viernes, 30 de marzo de 2012

La luz que nos lleva

Me cuesta mucho dormir en los aviones, incluso cuando vuelo de noche y estoy reventado.  Dependiendo de cómo esté la noche, mi capacidad de concentración y de vaguería, suelo leer, ver alguna película o mirar por la ventanilla del avión. Cuando hago esto último, miro indistintamente hacia un lado o hacia abajo dependiendo de las luces que veo. Si son las de las estrellas me quedo mucho rato mirándolas y reflexionando sobre el universo, las galaxias, lo pequeños que somos y cosas así: nada muy trascendental porque a veces soy más simple que el mecanismo de un sonajero. Si son los puntitos lejanos de luz que iluminan los pueblos y ciudades de la tierra, ahí si suelo darle más al coco y a la imaginación.

Las luces comienzan a dibujar las costas y te vas haciendo una idea de la densidad de población del lugar: muchos puntos juntos gran población;  aislados, pequeños pueblos, puntitos solitarios aldeas: si cubren mucha extensión, país rico; si pocas, pobre o escasamente poblado. Esto se aprecia bastante bien cuando pasas de Europa a África o viceversa. La negrura del Mediterráneo hace frontera lumínica entre los dos continentes.

Cuanta más luz, teóricamente, más bienestar, más desarrollo y mejor calidad de vida lo que se podría traducir en mayor felicidad; cuanta menos luz, más oscuridad, menos desarrollo y más tristeza. Sin embargo, visto lo visto, y sabiendo que todos, los de un lado y los del otro nos quejamos de nuestra “suerte” llego a la conclusión de que, en realidad no importa demasiado cual sea la intensidad de la luz, porque, en cualquiera de las situaciones (estamos hablando de que es de noche, no que todos los gatos sean pardos) se trata de luz artificial: la luz que nos lleva.

No nos fijamos en nuestra propia luz. Tiramos de interruptor, de otras luces para ver las cosas con claridad, creyendo que, de esa manera, alcanzaremos la estabilidad y el equilibrio que nos lleve a la meta más ansiada que no es otra que la felicidad. Nos dejamos deslumbrar por cosas que no son necesarias, por brillos que creemos eternos y son tan efímeros como el fuego de una hoguera: dos fogonazos ajenos que nos den son suficientes para que el faro de nuestras creencias, el que nos guía, se apague o tintinee creándonos más dudas y más inseguridades.

Mientras tanto todos, excepto los que se alumbran con su propia luz, maldicen la luz que les ha tocado vivir: la luz que les lleva.

Feliz fin de semana

Os dejo un video que me ha hecho recordar esas noches de aviones en las que me da por darle una vuelta a todo.
 


jueves, 29 de marzo de 2012

Tarde y noche familiar en Jaipur : Cena en familia

Jaipur - India 

Tras la fiesta de boda, nos dirigimos finalmente a casa de Dinesh, en los suburbios de Jaipur, a unos cuantos kilómetros del centro y completa la tarde noche familiar de un día de verano en Jaipur.

Cena en Familia

Atravesamos los suburbios de la ciudad. En las pequeñas rotondas donde se multiplicaban las calles y la estrechez, la gente se arremolinaba en puestos callejeros de bombilla única. Desembocamos en una calle sin asfaltar, con charcos de las últimas lluvias y vacas y cerdos de extrarradio; cerdos y vacas de siempre, donde vivían Dinesh y su familia. Enfrente de su casa asomaba un pequeño templo pintado de naranja donde los devotos entonaban himnos a la luz de varias velas y los brillos de las bruñidas campanas parecían proteger a estos habitantes de calles oscuras y viviendas de multipropiedad. De vez en cuando, el sonido de una moneda arrojada en una bandeja de metal rompía la monotonía de canciones que subían al cielo en humo de sándalo.

Al entrar en la casa, me recibió el hermano de Dinesh. Me plantó, en plan hawaiano, un collar de flores en el cuello, dándome en humilde reverencia la bienvenida a su casa. La casa, muy diferente a lo que en Occidente se entiende por hogar, se asemejaba a una casa comunal donde en pequeños cuartos la gente dormitaba sobre un lecho de cemento. No había mucho más; una cocina y lo que debía ser la mejor estancia de la casa. Una salita que fue donde cené: La habitación sin ventana, pequeña, tenía la única cama de la casa, además de una silla y una televisión muy antigua, en blanco y negro, de esas que en Europa dejaron de existir hace muchos años; imágenes de sus dioses y dos o tres libros que seguramente nunca fueron leídos. Nada más. Casas de cuarto y mitad: un cuarto para cada familia y la mitad por turnos y para todos.

La familia me manifestaba su respeto con mímicas hospitalarias. La abuela estaba nerviosísima, deseando preguntarme cosas, introduciendo su mirada en la mía. No sabía inglés, pero nos entendíamos con los ojos. A sus nietos, les decía que yo era un hombre muy apuesto y que vestía muy bien: «pasión de abuelas, pensé yo». En justa correspondencia, le dije que ella tenía la sonrisa más bonita de Rajastán: era cierto. Y de sonrisas, creo que entiendo. 

Me sorprendió que la mujer de Dinesh no estuviese en la reunión familiar: deduje que estaría en la cocina, y no di mayor importancia a la chocante ausencia. Había otra mujer que por su estado, al principio, creí que sería la bisabuela. Era la madre de Dinesh: estaba enferma y me contemplaba de una forma ida, como sólo miran los locos. La charla previa a la cena, insustancial; como casi todas las que preceden a las comidas de fiesta. Llegó la hora de mi cena, y escribo de mi cena, porque cené yo solo. Yo esperaba cenar junto a ellos y me encontré sentado en la cama con un thali posado en la única silla, mientras ellos permanecían sentados apoyados en la pared, instándome a probar la cocina que había preparado la abuela con esmero. Ninguno de ellos me iba a acompañar. En ese momento me sentí incómodo: pertenecíamos a dos mundos diferentes. Yo, que quería acercarme, vi como ellos se alejaban. No entendí las razones que nunca me dieron sobre ello. Cené casi todo lo que me pusieron e incluso repetí de algún plato, más por compromiso que por ganas reales: cenar sólo mientras los otros miraban me había encogido el estómago y revuelto el corazón.

La cena, vegetariana, consistió en un dhal, tomates y verduras mezclados y un curry de pimientos que estaba francamente bueno, servidos en cuenquitos de metal; arroz y dos trozos de mango esparcidos por la bandeja de thali, con chapatis para mojar y empujar. La verdad es que la comida era más sabrosa que en muchos restaurantes en los que había comido. Ver unos ojos de complacencia cuando acabé fue el mejor postre que me podían haber ofrecido.

