martes, 26 de febrero de 2013

Carta a un amigo que va a dar la vuelta al mundo


Me acabo de enterar de que por fin vas a emprender tu primera vuelta al mundo, un sueño, un objetivo que perseguías desde hace años pero que sabías que tarde o temprano ibas a cumplir. Se ha demorado la partida, pero eso no debe importarte: algunos no la daremos en la vida por aquello de las falsas obligaciones, por los apegos o por el miedo a transitar por el mundo sin paracaídas.

Tu primera vuelta al mundo, ¿suena extraño verdad?, pero soy consciente de lo que escribo porque sé, que una vez la comiences, no dejarás de dar vueltas y vueltas; y no dejarás de dar vueltas, no por el hecho de acumular kilómetros o estadísticas, sino porque sé, que si hay algo que te apasiona, más allá de los paisajes, los monumentos y las ciudades, son las personas. Eso es, en realidad, lo que vas a hacer aunque no seas muy consciente de ello.

Muchas veces hemos hablado de viajes y al final, siempre aparecen las personas o las emociones. Hace tiempo dejaste un comentario en este blog que decía lo siguiente: “El lenguaje de la palabra tiene sus límites, hay cosas que no se pueden explicar, sólo se entienden cuando las vives”.  Una vez que comiences tu periplo,  esta frase te acompañará allá donde vayas y reafirmará todas las convicciones que has ido acumulando durante años, que quizás se resuman en dos palabras: Independencia y libertad, porque si hay algo que proporciona un viaje en solitario es eso: Independencia en el pensamiento y libertad de elección, algo que no se consigue fácilmente cuando se vive en entornos demasiado conocidos.

Aprenderás a saber más de ti, porque por fuerza te tendrás que escuchar cuando vivas situaciones insólitas o poco frecuentes; cuando te des cuenta de que tus creencias se tambalean en esa lucha eterna que mantienen corazón y razón: en un viaje como el que vas a hacer no te puedes engañar ni fingir ser otro.

Posiblemente dejarán de interesarte asuntos que hasta hoy formaban parte de tu vida y comenzarán a apasionarte otros. Aprenderás a distinguir lo necesario de lo accesorio, lo urgente de lo aplazable, lo importante de lo fútil; lo que es desigualdad o solidaridad, el odio y el amor, la necesidad y la opulencia. Todos esos contrastes los vivirás en primera persona. Tendrás momentos de euforia y otros de bajones, querrás volver a casa o asentarte en aquel lugar en el que te sientas cómodo.

Sabes que siempre digo que “viajar es simplemente VIVIR desplazado”. Claro, que yo ese vivir lo pongo con mayúsculas. Déjate llevar por tu instinto, por tu corazón y bastante menos por las guías de viajes y los consejos de expertos. Al igual que no hay dos personas iguales, no hay dos viajes iguales. Este viaje es tu sueño, de nadie más. No lo olvides nunca.

En fin, no quiero aburrirte ni darte consejos que sólo servirán para ponerte la cabeza como un bombo o condicionarte. Creo que tienes más o menos claro lo que quieres hacer  también creo que esas certezas irán cambiando a medida que el viaje se vaya convirtiendo en un medio y no en un fin.

Disfruta del viaje y tómate unas pintas a mi salud.

Buen viaje

domingo, 24 de febrero de 2013

Días de ojos rasgados: La vida sobre dos ruedas



La vida esta llena de contrastes. A poco de salir del Templo de la Literatura, donde la serenidad se encuentra en cada rincón, me topo con uno de los habituales galimatías circulatorios que se multiplican en diversos puntos de la ciudad. Si bien los coches no abundan, entre otras razones por los impuestos de importación que los hace prohibitivos a la gran mayoría de los vietnamitas, en Hanoi se tiene la sensación de que hay tantas motos como habitantes y que éstas parecen regir sus vidas: son razonablemente económicas, fáciles de mantener y sirven para desplazarse, cargar mercancías o utilizarlas de moto taxi ya que en Vietnam, cualquier persona que posea una, es un taxista o mensajero en potencia.

