sábado, 27 de octubre de 2012

Miradas de Caldas VI


Salamina - Caldas
Antes de comenzar mi paseo diario tomé un par de tintos de café granulado que me recordaron otros viajes, otros lugares y otros momentos: a inicios de la mañana en tierras extrañas que prometían aventura, descubrimiento de tesoros, sorpresas, encuentros con otras almas o mucho diálogo interior. Cada sorbo me llevaba, más que al pasado, a un estado muy próximo a la felicidad, a esa sucesión de fugaces instantes en los que alma y cuerpo se unen cubriendo todo su ser de serenidad, orden y equilibrio.

La luz de un domingo claro iluminaba las calles vacías de un pueblo que comenzaba a desperezarse. La soledad matutina ofrecía una perspectiva diferente del pueblo regalando a mi ojos y a mi mente viejas postales en sepia, en las que mi imaginación se esforzaba en filmar un histórico y emotivo documental de Salamina.

Retrocedía de forma voluntaria en el tiempo creando mis propios espejismos: arrieros con sus sombreros y mantas al hombro, transportando en fornidas mulas o en pequeños borricos, mercancías o aperos; gente esperando noticias de las distintas guerras civiles que sufrió el país, o preparándose para acudir a ellas; familias construyendo sus hogares, esperando la llegada de un carro rebosante de guadua; agricultores vendiendo sus primeras cosechas o ganaderos haciendo tratos; colonos abriendo senderos o buscando un lugar donde asentarse; poetas, escritores, músicos, actores… futuros hombres ilustres que serían orgullo local al conseguir que Salamina fuese llamada la “Ciudad Luz” (nada enaltece más a un pueblo que el gusto por el arte); maestros y aprendices; hombres con ilusiones…vigilados de cerca todos por la Iglesia y por aquellos que en su día hicieron, por las buenas o las malas, fortuna y acabaron imponiendo las leyes y el orden.

Esa era la historia de Salamina, la historia de tantos pueblos, de tantos sueños que fueron construidos con luces y sombras, con esfuerzo, con dolor, pero también cimentados gracias a la pasión, a un amor que se reflejaba no solo en las calles y carreras. El parque principal era una muestra de ello: en un costado de la plaza se erguía el Templete, ágora de Caldas, que fue  testigo de conversaciones, de confidencias o de arengas; escenario para bandas y orquestas que en días de fiesta aliviaban los sinsabores diarios. En el centro, la Pila certificaba con su presencia el símbolo del progreso y la importancia del pueblo en la región; la mirada a la Europa de la que salió: una pila que antes de su asentamiento definitivo, navegó por el río Magdalena en un humilde bongó, atravesó valles, montañas y quebradas a lomos de mulas o bueyes: una pila que era metáfora viva del esfuerzo y la determinación de los hombres de Caldas.


Salamina Caldas

Salamina Caldas 

Salamina - Caldas 
Aproveché para visitar en soledad la iglesia de la Inmaculada convertida en Basílica menor y de la que tan orgullosos se sienten los salamineños. A menudo, la sencillez es lo que otorga hermosura a las cosas: Construida a finales del siglo XIX, la Inmaculada Concepción constituye uno de los mejores ejemplos de la arquitectura antioqueña en la cual se entremezclan varios estilos. El blanco frontispicio de cuatro cuerpos, rematado con una torre que alberga un coqueto reloj, tiene influencias renacentistas, románicas y griegas.

El interior, de una sola nave sin columnas, en lugar de las tres habituales, no sobre cargada de santos y vírgenes pero con un artesonado de madera y algunas vidrieras notables aguardaba a los primeros feligreses para la misa.

Bajé las escalinatas y me senté en un banco a la sombra amable que proyectaban los árboles. Saqué de mi pequeña mochila “El amor en tiempos del cólera” y estuve leyendo un buen rato hasta que la plaza se llenó de murmullos de la gente que acudía a misa. La mayor parte de los que entraban a la iglesia lo hacían luciendo sus mejores ropajes de domingo, con andares y porte elegante.  

