domingo, 30 de septiembre de 2012

Miradas de Caldas II

Catedral de Manizales 
El hostal en el que me alojaba se encontraba en el sector “El Cable”, cerca de la “Zona rosa”, que es como en numerosos puntos de América son conocidos los barrios de ocio y juerga de la ciudad.  

Tenía hambre. Para lo del sancocho debía esperar unas horas y mi estómago llevaba ya tiempo demandando un poco de atención. Por sugerencia de Ana, la dulce y amable encargada del hostal, con la que estuve charlando un buen rato sobre qué hacer en la ciudad, me acerqué a Don Juaco, un pequeño y conocido restaurante de comida rápida situado a unos quinientos metros y tres cuestas y media de distancia, en el que podría probar el mejor chicharrón de la ciudad (o torrezno si se prefiere la versión castiza).  

Tuve que esperar un rato hasta conseguir sentarme. El restaurante rebosaba de familias, grupos de amigos y parejas que ocupaban todas las mesas. Los que estábamos de pie aguardábamos nuestro turno con el estoicismo (y en mi caso una cerveza en la mano) de quien sabe que la ansiedad es mala para la digestión.   

Es curioso como la comida, en este caso algo tan simple como un torrezno,  puede desubicarte de inmediato del lugar donde te encuentras transportándote por unos instantes a tus referencias. Si hay algo que despierta la nostalgia son los sabores y olores.
Me zampé un hermoso plato de chicharrones bien fritos, crujientes que me recordaron a los que he tomado en muchos pueblos de Castilla. La única diferencia se apreciaba en el corte: en lugar de pequeños trozos, eran servidos en una sola pieza grande, acompañados de aguacate, fríjoles, arroz y arepa.  

A primera hora de la tarde subí a la primera buseta que parecía dirigirse hacia el centro. Me costó traspasar el torno de entrada y me extrañó lo estrecho del paso teniendo en cuenta que gran parte de la población de Colombia no es precisamente delgada. La verdad es que no tenía ni idea si me dejaría por allí pero, total, había decidido olvidarme de papeles, guías y sugerencias y moverme según lo que me dictase el alma y aconsejase el cuerpo.

Bajé a unas tres cuadras de la catedral ascendiendo por una estrecha calle en la que viejos comercios rotulados en neón languidecían confiando en la llegada de unos pocos clientes. La imaginación me hacía retroceder en el tiempo, situando esos moribundos negocios en su época de mayor esplendor, aquella en la que aún no se había desvanecido la ilusión; tiempos en los que en los anaqueles no habitaba el polvo y el descuido; tiempos de colonización y asentamiento emprendedor de los “paisas” que poblaron y dinamizaron comercialmente toda la región.

Manizales me estaba dando la impresión de ser una de esas ciudades que se quedaron a medio camino de haberse convertido en una gran y próspera urbe; una ciudad que trabajó y se esforzó mucho en las primeras décadas de su nacimiento, que se abandonó durante otras tantas y que hoy intenta resurgir con su vida universitaria y nuevas industrias o servicios porque sabe que no puede depender del café. No lo tuvo ni lo tiene fácil, varios incendios en el siglo pasado asolaron parte de la ciudad. La actividad sísmica o el Nevado del Ruiz pueden desquebrajarla, de nuevo,  en cualquier momento.

Desemboqué en la plaza Bolívar por el costado del edificio de la Gobernación de Caldas, un sobrio edificio de lo que se denomina “arquitectura republicana”, periodo que abarca desde finales del XIX al primer tercio del XX y que se caracteriza por una mezcla de estilos europeos y americanos. En la plaza, locales y visitantes hacían fotos al monumento “Bolívar Cóndor” una imponente escultura alegórica del prócer de la patria realizada en bronce, mitad pájaro, mitad hombre que particularmente me pareció horrenda: si había algo que me iba a acompañar durante todo el viaje era la figura del Libertador y las agujetas que dejan la subida y bajada de calles y senderos.