Ahí, recuerdas que muchas personas que no tienen casi nada son felices compartiendo contigo lo poco que tienen. Se ve mucho en India.

La sobremesa la hicimos en la azotea. Desde allí, una brisa templada eran músicas que provenían de diferentes zonas del suburbio y que, todas fusionadas, hablaban de la oscuridad de las noches indias en las que las estrellas, cansadas de ver tanta tristeza acordaban no salir.

Antes de regresar al hotel, Dinesh me enseñó desde la calle su habitación. Parecía un almacén o un barracón con puertas metálicas, de chapa: «La siguiente es la de mis hermanos y cuñado», me dijo señalando otro barracón situado a pie de calle y a unos cinco metros de distancia del de Dinesh. Cuando me montaba en el coche, se acercó el hermano de Dinesh y con expresión emocionada me dijo:

— Para mí es uno de los días más importantes de mi vida, porque has venido a mi casa y mi hermano me ha dicho que te estás portando muy bien con él, que lo cuidas, y respetas. Me ha contado que le has curado.

Me sentí halagado, pero desde mi punto de vista, no había hecho nada extraordinario. Y lo de curarle no fui yo, fueron las pastillas.

Cuando llegué al hotel, una preciosa haveli, con jardines y fachadas iluminadas, me fue imposible relacionar las Indias que estaba viviendo, y sentí por primera vez la nostalgia hundida en mis sueños. 
 


miércoles, 28 de marzo de 2012

Tarde y noche familiar en Jaipur : Marriage party

Boda en Jaipur

Después del cine Dinesh me tenía preparada una sorpresa. Me llevaría a una “marriage party” como decía él. A partir de ahí comenzó una noche llena de contradicciones que no finalizó hasta que después de la cena en su casa, y mi posterior regreso a la Haveli donde me alojaba, el sueño me venciese.

Marriage party

Dinesh me había invitado a cenar a su casa. Antes, iríamos a una fiesta de boda, un «marriage party» como decía él. La fiesta se celebraba en un templo de barrio relativamente cercano a su casa. El novio era amigo de Dinesh y allí se encontraban sus amigos, su gente... La experiencia fue desigual: por un lado estaba excitado por poder vivir algo así, rodeado de indios a los que no les importaba compartir uno de los momentos más importantes de sus vidas. Por otro, una sensación forastera, de quien sabe que está fuera de lugar.

En el templo, en una sala lateral, estaban los novios apoltronados en unos sillones que semejaban tronos. El resto de la gente, sentada enfrente. En las primeras filas se situaban las mujeres vestidas con saris llenos de brillos —saris de domingo—, con las manos y pies tatuados de henna. Los familiares más directos acogían con cabezadas y sonrisas a los invitados que ese día se habían mudado de ropa. El novio recordaba a uno de los pajes de los Reyes magos que pueden verse en cualquier centro comercial y ella, como casi todas las mujeres de Rajastán: tímida, pequeña e introvertida. Los convidados saludaban a los novios, se fotografiaban junto a ellos. La madre y la hermana del novio me arropaban con muestras de cariño, invitándome a participar de una ceremonia que no entendía, pero que me parecía maravillosa; sin embargo había algo que hasta tiempo después no pude comprender, algo que enrarecía el ambiente: algo que no me cuadraba.

Boda en Jaipur
Boda en Jaipur
Salieron todos, excepto los novios que continuaban posando, al patio central del templo; un patio que minutos antes había sido cubierto de esterillas. Hombres, mujeres y niños se sentaron en hileras de forma separada. Se sirvió una frugal cena: tres o cuatro tipo de alimentos en los que se incluían el arroz y trigo dulce presentados en hojas de diferente tamaño que hacían las funciones de platos, bandejas o cuencos. Por lo que se apreciaba, para ellos era un festín, y hacia tiempo que no veía a tanta gente reír. Durante la cena, me aparté un poco y me acomodé al lado del padre y los tíos del novio que iban recolectando el dinero que los invitados entregaban. Muy poco, diez o veinte rupias máximo: menos de cincuenta céntimos de euro.

Boda en Jaipur
Boda en Jaipur

Lo más asombroso era que parecían contentos de que estuviese allí. De todas formas me sentí extraño, raro: yo, que no soy muy dado a llamar la atención ni a ser centro de nada, de alguna manera había robado protagonismo a los novios. Cuando llegué al templo, varios se aproximaron para saludarme o verme de cerca. Las mujeres, sobre todo las más jóvenes, estaban seducidas con mi presencia. Cuchicheaban y sonreían entre ellas; imágenes que yo había visto en los días de colegio cuando ellas, en pandilla de gestos descarados, nos ojeaban mientras nosotros, los chicos, éramos tímidos bravucones que huíamos de ellas, por aquello de que no nos llamasen nuestros «compis» nenazas o mariquitas. Teníamos que ser duros y demostrarlo. ¡Qué estupidez¡ Los hombres también se alegraban de que un «guiri» estuviese allí; los más jóvenes, que me veían como rival, no, claro. Las opiniones estaban divididas.

Entre tanta felicidad, solo dos caras no parecían compartirla: los ojos de los novios no expresaban ilusión, no expresaban amor. Eran víctimas de un matrimonio de conveniencia, un matrimonio nacido de la dote y del acuerdo de unos padres que como tratantes de ganado disponían del futuro de dos jóvenes que veían truncadas sus esperanzas de amar. Ellos, siguiendo la tradición, harán lo mismo en el futuro con sus hijos. Era un matrimonio indio de conveniencia, en el que la mujer tiene siempre las de perder, pudiendo ser violada, quemada o asesinada en accidente doméstico.

Bodas sin amor. 
 

martes, 27 de marzo de 2012

Tarde y noche familiar en Jaipur : Esto es Bollywood


Cine Raj Mandir - Jaipur 
El diario de viaje Soul India se ha ido publicando por capítulos aunque nunca de forma ordenada. He ido publicando según me apetecía. Esta semana voy a dejar tres que iban correlativos. La razón de ello, es que pertenecen a una tarde noche que pasé en compañía de Dinesh (el chofer que contraté cuando estuve en el norte), y su familia.  Junto a ellos asistí a una película india, a una fiesta de boda y a una cena india. 

Excepto un par de horas, entre el cine y la fiesta, en las que regresé a cambiarme a mi hotel, el resto fue una jornada muy familiar en la que descubrí, vi y aprendí cosas que me sirvieron para comprender mejor el alma india. Hoy os dejo una la experiencia de ir a un cine que como sabéis es una de las aficiones favoritas de  los indios y que mueve una burrada de millones de dolares. Mañana “marriage party” o “fiesta de boda”, que cuenta mis sensaciones al acudir a una de estas celebraciones y el jueves, “Cena en familia”, el sabor agridulce de una cena con la familia de Dinesh.