A escasos metros de la entrada a la iglesia se ultimaba en silencio la instalación de una carpa en cuyo interior había un tablero con casillas numeradas. Se trataba de una tómbola benéfica que organizaba la parroquia para conseguir fondos. A la salida de misa, un hombre tomó un micrófono y comenzó a alentar a los allí presentes para contribuir a una buena causa: “Por solo dos mil pesitos puede ayudar a la gente más necesitada. Hay un montón de regalos: un peluche, una pelota de plástico, un estupendo par de zapatos que no son de segundas, miren esta preciosa figura de porcelana, un lindo vestido de niña por sólo dos mil pesitos; la generosidad tiene premio anímense y Dios se lo agradecerá”.

Cada uno de los humildes premios era anunciado con un entusiasmo tal, que ya se tratara de la cursi figurilla que imitaba la porcelana, el par de calcetines, el sombrero, un feo juego de café, unos lapiceros, una olla o un cachivache, eran elogiados como si realmente el afortunado poseedor de la papeleta premiada hubiese sido bendecido por la mano de Dios. Al poco tiempo, la tómbola solidaria estaba rodeada de curiosos, de jugadores compulsivos, de niños que asomaban sus naricitas sobre la mesa de juego y de señoras que deseaban con toda su alma que la suerte pusiese en sus manos aquella sartén o aquella manta. Cuando alguien conocido compraba varias papeletas, se hacía mención a su generosidad y bondad, recalcando varias veces el nombre y apellidos precedidos por el don o doña. El animador sabía lo que se hacía: con una cuidada puesta en escena, apelaba por igual a la divina providencia, a la solidaridad o a la fortuna recalcando en cada frase, en cada gesto, el beneficio social, espiritual y personal se obtenía por tan sólo dos mil pesitos. 

En el parque se veía también un pequeño camioncito tirado por un hombre que por unos pocos pesos, daba vueltas a unos niños que buscaban con la mirada a sus padres o abuelos para mostrarles su habilidad de conductores. Era un domingo de antaño, de esos en los que varias generaciones se citaban para mostrar el orgullo de la unidad familiar, un domingo de comida especial, de verdadera fiesta.

Salamina - Caldas
Salamina Caldas
Como yo también estaba de fiesta decidí celebrarlo con uno de los platos más típicos y contundentes de la gastronomía colombiana: la bandeja paisa. Frijoles, arroz, aguacate, carne en polvo, chorizo, arepa, chicharrones, plátano y huevo frito son algunos de los ingredientes que puede contener la bandeja dependiendo de la zona o el restaurante en el que se pida; pero, en cualquier caso, hipercalórico y no apto para estómagos débiles; un plato para aguantar largas jornadas de trabajo y resultado de la fusión de la cocina indígena, española y africana.

Fui mezclando los sabores y las texturas hasta dar con una secuencia que hizo las delicias de mi paladar. Decidí acompañarla con dos buenas cervezas en lugar de la Mazamorra antioqueña, una sopa elaborada con panela raspada, (jugo de caña de azúcar desecado), agua, maíz y leche, pues no soy muy aficionado a los sabores dulces y lo que realmente me pedía el cuerpo era una buena Club Colombia; otro pequeño sorbo de felicidad.

Diario de viaje Soulombia: continuará


sábado, 20 de octubre de 2012

Miradas de Caldas V


Salamina
Cientos de casas diferentes, construidas la mayoría en Bahareque, se alineaban de manera armoniosa y compacta a lo largo y ancho del pueblo. Se veían grandes caserones con bellos balcones de madera de los que colgaban maceteros con flores; casas más pequeñas con coloridos portones y ventanas en los que había dibujadas flores, arabescos y filigranas, que mostraban la impronta personal de cada propietario como si cada uno de ellos  estuviese orgulloso de su contribución al pueblo. Las  fachadas, las tejas de barro, alguno de los patios que se dejaban entrever, los picaportes …me resultaban tan familiares que por momentos tuve la sensación de estar en uno de esos escasos y escondidos pueblos españoles que aun mantienen su identidad y carácter. Sólo la presencia de soldados, muy jóvenes, que vigilaban o patrullaban con despreocupación rutinaria por algunas calles, la visión de los valles que rodeaban el pueblo y esa policromía alegre me situaban en Colombia. 