Subiendo unas escalinatas accedí a la Catedral de Nuestra Señora del Rosario que recordaba bastante al gótico de algunas iglesias del norte de Europa o al bizantino. El templo, uno de los más grandes de América, que puede llegar a albergar más de cuatro mil personas (aunque supongo que el lleno total se producirá en contadas ocasiones), fue erigido con hormigón armado. Está adornado de numerosas y vistosas vidrieras que para mi infortunio quedaban deslucidas en ese día gris y tristón.

Di un respetuoso y reflexivo paseo por el interior, mirando las vidrieras, las tallas de los santos, oliendo la cera de las velas, respirando el silencio y admirando la fe, la devoción y las esperanzas de los fieles. Lo abandoné por una puerta lateral y me encaminé a la carrera 23 que a esas horas ofrecía un ambiente denso que complicaba el tránsito por la gran cantidad de gente que a esas horas atestaba una vía en la que las voces de los vendedores ambulantes, el continuo murmullo de los viandantes y las atronadoras músicas que salían de los comercios parecían poner la banda sonora de la vida de la ciudad.  

Diario de viajes Soulombia: Continuará


lunes, 24 de septiembre de 2012

Miradas de Caldas I

Manizales - Caldas 

Gracias al retraso en la salida del autobús a Manizales, Pereira no fue más que una brevísima escala técnica. Minutos después de llegar a la terminal me encontraba en un cuidado y nuevo autobús, sentado al lado del conductor lo que me permitía ampliar considerablemente mi campo de visión y por consiguiente la capacidad de disfrute. Este hecho de “llegar y besar el santo”, me sugería, de alguna manera, que, a menudo, es más provechoso fluir que planificar y que el tiempo, lejos de responder a una sucesión de unidades cronometradas, en realidad lo hace a los momentos o las oportunidades: en teoría dispondría de una hora más y una de espera menos. En la práctica me daba exactamente lo mismo porque hacer camino es tan gratificante como llegar al destino y una espera en una estación puede llegar a ser muy entretenida.

Al salir de Pereira el cielo se entristeció. El esplendido sol, que hasta ese momento había acompañado el día, quedó oculto por un lienzo ceniciento que presagiaba una de esas jornadas de tránsito en las que no esperas nada notable y son más de pasar página que de vivirlas, pero tan necesarias, que sin ellas, el viaje no tendría razón de ser.

Las excursiones al Nevado del Ruiz, uno de los motivos principales por el cual los turistas visitan Manizales, habían sido canceladas por los vomitones de ceniza que había expulsado el volcán unos meses atrás y que había puesto en alerta a la región.  Atractivos como la visita del parque de los Yarumos o el Recinto del pensamiento me habían dado pereza y acercarme hasta la zona de Chipre para tener unas buenas panorámica hubiese sido inútil debido a una nubosidad que ponía telón a los paisajes. El plan era sencillo: acomodarme, comer, darme una vuelta por Manizales y descansar.

El trayecto en el taxi que me llevaba hasta el hostal me dio una idea de lo que podría encontrarme en Manizales: una ciudad fatigosa de pasear por la gran cantidad de cuestas que subían o bajaban a nuestro paso en una suerte de laberinto urbanístico; una ciudad en la que se vislumbraban y se hacían patentes las diferencias económicas y sociales que vi, más que en los ambientes rurales, en las ciudades medias y grandes de Colombia. Por mi retina pasaban míseros barrios de feas y pequeñas casuchas humilladas por la cercanía de nuevos edificios de pisos con vigilancia 24 horas, pequeños colmados desafiando a los grandes centros comerciales, flamantes carros seguidos de los viejos “cuatro latas”; ricos vestidos de domingo y pobres vestidos de andar por casa.  Pasaban muchas cosas por mi retina y otras tantas por mi cabeza.