Quiero cruzar una calle y no veo la manera de hacerlo por el aluvión de motocicletas que surgen y van en cualquier dirección: Como en su día hice en India, invierto mis buenos minutos en conocer las claves para hacerlo: en lugares donde el cumplimiento de las normas es una quimera o queda subyugada a la costumbre, la prudencia invita a la observación; a aprender bien la lección al no haber apenas margen para el error.

Como si de un documental se tratara, filmo y hago zoom de cualquier plano, de cualquier secuencia, locutando para mis adentros todo lo que mi campo visual permite. Comento la velocidad a la que se circula; si es constante, si se producen parones; también si influye el hecho de que se tome una u otra dirección; si los hombres son más agresivos que las mujeres conduciendo o si guardan una distancia sensata entre vehículo y vehículo. Me fijo especialmente en cómo los peatones, vayan en grupo o en solitario, cruzan las calles; en cómo reaccionan cuando se ven atrapados en esa vorágine de tubos de escape y pitidos… La clave es hacerlo “sin prisa, pero sin pausa”: caminar lentamente con paso firme hasta “la otra orilla”, sin detenerse ni asustarse ni intentar esquivar lo que en ocasiones parecerá una estampida que viene hacia ti; en definitiva, mantener la calma y confiar en que los conductores no se pongan o les pongas nerviosos. Al principio no es fácil. Las imágenes no son tranquilizadoras:  muy poco motoristas llevan casco, muchos van hablando por el móvil al tiempo que conducen, otros van comiendo, unos cuantos se saltan los semáforos, giran hacia cualquier dirección o se dan la vuelta; o se paran y ponen a charlar con cualquiera.


Cuando llego a la vía del tren que cruza el centro de la ciudad, camino cerca de los railes, pensando es improbable encontrarme con más motocicletas; pero me equivoco una vez más: incluso en ese pequeño y estrecho espacio se las ve circular de forma parsimoniosa. Unas van sobrecargadas de patos, otras de cajas y bultos; en algunas van familias enteras; niños y padres, padres y abuelo, como si lo natural fuese siempre el sobrepeso y el aprovechamiento al límite del espacio.

Mi rumbo ahora lo marca el sendero de la vía. La atención, la sosegada actividad que descubro a cada paso: los sombreros cónicos se multiplican; sencillos talleres en los que se trabaja el metal o la madera conviven con pequeños chamizos que albergan recambios y piezas de segunda mano; con humildes moradas en las que se escuchan conversaciones incomprensibles, el sonido metálico del mover los cacharros, el suave correr del agua que ha dejado la última tromba; la estridencia de una radio a todo volumen que va perdiendo intensidad a medida que avanzo. Pero esas estampas de diario, de pura cotidianidad están llenas de ausencias. Echo de menos la música, la alegría o el estruendo del chocar de las voces y tengo la sensación de que la vida en ese corredor ferroviario, además de no ser fácil, arrincona el alma.  

Me siento algo extraño, como si hubiese invadido un lugar muy personal, como si violase algo íntimo, pero la curiosidad me impide regresar sobre mis pasos. Poco a poco me voy sintiendo más confortable al comprobar que en las miradas que me dirige la gente no hay reproche ni se atisba hostilidad, sino más bien indiferencia o curiosidad. Algún anciano me saluda o me sonríe tímidamente. Tan sólo unos niños se acercan y me enseñan sus juguetes para instantes después salir corriendo. Salgo por una bocacalle y aparezco en una amplia avenida flanqueada de árboles que parecen custodiar lo que a mi me parecen edificios oficiales. Me encuentro en un Hanoi con un marcado aire francés: Otro Hanoi.