Me acerqué al cementerio, que tiene fama de ser muy bello. No me llamó mucho la atención. Lo realmente hermoso, lo que me asombró fue su ubicación, con unas vistas al valle espectaculares que paradojas existenciales solo los finados pudieron disfrutarlas en vida. 

Salamina 

Salamina 

Salamina

Salamina

Salamina 
Cuando el sol se ocultaba fundiendo el cielo en naranjas estriados y las luces de la noche comenzaban a encenderse me fui a una taberna a la que había echado el ojo. Me acodé en la barra y pedí una cerveza bien fría. La penumbra del local impedía ver con claridad los rostros de los parroquianos. En una mesa, un grupo charlaba animadamente mientras daba cuenta de un buen número de cervezas; en otra, un trío bebía ron de caldas acompañando con sus tarareos, canciones melódicas, tangos, corridos o rancheras que sonaban a todo volumen. El camarero iba cambiando el registro a petición de los oyentes: canciones de amor, de desamor, de fracasos o intenciones, cursis o antiguas, cantadas por voces masculinas, de Jorge Negrete, Carlos Gardel, José Luis Perales, Julio Iglesias, Vicente Fernández…; canciones con un denominador común: la melancolía y la nostalgia; la queja o el reproche.

Reflexionaba sobre ello y llegaba a una de esas particulares conclusiones mías: el gusto por este género de canciones en Hispanoamérica, en España, la colectiva identificación de mucha parte de la población, no era más que el reflejo del devenir de su historia: una historia de sufrimiento, de continua búsqueda de esperanzas en el que la suma de muchas promesas incumplidas, de muchas soledades forjadas por el desamor o la decepción, la nostalgia o los sueños perdidos quedaron grabadas en esas estrofas musicadas en las que buscan consuelo las almas que se niegan a morir a pesar de sentirse derrotadas.

- ¿Le gusta la música? – preguntó el camarero.

- Sí, mucho – contesté, sin especificar que precisamente la que sonaba no estaba entre mis preferidas.

- Estos si saben cantar y las canciones son muy bacanas. ¿no le parece? ¿El de antes es español si, no? ¿Es famoso allá? ¿Le conoce usted personalmente? – preguntó sin darme tiempo a contestar.

- Sí, es muy famoso, pero no lo conozco. 

Continuó hablando de canciones y cantantes, de lo bonitas que eran las letras y de lo mucho que le gustaban los tangos. Lo hacía con un entusiasmo sereno, fijándome los ojos, como si buscase más que aprobación sinceridad en mi mirada.

Pedí otra cerveza. ¿conoce el ron de aquí? – preguntó

- Aún no lo he probado.

Puso una botella sobre la barra y sirvió dos pequeños vasos.

- Es un poco fuerte, pero quita muchas penas – justificó.

Di un pequeño sorbito y el resto lo apuré de un trago. No me pareció excesivamente fuerte, me recordó a un chinchón seco mal destilado pero no estaba tan malo como para no volver a tomarlo ni tan bueno como para conversarse la botella. Siguieron más canciones y más tragos de cerveza mientras me refería cosas del pueblo: lo bonita que era la Semana Santa y el día de la “Noche del fuego” en la que miles de faroles iluminan las calles del pueblo y hay muchas actividades.

No quería ser descortés pero la vejiga demandaba alivio. Me excusé y me dirigí al baño que se encontraba en una sala anexa y que en realidad no era más que una pared que hacía de urinario, que quedaba medio escondida por un muro que apenas sobrepasaba mi cintura. Nada de extraño habría en ello si no hubiera sido porque en esa misma sala, a escasos metros, había un par de reservados oscuros en los que en uno de ellos, una pareja se estaba haciendo carantoñas y en el otro charlaban en voz baja un par de hombres. Yo podía verlos a ellos y ellos me podían ver a mi en plena faena de tal manera que podían escuchar mi micción y apreciar el hedor de las anteriores. No lo pude evitar, me dio la risa: desde luego no era el lugar ideal ni para romanticismos ni para que prosperasen negocios.

