lunes, 26 de noviembre de 2012

Sueños de Antioquia IV

Iglesia de la Veracruz

Aún era temprano para ir a almorzar: la mañana estaba dando bastante de sí y todavía tenía una hora y media por delante ya que procuraba apurar los horarios para ajustarlos a mi horario natural. Me encaminé hacia la iglesia de la Veracruz, una de las iglesias más hermosas de Medellín . Me llamó la atención la cantidad de reconstrucciones por las que habían pasado las iglesias en Colombia (Salento, Manizales, Salamina), y como sus historia siempre habían estado muy ligadas al devenir de cada pueblo.

La iglesia de la Veracruz es uno de los escasos testimonios de la época colonial que se conservan en Medellín. Construida en estilo barroco colombiano, su fachada está coronada por un espadaña que le da cierto aire de ermita. Sobre la iglesia existe una historia que cuenta que una de las campanas fue donada y fundida para construir un cañón para la Guerra de la Independencia; también, por lo visto había sido llamada la “iglesia de los forasteros”: en siglos pasados existía la costumbre de que en las iglesias hubiera cementerios. En la de la Veracruz, éste, se destinaba a los foráneos, a aquellos que no regresarían jamás a su tierra.  Era hora de misa, pero en esta ocasión permanecí un buen rato escuchando y observando la religiosidad de un pueblo que llenaba iglesias no por la costumbre o guardar apariencias sino por pura devoción, con la fe de quien cree que los sueños, por complicados que sean, se cumplen: señoras de misa diaria, viejecitos solitarios que escuchaban atentos al cura; hombres y mujeres de mediana edad rezando a los santos; un joven tatuado en brazos y cuello se persignaba compulsivamente, una adolescente miraba implorante a Cristo crucificado pidiendo, quien sabe, si amor o paz, si por ella o por otros: todos compartían algo  más que un refugio para su alma.

Continué mi paseo por el pasaje peatonal Carabobo. Cientos de personas transitaban en enjambre entre los numerosos comercios de ropa, cafeterías, puestos callejeros y tenderetes diseminados por la calle y sus aledaños, confiriendo al ambiente un aire de mercadillo, casi de bazar asiático. Toda la zona rezumaba una vitalidad caótica, de pasos y palabras provenientes de todas direcciones; de estruendosa y puntual megafonía que vomitaba ofertas y chirriaba en los oídos; de música más para el baile que para acompañar. La cantidad de mercancía que se exponía en cualquier recoveco llegaba a abrumar de tal manera que pensaba que la ropa, los zapatos, los cinturones, los juguetes, en cualquier momento se podrían desplomar de los mostradores o las estanterías que los sujetaban.
Me encontraba en el centro, si no histórico, sí en el de la emprendeduría paisa, aquella que convertía el problema en aventura, la necesidad en oportunidad y el empuje en determinación para hacer realidad un sueño; una emprendeduría que hoy trabaja y sueña para transformar una ciudad que no hace muchos años tenía mala fama y escaso futuro, y que hoy, poco a poco, se está convirtiendo en una de las urbes más prósperas y dinámicas de Sudamérica.

La calle Junín, lugar de encuentro de las clases más pudientes durante los años veinte y treinta del pasado siglo no era ajena a los cambios y había sido recientemente remozada. Se veían comercios, pastelerías y comercios más elegantes, y también más corbatas, y mujeres vestidas con faldas. Almorcé en un restaurante con vistas a la calle. Supe que había acertado aún sin haber pedido ningún plato: si uno quiere saber si va a comer bien solamente tiene que observar, más que a los platos de los comensales vecinos o la carta, a los camareros. La actitud, la forma de moverse y coordinarse en sala te dan una pista. Si a uno de ellos lo ves feliz natural, no forzado o codicioso de una propina, si lo ves orgulloso de su trabajo, lo más probable es que comas bien: quien es verdad rara vez engaña o se presta a una pantomima.

Un buen filete de res a la brasa me dejó el estómago lleno y contento. Me dirigí al parque Bolívar, una plaza arbolada que, como me estaba ocurriendo durante el viaje con otros lugares, otros espacios y otras personas, me resultó muy familiar, tremendamente cercana, muy española. Sin embargo, la Catedral Metropolitana que quedaba al fondo, salvo por la masiva utilización del ladrillo, recordaba a iglesias francesas o italianas. No pude ver el interior al estar cerrada a esas horas por lo que me tuve que conformar con ver el exterior. En otra ocasión, pensé.