¡Esto es Bollywood!

Tenía curiosidad por ir al cine en India; una de las mayores industrias del país y la más popular vía de escape de la población. Mi intención era estar un ratito y luego irme. Ya había visto en televisión más o menos en que consistían las películas Indias y no me veía con fuerzas para ver el «The End» o como se escriba en sánscrito. Por otro lado, y ante un comentario de Dinesh sobre lo mucho que le gustaba el cine, había decidido invitarle a él y a su familia. Por la mañana habíamos sacado seis entradas en la venta anticipada. Las más caras naturalmente —los niños no pagan— en el famoso cine Raj Mandir, orgullo de los habitantes de Jaipur; los cuales afirman que es el mejor cine de la India.

Había que ver la cara de felicidad que tenía mi familia india cuando, momentos antes de entrar, las mujeres con sus mejores saris me saludaban y hacían mimo en señal de agradecimiento; los hombres con su pantalón y camisa limpia, y los niños repeinados y limpios en extremo. Distintos a los que había visto en días anteriores.

— «Look the lobby, look the lobby. Very nice, very nice» —repetía Dinesh nervioso, exaltado. Con sus gestos y excitación parecía decirme: «¿A que no has visto nada igual en tu vida?». Y era cierto, no había visto nada igual; pero en lugar de «very nice, very nice» era «very hortera», al estilo de las salas de fiesta de los años sesenta o setenta, con sillones y moquetas de un hiriente color morado que eran iluminados por lámparas enormes cuyo estilo sería imposible de clasificar por el más experto decorador. 

El cine, enorme y con capacidad para más de mil personas, se dividía en tres pisos, el sonido aturdía, y cómo no, todo permanecía muy oscuro, teniendo que sortear piernas y brazos hasta llegar a tu butaca, sin la ayuda de un acomodador.

La película que vimos de Rajshri Productions — algo así como «La Metro» pero en versión local— se llamaba «Main Prem Ki Diwani Hoon», cuya traducción desconocía y, francamente, me daba lo mismo; era la película más famosa del momento.

Antes de resumir el argumento, diré que en el cine descubrí dos cosas que ya sospechaba; la primera: los indios son como niños; reían, cantaban y jaleaban cualquier escena. Quien haya visto la película «Gremlins», en la escena en la que se los ve en el cine, se podrá hacer una idea de lo que estoy hablando. La segunda: que soy una persona con una paciencia infinita y muy respetuosa con las creencias y culturas ajenas.

¡Tres horas, tres!, de una película musical tipo Cine de Barrio, pero en hindi; una proyección acompañada de risas, comentarios y un intermedio en el que, después de comprar refrescos y aperitivos para todos, Dinesh y su hermano me afirmaban preguntando: «¿A qué es buena?, ¿a qué es bonita?». Mi respuesta: «¡Pues claro que sí!, fantástica, un derroche de imaginación y de buen gusto».

El resumen de la película, que más o menos es el de todas las películas indias, lo único que cambian son los decorados y los actores, era el siguiente: chica guapa, rica y que canta fenomenal tiene cinco amigas igual de modernas y guapas: yo no vi ninguna así en India. Un padre comprensivo y una madre un poco bruja. Joven guapo, cachas y simpaticote —¡como todos los indios vamos!—, llega a la casa de la guapa montado en un descapotable de película para hacer un negocio con el padre de la guapa. Al principio, la chica no quiere verlo ni en pintura pero a medida que pasa la cinta, la chica se enamora de él y entonces se los ve a los dos cantando y bailando en una especie de cortejo amoroso similar al que hacen los pavos reales u otras aves, en unos lugares paradisíacos y, aunque la acción se desarrolla en una Hill Station del Himalaya, de repente, aparecen en playas llenas de palmeras, mares tropicales o en las calles de Bombay. ¡Increíble! Eso se llama el don de la ubicuidad.

Hasta aquí el vídeo clip de «Pimpinela», pero antes del intermedio, aparece el jefe del joven que también es guapo, fuerte, inteligente y canta todavía mejor que el otro y, lógicamente, se enamora de Sanjana, que así se llama la chica. Y Zanjaba parece que tontea un poco con él: las mujeres siempre tienen dividido el corazón. Cambia la música. Suenan notas de peligro o de intriga y al lobby a deducir que pasará.

La segunda parte era la dramática: los padres del rico y de la chica han arreglado el matrimonio del jefe y la chica. Ella está muy triste; de canción sentimental, y su madre muy contenta; de anuncio de detergente y ropa blanca. El cachitas guapo llora mucho pero, como donde hay patrón no manda marinero, no hace nada por impedirlo. Mas canciones y el día de la boda, cuando todos están en la ceremonia previa al casamiento, llega el despechado, más llorón que nunca. El jefe, que se da cuenta de que ella no le quiere, decide suspender la boda, pero en plan bien. Al final todos contentos y felices.

Se me olvidaba comentar que en esta película no actuaba un tonto, lo hacían dos, lo que demuestra que en Bollywood también hay superproducciones.

Para concluir, y que me perdonen los italianos o los indios, cuando veo películas de este tipo, de estos países, me da la sensación de que los actores sobreactuan con gestos histriónicos, excesivamente afectados; pero también he visto a Landa o a José Luis López Vázquez en alguna de estas. Así que...

Al acabar la película no quise que Dinesh me llevase a la haveli. Necesitaba caminar. Regresé andando. Casi no veía a los niños, o a los rickshaws que se abalanzan sobre mí. 

Estaba trastornado por lo que vi y necesitaba respirar: a pesar de que en Jaipur la contaminación era alarmante. 

lunes, 26 de marzo de 2012

¿Apple o España?

Conil - Cádiz

Hay noticias que uno no sabe como tomarlas. Resulta que el otro día los titulares de varios medios se los llevaba Apple. En alguno de ellos se decía que la compañía de la manzana, - que poco a poco se está convirtiendo en una especie de secta tecnológica en la que en lugar de becerros de oro, sus followers o fanáticos adoran ipads y aplicaciones al tiempo que canonizan a su fundador- será más grande que España en tres años.  Por otro lado en Cotizalia matizan un poco más y hacen referencia a su valor respecto a la totalidad de las empresas del Ibex 35.

