domingo, 28 de abril de 2013

De la provisionalidad del conocimiento

Tat Se - Laos
“Una enorme cantidad de conocimientos se acumula en el momento presente. Pronto, nuestras capacidades serán demasiado endebles y nuestras vidas demasiado breves para estudiar esos conocimientos. Tenemos inmensos tesoros de conocimiento a nuestra disposición pero después de estudiarlos, es frecuente que no los utilicemos para nada. Sería mejor no cargar con este peso, este conocimiento innecesario, que en realidad, no necesitamos.”

Este párrafo de Immanuel Kant aparece en “El calendario de la sabiduría” de Leon Tolstoi, en la fecha correspondiente al día 1 de abril. Aunque el texto tiene ya unos añitos me ha parecido bastante actual. Nunca como hasta ahora (supongo que dentro de un rato la cosa habrá cambiado y tendremos todavía más conocimiento a nuestra disposición) ha sido tan sencillo acceder a la información, que no es más que una herramienta que se encuentra en la antesala del conocimiento, y que frecuentemente se confunde con el; nunca como hasta ahora el hombre ha tenido la oportunidad de compartir no sólo esa información sino el conocimiento que se genera a través de ella, y, sin embargo, poco de ese conocimiento llega a ser útil debido a que nos limitamos a procesarlo y divulgarlo pero no a experimentarlo, de tal manera, que aquello que damos por bueno, lo hacemos desde un plano teórico la mayoría de las veces, más como un acto de fe o conformidad intelectual o social que como palanca de crecimiento.

El vivir en la era de “a toda leche” o “oveja que bala pierde bocado” nos está obligando a “capturar” todo el conocimiento a nuestro alcance con el fin de transitar de la forma más segura en este mundo de obsolescencia programada y provocada en el que vivimos. 

Lamentablemente, ese conocimiento no lo transformamos en valor porque es prestado, poco practicado y menos interiorizado. Nos están/estamos acostumbrando a que nuestro cerebro sea cada vez más perezoso y tienda a la dispersión. Nuestra experiencia, por aquello de la comodidad o la urgencia queda relegada a un plano, que no es el segundo. 

No queremos quedarnos atrás; no podemos quedarnos atrás. Nos presionan y nos auto presionamos para no quedarnos rezagados, para no ser excluidos y por eso no nos cuestionamos determinados conocimientos, ni dudamos de ellos. Estamos convirtiendo nuestras vidas no en una carrera de fondo, sino en pequeñas carreras de cien metros “listos”, que nos llevan a correr como pollos sin cabeza en esas carreras que siempre aparecen obstáculos y vallas que no esperábamos, y para la cuales no estamos preparados porque, absortos en nuevos conocimientos, olvidamos la experiencia de lo conocido, el esfuerzo que requiere entender y comprender el conocimiento con el que nos manejamos, la mayoría de las veces fruto de pensamientos ajenos y no de una profunda reflexión que facilite su asentamiento en nuestro interior.

Dicho de otra manera, nos dejamos llevar por la corriente del conocimiento,  pero no fluimos con el, apenas lo transformamos. Todo lo más, repetimos o sintetizamos de acuerdo a los tiempos que nos marcan o marcamos, de acuerdo a momentos, a circunstancias que acaban por otorgar al conocimiento un aire de provisionalidad, de próximo olvido.

Cuando preparamos y aceptamos este mundo de excesos, de superabundancia de conocimientos, no habíamos contado con que además de compartirlo y comentarlo había que debatirlo y experimentarlo o aplicarlo. Acumulamos conocimientos como los estudiantes acumulan apuntes para utilizarlos el día del examen sabiendo que nadie preguntará más por ellos; o los llevamos a un “archivo” (que suele ser definitivo) para, al menos creer que estamos en posesión de ello, lo que no es más que un efecto placebo producido por nuestras propias miserias y mentiras que uno se cuenta para justificarlas.

No se si será una cuestión de experiencia, de torpeza mental o de practicidad, pero tengo la sensación de que sólo hay un conocimiento útil e inmutable, que es aquel que nos enseña a comprender la condición humana, la de uno mismo. Lo demás, pura provisionalidad.