Catedral Metropolitana 
Tomé un taxi en la misma plaza para ir al Cerro Nutibara. Nos adentramos en la Avenida Oriental incorporándonos a un trancón en el que cada carro, cada buseta, peleaba por su espacio rugiendo o haciendo sonar el claxon.  Cada parón suponía una oportunidad para unos avispados y ágiles niños que sorteaban los vehículos ofreciendo, con triste indiferencia, sus pobres mercancías. En sus rostros, en sus expresiones, no había niñez, si no, más bien, la amargura contenida que deja la derrota continua; la resignación dolorosa de la pérdida; la renuncia obligada, a una infancia que no se puede soñar: sólo vivir.
El calor, el  humo negro que escupían los tubos de escape, enrarecía y viciaba un aire que se iba ensuciando y haciendo irrespirable. Algunas personas descendían de sus taxis y continuaban a pie o se perdían por las calles. La gente subía y bajaba por igual de las busetas que se iban situando en fila al no tener oportunidad de maniobrar. En los semáforos, mimos y malabaristas pasaban la gorra tras sus breves actuaciones llenas de fallos. Tras recorrer unos cientos de metros a trompicones conseguimos zafarnos del atolladero del tráfico y comenzamos la ascensión al Cerro Nutibara.
Paseé un rato por la reproducción del pueblito paisa que se encuentra en la cima: la casa del cura, la iglesia, la escuela, la alcaldía, la barbería, la pila …no me sorprendieron: los días anteriores había tenido oportunidad de perderme por pueblos a “tamaño real”; había también pequeñas tiendas de recuerdos que ese día, por la escasez de público, no estaban haciendo mucho negocio.
Cerro Nutibara 
Cerro Nutibara
Cerro Nutibara
La tarde tenía una luz alegre y limpia. Desde el cerro se obtenían unas bellas panorámicas en trescientos sesenta grados del Valle de Aburrá y de la ciudad. Medellín se desparramaba por todo el valle mostrando todos sus contrastes: zonas residenciales bien urbanizadas en las que los edificios mostraban toda su altivez; barrios de caserones y almacenes antiguos, en los que asomaban las calvas de los solares que en otros tiempos albergaron los sueños de Antioquia; laderas alfombradas de casuchas amalgamadas con ladrillo, madera, teja, cemento, chapa, con cualquier material útil con el que construir la esperanza y alojar la dignidad: Medellín no escondía nada.
Medellín

Medellín 
Cada viaje tiene muchos momentos estelares, tantos como la capacidad de disfrute, el ansia de conocimiento y el gusto por la comunicación con la gente, pero hay instantes no esperados ni buscados que acaban incrustándose en la memoria ocupando un lugar preferente en aquellos recuerdos que saboreas con el regusto dulce de las cosas hermosas. Me había sentado en una terraza a tomar un tinto y escribir unas notas sobre lo que estaba viviendo cuando un colibrí de color azulón brillante comenzó a libar una flor a un escaso metro de distancia de donde me encontraba. Aleteaba de manera frenética mientras exprimía el néctar de la flor. Apenas fueron unos segundos, los suficientes para que tuviese la sensación de estar viendo algo que se le niega a la mayoría de los mortales; algo que sólo se puede ver uno de esos documentales de naturaleza; apenas unos segundos para amar más la vida.
Diario de viaje Soulombia: continuará

lunes, 19 de noviembre de 2012

Sueños de Antioquia III


Medellin
En el pequeño salón de desayunos era el único turista. El resto de las mesas estaban ocupadas por viajantes que habían acudido a la feria de la moda desde Bogotá, Lima, Córdoba, Santiago de Chile, Guayaquil…

Medellín es una de las capitales americanas de la moda y cuenta con una importante industria textil. Se me hacía un poco extraño ser el único de los presentes cuyo motivo de viaje no eran los negocios, pero esa extrañeza desapareció cuando pensé que, en realidad, lo que ocurría era que no había tenido en cuenta que yo estaba en ese momento haciendo una vida extraordinaria y no la habitual; y eso suele distorsionar la mirada.

