según me contó uno de los invitados, narra cosas sobre la vida del muerto y nombra a las familias asistentes y las aportaciones que han realizado.



Los invitados, después de dejar sus presentes y saludar a las familias, son ubicados, según su importancia, en barracones construidos para la ocasión, donde charlan, comen o beben. 



Frente al Tongokan, aunque no exclusivamente, se sacrifican los animales y los matarifes van cortando la carne que luego será repartida entre los asistentes que la cocinarán de diferentes maneras. Recuerda un poco a las matanzas que se realizan en numerosos pueblos de España.



Sin duda es una ceremonia digna de ver. Un día de estos ampliaré toda la información y lo contaré tal y como lo apunté en mis notas de viaje. También lo que ocurre después del funeral.

Feliz día 

jueves, 16 de febrero de 2012

Viajar es aprender: cuarta entrega.

Hacía tiempo que no publicaba un post de esta serie. Hoy lo hacemos con un cuarta entrega.

La foto corresponde a una de las múltiples celebraciones que se realizan en la región Toraja, en la isla de Sulawesi, en Indonesia,  que atraen a numerosos visitantes. La pregunta es. ¿Sabéis que tipo de ceremonia se celebra?

Región Toraja - Indonesia 

Esta impactante fotografía está tomada en Kafountine, en la región de Casamance en Senegal. Durante mi estancia en esta localidad, la playa amanecía con miles de sardinas muertas. Un auténtico desastre. ¿Podríais indicar la razón?

Kafountine Senegal 

La foto pertenece a Chihicastenango, en Guatemala. Se trata de un puesto de telas. Las mujeres que están de espaldas lucen coloridos huipiles, vestimenta tradicional de las mujeres. Dependiendo del lugar se utilizan unos colores u otros. ¿Cuál es la razón de ello?

Chichicastenango Guatemala

Para terminar, una fácil. Nuestros vecinos portugueses adoran el Bacalao. Lo preparan de mil formas y se podría considerar el plato nacional del país. ¿cuál es el origen de esta afición? y otra para rematar. ¿Cual es uno de los platos más típicos de Oporto?

Oporto - Portugal

Feliz día

lunes, 13 de febrero de 2012

El peligro de los círculos

El hombre es un ser sociable que tiende a agruparse en círculos. Hay círculos de amistades, empresariales, religiosos, de confianza, de lectores,  etcétera. Cada uno de nosotros pertenecemos a uno o varios por diferentes motivos.  En teoría, pertenecer a uno o a otro es una decisión voluntaria. Podemos elegir a cual pertenecer. Sin embargo, esta elección no es tan voluntaria como parece.

Hay tres formas de entrar en un círculo. La primera ya la hemos comentado: por decisión propia. La segunda, por herencia o imposición, y la tercera por inducción o necesidad. Dependiendo del tamaño o lo cerrado, en el sentido de número de personas que pertenezcan a el y de lo hérmetico que pueda ser o lo que es lo mismo, de las “obligaciones” o “compromisos” que hayamos adquirido en el círculo, nos será más o menos fácil salir, entrar, crecer o involucionar: ser nosotros o estar apresados en él. Estar confortables o no.

En el primer y segundo caso es relativamente sencillo manejarse en ellos y, si llega el caso, darse el piro vampiro. En el tercero, en el que muchas veces se entra de forma suave y sin darse cuenta, es más complicado al tratarse de círculos que van enganchando hasta debilitar, modificar o anular el pensamiento propio que acaba poniéndose al servicio del objetivo final del círculo.

No, no estoy hablando de las sectas, que son círculos “heavy metal” en los que la persona deja de ser tal para convertirse en un recurso. Me refiero a esos círculos que se anhelan, se desean o que tienen que ver bastante con el status, el poder, la fama,las apariencias y el dinero: estos si son peligrosos.

A algunas personas les mata como ocurre con alguans estrellas del show business, a otras les convierte en juguetes rotos, a otros corrompe y a otros les convierte en tiranos o símplemente seres insufribles, cansinos e inaguantables. Ejemplos hay a montones: no hay más que leer la prensa o mirar un rato la televisión.