Una de ellas tenía que ver con la distorsión viajera. Se tiende a pensar que el viaje, por ese componente de idealización que lo envuelve, nos muestra siempre su mejor cara, cuando en realidad, no es el viaje sino nuestra mirada más íntima la que se encarga de retener o ignorar aquello que vamos viendo, de ensalzar o deslustrar, de aceptar o negar la realidad: de intentar comprender o empecinarse en no comprender nada.

Cuando fui a registrarme en el hostal me dijeron que lo sentían, pero que estaban completos. La persona que me había hecho la reserva telefónicamente se había equivocado y no disponían de ninguna habitación. Podía haberme enfadado, intentar que cambiasen de opinión y dejar a otra persona sin habitación o buscar una solución a algo, que lejos de ser un contratiempo, en el fondo no dejaba de ser una anécdota más del viaje.

Ésta llegó minutos después. Las chicas de recepción me invitaron a sentarme en un sofá y me sirvieron un café; también a que participase en una fiesta que habían organizado con motivo de la fiesta de la independencia en la que habría juegos tradicionales colombianos como el tejo, la rana, cerveza a raudales y sancocho, (la sabrosa y espesa sopa colombiana que más parece un guisote) hecho al fuego de leña y muchas otras sorpresas. De un inconveniente surgía una propuesta para pasar la tarde. Si me aburría y el día salía soso no sería por falta de planes.

Llamaron a otro hostal que se encontraba enfrente, a unos cincuenta metros y reservaron la última habitación que quedaba libre. Me acerqué a verlo antes de aceptar definitivamente. No era el habitáculo soñado. Se trataba de un cuarto interior en el que la poca luz que entraba lo hacía por una cubierta de cristal traslucida, pero no estaba mal. Además, quería aprovechar el día y no tenía intención de permanecer en la habitación más que el tiempo imprescindible.

Diario de viaje Soulombia: Continuará 

lunes, 17 de septiembre de 2012

En el corazón del Quindío V


Salento
Gracias a unas holandesas que se alojaban en el hostal, me enteré de que una buseta partía hacia Pereira a las diez de la mañana, lo cual me alegró infinito ya que eso me permitiría dar una última vuelta por el pueblo y preguntar en dos lugares, un bar y un restaurante para ser más exactos, si habían encontrado un suplemento de gafas de sol que creía haber extraviado.

En las calles se observaba un mayor movimiento de gente y circulación de vehículos que llegaban al pueblo para pasar el 20 de julio, fecha en la que los colombianos conmemoran el inicio de la independencia de España.

En las ventanas y balcones se izaban orgullosas las enseñas patrias, reforzando el aire festivo de un viernes que a mi me parecía domingo. En la plaza Bolívar, los vendedores más avispados habían ubicado sus carritos y puestos móviles en las zonas de más transito. Ofrecían jugos de naranja, granizados, o ensaladas de frutas (papaya, plátano, granadilla, piña). También se veían los esqueletos de tenderetes más amplios que en horas rebosarían de chorizos, hamburguesas, arepas, dulces y otras chucherías.

Me encaminé a la iglesia del Carmen. Dos soldados flanqueaban la entrada. En el interior una columna de al menos cincuenta asistía, con esa formalidad castrense que ofrece la posición de descanso, a la primera misa del día en la que apenas había tres o cuatro feligreses; en la plaza, la estatua de Bolívar, espada en alto, parecía invitar a los transeúntes a sumarse a la celebración.

Paseé por dos o tres cuadras que tenía pendientes y regresé al hostal para cerrar el equipaje y despedirme de mis anfitriones.

El hostal Ciudad de Segorbe había sido algo más que un lugar donde reposar las experiencias. No era el hospedaje más lujoso del mundo, seguramente se podrían mejorar muchas cosas, pero esa restaurada casa antioqueña tenía alma. Poseía algo muy escaso en la hostelería y en otros negocios: verdad.

La verdad no se enseña en las escuelas de hostelería ni en las más prestigiosas universidades del mundo. La verdad es diferenciación tangible e inmediata. No necesita más inversión que la voluntad de hacer las cosas con amor, pasión, empatía y cercanía: y eso depende de las personas. Luis y Enrique actuaban así y ese es el secreto de su éxito: ser verdad.