La temperatura del día, aunque un poco calurosa, hacía honor al nombre de “La ciudad de la eterna primavera”. Me dirigí andando al metro de El Poblado. El metro de Medellín me gustó mucho. Fácil de entender, muy limpio, eficaz. Me gustó que las llamadas a la urbanidad y buenas maneras fuesen más sugerencias que imperativos. Desde luego que los paisas podían estar orgullosos de su transporte. En la estación sonaba Eric Clapton como música de fondo con una nitidez que ya quisieran otros metros. Tomé la línea que llevaba hasta la parada de Universidad. Durante el trayecto, mirando a uno y otro lado se obtenían buenas vistas de los barrios de la ciudad, pudiendo determinar, a vuela pluma, cuales eran los más pudientes o los menos afortunados: Medellín era una ciudad de contrastes, o una ciudad de ciudades construida por miles de sueños diferentes que al final se encontraban para dotarla de ese carácter único que lo mismo asusta que enamora; que lo mismo deprime que llena de energía.

Me había organizado de tal manera que las primeras horas las dedicaría al Jardín Botánico y  El Parque Explora. Nunca he sido un experto en botánica ni estudioso de la materia: me basta con disfrutar de la belleza de las plantas. Sin ser grande, el jardín merece un buen paseo. Seguí el recorrido que se sugería pasando, en primer lugar por el bosque tropical, donde la umbría exhalaba la podredumbre de vegetación descompuesta y cada una de las plantas y arbustos luchaban por enraizarse y sobrevivir en esa confusión de verdes que en ocasiones parecían caerte encima.  Me acerqué hasta el estanque y estuve un rato sentado en un banco mirando la quietud de una agua que en algunas zonas permanecía alfombrada por el verde de las algas, mientras escuchaba el sonido de los aspersores que regaban otras áreas. A esas horas no había más de dos o tres visitantes lo que permitía escuchar el silbo de los pájaros, de las chicharras y casi el aleteo de un grupo de pequeñas mariposas que en grupo jugueteaban cerca del jardín del desierto. Desafortunadamente, el Mariposario estaba cerrado y al Orquideorama no se podía acceder al estar montando una exposición con motivo de la “Fiesta de las Flores”, una de las manifestaciones tradicionales más hermosas en la que miles de campesinos bajan de las montañas con sus silletas adornadas de flores para desfilar por la ciudad llenándola de colorido.

La visita al Parque Explora fue como volver al colegio, como recordar un tiempo en el que estaba todo por descubrir: una jauría de niños gritaba, reía y se divertía corriendo por el patio entre réplicas de dinosaurios. Ese día había al menos seis excursiones de colegio. Los maestros y tutores se esforzaban en controlar a los de sus uniformes y a que, éstos, permanecieran en la colas de acceso a las salas, formales y sin demasiada algarabía; algo imposible de conseguir cuando la excitación infantil es colectiva y feliz. El parque tenía varias salas interactivas en las que se podía aprender el funcionamiento del cuerpo humano, física, desafiar la inteligencia, además de contar con un vivario, donde se observaban, entre otras especies, pequeñas ranas de colores vivísimos y un acuario bastante entretenido de ver.




Regresé al centro. La siguiente escala sería el Parque Berrío, corazón de la ciudad donde todos los contrastes para bien y para mal volvían a fundirse mostrando el día a día de la ciudad, ese contraste en el que ya las edificaciones reflejaban la opulencia del dinero o el abandono; el cansancio o la eterna supervivencia: lugar de encuentro y referencia para cualquier paisa. 

Desperdigados por varios puntos, los vendedores de “minutos a celular” mostraban en carteles colgados de su pecho, o pegados a sus chalecos, las ofertas disponibles. Las tarifas variaban según el operador elegido. La competencia era feroz, tan intensa que allí se podían ver desplegadas todas las técnicas de mercadotecnia, todas las estrategias de ventas replicadas de las mejores escuelas de negocio: un vendedor sólo ofertaba llamadas a uno de los operadores; otro establecía tarifas diferentes si se trataba de llamadas a fijo o a celular; otro, un poco más alejado, discriminaba precios por operador y dispositivo; pero el más avispado, o quizás el de más posibles, el que compró mejor los minutos, el que consiguió engañar a la operadora o el que revende con menor margen pero más volumen, - podría tratarse de cualquiera de ellos- exhibía un letrero en el que los precios estaban unificados para cualquier operador, tanto para fijo como para celular, atrayendo y arremolinando junto a él a un mayor número de clientela que renunciaba a la intimidad de la palabra por unos cuantos pesos menos.