Paso el resto del día visitando varias agencias de viajes para planificar la escapada a Hanoi y a Sapa: alguna de ellas tienen cafetería, ofrecen biblioteca y wi fi gratis y sirven de consigna para guardar pesados equipajes durante unos días. Todas más o menos ofrecen lo mismo, aunque solo unas pocas ofrecen pasajes aéreos. Reservo en una la excursión a Halong y en otra, que es un cuchitril, el tren nocturno a Sapa y un vuelo hasta Hue, la antigua ciudad que sustituyó a Hanoi como capital imperial.



Ya de noche, y antes de cenar, me tomo un par de buenas cervezas en un pub regentado por australianos en el que calman la sed o abrevan numerosos extranjeros mientras la música de Jack Johnson suena de fondo y las camareras vietnamitas muestran ademanes totalmente occidentales, más como autoafirmación personal, que como signo inequívoco de cambio social, porque a pesar de esa fusión de culturas, de mezcla de negocios orientales y occidentales, de esa teórica flexibilidad y laxitud con el foráneo, en el fondo los vietnamitas siguen siendo muy tradicionales; o muy suyos.

Paseando encuentro una calle cercana al lago en el que en ambas aceras se han instalado varios improvisados puestos de comida, mientras en el centro de la calle se ha instalado un mercadillo nocturno donde se pueden encontrar hilos, ropa, calzado, juguetes, dulces y mil cosas más. Decido cenar picando un poco de aquí y de allá. Antes de hacerlo, merodeo por las aceras observando las diferentes especialidades que se ofrecen y el grado de aceptación que tienen. Cada tenderete ofrece una o dos especialidades. Verduras salteadas en woks y sartenes que se manejan a toda velocidad, caracoles, pescado frito, pasteles de gambas, rollos vietnamitas fríos o fritos Bún Chả, una especie de albóndigas que se cocinan a la parrilla y que es fácil localizar donde se sirven porque el humo te guía hacia ellos, pinchos de pollo…En ninguno faltan varias salsas, especialmente el Nuoc Mam que es una salsa fermentada de pescado; muchos inclusos tienen baguettes o pan francés con los que se preparan bocadillos de cualquier cosa.  Un poco de carne y verduras son suficientes para saciar mi apetito. Mientras mastico, me quedo asombrado con el trepidante ritmo al que se cocina y despacha y más aún con la velocidad a la que se devoran los alimentos. Parece que la hora de comer es el único momento en el que Hanoi abandona su imperturbabilidad para convertirse en una ciudad frenética y viva que, una ve más, te vuelve a descolocar.

Diario de viajes: Días de ojos rasgados: continuará



   

miércoles, 20 de febrero de 2013

Lo que me cuentan los viajes

En los viajes, como en la vida, una simple mirada, una fugaz emoción, una nueva sensación son suficientes para que mi mente las atrape, el alma las interprete y todo mi ser las interiorice. Como además me da por jugar con la mente, jamás he tenido demasiado tiempo para aburrirme. Ya sé que lo mío no es muy normal; que estoy un poco (tirando a bastante) tarado, que no hay cura (ni la quiero) y que esta confesión que hago puede ser utilizada en mi contra en un futuro (tal y como están las cosas y los rastros que dejas en Internet, seguro que algún imbécil te acusa de soñador, loco de atar o majara perdido). No me importa. 

En este post ya conté alguno de esos juegos de mente en los que me entrego en los viajes y que me hacen disfrutar como un niño que jadea ilusiones cuando disfruta con el juego. Pues bien, a mi los viajes me cuentan, me enseñan o me recuerdan cosas. No es que oiga vocecitas ni nada por el estilo. Consiste más bien en que, como suelo estar más relajado, sin otros ruidos como las preocupaciones, los compromisos, las obligaciones, puedo percibir con más nitidez todo cuanto me rodea y “escuchar” lo que el viaje me está contando. Como hay cosas que son difíciles de explicar, lo mejor que puedo hacer es ilustrarlo con algunos ejemplos. En este caso fotos que hice.

Sí, como una cabra, pero ¿y lo que disfruto?