Partir de los lugares en los que uno se reconoce entristece un poco el alma, pero todo aquel que viaja sabe que la poderosa fuerza que surge del anhelo de descubrir otros caminos, otras personas, otras ideas… mitiga ese comienzo de la nostalgia que son los adioses.

Hostal Ciudad de Segorbe 

Hostal Ciudad de Segorbe  

Hostal Ciudad de Segorbe 

Hostal Ciudad de Segorbe 
Abandoné el hostal entre abrazos y buenos deseos, sin tener claro lo que haría ese día. Me acompañaron las holandesas que también viajaban a Pereira para visitar una finca cafetera y dar un garbeo con un amigo de Luis y Enrique que la tarde anterior se había ofrecido a hacer de cicerone. Antes de partir, la buseta dio un par de vueltas por el pueblo para recoger gente. Finalmente partimos para tomar la autopista del eje cafetero, una carretera de doble calzada que ha acortado considerablemente el tiempo de desplazamiento entre las tres capitales del eje cafetero.

Mientras descendíamos, mi vista se perdía en el verdor del valle, en la escalonada topografía manchada de casas, en la irregular muralla que formaban las montañas que fueron subidas y bajadas por aquellos hombres que un día decidieron establecerse en ese pequeño paraíso natural que es el Quindío. Me preguntaba si algún día, en algún lugar yo haría lo mismo, buscando acomodo lejos de mi tierra o si, por el contrario, se acentuaría ese espíritu nómada que todos, aunque no lo queramos aceptar, llevamos dentro.

La libertad de elección es uno de los privilegios del viajero solitario. Nos acercábamos a Pereira y aún no había decidido si pasar la mañana y parte de la tarde en los famosos termales de Santa Rosa del Cabal o enlazar directamente con el primer bus que saliese para Manizales. Dudaba si darme un tratamiento termal y disfrutar de un paraje que me habían anunciado muy hermoso o pasar el día en una de las capitales del eje cafetero y descansar.

El viaje, a diferencia del trabajo o la rutina del día a día, te enfrenta continuamente al dilema, a tomar decisiones inaplazables y, además, a hacerlo de forma constante. Ese dilema en realidad lo que hace es ayudar a que te sientas confortable contigo mismo y elijas según te dicte el alma y el cuerpo y no el plan previsto.

Opté por continuar hasta Manizales: con seguridad los termales estarían hasta reventar de visitantes,  ruidosos e incómodos de pasear.

Diario de viajes Soulombia: continuará

viernes, 14 de septiembre de 2012

En el corazón del Quindío IV

Salento  

Por su extensión, en un par de horas se puede visitar el pueblo Salento. Si uno recrea la mirada en los valles que la rodean y el colorido de alguna de sus casas, la visita duraría toda la vida.

Aún era pronto para mi hora de comer. Durante un buen rato estuve dando vueltas por la plaza de Bolivar, primero de forma perimetral imaginando la vida de los colonos cuando empezó el comercio del café, la llegada de los arrieros, las primeras construcciones, el progreso…Más tarde, adentrándome en el jardín de la plaza, alegrándome de que en numerosos lugares de América hayan tenido el buen gusto de conservar los árboles y arbustos, testigos del devenir de los pueblos y de los hombres.

Paseaba por una plaza que irradiaba amabilidad bajo la mirada de la iglesia del Carmen, una plaza cerrada por la bellísima sencillez de coloridas edificaciones construidas con las técnicas de tapia pisada y baharaque, que demuestran que el ingenio, el aprendizaje  y la creatividad humana no tiene límites pues los muros y las paredes se construyen con una mezcla de tierra, agua, excrementos de caballos o vacas en el caso de la tapia pisada – muy parecido a lo que hacen los masais en sus poblados o con toda probabilidad en otros lugares del mundo. Y, en el caso de bahareque, añadiendo madera de guadua y caña.