Apuré la cerveza y salí con la intención de dar otro paseo antes de cenar por la calle principal. En una bocacalle se habían instalado unos tenderetes de comida en los que comenzaban a freírse arepas, revolver tocineta con cebolla y queso o servir perritos calientes; algunos comercios se preparaban a echar el cierre; en otras tiendas las últimas compras se embellecían con relajadas conversaciones; en la pastelería los clientes salivaban instantes antes de ordenar sus pedidos; al pasar por los billares se escuchaba el múltiple chocar de las bolas dando a entender que todas las mesas de billar estaban ocupadas; los jóvenes, acicalados de sábado noche lucían sus más brillantes vestidos, la zona del mercado se apagaba…procuraba retenerlo todo porque un viaje no es solo ver y sentir, admirar y fluir: también es apresar lo evidente, lo cotidiano, aquello  que forma parte del viaje y que pasa desapercibido si la mirada solo busca fugacidad, si es ciega ante la realidad de cuanto la rodea.

Estaba un poco mamado, en el sentido colombiano: es decir, estaba cansado y quería retirarme cuanto antes a dormir. Me detuve en uno de los supermercados a comprar algo para cenar. Antes de decidir el qué, estuve curioseando los anaqueles, entreteniéndome en observar  cómo organizaban las mercancías, qué tipos de envases se utilizaban, cuantos productos de la oferta estaban, - como los Zaras o los Starbucks- globalizados, cuantos de ellos sólo cambiaban el nombre, cómo presentaban las ofertas y cuales eran los niveles de precios (muy similares e incluso más caros que los que se encuentran en los supermercados españoles), mientras afinaba el oído y con el rabillo del ojo miraba el proceso de compra de otros clientes. Todo este cotilleo, este ejercicio de análisis, permite ampliar el conocimiento sobre un pueblo y sobre el coste real de las cosas, lo que a efectos prácticos es de gran utilidad a la hora de moverse por un país.

Compré una lata de sardinas, un poco de queso blanco, un pequeño paquetito de pan de molde y la habitual botella de agua. Cené fuera de la habitación, en una especie de hall que tenía un mirador hacia los valles. La noche cerrada solo permitía la visión de algunas luces asiladas que quedaban lejos, en las montañas y que se iban apagando mientras el  viento, el cimbrear de los pinos arrullaban los sueños de Salamina.

Diario de viaje Soulombia: continuará

martes, 16 de octubre de 2012

Miradas de Caldas IV

Terminal de Manizales


Antes de partir, di buena cuenta de un taza de chocolate - que me pareció un poco aguado - y un pedazo de queso blanco que me habían servido en una salita que casi se integraba con la cocina del hostal. A mi lado desayunaban dos alemanes que no tenían ninguna intención de relacionarse. La contestación a mis buenos días fue silencio. Simpáticos o agradables, desde luego, no eran. A menudo me pregunto la razón por la cual muchos viajeros no se relacionan con otros viajeros o lugareños, aunque sea por mera cortesía, o por qué limitan la comunicación a gestos, a síes o noes privando a sus almas del enriquecimiento y poso que dejan las palabras, las ideas o el conocimiento de los demás: ¿Miedo? ¿timidez? ¿precaución? ¿xenofobia encubierta? No sé.

La terminal de autobuses estaba medio vacía. Saqué mi billete y subí al autobús. Apenas unos cuantos pasajeros que me miraban un poco extrañados. Antes de arrancar subió un hombre que llevaba un megáfono. Pensé que sería uno de esos predicadores que tanto abundan en la tierras de América, y que nos iba a dar una buena tabarra durante el viaje. Sin embargó, permanecería bien callado hasta que llegamos a Salamina. A medida que íbamos saliendo de la ciudad nos deteníamos a recoger más pasajeros y antes de enfilar la carretera a Neira, el pequeño autobús estaba completo. 