Varias mujeres llevando unos pequeños termos en las manos iban deambulando en recorridos irregulares a la búsqueda de transeúntes a los que servir un vasito de “tinto” bien caliente. Alguna de ellas permanecía junto tres músicos, que con sus guitarras cantaban boleros o viejas canciones románticas,  esperando la pobre mujer, quien sabe, si unas monedas o unas baladas. Abundaban los vendedores de golosinas y cigarrillos; los que vendían chicles por sólo cien pesitos, los lustradores de calzado y los vendedores de lotería. El parque parecía, era, una especie de universo de la micro venta, pero también un lugar en el que con total nitidez afloraba la desigualdad, la sordidez o la miseria: la cara menos amable de la ciudad.

Allí habían encontrado refugio a su tristeza los campesinos que en su día huyeron de las montañas por la guerra o para buscar una vida mejor: por uno de esos sueños que nunca se cumplieron. Se les veía vagar desubicados de los hombres y de ellos mismos como si se preguntaran que pudo fallar o resignados a la invisibilidad que produce la desdicha. Su único consuelo parecían ser las tonadas de las músicas; sus únicas posesiones, los recuerdos. Los descuideros vigilaban a sus futuras victimas De soslayo yo hacía lo mismo con ellos – se les suele reconocer fácilmente - mientras me daba una vuelta por la plaza intentando evitar ser una de ellas.

Echando un vistazo a la fachada de la Iglesia de la Candelaria, dos jovencitas se situaron a mi lado mirándome con provocación y descaro, invitándome con sus gestos a perderme en alguna calleja con alguna de ellas. Eran casi unas niñas pero, en el fondo, sus miradas eran tristes: de putas viejas y resignadas. Me encaminé a la puerta principal de la iglesia. Allí se acumulaban mendigos y pedigüeños de todo pelaje: necesitados de verdad, caraduras de manual, vagabundos de parada ocasional, supervivientes, profesionales del asunto; amables, insistentes, tímidos, rudos… La pobreza y el dolor tenían mil formas de mostrarse.

No me detuve mucho en la iglesia. Era hora de culto y simplemente estuve unos minutos. Salí por uno de los laterales y atravesé el parque de nuevo para adentrarme en la Casa de la Cultura Rafael Uribe, un palacio construido al estilo europeo en el que hay varias exposiciones y documentos sobre la historia de Colombia. Me sorprendió que apenas fuéramos tres o cuatro los visitantes que caminábamos por sus pasillos y estancias. Después del ajetreo de Berrío, las instalaciones eran un remanso de paz.



Nunca le he encontrado el punto a Botero, pero he de reconocer que la visión de una plaza llena de esculturas “gordas” y la posterior visita que hice al Museo de Antioquia cambiaron la forma en la que había valorado a este artista de Medellín. Individualmente, los “gordos” y “gordas” nunca me habían dicho nada, no habían provocado ese sentimiento indescriptible de gusto que produce la admiración de una obra de arte. Sin embargo, al ver el conjunto, el tratamiento del volumen que había realizado en cada una de las esculturas, que ya no parecían deformaciones de una realidad sino armoniosas figuras que encajaban de manera admirable en el entorno, supe que había juzgado solapadamente su obra. Lo confirmé más tarde, cuando después de haber visitado varias salas del Museo de Antioquia llenas de retratos de héroes de la historia de Antioquia, de Colombia, de cuadros y fotografías, visité las salas que alberga la numerosa obra que Botero había donado al museo: podía tratarse de un bodegón, un paisaje de un pueblo colombiano, escenas taurinas, galerías de reyes o del “Cártel de Medellín”, de Pablo Escobar…en todos esos cuadros y dibujos, tras la obesidad, la aparente simpleza de los trazos, las escalas desproporcionadas, lo que realmente expresaban los lienzos era la cotidianidad de la vida, la historia: el alma.

Diario de viajes Soulombia: Continuará


sábado, 10 de noviembre de 2012

Sueños de Antioquia II


Medellín 
Hay ciudades que no albergan grandes monumentos ni miles de años de historia, pero guardan esperanzas en sus rincones; hay ciudades que por su pasado son ignoradas; ciudades que un día fueron malditas y hoy resurgen de sus miserias. Hay ciudades a los que todo viajero debería dar una oportunidad. Medellín, “Medallo”, “Metrallo”, “La ciudad de la eterna primavera”, era una de ellas. Medellín la merecía.   

Había leído que la ciudad había cambiado, que la situación era muy distinta a la de finales del siglo pasado cuando el narcotráfico y la violencia habían destrozado los sueños de los paisas convirtiendo varios puntos de la ciudad en un infierno, en un nido de desarraigo donde se engendraba el dolor y la desesperanza: en una ciudad que sólo evocarla acojonaba y que era mejor evitar.