Feliz miércoles


En la inmensidad del planeta somos muy poquita cosa, un grano de arena en el desierto (Wadi Rum - Jordania)


Todos los hombres viven una espiritualidad que le ayuda a buscar su sentido  (Varanasi - India)


No hay imperio ni civilización que no acabe sucumbiendo (Abu Simbel Egipto)


Todos llevamos siempre una carga  (Munnar - India)


Esta claro ¿no? (Vientiane- Laos)


Cuando la naturaleza se enfada no respeta ni lo más sagrado (Antigua - Guatemala)


La felicidad no es lo que tienes, es lo que eres (Ijen - Indonesia)


Quien tiene un amigo, tiene un tesoro (Varkala - India) 


El fanatismo lleva siempre a la crueldad extrema (Phnom Penh - Camboya)


La vida siempre nos regala un halo de esperanza (Kabrousse - Senegal)

domingo, 17 de febrero de 2013

Días de ojos rasgados: Ideas y creencias



Bajo a desayunar con una idea más o menos clara del programa que haré durante una buena parte del día. Hoy toca darse una vuelta por el mausoleo de Ho Chi Minh y por el Templo de la literatura. A partir de ahí, lo que la brújula del instinto decida. Aún es temprano. El pequeño comedor permanece vacío y debo esperar unos cuantos minutos antes de que alguien note mi presencia y me pregunte si tomaré el desayuno vietnamita o el occidental. Elijo el local solicitando que añadan un café. En unos minutos llega un enorme y humeante cuenco rebosante de Pho Bo, un caldo de ternera acompañado de fideos de arroz, verduras y variadas especias que es devorado a diario y a cualquier hora en las ciudad de Hanoi. No sé si es por lo temprano de la hora o por el exceso de hojas de menta y jengibre con los que la cocinera ha condimentado la sopa, pero mediada la misma, doy por finalizado mi desayuno vietnamita concentrándome en dar sorbos a un café instantáneo que me trae recuerdos de otros viajes y otros momentos. Dos franceses se sientan a mi lado, más con el ánimo de chulearme un par de cigarros que de conversar. Llevan quince días en Vietnam y están deseando tomar un vuelo a Bangkok: Dicen que los vietnamitas no son de fiar y que en todos los lugares que han estado han intentado engañarlos; piensan, que como son franceses, los vietnamitas les odian y en cuanto tienen una oportunidad les quieren timar. En Bangkok será diferente sentencian.

Pueden haber tenido mala suerte, pero me da la impresión de que esa percepción es fruto de la paranoia de muchos viajeros occidentales que creen que a ojos de los locales no son más que “dólares con patas full time”, cuando en realidad lo que ocurre es que la ceguera viajera impide ver con normalidad el hecho de que allí donde hay un viaje hay cientos de oportunidades de negocio de las que, lógicamente, el local, de buenas o malas maneras, intentará aprovecharse. Les dejo con sus lamentos y salgo a la calle.  

La noche ha sido lluviosa. El tráfico y el calor aún son soportables. A mi nariz llega el olor de un vaho de agua templada que progresivamente se ensucia a medida que en las calles asoman las primeras cocciones de col, los efluvios acres que desprenden los despojos de las hortalizas muertas y amontonadas en alguna esquina o  los regueros de humo que dejan las motocicletas. El viejo barrio se despereza a cámara lenta, con esa parsimonia que en ocasiones parece regir la vida vietnamita y que no es más que un espejismo que enmascara el despertar de un nuevo dragón asiático que nunca imagino Ho Chi Minh, el mayor prócer de la patria, al cual iba a visitar en su mausoleo, más por cortesía y curiosidad que por el deseo morboso de ver el cadáver embalsamado de quien venció a franceses y norteamericanos.