Feliz semana




lunes, 22 de abril de 2013

Vivir como ellos

YogYakarta - Indonesia

Este fin de semana me he estado dando una vuelta por diferentes foros y blogs de viajes para buscar información y sugerencias sobre el Flopez Live Tour del verano 2013. La verdad es que no he sido capaz de extraer gran cosa más allá de algún dato interesante o la descripción de una emoción. Eso si, me ha dado tiempo a reflexionar un poco sobre las diferentes impresiones de los viajeros y he llegado a la conclusión de que, por lo general, somos muy dados a juzgar, comentar y sentenciar con una rotundidad que puede rozar lo absurdo.

Ya en su día hablé sobre ello en el post ¿Quién tiene la verdad de los viajes? y nuestro amigo Gildo, un ex pelotari que se asentó en Indonesia, comentaba que alucinaba con alguna de las opiniones de los viajeros que pretendían sentar cátedra habiendo pasado un par de días en un lugar. A mi me gusta decir que por mucho que viajemos siempre seremos aprendices, sobre todo, cuando estamos en terrenos desconocidos; tampoco podemos creer que nuestra experiencia viajera es útil para todo el mundo aunque nos empeñemos en dar consejos. Lo cierto es que se dicen cosas (fundamentalmente para dar la sensación de “pedigrí” viajero) que se caen por su propio peso porque del dicho al hecho hay un trecho.

No voy a entrar en expresiones del tipo “Es muy turístico” o “es una turistada” porque ya hablé de ello en este post y porque sigo pensando que el 90% o más de los viajeros, turistas, trotamundos o como los querías llamar, acostumbran, precisamente a tirar de guía, y todo lo que viene en una guía acaba siendo turístico.

Hay una que siempre me ha llamado poderosamente la atención y que se repite varias veces y que hace referencia a una supuesta “autenticidad”. Es la frase “vivir como ellos”, que curiosamente sólo se cita en los foros de viaje de los paises menos desarrollados, (nunca he leído esas expresiones en un viaje que hable de Suiza o Italia, por ejemplo) de tal forma que uno se encuentra expresiones del tipo viajamos en sus transportes, comíamos lo que ellos, hablábamos con ellos, nos vestíamos como ellos...como si se mimetizasen realmente con “ellos”, cuando en realidad, y por mucho empeño que se ponga en ello es prácticamente imposible vivir como ellos por varias razones.

La primera de ellas es la cultural. No es fácil en unos días o unas semanas entender y asimilar la cultura de un pais por mucho que se haya leído previamente sobre ella y la adaptación al entorno no es inmediata. Es complicado “vivir como ellos” si no se piensa como ellos, si no se entienden todas las claves sociales, religiosas y económicas. No se puede “vivir como ellos” si no se entienden sus emociones, sus sueños; y no se pueden entender si antes no nos hemos despojado de la mentalidad que nos acompaña en nuestras maletas y mochilas; si no nos hemos despojado de nuestros prejuicios, de la distancia que marcamos, del aire de superioridad o de seguridad proyectamos (aún sin pretenderlo)  difícilmente se puede “vivir como ellos”.

La segunda es obvia: nuestro día a día en el país no tiene nada que ver con la vida habitual de ellos. Horarios distintos, actividades distintas, comidas que acaban siendo distintas porque se añoran algunos sabores o los de ellos terminan por cansar o nuestro cuerpo no es capaz de asimilarlas, y nunca se debe olvidar que estamos de vacaciones, en un estado de relajación muy diferente a nuestra vida habitual. “Vivimos como ellos”, pero estamos híper conectados con nuestros portátiles, nuestros teléfonos móviles, liberados o no, y salvo que se roce la aventura o se acabe en parajes incomunicados, nos es fácil acceder a otros mundos.

Vivimos como ellos, pero nos alojamos en sitios preparados para nosotros. En definitiva, no vivimos como ellos, ni nos acercamos. Todo lo más, convivimos o nos relacionamos puntualmente, pero de ahí a “vivir como ellos”…

Así que más nos valdría disfrutar del viaje, de todas esas buenas experiencias que nos van a provocar el contacto y dejar de creernos “auténticos” o más audaces por relacionarnos con lo diferente, porque eso es lo normal o debería serlo, tanto en los viajes como en la vida.