Había reservado por Internet una habitación en un pequeño hotel situado en El Poblado, una zona bien de Medellín, bastante cerca del metro y de la “Zona Rosa” donde a buen seguro encontraría un montón de bares y restaurantes para la noche. 

A mi llegada, mientras me registraba, me ofrecieron un café.

-¿Viene a la Feria de la Moda?

Me extraño la pregunta, pues una vieja mochila y una camiseta y unos vaqueros no me daban el aspecto ni de comprador ni de vendedor. Negué.

- Sólo turismo, ¿qué me sugiere hacer durante mi estancia? – indagué

- Observo que estará con nosotros tres noches. No es mucho tiempo. Hay mucho que ver en Medellín, pero también en los alrededores se pueden visitar lugares hermosos como El Peñol, Guatapé o Santa Fé de Antioquía. Podría empezar temprano visitando el Parque Explora, el Jardín Botánico y el Parque de los Deseos, muy cerca de los anteriores. Luego puede ir a pasear por el centro, al Parque Berrío, a la Plaza Botero, al museo de Antioquia…Se unieron dos empleados más a la conversación que aportaron su granito de arena a la ruta que me estaba montando el recepcionista.

Mucho que ver y poco tiempo. El eterno e inevitable inconveniente con el que se encuentra el viajero. Casi me arrepentí de haber reservado desde Madrid, el vuelo a Cartagena pero el horario y el precio eran tan razonables y la escasez de plazas tan probable que no quise arriesgarme a quedarme sin asiento. Por otro lado no me seducía la idea de pasar la noche en un autobús. Viajar en avión te priva de la cercanía de los paisajes, viajar de noche en un autobús directamente te priva de ellos y del necesario descanso.

Subí a la habitación a organizarme un poco y, de paso, el equipaje. La ropa sucia o sudada pesa más. Me había propuesto no sobrepasar hasta el final del viaje los catorce kilos de equipaje (los doce con los que salí de Madrid y dos más que suelen aparecer como consecuencia de alguna compra, o el misterioso engorde que sufre cada maleta o mochila con el paso de los días). Se hacía necesario por tanto, que parte del equipaje pasase por la lavandería no sólo por evitar cargar con más peso sino por la incomodidad que siempre me ha producido viajar con ropa cansada. Me dirigí a la recepción para saber si disponían del servicio y el coste del mismo, pues en casi todos los hoteles el servicio de lavandería suele ser un “atraco” o un “rejonazo en todo lo alto”. Me quedé asombrado cuando el recepcionista después de haber confirmado que si disponían de dicho servicio, (aunque era externo), me sugirió que en lugar de dejarles a ellos la ropa, la llevase a la lavandería de la esquina y les dijese que iba de parte del hotel con lo que ahorraría tiempo y dinero. No debía preocuparme de nada: la lavandería mandaría la ropa al hotel y ellos la subirían a la habitación.

Me gustó el detalle: no por que me ahorrase un montón de pesos, que también, sino por la actitud y el espíritu de colaboración que desde el momento que pisé el hotel, él y sus compañeros habían tenido conmigo, muy alejados de la amabilidad distante, la sonrisa aprendida o los gestos estudiados de numerosos empleados de hotel que creen que el servicio consiste en seguir escrupulosamente el manual de atención al cliente sin importar si la norma genera una emoción o una buena experiencia: si hay alma.

Al caer la noche me acerqué al famoso Parque Lleras donde el Medellín pudiente se da cita para beber, comer y divertirse. Aún era pronto para que los bares y restaurantes que abrigan el parque se llenaran de clientes, pero el espacio en sí rebosaba de vida. 

Se veía mucha juventud, mucha reunión de amigos, mucha alegría que se contagiaba. No puedo precisar si se debía a la mezcla de músicas que se escuchaban de fondo, a la viveza con la que se expresaban los vendedores ambulantes, a ese aire pacífico y concentrado de un artesano que elaboraba pulseras y collares, a la exposición de pintores sin fortuna que imitaban los óleos de Botero o a la ausencia de inquietud, de cualquier tipo de obsesión por la seguridad, pero todo el parque destilaba una vitalidad serena que invitaba a pasear sin más brújula que la intuición. Durante un buen rato estuve deambulando por la zona, perdiéndome por calles y bocacalles, circunvalando una y otra vez el parque a la búsqueda del primer refugio de la noche, el primer descanso del día.  Lo encontré en un bar que aún estaba medio vacío.