Todos los pueblos tienen sus héroes, sus referencias. Unos quedan para siempre, otros son revisitados y defenestrados y la mayoría acaban siendo hiperbolizados o tuneados en el imaginario de los pueblos que acaban dotando al personaje de un halo de divinidad que exige culto, devoción y entrega, sin cuestionar si todo lo que rodea al ensalzado se ajusta a una realidad o es fruto de una imposición de creencias que se hace necesario mantener. Pienso en ello a medida que me voy acercando al Mausoleo de Ho Chi Minh, un enorme complejo en el que hay varios edificios que preside el un megalómano edificio de corte clásico en el que más que reposar, se expone, al más puro estilo soviético, el cadáver embalsamado de Ho Chi Minh contraviniendo su última voluntad de ser incinerado, de ser ceniza desparramada por todo el país, en lugar de exposición permanente. Mientras aguardo en la cola que da acceso a la entrada pienso en el pobre tío Ho, como popularmente se le llama, y me da un poco de lastima: tanto años de lucha, tantos esfuerzos en buscar aliados, tantos pactos, tantos obstáculos para independizar el país para al final ser desobedecido y verse relegado a un cubículo fuertemente vigilado. En ocasiones el hombre es ingrato hasta con sus héroes ignorando sus deseos, convirtiéndolos en meros comparsas de un poder que los utiliza para sustentar, más que sistemas, la sucesión y funcionamiento de un engranaje que no debe ser cuestionado: llega un momento en el que el que los regímenes olvidan sus ideales si con ello se protegen. 

Para echarle un vistazo, hay que someterse a una inspección ocular y seguir una serie de normas que son más de sentido común que estrictas, y que básicamente se traducen en respetar escrupulosamente el lugar: no introducir mochilas, hacer fotografías o hablar. Varios militares van acompañándote durante el recorrido recordándote, con sus gestos y con sus armas, que tonterías las justas. En el habitáculo, tengo ya una sensación de deja vu: sospechosamente se parece mucho al de Lenin de la Plaza Roja de Moscú; el mismo frío, la tez cetrina, la expresión hierática…  

Un poco destemplado salgo con la intención de visitar el museo Ho Chi Minh pero está cerrado. El calor comienza a apretar y a humedecer mi camiseta. La Pagoda del Pilar Único, cercana al mausoleo está atestada de gente y no le dedico más que un par de vistazos dirigiéndome en zigzag y dando un par de rodeos adicionales hasta el Templo de la Literatura.

Hanoi no es una ciudad monumental, pero hay algo en ella que le confiere un extraño atractivo que poco a poco te va atrapando al tiempo que te desconcierta. En unas pocas manzanas se puede pasar de tranquilas y elegantes calles de casas y mansiones ordenadas, donde se encuentran algunas embajadas y apenas se ve gente, a un desorden de casuchas y personas que transitan hacia cualquier parte; se puede pasar de un silencio solo roto por tus pisadas a un conglomerado de ruidos que chocan en el aire; del olor a pan francés a fritangas de muchos aromas. Una ciudad que puede o no gustar, pero que es difícil que deje indiferente por la cantidad de matices que en cada mirada, en cada guiño  ofrece.

Casi llegando a mi destino, el cielo se oscurece súbitamente vomitando un fuerte aguacero del que me resguardo por los pelos bajo un toldo de una tienda de electrodomésticos. Es época de Monzón y, éste, siempre fiel a su cita, convierte la ciudad en una enorme ducha de la que pocos consiguen escapar a pesar de los impermeables y plásticos que en cuestión de segundos se sacan de cualquier lugar. Yo hago lo propio con el mío y avanzo hasta la entrada del Templo de la Literatura, que en realidad fue el mayor centro de conocimiento y la primera universidad de Vietnam hasta que la corte imperial se traslado a Hue.

El templo, construido para rendir homenaje a Confucio fue construido a finales del siglo XI y en el se formó la élite vietnamita durante siglos. En el se enseñaba filosofía, composiciones literarias y en general cualquier conocimiento que preparase a los futuros mandarines o funcionarios imperiales. Por lo visto el centro era bastante exigente con los alumnos e incluso el mismo emperador realizaba en persona los exámenes finales.