Buena semana   

sábado, 20 de abril de 2013

Subida hacia el cielo


Hoy un poquito de Soul India

En la visita del templo de Adhar Devi, Dinesh decidió guiarme. Era la primera vez que lo hacía. Creo que su propósito, aparte de rezar, era instruirme en aspectos prácticos de su religión. Tras ascender  más de doscientos metros por unas empinadas escaleras cuyos peldaños se hacían  interminables —momento en el que, asfixiado y con piernas rezagadas, te acordabas de lo de dejar de fumar— coronamos el templo. Lo primero que hicimos fue cumplir con el ritual de la unción. El tilak, esta vez era amarillo, en lugar del más usual rojo. En las puertas del santuario se despachaban comida, flores y cocos enteros que posteriormente serían tajados por los sacerdotes del templo y ofrecidos a los visitantes.  
                      
El templo de Adhar Devi está esculpido en la roca y se accede, agachado, pasando por debajo de otra. El templo, más bien asemejaba una cripta. Era interesante ver como los devotos oraban: en realidad no sabía si rezaban o se trataba sólo de peticiones a su Dios —en la India hay miles de dioses como en España hay miles de santos— y para distinguirlos, hay que ser muy practicante o un experto en religión; no era mi caso.

Realmente no sé si rezaban, pero lo trascendental era la actitud: normalmente sentados, tampoco demasiado concentrados en lo que hacían, como si hubiesen ido allí a tomar café. Acto seguido dejaban un donativo y tomaban pedazos de comida sagrada que masticaban departiendo unos instantes con el sacerdote. Una vez finalizado el ritual, atizaban un golpe seco a una bronceada campana, y abandonaban el templo. Yo acostumbraba a sentarme en el suelo y allí me quedaba observando y absorbiendo todo. A veces hasta rezaba, pero no sé el qué ni de qué religión. Es posible que sólo fuesen deseos.
         
Luego de ocho kilómetros de ascensión por una carretera en la que las posibilidades de despeñarse se multiplicaban en cada curva, nos llegamos a Achalgar, un santuario hindú.  

Traspasado el umbral de un templo flanqueado por elefantes azules, donde una niña de ojos infelices  se cortaba la mano al hacer collares de flores, los feligreses se arremolinaban en torno a una figura dorada  de Shiva que era protegida por el toro Nandi, el toro que siempre permanecía a su lado. Le contaban sus problemas, sus inquietudes, le hablaban a Shiva como quien habla a un amigo íntimo; cosas muy personales. Reanudaban su peregrinación adentrándose  en los templos; tocaban  la base de la entrada como si se persignasen, como si se humillasen. En el interior de uno, en un pequeño cubículo repleto de flores naranjas y aromáticos humos, el maestro espiritual procuraba consejos a los feligreses. En otro, remontando más de dos kilómetros de cuesta y, donde sorprendentemente no había más de tres personas, se jadeaba al arribar, un ambiente de paz y relajación envuelto de luz. Sólo me hacían compañía uno o dos gorriones que revoloteaban dentro del templo y se posaban en el <<Lingam>>, el símbolo fálico que representa a Shiva, que se encuentra en los lugares de culto hinduistas sobre la base del <<Yoni>>, símbolo de los genitales femeninos en el altar.

Cuando abandoné el templo, repuse fuerzas tras calzarme. Charlé con dos hombres que por primera vez en mi viaje, no estaban interesados ni en mi vida ni en mi trabajo ni en nada en particular.

Sentados en un banco de piedra, un chorro de agua acompañaba una conversación acerca del santuario, de  los templos, en medio de una naturaleza que se hacía sentir con el cántico de los pájaros, el zumbido lejano de insectos de verano y una leve brisa que susurraban  los árboles cercanos. Sus sosegadas explicaciones, lejos de cualquier apasionamiento,  me  ayudaron  a comprender que la fe no es una cuestión de confianza sino un estado del alma.

Había estado  cerca del Cielo.

lunes, 15 de abril de 2013

Convivir con el miedo

Pintada en Mompox Colombia 

Es curioso como un texto puede quedar obsoleto o seguir siendo actual; es curioso como nuestras percepciones van cambiando con el paso del tiempo, se van matizando o quedan inamovibles.

