domingo, 29 de septiembre de 2013

Fauna Viajera VI: El “Clint Eastwood”



Tras un breve parón, seguimos con los post de Fauna viajera. Hoy es el turno del “Clint Eastwood”, un espécimen no muy habitual en los viajes pero con el que inevitablemente deberás convivir en algún momento.

Todos hemos topado alguna vez en la vida con uno de esos tipos que parecen estar en eterno estado de cabreo; tipos de rostro hierático que si hacen una mueca es de desprecio; tipos para los que una sonrisa es signo de debilidad y la palabra, un mero instrumento para ciscarse en lo más sagrado, amenazar o sentenciar. Los puedes tener muy cerca. En el trabajo, despachando algo en un comercio, de cara al público en un organismo oficial, en la cola del cine…Tipos difíciles de mirar que no provocan ninguna empatía a los que es mejor ignorar si no quieres que te suba la bilirrubina, el colesterol y tu buen karma se vaya a hacer puñetas: Tipos que dan mucha pereza.

Siempre me he preguntado qué les pasa a estas personas. No sé si es timidez, desconfianza natural, un trauma del pasado o sí simplemente actúan así como pose y luego en el fondo son unos benditos y muy divertidos. No lo sé, el caso es que procuras alejarte de ellos, no vaya a ser que por el roce o frecuencia de contacto (a veces inevitable) quedes intoxicado y te vuelvas huraño o simplemente un imbécil de tomo y lomo que parezca que vayas por el mundo perdonando la vida a tus semejantes. Pues bien, este tipo de personas, aunque no sé para qué, también viajan. Con todos ustedes el Clint Eastwood.

El Clint Eastwood

La primera característica del Clint Eastwood es que es varón: no es que en esta especie no haya mujeres, sino que éstas, además de las características comunes que se citan más abajo, ofrecen otros ricos matices de los que ya hablaremos en su momento que las otorga su propia identidad y denominación.

Una de las diferencias del Clint Eastwood frente a otras especies la determina la edad. Los ejemplares que se pueden ver y observar (lo que no ocurre con otras especies cuya pirámide demográfica es más amplia) suelen tener una edad que oscila entre los treinta y los cuarenta años. Esto se debe a que cuando se es más joven aún no se ha forjado el carácter del todo y cuando se pasa de los cuarenta el Clint Eastwood pasa bastante de viajar conformándose con el apartamento de la playa, la casa del pueblo o la televisión y el aire acondicionado.

El “Clint Eastwood” siempre te mira por encima del hombro aunque sea bajito: a ti, a otros turistas y, por supuesto, a la población local. Cuando intentas hablar con él, por aquello de la charleta, compartir inquietudes viajeras o simplemente por preguntar algo pasa olímpicamente de ti. Y, si insistes o no le queda más remedio que contestar, lo hará con monosílabos y una mueca de desprecio tan rígida que tu te preguntas si se debe a una sobredosis de botox que se ha inyectado el fulano o ensaya ante el espejo el “tonto el haba”. Si además pertenece a esa especie que se cree superior; porque su país es mejor al tuyo y por consiguiente su “raza”, también, o cree que por leer el Expansión y ser subdirector de una sucursal bancaria en la que lame culos de ocho a tres, concejal especialista en pufos, o tener un primo que ha salido en un reality show,  su tono de voz se elevará y aún será más cortante, como si de esa manera quedase claro, de una vez por todas, que en lo que respecta a él, tu no eres más que un paramecio con ciertas habilidades para articular palabras.

Lo malo, para él, es que su mujer, novia o esclava no opina lo mismo, y tiene otras inquietudes, gustándole relacionarse y dar palique a los demás, lo que acaba poniendo de los nervios al Clint Eastwood que a las primeras de cambio (si no te ha soltado dos guantazos) la toma del brazo para que no la contamines. Ese es el único momento en el que es un poco peligroso. En las demás situaciones con ignorarle y pasar de él es suficiente.

No se relaja en ningún momento del viaje; no se maravilla, no se asombra, no se emociona, no disfruta, sólo procesa información: Parece un robot.    

No pide las cosas, las ordena. Allí donde se escuche una gran discusión, un gran cabreo y cualquier falta de respeto hay muchas posibilidades de encontrarlo. Como no tiene ninguna empatía con los demás, le dan los mismos los usos y costumbres locales y en lugar de raciocinio “tira” de arrogancia que, a menudo, le viene devuelta directa o indirectamente con creces lo cual convierte su viaje en un infierno que sólo le traerá malos recuerdos y acentuará su carácter ya que las palabras aprender y humildad no están en su vocabulario.

Es de los que “revisan” la comida y hacen apartadillos pensando en que le pueden envenenar; de los que no tocan ni estrechan una mano por miedo a enfermar. Es pura asepsia pero con mala leche.

