jueves, 31 de enero de 2013

La grandeza de imaginar por uno mismo


Hace unas semanas, José Luis Montero (@JLmon53) comentando en el post Una pizca de sal decía lo siguiente: ¿Conoces a dos personas que hayan imaginado lo mismo al leer el mismo relato?

El caso es que llevo desde entonces dándole vueltas a su comentario, y sé positivamente que no; pero también sé, que la imaginación puede llegar a ser fácilmente manipulable o condicionada si se utilizan los recursos y las técnicas adecuadas. Como soy de naturaleza juguetona, os propongo el siguiente experimento si no tenéis nada mejor que hacer, que seguro que sí.

Los que pasáis por aquí sabéis que de vez en cuando tiro de pequeñas historias, frases o anécdotas para reforzar lo que quiero transmitir en un post, aunque a veces son las historias la excusa perfecta que justifica la escritura del mismo.

Pues bien el experimento es el siguiente: Os dejo dos pequeños textos y pensad o imaginad sobre que hubieseis escrito. Después, si os apetece, leéis lo que mi imaginación escribió inspirándose en ellos y sacáis vuestras propias conclusiones. Un juego como otro cualquiera, pero que bien pensado tiene su miga porque este post, en realidad, trata sobre la importancia y la grandeza de imaginar por uno mismo y lo que mola.

Imagina una bandada de palomas en un campo de trigo. Imagina que noventa y nueve de ellas, en lugar de picotear el trigo que necesitan y utilizarlo de acuerdo a sus necesidades, empiezan a formar un montón con él. Imagina que no se quedan con mucho, sino que destinan ese gigantesco montón de trigo al miembro más vil y ruin de la bandada. Imagina que todas se sientan en círculo y contemplan a esa paloma, que dilapida y despilfarra esa riqueza. Y después, imagina que se precipitan sobre una paloma débil, la más hambrienta de todas, que coge un grano del montón sin permiso, y la castigan.


Un explorador blanco, ansioso por llegar cuanto antes a su destino, en el corazón de África, ofreció una paga extra a sus porteadores para que anduviesen más de prisa. Durante varios días, los porteadores apuraron el paso. Una tarde, sin embargo, se sentaron todos en el suelo y posaron la carga, negándose a continuar. Por más dinero que les ofreciese, los indígenas no se movían. Finalmente, cuando el explorador pidió una explicación por aquel comportamiento, obtuvo la siguiente respuesta: Hemos andado demasiado de prisa, y ya no sabemos ni lo que estamos haciendo. Tenemos qué esperar a que nuestras almas nos alcancen


Feliz fin de semana

domingo, 27 de enero de 2013

Días de ojos rasgados: 36 calles, mil caras



 La mejor forma de encontrar es perderse. La mejor forma de perderse es intentar comprender demasiado rápido.


Desorientado a propósito, camino con paso lento por el antiguo Hanoi con el ánimo y la esperanza de intentar leer el alma vietnamita pero ésta, sutil y recelosa,( posiblemente por las invasiones china, portuguesa, francesa o americana), se asoma y esconde al extraño mostrando sólo la cara más amable, la más costumbrista o la mercantil y, al mismo tiempo, ocultando el secreto de su esencia. He recorrido apenas unos centenares de metros y ya estoy confuso: quien se dirige a mi busca dinero, a quien me dirijo parece ignorarme o rápidamente me pregunta si busco hotel o transporte.

Una señora me invita a sujetar una de esas típicas balanzas que tanto se ven en Asia. La lleva llena de plátanos. Le agradezco su interés pero me niego. Me pide con una sonrisa que le haga una foto, pero también me niego porque sé o intuyo que después de la solicitud de la foto vendrá la de un dólar. Se marcha resignada. Segundos después es un motorista quien se ofrece a llevarme a cualquier lugar; luego será otro y más tarde otro hasta que no sé por qué dejan de ofrecerme sus servicios, y es en ese momento cuando tengo la sensación de que he estado de alguna manera vigilado hasta que han sopesado mi capacidad de compra o candidez.

Aventurarse en el laberinto que conforman las 36 calles del viejo Hanoi no es como retroceder en el tiempo, sino que éste parece fluir en lugar de pasar. Allí convive, con más o menos acierto lo tradicional y lo moderno; los antiguos gremios con los negocios del gusto occidental; la quietud silenciosa, de cámara lenta, con el atronar de motores que rugen escupiendo un humo que acentúa el olor dulzón que deja una humedad y calor contaminados; el golpeteo cadencioso de los artesanos con los esporádicos bocinazos de las motos y carromatos que piden paso.


En esa cuadrícula imperfecta, llena de árboles que flanquean las aceras y que ofrecen un aire de ciudad de provincia, cada calle se relaciona con un comercio, de tal manera que existen calles para el bambú, para la plata, para cachivaches de metal para la seda, las hierbas medicinales; incluso el negocio de la muerte tiene su espacio, aunque por lo que se observa, este batiburrillo de comercios antiguos, donde la competencia se encuentra y coexiste, está siendo mancillado por otros negocios como agencias de viajes, hoteles, restaurantes y, en general, cualquier tipo de negocio dirigido al turista. Lo único que se me hace evidente es que el pueblo vietnamita es un pueblo avispado obligado, quizás, por el devenir de su historia de continua supervivencia.