El caso es que después de leerlo pensé en “si nos estamos volviendo tontos” “si piensan que lo somos” o si los analistas están jugando de nuevo a eso de crear nuevas burbujas” o “si realmente es un anticipo de lo que nos espera: un mundo en el que las marcas configurarán nuevos imperios una especie de neocolonialismo capitalista compartido entre diferentes multinacionales”: después tampoco quise seguir buscando explicaciones porque las cuatro reflexiones podrían tener su punto de verdad y, francamente, me asusté un poco porque de ser ciertas, nos podemos dar por jodidos.

Si realmente nos creemos los titulares y suplentes de la noticia, realmente debemos estar muy tontos. España puede tener un pasivo de pelotas y puede deber lo que no hay en los escritos: rajamos y nos quejamos mucho de nosotros mismos, fuera rajan, se quejan y nos miran por encima del hombro y se piensa aquí, por esa visión catastrofista que siempre nos ha acompañado, y allende las fronteras por aquello de que somos fiesteros, rudos y vagos, que nuestro potencial es escaso, que no somos competitivos y que tarde o temprano nos iremos al carajo, pero su patrimonio actual y de futuro es infinitamente superior al de Apple.

La catedral de Burgos y el acueducto de Segovia no cotizan en bolsa; tampoco los cuadros de Goya, ni las playas de Tarifa pero más que unos cuantos iphones e ipads si que valen ¿no? Por otro lado, no se cuantos miles de personas trabajan en Apple y cuantas de ellas aportan realmente valor porque aquí, de momento y aunque muchas estén en el paro, también las hay y se pueden contar por millones. España también tiene talento: una empresa, un país es su gente y por mucho que se quiera nunca se tiene a los mejores. ¿o acaso los competidores de Apple sólo tienen segundones o gente del montón en sus plantillas?

“Si piensan que somos tontos o si los analistas están jugando de nuevo a eso de crear nuevas burbujas” tengo la sensación de que quien lo cree o hace esas afirmaciones, o busca dejarnos otra vez a dos velas y hacer caja, o, con todos mis respetos, es tonto del culo.

36 años ha tardado Apple en convertirse en la empresa más valorada y admirada del mundo. ¿cuánto durará? ¿serán lideres siempre? ¿no cometerán errores? ¿no aparecerán nuevos competidores? ¿no se pondrán las pilas los actuales? ¿la obsolescencia no les afectará? ¿el talento o las personas de Apple no están en venta y serán siempre tan fieles, creativos y eficaces? ¿todo el mundo tendrá viruta para pagar sus productos, o su producción e ingresos se limitarán o crecerán indefinidamente? ¿se da por hecho que España es incapaz de mejorar sus resultados?

La historia enseña mucho: Roma, Egipto, Francia, Inglaterra, Rusia, España, Portugal, Turquía …crearon y tuvieron sus imperios, su liderazgo mundial: todos se fueron al carajo, pero aún hoy sobreviven, algo que no se puede decir de miles de empresas que, en su día fueron como Apple y que hoy no son más que recuerdos: y a  veces ni eso.   

Claro, que en este mundo de economía virtual donde mucho de lo que vales es lo que molas todo puede ser. En cualquier caso puestos a elegir los beneficios o dividendos resultantes de una hipotética liquidación de nuestro patrimonio no dudaría ni medio segundo en elegir los que posee la “marca España” pues aún repartiendo con más de 40 millones de accionistas, y el valor de compra fuese un 50% inferior al real, mi cuenta corriente dejaría de ser eso, corriente, vulgar y tendría varios ceros. Entonces sí, a lo mejor compro unas acciones de Apple.

Y es que si jugamos a las hipótesis jugamos.   

Hoy Thinking Souls "Sumar sugiere más"  con Javier Rodríguez Albuquerque, José Luis Montero, María Hernández, MaS, Alfonso, Katy y Begoña Gamonal.
   

sábado, 24 de marzo de 2012

La ceguera de nuestras verdades


Todos los habitantes del poblado al que se refiere la narración, eran ciegos. No muy lejos de allí pasó un rey increíblemente bien vestido. Este rey viajaba a lomos de un elefante, animal desconocido en aquel lugar de la tierra.

Varios ciegos, al oír hablar de un nuevo animal, al parecer formidable, se presentaron en delegación ante el rey y su séquito. Les autorizaron a tocar el elefante, el cual no opuso ningún tipo de resistencia. Cuando regresaron a su pueblo, un gran número de ciegos los rodeó y les pidió una descripción del extraordinario animal. 

El primer ciego, que sólo había tocado la oreja del animal, dijo:

- Es un animal ancho y liso, un poco rugoso, como un viejo tapiz. El segundo, que había tocado la trompa, les dijo a los otros ciegos: - Es largo, móvil y hueco; además tiene mucha fuerza. El tercer ciego, que había tocado una pata del elefante, dijo: -Es sólido y estable, como una columna de un templo.

Obviamente los habitantes del pueblo no quedaron satisfechos y demandaron más detalles, pero los tres ciegos fueron incapaces de ponerse de acuerdo. El tono de la discusión aumentó, el ambiente se fue caldeando. Empezaron a pelearse a puñetazos, a golpes de bastón, y se lastimaron mucho.

Algunos ciegos, más sabios que los otros, sugirieron que, para poder obtener una descripción más completa del animal, se enviase una nueva delegación para conversar con el rey. Para formar la delegación, lo que llevó bastante tiempo, se escogió a los ciegos más inteligentes. Pero, cuando llegaron al campamento del rey, él y toda su corte ya se habían ido.

La historia que abre hoy el post viene de India, aunque podría ser originaria, sin ninguna duda, de España: solo se necesita cambiar el elefante por un burro. Si hay una cosa que sabemos hacer estupendamente los españoles, es discutir: no en el sentido de dialogar, o en el de contender y alegar razones contra el parecer de alguien, sino más bien en el sentido de llevar la contraria por llevarla; por dañar, por quedar por encima de los demás, por humillar o simplemente por joder.  

Cómo en el caso de los ciegos, lo hacemos a menudo basándonos simplemente en nuestra percepción o la que nos han “calzado” a través de los medios de comunicación, o a través de nuestro entorno más cercano: es decir, sobre todo lo que tiene influencia sobre nosotros. Con esas “verdades” vamos funcionando, creyendo que con nuestra razón alumbramos la ignorancia ajena, cuando en realidad lo que en la mayoría de las veces nuestras palabras no pretenden convencer sino vencer.