Y lo malo, es que nostros mismos podemos entrar en uno de esos círculos si no estamos avispados, como le ocurrió al protagonista de este conocido cuento.

Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente, que como todo sirviente de rey triste, era muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey cantando y tarareando alegres canciones. Una sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre. Un día el rey lo mandó a llamar:

- Sirviente -le dijo- ¿cuál es el secreto?
- ¿Qué secreto, Majestad?
- ¿Cuál es el secreto de tu alegría?
- No hay ningún secreto, Alteza.
- No me mientas, sirviente. He mandado a cortar cabezas por ofensas menores que una mentira.
- No le miento, Alteza, no guardo ningún secreto.
- ¿Por qué está siempre alegre y feliz? ¿eh? ¿Por qué?
- Majestad, no tengo razones para estar triste. Su Alteza me honra permitiéndome atenderlo. Tengo mi esposa y mis hijos viviendo en la casa que la Corte nos ha asignado, somos vestidos y alimentados y además su Alteza me premia de vez en cuando con algunas monedas para darnos algunos gustos, ¿cómo no estar feliz?
- Si no me dices ya mismo el secreto, te haré decapitar -dijo el rey-. Nadie puede ser feliz por esas razones que has dado.
- Pero, Majestad, no hay secreto. Nada me gustaría más que complacerlo, pero no hay nada que yo esté ocultando...
- Vete, ¡vete antes de que llame al verdugo! 

El sirviente sonrió, hizo una reverencia y salió de la habitación. El rey estaba como loco. No consiguió explicarse cómo el sirviente estaba feliz viviendo de prestado, usando ropa usada y alimentándose de las sobras de los cortesanos. Cuando se calmó, llamó al más sabio de sus asesores y le contó su conversación de la mañana. 

- ¿Por qué él es feliz?
- Ah, Majestad, lo que sucede es que él está fuera del círculo.
- ¿Fuera del círculo?
- Así es.
- ¿Y eso es lo que lo hace feliz?
- No Majestad, eso es lo que no lo hace infeliz.
- A ver si entiendo, estar en el círculo te hace infeliz.
- Así es.
- ¿Y cómo salió?
- ¡Nunca entró!
- ¿Qué círculo es ese?
- El círculo del 99.
- Verdaderamente, no te entiendo nada -dijo el Rey-.
- La única manera para que entendieras, sería mostrártelo en los hechos.
- ¿Cómo?
- Haciendo entrar a tu sirviente en el círculo.
- Eso, obliguémoslo a entrar!!
- No, Alteza, nadie puede obligar a nadie a entrar en el círculo.
- Entonces habrá que engañarlo.
- No hace falta, Su Majestad. Si le damos la oportunidad, él entrará solo en el círculo.
- ¿Pero él no se dará cuenta de que eso es su infelicidad?
- Si, se dará cuenta.
- Entonces no entrará.
- No lo podrá evitar.
- ¿Dices que él se dará cuenta de la infelicidad que le causará entrar en ese ridículo círculo, y de todos modos entrará en él y no podrá salir?
- Tal cual. Majestad, ¿estás dispuesto a perder un excelente sirviente para poder entender la estructura del círculo?
- Sí
- Bien, esta noche te pasaré a buscar. Debes tener preparada una bolsa de cuero con 99 monedas de oro, ni una más ni una menos. ¡99!
- ¿Qué más? ¿Llevo los guardias por si acaso?
- Nada más que la bolsa de cuero. Majestad, hasta la noche.
- Hasta la noche.