Yo miraba y miraba. El contraste del blanco con el azul, el azul con el amarillo, el amarillo con el verde y, éste con en el naranja que a su vez lo hacía con el blanco o el crema conseguían hipnotizar mis pupilas que quedaban fijadas al admirar los trazos geométricos que cubrían muros, balcones, puertas o ventanas.

Salento  

Salento  

Salento  
Continué hasta la Calle Real, la más renombrada de la localidad donde abundan las tiendas de artesanía a granel, algún que otro bar tradicional y varios restaurantes para disfrute del visitante. Almorcé en el Rincón de Lucy, un restaurante en el que se servía “comida corriente”, el menú del día colombiano, en el que por menos de cuatro euros tomé un cuenco de lentejas, pollo a la plancha, ensalada, arroz, un platano, un refresco y una cerveza mientras escuchaba conversaciones sobre la corrupción y sinvergonzonería política que permitía que el agua de Salento fuese más barata para los habitantes de Armenia que para los lugareños lo que certifica que en todos sitios cuecen habas.


Salento  

Salento  
Al final de la tarde me senté en el patio del hostal con la esperanza de volver a ver el colibrí que acudía un bebedero que habían instalado y a buscar alojamiento para la siguientes etapas. Disponer de una conexión Wi Fi es de gran ayuda para consultar y gestionar sobre la marcha posibles itinerarios y alternativas. Enrique me recomendó un hostal que resultó estar completo. La fecha para reservar era mala. El día siguiente era la fiesta de la independencia y además fin de semana, lo que complicaba bastante encontrar un hospedaje a un precio razonable. Tampoco me preocupaba mucho. En los viajes, como en la vida, a menudo las cosas se resuelven de la manera más inesperada. Finalmente encontré alojamiento para las dos siguientes paradas: Manizales y Salamina

Por la noche me acerqué a La Eliana, un restaurante regentado por  Jesús, un valenciano que acabó hasta los mismísimos de Europa y ahora vive más tranquilo haciendo pizzas, bocadillos, hamburguesas y algún que otro plato español. Incluso se atreve con la cocina india fruto de su estancia de varios años en Londres. No dejaba de ser curioso que en un pequeño restaurante de un pueblo de Colombia se dieran cita algunas de las cocinas más variadas y ricas del mundo.

Como muchos otros expatriados que abandonan sus paises, la razón de su llegada a Colombia tuvo más que ver con la necesidad de liberarse del hartazgo que provoca una Europa ultra competitiva, adornada de apariencias, hipocresía y abundancia de tontería, que con cuestiones meramente crematísticas. Creo que a todo el mundo nos llega un momento en la vida en el que, finalmente, aprendemos a despojarnos de las cargas que en su día aceptamos y vamos soltando tanto lastre como es preciso para vivir de acuerdo a lo que somos y no a lo que creíamos que deberíamos ser. No somos conscientes de la inutilidad de luchar contra nosotros mismos; de ese esfuerzo estéril que siempre termina en sufrimiento e insatisfacción.

Antes de ir a dormir, me di una vuelta por el pueblo. En la lejanía se escuchaba el rasgar metálico y machacón de unas guitarras eléctricas y los berridos de unas voces femeninas. Decidí acercarme pensando que sería un bar con música en vivo. Para mi sorpresa, se trataba un amplio local donde se celebraba un culto religioso. No permanecí el suficiente tiempo para averiguar a cual de los cientos de iglesias evangélicas que se reparten por América pertenecían aquellos fieles tan devotos que eran capaces de soportar ese despropósito musical, ni tampoco que financiación había detrás, pues muchas religiones se preocupan más del bolsillo de los fieles que de sus almas: si hay una colonización que nunca se dará por terminada es la religiosa

Era mi última noche en el hostal y como en los días anteriores conversaba un rato con Luis y Enrique. Esa noche les acompañaba una amiga que vivía en el pueblo. Sin conocerme de nada me invitó a que fuese al día siguiente a tomar café a su casa. Me sorprendió un poco su insistencia pues yo era un extraño, un desconocido cuyo único aval eran mis palabras, mis respuestas a su curiosidad por las cosas de España. Agradecí la invitación pero al día siguiente salía a primera hora de la mañana y no era cuestión de presentarse a las siete de la mañana en su casa.