Abundan los vendedores ambulantes que instalan sus míseros negocios en cualquier rincón que dejan libre las decenas de motos que se aparcan en las aceras y que obligan a descender a la calzada cada dos por tres y a esquivar con igual parsimonia a motoristas y transeúntes. En alguna de las callejuelas parece que la gente vive a ras de suelo. Sentados en pequeños escaños de plástico o en cuclillas venden, charlan, comen, miran y sobre todo ven pasar la vida. Todo queda a la vista como si la palabra intimidad no existiese aunque en el fondo, intuyo que lo que se muestra de manera tan explicita y natural, solo alcanza para tener una visión de ojos medio cerrados, una visión parcial y bastante sesgada de una realidad, la vietnamita, que escapa al entendimiento de quien no la vive de forma cotidiana. 




Me detengo en un local de Bia Hoi a reconfortar alma y cuerpo. La barata y aguada cerveza local no me seduce mucho. Abundan este tipo de locales en el barrio antiguo y por lo que observo tiene gran éxito pues la cerveza corre a raudales. Aprovecho para coleccionar con la mirada mis primeros tipos. Desde mi posición veo como un hombre se hurga los oídos con la uña extra larga de su dedo índice; otro se toca y manosea los dedos de los pies entre venta y venta; un poco más alejados, en una esquina, a la sombra de un árbol, un hombre dormita sobre su moto mientras espera que alguien lo contrate;  una señora recoge botellas de plástico vacías, otro camina a una inusual velocidad llevando a la espalda un fardo que abulta más que el; un cambista que se me acerca para cambiar dongs por dólares. Enfrente una hilera de puestos de comida improvisados en los que una señoras de pelo blanco y ojos resignados parece instruir a su hija y nieta mientras se abanican de forma graciosa o introducen comida en unos cuenquitos que previamente han sacado de diferentes “tupers”. Me llama la atención un puesto en particular en el que parece comerse cualquier cosa: desde patas de pollo hervidas o chamuscadas a pequeños pinchos que parecen de cerdo o trozos de despojos y despojos de los despojos próximos a la putrefacción.


 

Antes de regresar al hotel para descansar un rato (el cambio horario empieza a hacer estragos) me detengo en un puesto a comer un plato de verduras de las cuales sólo he probado antes un par de ellas. Me las preparan en apenas unos minutos en una plancha que se pone encima de una especie de infiernillo de carbón. Mientras como, reparo en que a lo largo de las cuatro horas que he estado deambulando por el viejo Hanoi no he visto dos edificios iguales y sospecho que probablemente eso es lo que me encontraré en mi periplo vietnamita: mil caras de una misma realidad o una realidad impenetrable que ofrece mil caras.

 Diario de viajes Días de ojos Rasgados



jueves, 24 de enero de 2013

Días de ojos rasgados: Memorias de niño


Hanoi 
El vuelo Madrid – Roma – Bangkok  es un vuelo multi destino en el que parte del pasaje se separará en Bangkok buscando las evocadoras playas thailandesas, y otras ciudades del gran continente asiático como Yangon, Jakarta, Vientiane, Kuala Lumpur, Hanoi….

Apenas quedan tres horas para llegar a Bangkok, segunda escala antes de llegar a Hanoi, inicio de un viaje que me llevará por tierras de Vietnam, Camboya y Thailandia; un viaje en el que recorreré parte de la antigua Indochina, cuyo nombre, desde niño, siempre evocaba en mi memoria, la lejanía extrema, el misterio, lo desconocido; una palabra, Indochina, que en mi imaginación, era promesa de aventura.

A mi compañera de asiento, una señora que pasa ampliamente el medio siglo, con más pasado que futuro, aún le quedan nueve horas de viaje para llegar a su destino. Primero deberá tomar un vuelo a Manila y después dirigirse por carretera a su pueblo que queda a unos 200 kilómetros de la capital. Me cuenta que emigró a Francia hace cinco años con su marido dejando en Filipinas a sus hijos y nietos. Viaja sola porque el dinero no da para más. Cada año se turna con su marido permaneciendo en Filipinas cerca de un mes junto a sus hijos y familiares. Sus gestos y palabras anticipan una próxima felicidad; una felicidad que parece compartir un pasaje que anhela llegar a su propio destino: recién casados de divorcio próximo e inevitable, enamorados de por vida que da gusto verlos, tipos de vuelta de todo, ancianos que regresan, gente respetuosa con el ambiente y con el medio, viajeros descolgados de la rutina, de futuro incierto, que aún mantienen la curiosidad; y yo, una mezcla de defectos y virtudes que se balancean consciente e inconscientemente entre la belleza de un cielo estrellado, todos, deseamos abandonar el Jumbo de la Thai para reencontrarnos con nuestra propia felicidad.