Cuando paseo por los laterales de los patios y veo las estelas, apoyadas en tortugas de piedra, en las que se recuerdan los nombres de los estudiantes que superaron sus exámenes, sólo puedo sentir admiración y respeto por todos ellos. Y pienso que el verdadero mausoleo no es aquel que acabo de visitar sino éste donde el hombre rinde homenaje al conocimiento, como también a Confucio que más que religioso fue un filósofo. Llama la atención que un pueblo gobernado por un régimen comunista (que de espiritual tiene poco) y tan poco religioso como el vietnamita, se siga rindiendo culto a Confucio, aunque no debería extrañarme si hasta el momento, en esas pocas horas que llevo en el país, me ha dado la impresión de que el vietnamita es un pueblo eminentemente práctico, que no descarta ninguna posibilidad terrenal o espiritual si con ello consigue aquello que está buscando o le conviene.

Diario de viaje: Días de ojos rasgados; continuará



miércoles, 13 de febrero de 2013

Vuelve Thinking Souls



Llevaba demasiado tiempo en la nevera. Lo suficiente para que se congelara del todo y quedase relegado al cementerio de los blogs olvidados, a ese espacio al que se llega por casualidad o por error. Como no me apetece que acabe en el limbo de la blogosfera, principalmente porque son las ideas, las reflexiones y los pensamientos de todos los amigos que pasáis por aquí y para mí tienen mucho valor, he decidido reiniciar su actividad.

Thinking Souls (para aquellos que no lo conocen) es un blog en el que extracto los comentarios que habéis hecho en Soul Business y los saco fuera de contexto creando una serie de frases y reflexiones que podrían estar firmadas en muchos casos por eruditos, filósofos, sabios y tipos que pasaron a la historia y podrían ser re tuiteadas y conocidas por numerosas personas si en lugar de firmarlas vosotros se le atribuyesen a Sócrates o a un gurú de medio pelo.   

Volvemos pronto con novedades porque Thinking Souls se abre también a vuestros blogs, a vuestros tuits para poder jugar con las ideas, para enriquecerlo, pero sobre todo para pasarlo bien y que todos disfrutemos y compartamos nuestras inquietudes, nuestras reflexiones y nuestras esperanzas.

Hoy, como no podía ser de otra manera, en Soul Business os dejo unos cuantos sobre viajes y en Thinking Souls, algunos de los que a mi juicio fueron más brillantes e inspiradores: como la selección es amplia, tomo siete cortitos para que cada uno luego , si quiere los amplie y sigamos jugando.
Feliz miércoles.  

Los viajes son escapadas del alma hacia lugares que no sólo satisfacen mi curiosidad y alimentan mi conocimiento, sino que también me dan la oportunidad de contrastar mis emociones, mi sensibilidad, mi otro yo en definitiva, aquel que quisiera ser todos los días y apenas llegó a rozarlo de vez en cuando.
José Luis Montero (@jlmon53)

Hay pocas cosas más gratificantes que después de un largo y extenuante viaje llegar a una habitación de hotel que aunque sencilla sea digna, regalarse una buena ducha, cambiarse de ropa y sentarse en la terraza (si la hay) contemplando unas magníficas vistas. El cansancio desaparece y si el paraíso existe debe ser algo parecido.

Viajar me reconcilia con el mundo e incluso conmigo misma
Elsa Rodríguez @duquelsa19

Viajar es investigar, también decidir, también disfrutar, y cómo no, recordar, ya que recordar es volver a vivir...

Viajar de verdad implica sentir, llevarte emociones de vuelta en tu maleta

El viaje a pesar de las informaciones previas siempre es un misterio cuando lo emprendes, y hay dejarse llevar sin ideas preconcebidas para captar esas sensaciones nuevas.
Katy Sánchez @KatySnchez

Cada viajero tiene su verdad
Gildo Kaldorana @Kaldorana


Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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