Así fue. Esa noche, el sabio pasó a buscar al rey. Juntos se escurrieron hasta los patios del palacio y se ocultaron junto a la casa del sirviente. Allí esperaron el alba. Cuando dentro de la casa se encendió la primera vela, el hombre sabio agarró la bolsa y le pinchó un papel que decía: «Este tesoro es tuyo». Es el premio por ser un buen hombre. Disfrútalo y no cuentes a nadie cómo lo encontraste. Luego ató la bolsa con el papel en la puerta del sirviente, golpeó y volvió a esconderse. Cuando el sirviente salió, el sabio y el rey espiaban desde atrás de unas matas lo que sucedía. El sirviente vio la bolsa, leyó el papel, agitó la bolsa y al escuchar el sonido metálico se estremeció, apretó la bolsa contra el pecho, miró hacia todos lados de la puerta y entró a su hogar.

El rey y el sabio se arrimaron a la ventana para ver la escena. El sirviente ingresó presuroso a su hogar y con su brazo arrojó al piso todo lo que había sobre la mesa dejado sólo la vela. Se sentó y vació el contenido de la bolsa... Sus ojos no podían creer lo que veían. ¡Era una montaña de monedas de oro! El, que nunca había tocado una de estas monedas, tenia hoy una montaña de ellas! El sirviente las tocaba y amontonaba, las acariciaba y hacía brillar a la luz de la vela. Las juntaba y desparramaba, hacía pilas de monedas.

Así, jugando y jugando empezó a hacer pilas de 10 monedas. Una pila de diez, dos pilas de diez, tres pilas, cuatro, cinco, seis... y mientras sumaba 10, 20,30, 40, 50, 60...hasta que formó la última pila: ¡9 monedas!

Su mirada recorrió la mesa primero, buscando una moneda más. Luego el piso y finalmente la bolsa.

- «No puede ser», pensó. Puso la última pila al lado de las otras y confirmó que era más baja.
- Me robaron -gritó- me robaron, ¡malditos!

Una vez más buscó en la mesa, en el piso, en la bolsa, en sus ropas, vació sus bolsillos, corrió los muebles, pero no encontró lo que buscaba. Sobre la mesa, como burlándose de él, una montañita resplandeciente le recordaba que había 99 monedas de oro: sólo 99.

- 99 monedas. Es mucho dinero-, pensó. Pero me falta una moneda. Noventa y nueve no es un número completo -pensaba- Cien es un número completo pero noventa y nueve, no. El rey y su asesor miraban por la ventana. La cara del sirviente ya no era la misma, estaba con el ceño fruncido y los rasgos tiesos, los ojos se habían vuelto pequeños y arrugados y la boca mostraba un horrible rictus, por el que se asomaban los dientes. El sirviente guardó las monedas en la bolsa y mirando para todos lados para ver si alguien de la casa lo veía, escondió la bolsa entre la leña. Luego tomó papel y pluma y se sentó a hacer cálculos. ¿Cuánto tiempo tendría que ahorrar el sirviente para comprar su moneda número cien? Todo el tiempo hablaba solo, en voz alta. Estaba dispuesto a trabajar duro hasta conseguirla. Después quizás no necesitara trabajar más. Con cien monedas de oro, un hombre puede dejar de trabajar. Con cien monedas de oro un hombre es rico. Con cien monedas se puede vivir tranquilo. Sacó el cálculo. Si trabajaba y ahorraba su salario y algún dinero extra que recibía, en once o doce años juntaría lo necesario. «"Doce años es mucho tiempo», pensó. Quizás pudiera pedirle a su esposa que buscara trabajo en el pueblo por un tiempo. Y él mismo, después de todo, él terminaba su tarea en palacio a las cinco de la tarde, podría trabajar hasta la noche y recibir alguna paga extra por ello. Sacó las cuentas: sumando su trabajo en el pueblo y el de su esposa, en siete años reuniría el dinero.

¡Era demasiado tiempo! Quizás pudiera llevar al pueblo lo que quedaba de comidas todas las noches y venderlo por unas monedas. De hecho, cuanto menos comieran, más comida habría para vender...Vender... Vender...
Estaba haciendo calor. ¿Para qué tanta ropa de invierno? ¿Para qué más de un par de zapatos? Era un sacrificio, pero en cuatro años de sacrificios llegaría a su moneda cien. 