¿Vencer a quien? ¿a qué? ¿por qué? y ¿para qué? son preguntas que rara vez nos hacemos cuando entramos en una de esas discusiones absurdas en las que tarde o temprano, como el toro, entramos al trapo: un poco de polémica previa, un tocarte las narices más de la cuenta, un ataque a lo que quieres, a lo que crees y un poco más de soberbia desequilibran las emociones siendo suficiente para que una persona se encienda, caliente motores y comience a discutir y defender una causa de la que rara vez conoce la amplitud de los detalles, ya se trate el tema de fútbol, política, religión, fusión nuclear o la vida de los otros. Si la discusión no es de tú a tú y tiene espectadores alrededor, lo más probable es que ésta se convierta en un diálogo de besugos.

Somos un país de lengua fácil en el que cada parte de la discusión suele dirigir sus esfuerzos no a escuchar y rebatir los argumentos de la otra sino a aniquilarlos: somos especialistas en ello y muy competitivos. Se discute en todos lados: en el bar, en el trabajo, en la calle, en casa, en la tele, con los amigos y los enemigos, en Internet y donde se tercie.

Las técnicas más habituales para conseguirlo son no escuchar ni oír, interrumpir constantemente y subir el tono de voz. Si esto no resulta y la cosa se pone fea y se va “perdiendo a los puntos”, se utiliza la comparación para apoyar la verdad, se insulta o se lleva la discusión a la confrontación personal. Lo que sea para que la “verdad” se imponga.

A todos, en alguna que otra ocasión nos ha sucedido: nuestra percepción, “nuestras verdades” nos han hecho mucho daño por no querer ver otros puntos de vista , por cerrarnos, por no juntar y no sumar quedándonos sin una solución, una conclusión lógica y aceptada como en el relato de arriba. Todo ello nos lleva a evaluar las cosas mal y a juzgarlas peor; a perder oportunidades de conocer, de comprender, a no tener claridad de ideas. En definitiva, a dar palos de ciego por el mundo.

Por eso lo mejor no es tener verdades ni certezas: solo ganas de conocer

miércoles, 21 de marzo de 2012

La inspiración está en cualquier parte


¿De dónde salen las ideas? Nadie lo sabe con certeza. El caso es que muchas veces necesitamos ideas, ser creativos, pero nuestra mente se bloquea. La inspiración no viene y nos crea una especie de desasosiego que impide el concentrarnos en sacar lo mejor de nosotros mismos.

La inspiración te tiene que encontrar trabajando, creo que decía Picasso. Sin embargo, hay veces que ni por esas. En esos casos lo mejor es salir a su encuentro. No es necesario buscarla, puede estar en cualquier parte, en ti mismo.

Hoy os dejo unas cuantas que yo utilizo para evitar el bloqueo y encontrar posibles soluciones a las preguntas que exige la creatividad. Mezcla, juega, busca significados, plantéate diferentes escenarios, busca respuestas allí donde nada es evidente. Es posible que de esta manera encuentres lo que buscas o lo que necesitabas realmente buscar: por probar nada se pierde ¿no?

Seguro que tú utilizas un montón más.

1 - Visita una pinacoteca

Además de disfrutar de un buen rato, podrás reflexionar sobre la forma que tienen de expresar la creatividad algunos de los genios de la pintura (El Bosco, Velázquez, Picasso, Escher, Goya, Dalí, Brueguel el Viejo etc…) . Si no tienes una cerca siempre puede mirar un libro de pintura.

Descubre y aprende como los que destacan aplican el conocimiento

2 - Observa a los niños mientras juegan

Te darás cuenta de lo creativos que pueden llegar a ser porque están inventando constantemente. No están sujetos a las barreras que tenemos los adultos.

Recureda que el peor enemigo para el desarrollo de la creatividad y la innovación puede ser uno mismo.

3 – Busca aplicaciones diferentes a un objeto.

¿Cuántas aplicaciones le darías a un sombrero, a un abridor de cartas, a una cacerola? Te sorprenderás de lo que puede dar de si tu imaginación. Si no estás seguro de ello, lee «El Principito». Verás cómo te cambia la perspectiva.

Fusiona, mezcla, transforma: explora posibilidades

4 – Conviértete en tu personaje histórico favorito y rememora su vida.

Trasládate a otro momento; a otra época. Pon el decorado, inventa personajes, situaciones, diálogos… y ten en cuenta que muchas de las cosas que conoces no existían.

Replanteate lo cotidiano, lo evidente

5 – Toma 20 palabras al azar y escribe un cuento sobre el futuro.

Si antes te trasladabas al pasado, vete al futuro y escribe lo que ves

Imaginar es empezar a crear

6 – Haz una lista de los 10 inventos más absurdos que conozcas

Revisa en tu memoria y busca que inventos conoces que te parezcan poco útiles y busca otras aplicaciones; crea tu propio invento siguiendo una lógica.

Hay veces que es necesario dar otra oportunidad a las ideas

7 – Piensa en 20 conocidos, familiares y amigos.

Asígnales un color, una nacionalidad, una profesión diferente según su forma de ser o carácter: Pedro sería azul, filipino y carpintero por…

Descubrirás mucho de lo que piensas de los demás y de ti mismo.

8 – Imagina que tu vida es de dibujos animados

Dibuja tu propia vida como si fuese un Comic. Además de reírte crearás tu propia serie de dibujos animados.

Sólo trabajando y disfrutando con ello se consiguen grandes resultados

9 – Baja el volumen del telediario

Y haz tú las noticias: cambia la voz, narra lo que te sugiera la imagen y apúntalo. La percepción será diferente a si las escuchas

Escribe tu el guión

10 – Por último

Inventa tus propios juegos con la mente. Pensarás de una forma más creativa.

Feliz día

lunes, 19 de marzo de 2012

La magia de los libros

Intuyo que un años habrán desaparecido. La tecnología, la falta de espacio en las casas, la cultura del usar y tirar, la del olvido y, en menor medida, el deseo de proteger el Medio Ambiente, acabarán con ellos más temprano que tarde.

El ebook, libro digital, electrónico les dará el finiquito en breve. Los nuevos dispositivos permiten almacenar gran cantidad de libros con el consiguiente ahorro de espacio y dinero. Es más cómodo llevar “Los pilares de la tierra” en una pequeña tableta que en su versión tocho.  Por toro lado, tal y como se construyen hoy las casas, no se deja mucho espacio para tener una buena biblioteca: para alojar la enciclopedia británica, que según he leído ha dejado de publicarse en su versión de papel, se necesita tener una casa o habitación amplias.

Los libros de papel se llenan de polvo, envejecen. Son responsables de la tala de miles de árboles, dejan esquilmados los bosques dañando gravemente el Medio Ambiente debido, entre otras razones, a la cultura del usar y tirar, de producir y no reciclar en la que vivimos.
Los libros de papel, una vez leídos, se convierten en cadáveres molestos que se olvidan en cualquier caja o se abandonan en librerías de viejo: sólo quienes los aman, los conservan y buscan su compañía, volviendo, de vez en cuando a pasar sus hojas, a subrayar párrafos, a releer aquellos momentos que estremecieron al lector.

