domingo, 16 de junio de 2013

Fin de curso


Se acerca el verano y llega la hora de que Soul Business se vaya de vacaciones una temporadita. Soy consciente de que dejo muchas cosas a medias (eso no quiere decir que me olvide de ellas ), y que, quizás, le podía haber dedicado algo más de tiempo al blog pero uno no puede estar a todo y, además, qué caray, la vida es una elección constante, unas veces por gusto, otras por deber y otras por compromiso, entendiendo éste más como voluntad aceptada que como obligación social o normativa.

Ha sido un curso normalito, de altos y bajos, porque la constancia, aunque ayude, a veces no es suficiente para sacar nota; un curso en el que no ha habido exámenes porque la vida hoy te juzga por instantes; un curso de momentos brillantes y bastantes imperfecciones pero en ningún caso de frustraciones porque quien recorre camino sabe que siempre se expone al cansancio, al miedo, a los obstáculos, a perderse, pero también a descubrir nuevas posibilidades, a multiplicar su capacidad de asombro y, de alguna manera a experimentar eso que tanto perseguimos que se llama felicidad y libertad.

Dicho todo esto y a pesar de no haber sacado nota, me voy hasta septiembre satisfecho del resultado. Y para que os entretengáis os dejo algunas reflexiones extractadas de los post de enero a junio. Una especie de Thinking Souls personal. Feliz Verano.


Las rutinas, un entorno demasiado conocido y la “auto programación” de nuestras emociones, es decir, la búsqueda y satisfacción de una sensación positiva conocida, nos suele alejar de las posibilidades y matices de sentir todo lo que ofrece la vida al estar nuestros sentidos un poco o bastante, según el caso, “atrofiados” o “desengrasados”

Somos buenos encajadores cuando se trata de la felicidad o cuando la vida fluye para nosotros de una manera comprensible, cómoda y amable, y pésimos cuando se produce una alteración sobre ese guión que creíamos inamovible, justo y merecido.

A las previsiones les pasa lo mismo que al “Blues”, que es fácil hacerlas, pero difíciles de sentir, salvo que uno sea un visionario de raza y no de mantra ajeno.

Un persona que hable sonrisas quizás no llegue muy alto, ni gane mucho dinero ni alcance la fama, ni sea admirada, pero habrá conseguido algo muy importante: Transitar por el camino correcto hacia la felicidad: Suficiente para vivir.

Tengo la sensación de que sólo hay un conocimiento útil e inmutable, que es aquel que nos enseña a comprender la condición humana, la de uno mismo. Lo demás, pura provisionalidad.

Tener esperanza no es ni más ni menos que albergar un profundo deseo de vivir y de comprender que quizás lo más importante de la vida es saber convivir con el miedo en su más amplio sentido, al ser la única emoción que te acompaña durante toda la vida, salvo que tu nivel de consciencia esté en un plano más espiritual que terrenal, lo que está al alcance de muy pocos.

No nos educaron para ser felices. Nos educaron o creían que nos educaban para competir, para triunfar, con unas expectativas tan altas para todos y cada uno de nosotros que, muchos mortales,  al no verse cumplidas, transitan por la vida hacia ninguna parte con un pesado equipaje lleno de excusas, sin sabores, frustraciones y resentimientos que no les permite ni avanzar ni disfrutar del camino porque no saben hacia donde van ni quieren saberlo.

Vivimos tiempos en los que la belleza que no se traduce en dinero no es útil

Feliz verano

martes, 4 de junio de 2013

Despedida Indo Castellana


Orcha
Hace diez años de mi primer viaje a India. Si existe un antes y un después en mis viajes, India es la frontera. Creo que es un destino que no deja indiferente a nadie y por ello, me gusta leer los diarios de viajes que voy descubriendo sobre India. Uno de los que más me gusta es el que están publicando los amigos de Cincuentones viajeros, tanto por los textos con mucha información y descripción de emociones como por las fotografías, simplemente geniales y muchas de ellas de una calidad extraordinaria. (No os lo perdáis). En los últimos post estaban por Orcha y Khajuraho, dos lugares que merecen la pena.

Orcha

Orcha

Orcha 
Orcha

Quedan muy pocos capitulos de Soul India por publicar en este blog. Además, no se ha hecho en orden cronológico, pero hoy, por acompañar un poco me voy al día que hice Orcha – Khajuraho y me despedí del chofer con el que había pasado las semanas anteriores. 