El rey y el sabio, volvieron al palacio. El sirviente había entrado en el círculo del 99... Durante los siguientes meses, el sirviente siguió sus planes tal como se le ocurrieron aquella noche. Una mañana, el sirviente entró a la alcoba real golpeando las puertas, refunfuñando de pocas pulgas.

- ¿Qué te pasa?- preguntó el rey de buen modo.
- Nada me pasa, nada me pasa.
- Antes, no hace mucho, reías y cantabas todo el tiempo.
- Hago mi trabajo, ¿no? ¿Qué querría su Alteza, que fuera su bufón y su juglar también?

No pasó mucho tiempo antes de que el rey despidiera al sirviente.

No era agradable tener un sirviente que estuviera siempre de mal humor.




domingo, 12 de febrero de 2012

Cómo nos gusta malmeter


Hace tiempo que tenía ganas de escribir sobre esto. La que se ha liado con los guiñoles franceses es una excusa perfecta para hacerlo. El cabreo que se ha pillado el personal por la emisión de varios programas, en los que se pone el tela de juicio la honradez de los deportistas españoles y en el que se sugiere que detrás de los éxitos abunda el dopaje, y no el esfuerzo, el trabajo y el talento, se ha convertido prácticamente en una cuestión de estado y no son pocas la voces que exigen una rectificación y disculpa por su emisión: el que las acusaciones se hayan en un programa satírico y de humor, es decir, en un contexto “no oficial”, más que quitar hierro al asunto, ha provocado un encabronamiento general contra nuestros vecinos de al otro lado del Pirineo, a los que en la replica se les menta, no pocas veces, con el nombre de gabachos o franchutes seguido del apellido “de mierda” (que es sin duda el apellido más popular, el apellido “comodín” que suelen utilizar aquellos que se ciegan cuando alguien o algo les incomoda); aunque mentar a la familia de uno, normalmente a la madre, también es muy socorrido y utilizado: ni es positiva una cosa ni la otra.

Aparte del dudoso gusto que tiene un humor en el que se atenta contra la honorabilidad de las personas, en el fondo, lo que subyace es la mala baba, la envidia, el odio o la impotencia: otros lo llamarían ganas de “tocar los cojones”, pero esto no se suele decir por aquello de lo políticamente correcto.

Esto no es nuevo y, desde luego, no es exclusivo de los franceses, sino más bien un mal endémico para el que no se ha inventado vacuna: basta con que alguien tenga capacidad de influencia para poder tergiversar la información, convertir medias verdades en verdad absoluta o crear opiniones interesadas que las más de las veces su objetivo final es soliviantar al personal y dividir. Pasa mucho: lo de los guiñoles se han pasado tres pueblos; pero también lo hacen los medios de comunicación dirigiendo opinión en lugar de informar: es muy revelador ver las secciones “Opine sobre…” en el que los debates se convierten en una retahíla de acusaciones e insultos.

El otro día, por ejemplo, sentí vergüenza ajena. Estaba viendo en un bar el partido de vuelta de la copa del rey y una buena parte del personal, aparte de estar viendo otro partido (la pasión ciega y eleva la voz) no pararon de insultar y ofender a todo lo que no era blanco: lo curioso es que estos mismos que exigen respeto para su pueblo, su nación, su familia, o sus ideas en cuanto la ocasión se lo permite, se ponen a la misma altura de los guionistas del programa francés: si hay una enfermedad que no se cura es la de memoria selectiva.    

No tengo muy claro si todo se debe a una cuestión de baja autoestima, de envidia, de odio aprendido o simplemente que la humanidad es tonta del culo: posiblemente sea una mezcla de todo pero uno empieza a estar muy aburrido de aquellos que creen que el éxito siempre viene precedido de dudosas artimañas, de aquellos que creen que el que una persona haya nacido en un determinado lugar obliga a defenderlo aunque moral y éticamente sea indefendible; aburrido de los que cuestionan y critican las acciones de otros justificando y bendiciendo las suyas aunque éstas sean idénticas; cansado de aquellos que toman la parte por el todo y meten a todo un colectivo en el mismo saco calificando siempre peyorativamente, ya se trate de políticos, banqueros, empresarios, sindicatos, community managers, ingleses o habitantes de Lepe; aburrido de los que sólo oyen lo que quieren escuchar renegando de la posibilidad de otra “verdad”; cansado, en fin, de los que allanan el camino a un mundo más violento e irascible.