Aún no ha amanecido y me alegro de ello. La noche me regala la nitidez tintineante de cientos de estrellas que parecen estar casi alcance de la mano. Es bonito sentirse tan cerca, verlas en un plano horizontal, envuelto en ellas, comprobando como te acompañan, haciéndote sentir que el alma está viva. Ni siquiera las posturas incómodas, las patadas que desde que despegamos de Madrid  me ha dado el pequeñajo del asiento de atrás, a pesar de las miradas que lanzo a los padres para que le paren o al niño para ver si le acojono un poco, son capaces de abstraerme de una contemplación que me devuelve a la niñez, a aquellos días en el que mundo lo respiraba con aire puro, días en los que los destellos de cada estrella eran sueños, deseos, curiosidad, asombro, imaginación…y me pregunto ¿cuando perdimos las estrellas?, ¿cuando las abandonamos por otros brillos fugaces? No quiero responderme: quizás las estrellas sean las nostalgias de los que aún somos niños.

Después de tantas horas de viaje el vuelo Bangkok – Hanoi se me hace corto. A la llegada hay gente esperando en la zona de la aduana a un grupo de españoles que han contratado el viaje a una agencia. Les delata la bolsa de regalo del mayorista y el volumen de sus voces que desentonan en el silencio de esas tempranas horas. Pasan rápidamente el control de pasaportes por una de las cabinas que les han asignado en exclusiva y los veo perderse mientras aguardo mi turno para entrar en Vietnam. Les deseo con la mirada un buen viaje, y con el alma no encontrármelos durante los próximos días, mientras aguardo mi turno para entrar en Vietnam.

Siempre me ha llamado la atención esa manía, esa pura pose que tienen algunos policías o funcionarios, cuando miran alternativamente y con cara circunspecta foto de pasaporte y careto, aunque tengo la impresión de que en la única que se fijan para poner el visado es en la real, esa que mira a los ojos directamente; esa que delata o legitima.

Al salir de la terminal todo el calor y la humedad de un Vietnam recién regado por las lluvias del monzón penetra en mi cuerpo con tanta premura que tengo la sensación de que es una advertencia sobre la necesidad de adaptarme a un lugar en el que no parece existir la prisa ni la precipitación como compruebo poco después, cuando asoman los primeros campos de arroz, en los que apenas se distinguen los típicos sombreros cónicos que había visto en muchas películas y fotografías y que parecen moverse a cámara lenta, como si los paisajes y las gentes hubiesen hecho un pacto con el tiempo.

Durante el trayecto, especulo con futuras emociones, con aquellas promesas y aventuras de mi niñez; con el Vietnam de campos de arroz, de aldeas y templos, con el de paisajes increíbles, con el de personas y oficios, con el que vi en las películas, con el imperial, el colonial, con el de la guerra, con el comunista o con el comunista capitalista ilustrado…eran tantos y tan diferentes que ignoraba cuanto tiempo dedicaría a cada uno de ellos y cuales serían los lugares descartados sobre las diferentes alternativas que había apenas esbozado: lo único que tenía claro era que casi un mes después tenía cerrado el regreso desde Bangkok y que quería pasar unos días en la capital Tailandesa.

A medida que se recorre la distancia de 35 kilómetros que separa el aeropuerto de la capital se van sucediendo las primeras estampas de la diversidad social del país. En el trayecto lo mismo se ven circular humildes carromatos tirados por bueyes, que enormes camiones de fabricación china atiborrados de mercancías; bicicletas y motos, que flamantes deportivos. En los costados fábricas que vomitan humo podrido comparten espacio con pequeñas granjas; enormes vallas publicitarias con humildes letreros escritos en cartulinas: pequeñas casas de madera que aún sobreviven ante los nuevos suburbios de grandes edificios: lo tradicional con lo moderno, el socialismo con el capitalismo, la riqueza con la pobreza; el orgullo y la humildad.

Tras una hora de viaje, de atascos puntuales e impactos visuales varios, llego a mi hotel situado en el barrio antiguo. Como muchos edificios del Hanoi antiguo, la fachada es estrecha (debido a que por lo visto el pago de impuestos se realizaba en función de los metros que ocupaban en la vía), y un interior profundo que me adelanta lo que días después comprobaré: El alma vietnamita es de una insondabilidad tan profunda, tan desconcertante, que cualquier intento por acercarse a ella te lleva a cientos de caminos diferentes.

Recorro pasillos y subo una gran escalera hasta mi habitación. En apenas media hora me zambulliré en el laberinto de calles y oficios que conforman el viejo y destartalado Hanoi  que veo desde la ventana, respirando aire contaminado pero con la mirada de un adulto que regresó a sus memorias de niño, que recupero sus noches de estrellas.

Inicio del Diario de viajes Días de ojos Rasgados – Continuará

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