Los libros de papel tienen todas las de perder y cada día son más los defensores de la versión digital, la de leer en pantalla deslizando el dedo. Sin embargo, a mí, personalmente y sin rechazar el formato electrónico, me sigue gustando leer en papel: son muchas las razones para ello.

En primer lugar, mis ojos se cansan menos: me es más agradable leer bajo la luz natural o de una lámpara, que leer de una pantalla iluminada: bastantes horas paso al día delante de un ordenador como para meterme una sobredosis.

Me gusta pasar las hojas, sentir el tacto del papel, el olor: el diseño de la portada, las fotos, mapas o dibujos que los ilustran. Me gusta cuando me vencen y los apoyo sobre el pecho, cuando acunan mis sueños y no se rompen ni molestan al caer al suelo.   

Me gusta contemplarlos, puestos en una estantería, en un repisa, en un rincón. Los voy mirando despacio, cada uno de ellos de un tamaño, de un color y un grosor, todos diferentes, todos con cosas para contarme. Formados y listos para una elección que suele ser complicada porque todos parecen hablarme, solicitando mi atención.

Una vez que los adoptas, o te los regalan (que un libro es una bella forma de expresar amor, cariño o agradecimiento) adquieren además un significado especial: te recuerdan que en gran medida eres lo que lees: te sugieren y te guían; están siempre allí contigo, a tu vista y no alojados en un disco duro que rara vez reclamará tu atención. Pueden ser nuevos, viejos; escritos hace dos días o cuatro siglos, pero todos, cuando los abres parecen cobrar vida: son mágicos. 

Y esto no ocurre con los electrónicos: más prácticos, puede; más ecológicos lo dudo porque para fabricar los dispositivos se ha contaminado mucho; consumen constantemente energía, lo que no ocurre con el papel y desde luego no tienen ni el alma ni la magia de saber que en un libro de papel, además de entretenimiento y conocimiento tiene un amigo, una parte de ti.
Por eso, hoy os dejo, este magnífico video, que de alguna manera ilustra el post. Y es que los libros de papel tienen magia.

domingo, 18 de marzo de 2012

Siria en mi corazón


Damasco Siria 

Uno de los viajes de los cuales guardo mejor recuerdo es el que hice algunos años por Jordania, Siria y Turquía. Comencé por Aqaba, en el sur de Jordania y lo finalicé en Antalya, tras atravesar Jordania, Siria y darme una vuelta por la Capadocia. Fueron más de tres semanas desplazándome en autobuses y minibuses locales; más de tres semanas en las que me empapé de paisajes, historia y gente: un gran viaje. 

La etapa de Siria fue especialmente provechosa, y aunque no visité todos los lugares que en un principio tenía previsto, el país dejó una profunda huella en mi corazón. 

Hoy leyendo y viendo todo lo que está ocurriendo en el pais, me vienen a la memoria todos esos instantes, todos esos momentos en los que una carretera, un paisaje, unas ruinas o unas calles asomaban ante mis ojos para ofrecerme retales de la historia de la humanidad, pistas para contarme lo que fuimos y lo que somos, porque si hay un país que puede hacerte entender el devenir de los tiempos, ese es Siria.

Por allí pasaron imperios, se asentaron religiones, acudieron comerciantes de uno y otro lugar; allí confluyeron sabiduría y cultura de forma amable y tolerante, pero también de forma dolorosa y cruel, porque la existencia de un pais, un pueblo, casi siempre se configura con mucho sufrimiento, con mucha sin razón: todo esto lo entiendes al pasear por sus ciudades y pueblos; visitando mezquitas, castillos, oasis, iglesias, museos, bazares…acumulando instantes en tu cabeza y en tu corazón: recuerdos que la barbarie humana no me harán olvidar.

Recuerdo el desesperante paso de la frontera de Siria donde una hilera de funcionarios tecleaba sobre viejos ordenadores mientras un supervisor revoloteaba sobre sus cabezas y nos miraba a todos de soslayo y a los tres occidentales que allí nos encontrábamos de forma intimidatoria; recuerdo los controles en la carretera a Damasco en la que los militares subían al autobús y revisaban nuestros pasaportes con la desgana que provoca la rutina.

Damasco - Siria  

Recuerdo la llegada a Damasco, la pensión que había elegido para dormir; la toma de datos en un viejo libro de registro hecha por un somnoliento recepcionista al que desperté de su siesta y al cual le debí pillar en un mal día porque no daba muchas explicaciones a las simples preguntas que le hacía.

Recuerdo un zumo de naranja recién exprimido y otro gratis antes de adentrarme en uno de los zocos más bellos y mejor surtidos que he conocido, un laberinto en el que los ojos no daban abasto para grabar con la mirada todas las mercancías que se exponían ni la mente podía procesar toda la vida que emanaba de las callejas; recuerdo al Ciego de Damasco, al hombre que me regalo chocolatinas, a hombres con sus hijos compartiendo un día en el Hamman.

Damasco - Siria 
Recuerdo el viaje a Maalula en un desvencijado minibus en el que para pagar el billete, los pasajeros que nos encontrábamos en la parte de atrás íbamos pasando nuestros billetes y monedas al de delante, que a su vez lo pasaba a otro hasta llegar al conductor y las vueltas llegaban por el mismo sistema; recuerdo el monasterio de Santa Tecla donde todas las religiones confraternizaban, se comprendían y oraban juntas.

Maalula - Siria 
Recuerdo la calurosa Palmira donde un viento cálido presagiaba agotamiento; la conversación de té con el recepcionista del hotel, sus ofertas para ir a Irak, mis largas cambiadas, y el divertido regateo para, a la tarde, visitar las tumbas y el castillo. Recuerdo la impresión que me causaron las silenciosas ruinas de Palmira, las reflexiones que hice en el cercano oasis sobre las fugacidad del tiempo, los imperios y las derrotas, sentado en la tierra, bajo palmeras y olivos, escuchando el correr del agua en las acequias.

Palmira - Siria 
Recuerdo una puesta de sol desde el castillo que ensombrecía la arena y difuminaba el paisaje; recuerdo pasear de noche entre las ruinas con la única ayuda de la luz de la luna: la respiración del viento.

Palmira - Siria 
Recuerdo una tormenta de arena en el camino hacia Homs que borraba toda visión y obligaba a los conductores a hacer uso alternativo de luces y bocinas; las paradas en pequeños pueblos para dejar o recoger gente; el cambio radical del paisaje al entrar en el valle del Oronte donde los olivos y los árboles frutales tapizaban el paisaje de verde. 