Hace exactamente un año publicaba el post Comerciales de la esperanza. De vez en cuando, viene bien darse una vuelta por aquello que se escribió y reflexionar sobre el momento en qué fue escrito. Leyéndolo de nuevo, llego a la conclusión de que apenas nada ha cambiado desde entonces en lo que se refiere al entorno general (economía, sociedad, política) y que siguen siendo necesarios los comerciales de la esperanza o, más bien, que la esperanza nos acompañe. El post finalizaba con este párrafo: “Tener esperanza es la forma de seguir luchando por nuestros sueños, creer en ella depende de uno mismo, pero cuanta más gente tenga esperanza más fácil será vivir sin miedo al futuro ni al dinero.”

Y tener esperanza no es ni más ni menos que albergar un profundo deseo de vivir y de comprender que quizás lo más importante de la vida es saber convivir con el miedo en su más amplio sentido, al ser la única emoción que te acompaña durante toda la vida, salvo que tu nivel de consciencia esté en un plano más espiritual que terrenal, lo que está al alcance de muy pocos.

Convivir con el miedo no es sentirse reconfortado por frases llenas de optimismo ni recetas de felicidad ni claves para transitar por este valle de lágrimas: convivir con el miedo significa comprender que todo lo que amas es temporal, que todas tus creencias y sueños pueden ser derrumbados en un instante, que en ocasiones, la lucha y el esfuerzo, como el amor, no tienen recompensa; convivir con el miedo es darse cuenta de que el sufrimiento, las preocupaciones, son tan naturales como la alegría; que sólo existe realmente un miedo: el miedo a no quererse a uno mismo; convivir con el miedo es convivir con tu propia soledad.

Por eso, ampliando el anterior post añado que mis comerciales de la esperanza son todas aquellas personas que no sólo provocan que este mundo sea mejor, sino todas aquellas que han sido derrotadas una y otra vez y siguen adelante, o aquellas que sufren pero no se resignan, o aquellas que se entregan a los demás renunciando a su bienestar personal, gente que en su alma tiene escrita la palabra dignidad, un alma en la que sólo se vislumbra AMOR que es la única gasolina que utiliza la esperanza y la vida.

Así que este post va por ellas, por todas aquellas personas que te ayudan a comprender qué es eso de convivir con el miedo.

   
   

viernes, 12 de abril de 2013

Sin música la vida sería un error I

La frase se le atribuye a  Friedrich Nietzche. No puedo estar más de acuerdo con ella.  La música siempre ha estado presente en este blog. Y siempre ha estado porque es motivadora, inspiradora y te llena de energía. La música es la medicina de la imaginación. A través de ella se canalizan muchas de nuestras emociones, muchos de nuestros sueños y nuestras esperanzas. Para mí, posiblemente sea el arte más complejo porque aúna la matemática con el sentimiento, la perfección con la improvisación, lo conocido y lo que queda por explorar.

Por eso, como la vida sin música sería un error y hay errores que no se deben cometer en la vida inauguramos una nueva serie sobre música para deleite de los oídos y de la vista.

Hoy toca 2 videos de guitarristas a los que les sobra talento. El primero, de Stanley Jordan demuestra que un hombre puede tocar dos guitarras a la vez. Si además lo hace tocando un obra maestra el resultado es increible. 

El segundo, una  joyita interpretada por Paco de Lucia, Al Di Meola y John McLaughlin (Mediterranean Sun Dance) en el que las guitarras parecen dialogar sugiriéndonos que la música es el lenguaje universal que todas las culturas comprenden.

Disfrutadlos



domingo, 7 de abril de 2013

El negocio de las redes chinas de Cochi

Redes chinas 
Hoy el post, va de viajes, negocios y cosas que me interesan. Una de las cosas que más me interesan y más cuesta enterarme de cómo funcionan es la relativa a los negocios que voy viendo a lo largo y ancho de mis viajes. En su día ya os hablé de una de las plataformas de distribución más efectivas y económicas que existen, que da trabajo a miles de trabajadores desde hace decenas de años; aunque poco a poco, por eso de la tecnología, la mejora y la competitividad tengo la sensación de que acabarán cargándosela para implantar un sistema de esos que obligan a tener un departamento de atención al cliente (en su versión eufemística) o de reclamaciones (que no te hace ni puto caso) o “de marear la perdiz” (y hacerte perder tiempo).   