A todo el mundo le duele que le insulten, vayan diciendo cosas negativas por ahí, pero no es menos cierto que “no ofende quien quiere, sino quien puede” como dice el dicho: a todos nos tocan las narices de vez en cuando, todos debemos soportar al que malmete directa e indirectamente, todos escuchamos, en nuestros entornos más cercanos criticas e insultos hacia los que no están presentes. Situaciones, que no por desagradables, son habituales. 

Desahogarse no es malo, lo malo es hacerlo mediante la envidia, el odio y la crueldad: mal metiendo.

Lo peor: que no tenemos remedio, y en este saco si que estamos todos: españoles, franceses, blancos, negros, amarillos; los de allá, la vieja del visillo y una señora de Cuenca que me han dicho que también larga lo suyo.

¡Vaya tropa!

jueves, 9 de febrero de 2012

Udaipur: Fiesta, lujo y un suizo


Udaipur India 


Ya van quedando menos capítulos para dejar de publicar capítulos de Soul India en el blog. 
Hoy, una noche en Udaipur.

Fiesta, lujo y un suizo
Como final de mi estancia en Udaipur y parte de mi cambiante programa, había reservado una noche para cenar en el mítico hotel Lake Palace.
Salí de la haveli intentando esquivar una paloma que había hecho del pequeño túnel de entrada su hogar, y que cada vez que lo atravesaba, batía las alas pegándome unos sustos de muerte. Remontando la calle que me conducía hasta el templo de Jagdish, me extrañó ver los comercios, que en días anteriores estaban abiertos, con el cierre echado; continué doblando esquinas repletas de hoteles y restaurantes que anunciaban «Octopussy» —la película de James Bond que fue rodada en Udaipur y otras ciudades de la India— y cuya proyección era reclamo para turistas. Llegando al templo de Jagdish, percibí que algo estaba pasando: el templo de Jadgish, iluminado de árbol de navidad, rebosaba de gente que aguardaba la llegada de algo parecido a una procesión.
Udaipur - India
Las escaleras del templo estaban atiborradas de mujeres que lucían saris de todos los pantones imaginables. Esa noche, todas las mujeres de Udaipur debían estar en la calle. Los llamativos saris —el de diario siempre era más triste— se alineaban en bulliciosas calles a la espera del paso de una carroza sagrada que medía más de veinticinco pies trabajada en plata, y en cuyo interior reposaba la azulada figura de Vishnu. Un verdadero acontecimiento en una ciudad controlada por una policía y ejercito que, serios, arrimaban a la gente a las aceras de una ciudad que se había vestido de fiesta. Los niños galopaban en avalancha por la calle y se adelantaban con alegres alaridos a la procesión para avisar al gentío de la llegada de Vishnu —El manifestado en la tierra nueve veces— y su comitiva, convirtiéndose en improvisados pregoneros que anunciaban la llegada del dios de cuatro brazos.
Estaban contentos, muy excitados, de sudor sucio en las mejillas y olor caliente. A lo largo de la calle había unos tableros con vasos colmados de un líquido rosa que debía ser lassi de fresa y que era refrescante avituallamiento para los niños. Tras su paso, sólo quedaban berretes y vasos de plástico. A modo de cordón de seguridad, la policía había pintado en los bordes de la calzada una línea rosa que era más decorativa que otra cosa: la línea era constantemente rebasada por la muchedumbre que parecía que, de un momento a otro, iba a entrar en trance. El aire era tensión y, por momentos, creí que el mundo iba a explotar como fuego artificial cuando la procesión se acercaba al lugar que había elegido para observar su paso.