Recuerdo la llegada a Homs, a la terminal de microbuses donde a grito pelado se anunciaban los destinos; al niño, veterano y curtido de la vida, que al escucharme decir Qalat-EL Hosn, me abrió paso entre una multitud de gente que me atosigaba para que eligiera su vehículo.

Recuerdo la soledad altiva del Crac de los Caballeros, la inexpugnabilidad de una fortaleza que sólo fue rendida mediante el engaño. Recuerdo el vértigo que me produjo asomarme desde lo alto de una torre, la sensación de estar en la época de los cruzados mientras caminaba por todo sus rincones. Recuerdo ir cambiando de transportes hasta llegar a Hama, una de las ciudades más castigadas de siempre por el gobierno sirio.
Crac de los Caballeros - Siria 
Recuerdo la inutilidad de mi diccionario árabe español o de mi pronunciación para llegar hasta el hotel donde quería alojarme; pero recuerdo perfectamente como conseguí llegar por señas: subido en una moto que en una calle me depositó en la parte de atrás de una de esas furgonetas que lo mismo llevan madera, que piedras, fruta o gente. Recuerdo los paseos por las bellísimas norias en la que los chavales se subían y como si fuesen manecillas, cuando eran las once, las doce o la una del reloj que formaban con la noria se zambullían risueños en el río ante la admiración colectiva de los que nos encontrábamos allí. Recuerdo la buena hora que pasé en una barbería huyendo de un calor que demandaba la urgencia de una cerveza; una cerveza  que sería muy complicada después de encontrar por la extrema religiosidad de la ciudad.
Hama - Siria  
Recuerdo haber llegado a la caótica Aleppo, dejar mis bártulos en un hotel y salir disparado hacia la parte antigua perdiéndome en el zoco donde durante todo el día visité antiguos caravanserais en los que aún se amontonan las mercancías; observando como se fabrica el famoso jabón de la ciudad, charlando con todos aquellos que me daban cuartelillo y les importaba un bledo mi dinero; tomando té en un pequeño cafetín desde el que se apreciaba los ires y venires, los dimes y diretes, las resignaciones o los deseos de una población que daba la sensación siempre de estar muy viva.
Aleppo - Siria 
Recuerdo la ciudadela, la tranquilidad del barrio copto y  el armenio plagados de curiosos comercios; el mítico hotel Barón que alojó a ilustres personajes, las atronadoras calles próximas a la plaza del reloj en las que la música a todo volumen se entremezclaba con el ruido del tráfico.

Aleppo - Siria 

Recuerdo que en Siria era la ilusión la que me despertaba cada día; sonaba a primera hora cada mañana. Sólo el cansancio y la negrura de las calles volvían a recluirme por unas horas. Abandoné el país por la frontera turca cerca de Antioquía, la misma que hoy se llena de refugiados y minas; y hoy me acuerdo de eso, y de aquellos días felices, y de toda la gente con la que compartí palabras, ideas, momentos, sonrisas; de todos esos amigos temporales que me ayudaron y me enseñaron a amar un país: personas que hoy están sufriendo, una vez más, por la sin razón y la estupidez humana.

Siria en mi corazón.


jueves, 15 de marzo de 2012

Solo es querer

Es el título del corto que Nicolás Cubelli, que trabaja en la Smile Company, se curró el año pasado invirtiendo en tiempo y dinero para cumplir un sueño. Recuerdo que antes de empezar a filmar me adelantó la historia mientras nos conversábamos unas cervezas.  No era su primer corto, ni la primera vez que se enfrentaba a un rodaje. 

A medida que me iba contando la historia y me ofrecía algún detalle sobre los planos, las localizaciones, etcétera, iba creciendo su entusiasmo, aún a sabiendas de que yo no soy un experto en el séptimo arte: algunas de las palabras y términos que utilizaba me sonaban a chino; el haberme leído un libro sobre Frank Capra que dio lugar al post Frank Capra: de vivir con miedo a comunicar esperanza no solucionaba lo de mi ignorancia cinematográfica. El caso es que en realidad ese día no creo que Nico me estuviese hablando de cine, sino de amor e ilusión: las palabras cuesta entenderlas e interpretarlas correctamente pero los ojos, los gestos hablan sin dar lugar a equívocos.

“Solo es querer” es el título. Para mi no se trata sólo de un corto que ha hecho un amigo que posee un gran talento: se trata de una declaración de intenciones, una reflexión sobre lo que empuja a cumplir nuestros sueños, sobre los que nos mueve, como conté en el post ¿A ti que te mueve? El motor de nuestras vidas; es un homenaje al amor con mayúsculas, a  la constancia y entrega, a poner el foco y esfuerzo en lo que más quieres: a lo importante.

El corto lo está moviendo para presentarlo a algún que otro concurso. El otro día me dijo que se presentaba a un concurso de “corto del mes” en Filmin, una página para cinéfilos y que si me parecía bien le votase; también que publicará algo en el blog sobre ello indicándome que la gente que viese su corto le votase si le gustaba o que votase a otro.

Yo no sé si ganará algún premio o si gustará. De lo que si estoy seguro es que independientemente del éxito o no, ha hecho un trabajo con el corazón y sólo por eso, merece la pena el esfuerzo, porque la recompensa personal, la de estar orgulloso de tu trabajo, al final, es lo único que vale, perdura en el tiempo y contribuye a tu felicidad.

Os dejo el corto en el que, además, podréis ver las dotes interpretativas de uno de los seguidores habituales de este blog, Rafa Bartolomé, que  es el actor principal.

Feliz fin de semana
  
   

martes, 13 de marzo de 2012

Frases del Ying y el Yang I


Dualidad, los dos lados de una misma cosa. Es el principio del Ying y el Yang: lo blanco y lo negro, lo positivo y lo negativo, el bien y el mal…las fuerzas que se equilibran en cada concepto, en cada idea, en todo lo que somos y representa nuestras vidas.

A todos nos gustan las frases y reflexiones. Si son inspiradoras, motivadoras o reveladoras las memorizamos, las distribuimos y, las menos veces, las interiorizamos y las aplicamos por súbitos olvidos, por falta de voluntad y convencimiento o porque una cosas es predicar y otra dar trigo. El caso es que hoy vamos a jugar a las frases del ying y yang y que cada cual haga sus propias reflexiones y saque sus conclusiones. Posiblemente después de una pensada, nos demos cuenta que nosotros mismos estamos sujetos a las fuerzas del ying y del yang.