Con el paso de los días fui certificando que una virtud que tienen los colombianos es que te hacen sentir bien y que su sentido de la hospitalidad, ganas de agradar y de ayudar les sale  de forma tan natural como sus sonrisas.


Continuará: Diario de viaje Soulombia 

lunes, 10 de septiembre de 2012

En el corazón del Quindío III


Wyllis en Salento
El reposo y la ilusión habían obrado el milagro. Si bien me había levantado con molestias y la hinchazón del pie no había desaparecido del todo, mi ánimo se encontraba en plena forma, deseoso de experimentar una vez más la agradable sensación de ser yo y dejar mis circunstancias para otra ocasión, como cuando de niño creaba un mundo íntimo, inocente y a la medida en el que sólo la imaginación y las cosas buenas y bellas de la vida tenían cabida.

Me encantaba la hora del desayuno no por su abundancia de fruta fresca, tostadas y buen café – suelo desayunar frugalmente – sino por el buen rato de conversación que tenía con Luis y Enrique, que más que hosteleros parecían viejos conocidos a los que se les podía hacer confidencias.

Durante el desayuno Enrique me estuvo orientando sobre el valle del Cocora y la ruta que debía seguir para no perderme, utilizando para ello el plano que habían dibujado en el hostal para los huéspedes. Me señalaba los puntos de interés, la distancia y la dificultad de cada tramo. De vez en cuando intervenía Luis aportando alguna sugerencia, asintiendo a las palabras de Enrique o matizándolas.

Insistió mucho en que tomase la dirección adecuada, pues aunque la ruta era circular,  las posibilidades de extraviarse en una de las bifurcaciones que aparecían en el camino eran altas. Podía acabar en la espesura de los bosques de niebla dando vueltas sin sentido, podía acabar a hacer puñetas lejos de la civilización o lo que era peor; meterme en una de las fincas donde había ganado bravo y acabar corriendo delante de las vacas y los toros, montándome mi propio encierro como si fuese un mozo de San Fermín: no era para tomarlo a broma, más de un turista se había llevado un buen susto y alguno que otro una cornada.

Dudaba si acercarme a la reserva de Acaime lo que supondría un mayor número de kilómetros o hacer la versión corta de la ruta. Sabiendo como me encontraba, me sugirieron que quizá fuese excesiva la caminata, sin llegar a aconsejarme que no la hiciera. No es que no se “mojasen”: creo más bien que el profundo respeto que sentían por “sus viajeros” les impedía condicionar sus elecciones.

En la plaza aguardaban los “Willys”, unos coloridos y vetustos jeeps que se utilizan para el transporte público por la zona. Conseguí acomodarme en el primero que salía, apretujado entre lugareños y bultos. Una vez estuvo a rebosar, partimos. Durante el trayecto el jeep se detuvo para recoger algún pasajero más que se dirigía al valle. Al no haber más espacio en el interior, se iban situando en la parte posterior y viajaban de pie agarrándose a la barra superior que servía para cerrar la capota. El anciano que tenía enfrente me comentó que él había llegado a ver más de veinte personas en un mismo willys.

A pesar de la incomodidad, la gente charlaba animadamente de las cosas del valle, de los últimos sucesos y de los chismes sobre tal o cual persona, con la normalidad y aceptación de quien vive el día a día, sin preocuparse en exceso del mañana y, desde luego, sin esa saturación de información a la que en otros lugares estamos sometidos y que acaba por atenazar los sueños.