Los ojos capturan emociones y el alma las interpreta. El día había amanecido tan claro, con una nitidez tan inusual, que los paisajes asomaban a mis ojos perfilando, de manera inequívoca, el relieve de las montañas, los cortes de roca de las quebradas; los árboles que se diseminaban en ese irregular terreno protegiendo los prados donde pastaban algunas vacas… Tenía la impresión de que todo aquello era una invitación al cambio, al abandono de las complejidades de un mundo que cada día desborda más para retornar a la sencillez que perdimos en alguna etapa de nuestra existencia. Sin embargo, sabía que rechazaría la invitación: si algo me ha enseñado la vida es que pasamos con suma celeridad del deseo a la duda y de ésta a la asunción de nuestra realidad: podría ser como uno de aquellos colonos antioqueños que con sus mulas abrieron nuevos caminos buscando asentamiento y futuro, ligando su destino a un lugar, pero el alma del viajero, a diferencia de la del colono, es infiel, errante: no busca seguridades ni construir ni permanecer; sólo fluir y experimentar.

Después de Neira, donde bajó gran parte del pasaje, hicimos una parada en Aranzazu. El pueblo era pura vida y a punto estuve de quedarme allí  a pasar el día pero las empinadas cuestas me dieron tanta pereza que opté por seguir. 

Aranzazu

Aranzazu
A media mañana llegamos a Salamina. La buseta se detuvo en un costado del mercado. Descendimos en medio de una aglomeración de gente y carros que circulaban lentamente por una vía colapsada. El hombre del megáfono se fue haciendo hueco hasta llegar a una de las esquinas del mercado y comenzó a hablar. El ruido de los motores, el anuncio de las próximas salidas de taxis y buses hechos a viva voz, el continuo murmullo del enjambre que transitaba por la calle y las esporádicas músicas, dificultaban la escucha de unas palabras que habían sido transformadas en metálica y estridente voz que suplicaba con exquisita educación y cortesía un poco de atención. Pasados un par minutos consiguió crear un corro. Había ido hasta Salamina a invitar a todos los caficultores de la zona a que se unieran a una movilización que tendría lugar el trece de agosto en Manizales para pedir al gobierno que tomase urgentemente medidas con el fin de detener la grave crisis que estaba afectando al sector cafetero. Se presentó como miembro del Movimiento por la Defensa y la Dignidad Cafetera. Por lo que comentaba, el precio del grano estaba en unos niveles tan bajos y los costes de producción eran tan altos que miles de familias que se dedican a su cultivo estarían al borde de la ruina y otra gran parte de ellos no podrían hacer frente a los créditos. Insistía en que no debía aumentar la Contribución Cafetera - aportación económica que realizan los productores al Fondo Nacional del Café - porque ello llevaría a la quiebra al sector. Aseguraba que la caficultura necesitaba plata y que la Federación Nacional de Cafeteros, entidad que engloba a todos los productores, apoyaba a las grandes multinacionales y a los comercializadores y no hacia mucho por las más de quinientas mil familias que tenían unas pocas áreas de cultivo: los abonos habían subido, la sequía de años anteriores había mermado la producción y el peso se había revalorizado lo que provocaba una escasa rentabilidad… De vez en cuando era interrumpido por algunos aplausos. También había momentos en los que parecía que en lugar de dirigirse al conjunto de la audiencia lo hacía a algún corrillo, como si solicitase su aprobación.

Desde hace varios siglos, desde que se pusieron en marcha “las bolsas”, quizás desde siempre, la agricultura ha sido un trabajo ingrato en el que los beneficios retornan de forma mísera y desigual para el agricultor y extrema generosidad para aquellos que cultivan la especulación lo que demuestra que el vasallaje disfrazado de libre mercado sigue funcionando en pleno siglo XXI. Los caficultores colombianos no eran la excepción.

Salamina había sido uno de los dos “caprichos” del viaje. Aún formando parte de la red de pueblos patrimonio de Colombia, apenas es visitado por los extranjeros y la “contaminación turística” no parece haber modificado en absoluto la vida del pueblo, lo que hace sentirte como un forastero que despierta la curiosidad respetuosa y honesta de unos habitantes que se alegran de tu presencia y que procuran en todo momento hacer que tu estancia sea lo más agradable posible como pude comprobar cuando pregunté por la dirección del hostal, al llegar al mismo y en cada uno de momentos que pasé con sus vecinos.  Apenas llevaba treinta minutos y Salamina me estaba gustando mucho.