Pues bien, hoy os comento otro de esos “business” que se montan en India, que dan trabajo a un buen número de personas directamente o indirectamente: Las redes chinas de Fort Kochi.

Uno de los atractivos de la ciudad de Kochi, en el estado de Kerala, en el sur de la India es visitar sus famosas redes chinas y darse un garbeo por Fort Kochi y Mattancherry, lleno de negocios de especias que rememoran la época en la que Kochi era uno de los puertos más importantes del comercio de especias que fue controlado por chinos, portugueses, holandeses y, como no, los hijos de la Gran Bretraña. De todo ello hay reminiscencias en sus calles y edificaciones. Por otro lado,  es uno de los pocos lugares de la India donde las religiones y las razas conviven en razonable armonía y respeto mutuo: Prueba de ello son las sinagogas, las mezquitas los templos hindúes y las iglesias cristianas.

Pero a lo que vamos. Las redes chinas son unas estructuras de madera que sujetan una gran red y que están situadas al borde de la costa. Cuando la marea está alta, se baja la red y la sumergen en el agua. En un breve espacio de tiempo son izadas de nuevo para recoger las capturas realizadas, que no suelen ser muchas, todo hay que decirlo . Elevar de nuevo la red es una tarea complicada (para ello, se necesita la fuerza y coordinación de varios hombres).  Es una forma de pescar que dicen data de la época del emperador Kublai Kan, (del que fue consejero Marco Polo) cuando los comerciantes de su imperio las llevaron al mar arábigo. 





Una vez clasificado el pescado es llevado a una pequeña lonja, o directamente a los puestos de pescados que se encuentran al lado (si no pertenecen a los mismos propietarios de las redes) y más tarde vendido preferentemente a turistas que se encuentran por allí.  Ahora veamos como se van generando los ingresos.






1-    El buscavidas o el “Hi Friend” – Suele merodear a una prudente distancia de las mismas y hace de gancho para llevar al turista hasta las redes. Cobra una comisión si se el turista acaba pagando explicaciones o pescado.

2-    Los Pescadores: Una vez que el turista ha sido “atrapado” en la red. Los simpáticos pescadores que han invitado al turista a acercarse explican los pormenores del funcionamiento dl sistema e incluso alientan al turista a que pruebe su fuerza intentando levantar la red. Después de ello, hay dos posibilidades: La primera es que te sugieran o pidan abiertamente una pequeña donación con la cantinela habitual de que es un negocio que da poco dinero o que te lleven directamente a uno de los puestos de pescado para que se lo compres. Ganan dinero si consiguen venderte algo y es fácil que compres por los precios bajos (para un occidental) y siempre negociables.
3-    En la lonja, ganaran todos los intermediarios.

4-    Si finalmente has comprado el pescado (se suele comprar por piezas) siempre hay un primo, un tío, un hermano que te lo cocinará en uno de los múltiples “restaurantes” o chamizos que albergan una destartalada cocina, a tanto la pieza o por el pack de pescado completo. Estos cobran por cocinar y si pueden por venderte más cosas como arroz, ensaladas o bebidas.

5-    Y es aquí, en las bebidas donde se genera otro negocio. El de la venta clandestina de cerveza ya que teóricamente está prohibida su venta en este tipo de locales. Esto es curioso, porque la cerveza te la sirven en una especie de tetera o envuelta en periódicos. Hasta el más lerdo sabría que lo que se está sirviendo es cerveza, pero el indio tiene una forma muy pragmática de mirar para el otro lado (sobre todo si es un occidental  el que se salta la norma). Aquí se lleva la propina el chavalito que la va a buscar a sitios donde está autorizada la venta.


Si os fijáis, un negocio que involucra a mucha gente y del que comen varias familias. Todos su pequeño beneficio, todos contentos. Incluso el turista que, aún sabiendo que está pagando de más, se pega un buen homenaje de pescado y crustáceos por muy poco dinero. Eso sí, no hay controles sanitarios, ni Ivas, ni facturas, ni contratos laborales ni nada; pero todo el mundo está contento.