Al llegar al valle, para variar, me despisté y tomé la otra ruta. Una vez anduve unos cientos de metros, me di cuenta de la confusión, pero no estaba dispuesto a dar marcha atrás: el alma te dicta cuando avanzar y cuando recular, cuando dejar las cosas atrás y cuando se hace necesario volver sobre el camino andado, o cuando hacer revisión: para casi todo, no existe una única vía, ni una única respuesta. Y eso, en los viajes, es lo habitual.

Sabía que iba contra corriente: el resto de turistas y viajeros caminarían con paso firme y sin dudas, como manadas que se dirigen a un objetivo; con la seguridad que da la protección del grupo y con la certeza de encontrar todo aquello que prometen las guías o la sensación de haber aprovechado el tiempo, pero también sabía que, precisamente, esa pérdida de referencias, ese abandono voluntario a mi suerte, era lo que buscaba.

Me crucé con una comitiva de vacas que cerraba un hombre y un perro. Le pregunté cómo podía llegar hasta la Finca la Montaña, punto intermedio del recorrido previsto.

- Pase la casa que verá más adelante y siga a la derecha. Luego suba un buen tramo, unos cuarenta y cinco minutos y la encontrará.

Sin embargo, no había mencionado nada sobre abrir la puerta de una cerca y adentrarme en la finca,  lo que me hizo continuar hasta el interior del bosque de niebla. En un punto, había que cruzar un arroyo que bajaba bravío, seguramente poco profundo y fácil de atravesar con botas de agua como las que calzaban los habitantes del valle, pero viendo que el sendero al otro lado se diluía en la vegetación opté por regresar y atravesar la puerta de la finca haciendo bueno el dicho de que es mejor perdón que pedir permiso.

Había tenido la oportunidad de ver las primeras palmas de cera, pero sólo cuando comencé a ascender fui capaz de vislumbrar la majestuosidad de un valle en el que cientos de palmas se erguían diseminadas, altivas y triunfadoras de la eterna lucha del hombre contra la naturaleza.

La palma de cera es el árbol nacional de Colombia. Es la única palmera que crece en la alta montaña. Puede superar los cincuenta metros de altura. Cada uno de los anillos marcados en su tronco representan un año de crecimiento y pueden llegar a vivir más de cien años. 

Hubo una época en la que estuvieron a punto de desaparecer y aún están en peligro de extinción a pesar de las leyes que la protegen. La tala indiscriminada para obtener su codiciada madera, las heridas causadas al raspar el tronco para la obtención de la cera que durante siglos alumbró el corazón del Quindío o la Fe de los hombres y la utilización de las hojas para la fabricación de ramos de Semana Santa casi la hacen desaparecer. Y con ella hubiesen desaparecido otras especies como es el caso del Loro Orejiamarillo cuya supervivencia depende de los frutos de la palma y anida en su tronco.

Me emocionaba verlas asomar al levantar la niebla. El día parecía subir un telón en el que ellas eran las protagonistas absolutas de una de esas obras maestras con las que nos obsequia la naturaleza.

Palma de Cera en Valle del Cocora

Valle del Cocora

Valle del Cocora 

Valle del Cocora 

Valle del Cocora 

Valle del Cocora 
 
Continué la ascensión. Sabía que iba por buen camino. En la tierra había pisadas de calzado a contrapié. Deduje, por las huellas, que pertenecían a un grupo de visitantes por ser éstas de diferentes tamaños y tratarse de calzado deportivo o de senderismo y no el de los ganaderos ni el de los guías de montaña, que todos, sin excepción, calzaban botas de goma.

Traspasé otra cerca y continué caminando. Desde las alturas se podía observar la otra cara del valle, el río Quindío y la piscifactoría de truchas. Escuché el ruido de un motor. Giré la cabeza.  Una camioneta se acercaba lentamente. Cuando apareció a mi vista levanté el brazo y se detuvo a mi altura. Conducía un hombre mayor. Le consulté si quedaba lejos la Finca la Montaña.  Negó con la cabeza y me invitó a subir.