Si hay algo que debemos recordar es que la magia de los viajes también está en las personas.

Despedida indo - castellana

Era mi último día con Dinesh. El día robado a  Pushkar pensaba invertirlo en otro lugar. Aún no había decidido dónde, porque a partir de Khajuraho, lo único que tenía claro era que quería estar tres o cuatro días en Varanasi. Luego, la duda entre Amritsar o Rishikesh. Las dos maravillas no daban tiempo a saborearlas, que si a verlas; pero no iba a acelerar mi ritmo por ello. Hubiese sido un poco pretencioso e insensato por mi parte. Y yo voy a los sitios a vivirlos, no a turistearlos.

Por otro lado, me parecía absurdo que  Dinesh siguiese un día más conmigo, cuando lo que iba a visitar en Khajuraho se podía realizar perfectamente andando o en rickshaw. Sé lo que siente un hombre enamorado y alejado de su mujer y su familia durante tanto tiempo, por lo que decidí regalarle un día para que llegase antes a su casa.

De camino a Orcha, me insistió en que le llevara conmigo a España, que estaría encantado de trabajar para mí, y me mostró su particular currículo: un carné de conducir. Yo, medio en broma, le solté, que eso se enseñaba al principio, no al final. ¡Con los sobresaltos que yo me había llevado! Él me iba enumerando que trabajaría de, en y lo que hiciese falta, que luego trasladaría a su familia, que si había alguna oportunidad no le olvidase. Le dije que no le gustaría España.  ¡Somos tan diferentes! Tampoco es cuestión de ir maleando a la gente por ahí, y en España correría el peligro de dejar de creer no solo en sus dioses sino en sí mismo.

Orcha es un sitio pequeño, lleno de palacios en ruinas y templos de pueblo, donde la gente no vive de cara al turista ni de espaldas a la realidad: se vive y punto. Apenas unas tiendas, que según me refería la dueña de una de ellas a la que compré agua, solo se animaban dos meses al año. Hubiese sido una plaza ideal para quedarse, pero había prometido a Dinesh liberarlo de mi compañía. Vagabundeé dos horas en las que pude explorar varias veces la ciudad. Perderse era imposible.

Los últimos ciento cincuenta kilómetros hasta Khajuraho fueron un resumen de los veinte días anteriores: calor insoportable, carreteras malas y peores; animales muertos, accidentes, dhabas, silencios, risas, agua y té; pueblos, camioneros que preguntan, camareros que no entienden; inglés garrafón y direcciones equivocadas.

Como si se tratase de una última prueba, de un póstumo desafío a nuestro Ambasador, una sacudida de lluvia violenta nos sorprendió a menos de diez kilómetros de Khajuraho. No se veía nada ni con el funcionamiento de los limpiaparabrisas. Casi al llegar a Khajuraho dejó de llover y el sol hacia brillar un paisaje verde recién bañado de aguas.

Khajuraho es policromía verde circundada de montañas en las que dicen que habitan numerosos tigres; tigres, que por cierto cada vez se ven menos.  No vi ninguno. El pueblo, tan vacío de turistas como el hotel en el que me hospedaba: un hotel de cinco estrellas donde era el único huésped. Antes había visitado otros dos que aún se veían más tristes.

Los vuelos a y desde  Khajuraho estaban suspendidos temporalmente y llegar allí no era cómodo; no hay tren, las carreteras son infames y está a más de cuatrocientos kilómetros tanto de Agra como de Varanasi, lo que hace alejarse mucho a los viajeros de sus apretados itinerarios. ¿La ventaja de esto?, precios excepcionales. ¿Desventaja? eres una de las pocas posibles víctimas de la asociación de mafiosos comisionistas que pululan por allí.

Dinesh y yo, tuvimos  una despedida sobria, una despedida indo-castellana: en ocasiones es mejor decir poco o nada. Mientras tomábamos nuestro último té, él con leche, yo solo, recordábamos en silencio los kilómetros pasados, los días compartidos; aquel día que supimos que nos caíamos bien. Con el último sorbo, a Dinesh se le escapó un suspiro, una mirada agradecida, una sonrisa, un no me olvides... Anotó  su dirección en mi libreta, dibujando más que escribiendo, como si inconscientemente apeteciera prorrogar el momento. Un apretón de manos fue suficiente para el adiós.

Sólo quedábamos  el hotel y yo.




Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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