Dedicado a Elena García Pont @ElenaGarcíaPont que conoce bien Cochi y me dijo que iba a volver por allí

martes, 2 de abril de 2013

50 cosas gratis o casi, que te hacen sentirte bien en los viajes (al menos a mi)



Hace tiempo publiqué el post 50 cosas gratis o casi, que te hacen sentirte bien (al menos a mi). Hoy sólo añado la palabra viajes.

Feliz día
  1. Caminar por un pueblo, por una ciudad, sin rumbo fijo ni obligaciones.
  2. Ver los mercados locales y emborrachar la vista con lo que allí sucede.
  3. Descubrir nuevos olores y sabores, o recuperarlos.
  4. Conocer gente muy diferente.  
  5. Comprobar que el hombre puede ser bueno por naturaleza.
  6. Curiosear los negocios y los trapicheos varios.
  7. Imaginar el lugar en el que estoy en otra época, en otro momento.
  8. Escuchar y deleitar los oídos con los sonidos del mundo.
  9. Desconectar de lo cotidiano.
  10. Equivocarme o meter la pata porque nadie es perfecto.
  11. Reírme de las torpezas y las falsas seguridades que te acompañan en el viaje.
  12. Recordar otros viajes mientras vivo el presente
  13. Observar todo lo que se menea (y lo que no también) sin prisas
  14. Aprender de lo inesperado, de lo desconocido y de lo que, a priori, es evidente.
  15. Jugar con la mente y especular con la imaginación.
  16. Escribir y tomar notas de lo que veo y siento.
  17. Organizar y reorganizar etapas según dicta el alma.
  18. Valorar personas, actitudes, hechos, momentos e instantes que muchas veces pasan desapercibidos.
  19. Emocionarme y conmoverme con las emociones ajenas que surgen en cualquier lugar, en cualquier momento.
  20. Desconocer lo que ocurrirá más allá del presente inmediato, a pesar de la planificación; y además que te importe un pimiento.
  21. Rectificar pensamientos y quitarme prejuicios.
  22. Reflexionar e interiorizar todo lo que veo, estableciendo un diálogo interior.
  23. Encontrar respuestas sobre la naturaleza humana, incluidas las que afectan al que suscribe.
  24. Saberse ignorante, pero libre; sin maquillajes ni compromisos.
  25. Comprender que el tiempo es limitado pero los instantes capturados son para siempre.
  26. Recrearme en detalles que no salen en las guías y pocos te cuentan, como la forma de caminar de la gente.
  27. Derrumbarme en una cama con el cuerpo dolorido después de una dura excursión,  pero con  el alma por las nubes.
  28. Beber una botella de agua después de una buena sudada, o una bebida caliente después de haber estado aterido de frío.
  29. Tocar la naturaleza; sentir la tierra y los climas en el alma.
  30. Hablar en idiomas inventados o utilizando gestos y entenderte
  31. Recibir y aceptar de buen grado todo lo que la ruta nos regala.
  32. Quedarme embobado admirando el talento de muchos artesanos
  33. Poner o componer una banda sonora al viaje
  34. Amodorrarme en un transporte público sin llegar a vencerme.
  35. Sonreír y ser correspondido con otra sonrisa.
  36. Devolver  la hospitalidad que la buena gente ofrece.
  37. Ser consciente de que en esos momentos estoy soltando lastre
  38. Saber que me estoy haciendo una pequeña cura de ego
  39. Entender que la felicidad no es lo que tienes, es lo que eres
  40. “Desperdiciar” el tiempo sin sentirme culpable
  41. Resistir físicamente lo que horas antes me parecía imposible.
  42. Saber que en un viaje no hay rutinas, todo son novedades.
  43. Compartir conversaciones de lo más variopintas; incluidos los diálogos de besugos que se producen a veces.
  44. Despertarme con a ilusión de quien tiene todo por descubrir.
  45. Escuchar idiomas que no entiendo pero asombrarme cuando puedo “leer” a las personas.
  46. Asombrarme y reírme de mis propias reacciones e incoherencias.
  47. Acordarme de todas las personas que quiero y enviarlas con el corazón todo el amor del mundo.
  48. Amar cada día más la vida a medida que me maravillo con lo que veo.
  49. Saber que he cumplido un sueño más.
  50. Y que en el fondo sigo siendo ese niño para el que vida es una gran aventura.

 Y a ti, ¿qué te hace sentirte bien cuando viajas?




Soul Business

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