Salamina

Salamina

Tras un rápido vistazo a la plaza del pueblo, (ya habría tiempo para perderme) empecé la visita por la zona del mercado. Tenía dos poderosas razones para ello. La primera de ellas era que siendo sábado, después del mediodía el ritmo del mercado bajaría de intensidad y mucha de la actividad moriría despojándome del placer de observar las lonjas de alimentos, la habilidad de los vendedores y el ajetreo vital que todo mercado local alberga: la otra era una razón práctica: tan importante es llegar a los sitios como salir de ellos; al lado del mercado podía informarme de horarios, precios y posibilidades y llegado el caso dejarlo todo más o menos planificado.

Había más actividad en los aledaños del mercado que en su interior, quizás porque el pueblo colombiano es madrugador y a esas horas gran parte de las mercancías frescas estaban vendidas. Aún así pasé un buen rato charlando con los carniceros y clientes que se acercaban a escuchar o a estrechar mis manos. En el exterior se veían willys que buscaban pasajeros, hombres montados a caballo, mulas atadas a un poste, paisas con sombreros de ala charlando, haciendo tratos o bebiendo botellas de cervezas en pequeños cubículos de madera.

Salamina

Salamina
En ese ambiente despreocupado, pleno de una naturalidad abrumadora que parecía haber salido de una película del Viejo Oeste pregunté por una barbería donde afeitar una barba dura de varios días. Me indicaron que cerca del mercado había un hombre que “mutilaba” barba, (expresión que me gustó por el sabor añejo que tenía), y al que no encontré a pesar de que buscarlo por muchos rincones. Definitivamente Salamina me estaba gustando

Diario de viaje Soulombia: Continuará

sábado, 6 de octubre de 2012

Miradas de Caldas III

Manizales  
 “De limón, de mora, de tamarindo ¡A la orden! , vociferaban los vendedores de “raspado” para atraer a la clientela en una tarde que no invitaba a beberse un granizado. El cruce de sus ofertas se confundía con el de los vendedores de obleas, de frutos secos, dulces de algodón y otras chucherías o quedaban ahogadas cada vez que pasaba delante de un comercio que vomitaba machacona y alegre música. En apenas doscientos metros, contabilicé un par de docenas de vendedores callejeros y escuché más de cien  ¡A la orden! ¡A la orden! ¡A la orden!  que las pronunciaban no con un tono de asentimiento militar sino alegre, de predisposición de servicio.

Me llamaron la atención dos de ellos. Uno, en su humilde carrito, anunciaba churros españoles. Me estuve preguntando cuando y quien introdujo “el churro” en Colombia, habida cuenta de que la harina de trigo no es muy habitual en la dieta colombiana y me estuve sonriendo para mis adentros pensando en que si lo anunciaban con esa rotundidad, con ese halo de prestigio, habría que considerar seriamente la posibilidad de establecer franquicias tipo Mcdonald’s  ya que en México e Indonesia también había visto algo parecido. El otro, era un viejecito que estaba sentado en una especie de poyete. Sostenía entre su barriga y sus piernas una caja de madera parecida a una maleta que contenía caramelos, cigarrillos, chupa chups, chicles y chocolatinas. Ni el sombrero ni la chaqueta holgada que vestía ocultaban la debilidad de su aspecto. Se le veía despreocupado, con esa mirada tranquila y sabia de quien asume que está viviendo un extra, que todo el pescado está vendido y que no vendrán tiempos mejores: con esa mirada del que sabe que a esas alturas de la vida lo único que le queda al hombre es la dignidad.

Viajar es leer otras vidas mientras tu sientes la propia. Me senté en la zona arbolada del parque Caldas, un oasis donde descansar entre tanto ajetreo y cemento, que aún conserva el sabor de aquellas plazas de antaño donde la gente se reunía para conversar, amarse, ver o ser vista: ágora de chascarrillos, de nuevas o de conspiraciones, que nunca deberían desaparecer o ser modificadas por “urbanistas iluminados”, amantes del minimalismo o ediles trincones.