- ¿Español, sí, no? – preguntó. Asentí. Tengo un hijo en Alicante, lleva años allí. ¿Está usted de paseo?

Le conté que había llegado dos días antes y lo impresionado que estaba con los paisajes y lo que estaba viendo.

- ¿Bonito, verdad? la naturaleza es muy rica. Aquí hay mucho pino, y más allá cerca del Parque de los Nevados es muy hermoso. A mi me gustan mucho las orquídeas. Si quiere le mando unas fotos.

- ¿Vive usted aquí? – indagué.

- Vivo en Armenia, pero vengo todos los días. Hoy voy con prisa y debo regresar pronto. Si tuviera tiempo le enseñaría algunos lugares del bosque.

- ¿A quien pertenecen los terrenos? – pregunté. Son del gobierno que se encarga de protegerlos. Mire allí. Esa montaña es el cerro Morrogacho, por allí se accede al Parque Nacional de los Nevados. Hay un cementerio indio, es un lugar sagrado, pero hace mucho frío.

Detuvo el carro. Un formidable arco iris que quedaba bajo nuestros ojos se había formado en la mitad del valle. Los dos tomamos nuestras cámaras y estuvimos haciendo algunas fotos en silencio, sabedores de que esos instantes, aunque compartidos, pertenecen a la retina de cada uno.  

Valle del Cocora
Al llegar a la finca, me presentó al guardabosques y a la familia que la guardaba. Tomamos un tinto, que así es llamado el café solo. Nos despedimos con un apretón de manos, y comencé el descenso hasta el río por un bosque muy cerrado y húmedo en el que se encontraban pinos, arbustos leñosos, helechos, musgo, setas parecidas a las amanitas, pequeñas mariposas que revoloteaban entre la vegetación...Había árboles cuyos troncos parecían chirriar como si todo el bosque fuese un cúmulo de puertas mal engrasadas. En un repecho, a escasos metros una pava andina se paseaba despreocupada. Al verme echó a volar.

Me hubiese gustado tener los conocimientos del naturalista alemán Alexander de Humboldt, que gracias a la ayuda de la corona española en la época de Carlos IV, que facilitó sus movimientos por las colonias, realizó varios y estudios y expediciones que permitieron conocer miles de especies que eran desconocidas o no estaban catalogadas. Muchas de ellas en el Quindío. Me hubiese gustado, pero carezco de la pasión y amor desmedido que lleva a los hombres a entregarse a una sola causa  y conseguir algo excepcional.

Una vez hube llegado al río, decidí tomarme un descanso. Otra vez tenía las piernas bastante cargadas. Me descalcé e introduje los pies en el agua, primero los dos juntos, luego alternando derecho e izquierdo en series de dos o tres minutos. Poco a poco iba notando un gran alivio y aún estuve un buen rato haciendo mi particular tratamiento  observando el alegre y ruidoso curso del río.

Valle del Cocora 
Regresé bordeando el arroyo. A medida que me acercaba al punto de partida iba encontrándome varios grupos de gente que avanzaban en dirección contraria a la mía. Unos y otros cruzábamos puentes, (algunos en muy mal estado que demandaban equilibrio y serenidad); sorteábamos las piedras y vegetación de un firme desnivelado. El ambiente era festivo. Muchos iban a caballo, acompañados de un guía, los más a pie y también se veían familias con niños pequeños que yo dudaba si aguantarían la marcha.

Valle del Cocora

Valle del Cocora 
El último tramo era un camino bien señalizado pero lleno de socavones, muy molesto de andar que había que transitar con cuidado pues una mala pisada llevaba a una torcedura segura. A pesar del cansancio, aceleré el paso cuanto pude, para intentar volver a Salento en los willys que salían a la una de la tarde, pues los siguientes no lo harán hasta las tres y deseaba aprovechar parte de la tarde para continuar con la visita del pueblo. Llegué un minuto antes de que partiesen y en apenas veinte minutos me encontraba en la plaza de Salento.


Continuará: Diario de viaje: Soulombia  


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