En mi soledad pensaba que apenas llevaba una semana en Colombia, pero todo me era tan cercano que, a pesar de las diferencias, tenía la sensación de no ser un turista, ni un viajero; tampoco un extranjero: sólo un alma mestiza que en cada paso se enriquecía. Soulombia, el alma colombiana, ya formaba parte de la mía.

Me equivoqué al elegir el restaurante de la cena. Había estado echando un vistazo y me decidí por uno que parecía tener más éxito. No tenía mala pinta y a diferencia de otros que se encontraban próximos, estaba lleno de locales. Pensé que si había turnos de espera era porque tendría una buena cocina. Sin embargo, a pesar de no ser barato para los estándares colombianos, la comida no era nada de particular. Mucho ejecutivo con corbata, mucho grupo de amigos, mucho pecho operado, mucha cirugía y mucha ceremonia por parte de los camareros, pero la comida… 

Dejé la mitad de la “Picada” que había pedido. Pedí la cuenta. El camarero me preguntó si no me había gustado y si añadía el “servicio”, un porcentaje del 10% que, en casi cualquier restaurante o bar que no sea muy humilde, suelen añadir a la cuenta: aunque no obligatorio, puede considerarse como la propina que en teoría se repartirán cocineros, camareros y personal del establecimiento pero que, en la práctica, muchas veces sirve para que el dueño pague el sueldo a los empleados o asigne parte de la misma a la reposición de menaje, uniformes etcétera. Asentí. La cena no había sido de mi gusto, pero tampoco quería privar a nadie de su fuente de ingresos.

El día me había dejado agotado. Aunque la mente me pedía adentrarme en un bar al que le había echado al ojo que tenía toda la pinta de solicitar dejar las armas a la entrada, opté por retirarme. Me tumbé en la cama, desplegué el mapa de la ciudad para planificar los paseos de mi estancia sabiendo que me dejaría muchas cosas sin ver y que, otras, las iría cambiando sobre la marcha. Encendí  el televisor más como acompañamiento que por ver nada en concreto. No recuerdo cual era la película que ponían en el canal que por azar apareció. Seguí a lo mío hasta que hubo una interrupción publicitaria. Fue entonces cuando dejé de señalar puntos de interés en el mapa y fijé la vista en el televisor.

Si los paisajes, los monumentos, las ciudades ofrecen la visión de un pais y la historia, su comprensión, la publicidad aporta varias claves del presente. Los anuncios o “comerciales” (como llaman a los spots de televisión en numerosos puntos de América y en Colombia) que se pasaban esa noche desvelaban, no sólo algunos de los anhelos, de los sueños  – ciertos o forzados por la técnica publicitaria - de la sociedad colombiana, sino también sus problemas.

Como en cualquier país del mundo, el detergente, las chocolatinas, los yogures, la telefonía… eran promesas de felicidad, de emociones agradables y perfectas. El consumo de tal o cual producto transportaba, de inmediato a un mundo ideal, a la ausencia de preocupaciones…Sin embargo, hubo algunos que revelaban la cara menos amable de Colombia. Uno de los anuncios trataba sobre el robo de “celulares” o teléfonos móviles. En el spot se invitaba al espectador a no comprar aparatos robados. Lo argumentaba con la crudeza de la muerte y la violencia por medio: por lo visto se reportan más de cien mil robos al mes en todo el país, y varios de los atracos acababan con la víctima herida, apuñalada o muerta.  En esa Colombia amable, tu vida podía valer lo que un celular. Otro pretendía concienciar a la sociedad sobre la necesidad de exigir una factura oficial y no aceptar una “pre cuenta” para que realmente se pagase el IVA y así aminorar el fraude fiscal, lo que de alguna manera venía a certificar que los trapicheos y escamoteos, como en España, están a la orden del día. No me extrañó tampoco ver uno sobre el ejercito, pues en de vez en cuando tienes la sensación de encontrarte en un pais militarizado. Las imágenes, que invitaban a inscribirse en la escuela militar de cadetes “General José María Cordova”,  parecían haber sido sacadas de una película “Made in USA”, tipo “Oficial y Caballero”, todo muy aséptico y aseado, con soldados súper equipados y caras circunspectas, sin rasguños ni síntomas de sufrimiento, como si a los futuros militares al final de su formación les esperase un baile de gala en lugar de un encontronazo en la selva las FARC.

Apagué las luces, los ojos y el televisor. En los sueños de Hispanoamérica siempre había un hueco para la violencia, la desigualdad, la injusticia y dolor. Colombia no era una excepción.

Diario de viajes Soulombia: continuará


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