El desfile, procesión, paseo del Dios o como lo llamen allí, iba precedido de un hombre que portaba un estandarte, seguido de un elefante pintado; después carretas tiradas por camellos o remolcadas por tractores y cientos de mujeres con una especie de vasija, similar a las que se utilizaban para las ofrendas en el templo. Había varias orquestas de música, lo que significaba que la procesión era importante: he de aclarar que la orquesta consistía en un pequeño camión con altavoces que emitía música por unos megáfonos, y no más de ocho músicos que tocaban la misma música: al menos eso es lo que creían ellos, porque no había visto orquesta más desafinada en la vida. Lo más divertido era ver el generador eléctrico que llevaban detrás del camión para iluminarlos. Como si fuese un paso de procesión más, tirado por dos hombres de la orquesta, el deteriorado generador desprendía a partes iguales humo y carraspeos. Una imagen cómica, tierna y de risa: otra India.
Udaipur - India 
Las niñas bailaban como peonzas. Eran círculos de saris que aún no habían perdido la inocencia. Con el paso de los últimos carros abandoné mi privilegiada posición de primera fila: había elegido una curva donde podía ver, desde diferentes ángulos, el paso de la procesión.
Lake Palace - Udaipur 
Me fui a cenar al Lake Palace. Una inspección ocular y una llamada fueron suficientes para salvar las reticencias del empleado de un hotel que se jactaba de ambiente elegante y exigencia de corbata. Por supuesto, no la llevaba. Un polo y un vaquero, no nuevo ni demasiado descolorido fueron suficientes para franquear la puerta del lujo que en India siempre es decadente: seguramente en temporada alta hubiese sido rechazado sin contemplaciones. Para llegar allí, me recogieron en una lancha y fui atravesando el lago Pichola mientras el Palacio Real y otros edificios parecía que iban a caer sobre el lago en cualquier momento.
En la mesa más cercana a los músicos, terminando de cenar y siguiendo unos dedos que jugaban con el traste de un sitar, estaba Marc, un suizo al que había conocido cenando en el restaurante del hotel Sayat Niwas la noche anterior. Al finalizar su cena, y en un descanso de los músicos, me pidió permiso para sentarse a la mesa y charlar un rato conmigo. Estuvimos conversando un buen rato; en inglés primero y luego en francés al ver que en esta lengua tanto él como yo hablábamos con más fluidez.
Marc era una persona a la que el mundo Internet lo había dejado en el paro como a mí: aunque en realidad pienso que quienes nos dejaron en el paro fueron esos analistas y adivinos económicos que, previo pago de importantes sumas, juegan con negras bolas de cristal a desdecirse cuando se equivocan en las previsiones, sin importarles un comino cuántas familias, cuántos cadáveres dejan en el camino. Analistas de salón que no bajan a la arena para que nunca les salpiquen los problemas que, en ocasiones, ellos mismos crean; pero el mundo funciona así: raro...
Después de Udaipur, Marc se dirigía a Bangalore. Allí, se encontraría con antiguos compañeros con los que había estado cruzando correos electrónicos durante los dos últimos años: India es el segundo exportador de software a nivel mundial, y algunos de los mejores programadores se encuentran allí. Había aprovechado ese parón laboral para conocer a aquellos con los que había estado «tirando código» y analizando los requisitos de un nuevo software de Internet que acelerase la descarga de archivos multimedia y, de paso, conocer las Cuevas Ajanta y Ellora en el vecino estado de Maharashtra. En Suiza era solo trabajar.
Nos despedimos de compromiso. Sabíamos que no nos volveríamos a ver. Era un buen tío, buen conversador, muy inteligente; aunque bastante suizo, bastante reloj. De regreso a la haveli, caminaba por unas calles apagadas y vacías, donde dos horas antes, miles de personas adoraban a Visnhu. Las únicas almas vivientes éramos las vacas, los cerdos, los perros y yo. 
 

Soul Business

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