Pasé un buen rato leyendo otras vidas, observando los corrillos de gente que se formaban y hablaban con la familiaridad de quien se conoce de toda la vida;    los limpiabotas, recostados sobre los bancos, pasaban la tarde vigilando, con disimulo, calzados a los que ofrecerse; las escenas eran ignoradas por dos amantes de promesas eternas que murmullaban ante la mirada de la estatua de Francisco José de Caldas, uno de los personajes más ilustres de la historia colombiana. Posaba los ojos en cada movimiento, en cada gesto, procurando grabarlo todo, con el deseo de reconocerme en alguno de ellos, con la esperanza tonta de no sentirme un desconocido entre desconocidos, en un intento vano de mimetizarme absolutamente en ese ambiente para comprender la esencia de los paisas. Sólo unas palomas próximas al infarto, que salían en desbandada cada vez que unos traviesos niños correteaban tras ellas, alteraban mi paz visual distrayendo mis reflexiones viajeras. 


Parque  Manizales   

Parque  Caldas Manizales    
 
Iglesia de la Inmaculada Concepcion 

No existe ninguna posibilidad de poder recordar todo lo que ves, pero hay edificaciones, monumentos, paisajes o rincones que cuando te enfrentas a ellas por primera vez quedan para siempre en la retina. La iglesia de la Inmaculada Concepción es una de ellas. Construida en los primeros años del siglo XX  con la técnica de bahareque es una de las más bellas muestras de la arquitectura de la región inspirada en modelos franceses o alemanes, algo muy habitual, por otra parte, en la América post española. Se siguieron patrones neo góticos. En el interior, la madera sustituye a la piedra creando un ambiente acogedor, de biblioteca, lejos de al frialdad que ofrecen otros templos. 

Recorrí la iglesia siguiendo el orden del vía crucis sabiendo que nunca acabaré por redimir mis pecados.  No se muy bien por qué, pero en todos los templos que visito, sean de la confesión que sean acabo estableciendo un diálogo con lo que yo considero algo sobrenatural que escapa a cualquier comprensión, a cualquier tipo de lógica: pura e inevitable contradicción.

Al lado del centro comercial del Cable, en un auditorio con gradas a modo de anfiteatro se realizaba una especie de charla religiosa. Los oradores estaban situados en varias sillas como si se tratarse de un plató de televisión en el que las imágenes eran retransmitidas por enormes pantallas de plasma situadas por todo el escenario para captar más adeptos. Pensaba sobre ello y llegaba a la conclusión de que no es Dios o los dioses quienes necesitan de cuota de mercado o audiencia, sino los hombres que al final suelen auto convencerse de las cosas más por el ideario colectivo de la masa que por los consejos del alma. 

Aún quedaba mucha tarde por delante y no quería dejar de sobrevolar Manizales. Una estupenda manera de pasar el rato es montar en alguna de las dos líneas de teleférico que comunican varios puntos de la ciudad. Tomé la que une el centro con la terminal de transportes. Era tal la cantidad niños y mayores que en ese momento hacían cola en la taquilla que tenía la impresión de estar a punto de subir a una atracción de feria en lugar de a un transporte público.

Desde la cabina se obtenían unas amplias vistas de la ciudad, pero sólo cuando los ojos se precipitaban hacia el suelo, uno era consciente de la vulnerabilidad de una ciudad expuesta a los deslizamientos de tierra. La mayoría de edificaciones que se veían tenían el aspecto de haber sido construidas de manera improvisada: una amalgama de casas que serpenteaban por las colinas cortadas, la mayoría de ellas con humildes techados de chapa;  varias, ofrecían un aspecto de remiendo de haber sido cosidas con retales de los más diversos materiales dando ese aire de provisionalidad que indicaba el inicio de un sueño o futura derrota; ese aire de lucha o resignación que siempre ha tenido Hispanoamérica a causa de sus muchas guerras, revoluciones, cambios, contrastes e injusticias varias.


Manizales 
Manizales 

Manizales 
 
Manizales 
Regresé al hostal, haciendo una breve parada en el enorme centro comercial Cable Plaza.Tras darme una vuelta, llegué a la conclusión de que si hay algo que realmente iguala o atonta a los hombres son todos estos centros comerciales que se reparten por el mundo que empiezo a sospechar no fueron creados para que compremos sino para que nos aislemos o estemos mejor controlados.

Diario de viaje Soulombia: Continuará

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