Feliz día

Sobre la ambición

La ambición suele llevar a los hombres a ejecutar los menesteres mas viles: Por eso para trepar se adopta la misma postura que para arrastrarse.
Jonathan Swift

La ambición es un vicio, pero puede ser madre de la virtud
Marco Fabio Quintiliano

Sobre callarse

Quien guarda su boca y su lengua, guarda su alma de angustias.
Proverbio bíblico

Muchas veces se arrepiente uno de haber hablado y ninguna de haber callado.
Simónides

Sobre el carácter

El carácter de una persona lo determinan los problemas que no puede eludir y el remordimiento que le provocan los que ha eludido. 
Arthur Miller

El hombre parece tener más carácter cuando sigue su temperamento que cuando sigue sus principios. 
Friederich Nietzsche

Sobre la cobardía

Un cobarde es una persona en la que el instinto de conservación aún funciona con normalidad. 
Ambrose Bierce

El heroísmo no se puede exigir, pero la cobardía no se debe disculpar. 
Valentín Moragas Roger

Sobre el destino

Lo importante no es lo que nos hace el destino, sino lo que nosotros hacemos de él. 
Florence Nightingale.

No hay clavo tan fuerte que pueda detener la rueda de la fortuna. 
Miguel de Cervantes

Sobre el dinero

El hombre es rico en proporción a las cosas que pueden desechar.
Henry D. Thoureau.

Cuando no se tiene dinero, siempre se piensa en él. Cuando el dinero se tiene, sólo se piensa en él.
Paul Getty

Y para finalizar hoy: sobre la experiencia

La experiencia tiene la misma utilidad que un billete de lotería después del sorteo. 
Alfred d' Houdetot

Más vale un abrojo de experiencia que toda una selva de advertencias.
James Russell Lowell

Hoy Thinking Souls con Maria Teresa Trilla, Gildo Kaldorana, Katy, José Luis Montero, Rafa Bartolomé, Myriam y Alfonos Quinto.

lunes, 12 de marzo de 2012

Una mirada viajera

Mount Abu - India 
Cuando viajamos miramos con ojos de forastero. Cuando observamos, nos damos cuenta de que hay muchas cosas que nos son familiares. Hoy os dejo una de esas escena, que sucedió en Mount Abu, en India pero que podía haber sucedido en cualquier lugar de el mundo. Así, la viví, así la sentí y así la cuento: una mirada viajera que siempre implica más que ver.

Día de playa

A ultima hora de la tarde, en el crepúsculo, cuando el día anaranjeaba, Mount Abu se disfrazaba de población de playa, de día de agosto de verano, de crema solar, ropa nueva y maquillaje. Hordas de familias se paseaban en los alrededores del lago Nakki. Las calles que desembocaban en el lago eran tenderetes de estío y puestos de verbena, donde las músicas atronaban en cualquier rincón. La vía principal, un improvisado bazar que ofrecía mercancías de días de vacaciones, de esas que adquieres sin tener en cuenta las recomendaciones del ministro de economía de turno; de esas que endeudan hasta las cejas: mercancías caprichosas. Las mujeres se detenían en las joyerías con premeditación, alevosía y casi nocturnidad, persuadiendo a unos maridos que intentaban escaquearse de soltar unas rupias que, con seguridad, desestabilizaría la economía familiar. No lo tenían nada fácil: los niños, aliados con sus madres, demandaban un helado de color chillón, un plastificado juguete, tirando con insistencia del bolsillo del paterno pantalón. Al final, una mano mostrando una sortija y una lengua lamiendo un helado. ¡Qué se le iba a hacer! Él se desquitaría durante la cena.

Los adolescentes se reunían en torno a la orilla del lago, envidiando a esa pareja de novios, de enamorados que se posaban en mitad del lago embarcados en un hortera patín de cisne, emulando a los actores de películas «Made in Bollywood».

También se veían otras parejas que andaban hacia ninguna parte: eran parejas de recursos limitados que carecían de dinero para comprar. Lo habían gastado todo en el viaje, en el hotel y se conformaban con pasear por la orilla. En su fuero interno reinaba el sinsabor de quien se sabe fuera de lugar: él, apenado por no poder ofrecer nada mejor a su mujer. Ella, por ver la desazón en el alma rasgada de su marido. Los dos, porque en ese momento hubiesen deseado ser otras personas.

Los olores de las fritangas se mezclaban con el de las pastelerías, los restaurantes voceaban los menús: la competencia obligaba a los camareros a aventurase en las calles para convencer a un risueño gentío de que la mejor comida se servía en su local. Los vendedores ambulantes agitaban con insistencia sus mercancías, ante los ojos seguros y duros de un padre de familia que más que rechazar, las despreciaba.

La ropa se podía encontrar en el mercado tibetano. Con expresiones cansinas, de llevar toda la existencia encajados en pequeños cubiles, los tibetanos despachaban ropa falsa occidental. Todo a precio fijo, como sus caras que no concedían una oportunidad a la mueca, a la sonrisa: eran hielo.

En mi décima vuelta por Mount Abu —era un pueblo de circuito—, presencié la única bronca seria entre indios. Sucedió en un vulgar restaurante que servía thalis vegetarianos a discreción por veinte rupias, bebida aparte. Ese día había decidido arriesgarme, exponerme a una diarrea, castigarme un poco, solidarizarme con aquellas parejas de presupuesto escaso y futuro repleto de ilusiones: durante la cena, imaginaría violines, pondría las velas, vestiría las mesas y serviría los lassis en vasos de plata.

Esto que imaginaba hacer, se fue al traste cuando un hombre de mediana edad, casado con esposa y suegra, se enzarzó en una discusión tan absurda como las reverencias que me hizo el camarero al entrar en el cochambroso restaurante. Por lo que pude entender, el jaleo se había iniciado por el punto de cocción de unos chapatis y, a pesar del cambio y las disculpas del dueño —que se preocupaba más por lo que yo pudiera estar pensando que del gilipuertas fanfarrón en cuestión—, el sujeto insistía en no sé qué gaitas, llegando a arrojar infantilmente la bandeja del thali contra el suelo. Provocó tal estruendo que el restaurante entero enmudeció. Un hasta aquí hemos llegado, un tú de qué vas, paga y vete, cuatro gritos y doce brazos para ayudar, hicieron reconsiderar su actitud al cliente pendenciero. Aún así, continuaba despotricando, buscando apoyo en una suegra que le reprendía con la mirada —«anda deja de hacer el canelo Lalit»— y una mujer abochornada, de esas que ruegan comprensión por la estupidez de su marido.

Cuando afiné el violín, las parejas habían huido. Y es que hay gente que no se relaja ni estando de vacaciones. 
 

Soul Business

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