Camina por las calles como si fuese a un duelo de Ok corral, vigilante, con una patética dignidad que más que asustar produce hilaridad. Con ese proceder intenta exhibir una seguridad que, en el fondo, no es más que una pose para ocultar todas sus inseguridades y miserias.

El Clint Eastwood nunca muestra debilidad. Desconfía de cualquiera que le quiera ayudar. Solo se fía de su Smart Phone o su Ipad, de los que no se despega, ignorando que en eso de la vida y, especialmente en los viajes, la mejor cobertura te la da una sonrisa, un gesto amable, un por favor o un gracias.

Pero el muy gilipollas no aprende (continuará)



martes, 17 de septiembre de 2013

Fauna Viajera V: El obediente


Me encanta a literatura de viajes. Me parece que en ella se encuentran muchas claves para comprender mejor al ser humano, para entender la historia: lo que somos y lo que fuimos. Me gusta porque hace trabajar a la imaginación, porque en ella se habla de sueños, de experiencias, de hacer camino. Me gusta porque los libros de viaje son una excelente fuente de información y conocimiento en la que el autor muestra su mirada, desnuda los sentimientos y casi nunca aconseja: sólo cuenta. En una buena narración de viajes hay párrafos que son advertencias, otros ofrecen posibilidades o explican un contexto, una emoción: Se sugiere sin sugerir y luego cada uno saca sus propias conclusiones si hay que sacarlas.

Todo lo contrario que ocurre con las guías turísticas que si bien son necesarias (no seré yo quien dude de su utilidad) pueden llegar a condicionar bastante nuestra percepción a la hora de plantearnos un itinerario al suponer que lo que albergan en su interior se acerca a la realidad. Todos, en mayor o menor medida, somos víctimas de las guías de viaje que limitan, sin darnos cuenta, nuestra forma de viajar. Si la literatura de viajes deja que sea nuestra imaginación la que construya el viaje, la guía de viaje lo deja todo prácticamente resuelto, como si su misión fuese evangelizar al viajero, mostrarle el camino correcto: la verdad viajera. Todo por un pequeño precio que se paga en euros o por el gran precio que al final se paga por seguir a pies juntillas su particular credo.

Esto le suele pasar a nuestro invitado de hoy en Fauna viajera: El obediente.

El obediente

El obediente es un viajero dirigido que sigue al pie de la letra las recomendaciones y consejos de las guías de viaje y de otros viajeros aunque, puestos a elegir, prefiere siempre los de las guías a las que considera más fiables. Acostumbra a ir donde le dicen y no donde le apetece. Para el, la vida tiene un orden y lo único que hace es extrapolar su vida de todos los días a los viajes. Muchas veces por practicidad, otras por aceptación y casi siempre por esa absurda búsqueda del viaje perfecto o la seguridad viajera.

Como es eminentemente práctico, prefiere no pensar mucho y que le organicen un poco la vida. Ya luego el disfrutará a su bola: o eso cree porque una vez que ha entrado en la secta y es abducido por los textos de la guía, rara vez se desvía de los itinerarios y visitas sugeridas; tampoco de los horarios. Un obediente es aquel que si le han dicho que tiene que estar a las tres, estará como mínimo a menos diez; si le han dicho que tiene que visitar un sitio al amanecer, luego desayunarse un café con churros, tomar “el autobús de las diez”, dejar un euro de propina, o beberse un Dry Martini en el mega fashion local de moda, lo hará, a pesar de que no haya madrugado en su puñetera vida, odie el café, se maree en un autobús, sea un agarrado que no da ni la hora, y le vaya más el tinto con blanca y bravas o el botellón.

Si al obediente le dicen que para ver un museo debe invertir al menos tres horas, permanecerá allí ese tiempo aunque a los diez minutos esté aburrido como una ostra mirando con cara de póker una vasija del siglo IV antes de Cristo que por lo visto es la leche o deambulando por las salas sin mirar nada concreto. Si le dicen que merece la pena contratar a un guía para una visita lo hará, sin importar si es necesario hacerlo, si el guía sabe de lo que se habla o si va a aportar algo nuevo e interesante a lo ya leído anteriormente. Para el obediente las recomendaciones son “instrucciones”.

Confía plenamente en que el autor de la guía de viaje, además de poseer un amplio conocimiento sobre el destino (lo cual debería ser normal) es un reputado crítico de arte, un reconocido historiador, un experto gastrónomo o un bon vivant para el que el viaje no tiene secretos. Para el obediente, el autor es es el #trendingtopic del destino, el que más controla y no tiene en consideración que es posible que el prestigioso autor a la hora de valorar las obras de arte o hacer un resumen de la historia haya tirado de Wikipedia o hecho copia y pega del folleto de la oficina de turismo de turno; da lo mismo que el fulano que escribe y recomienda un restaurante, gastronómicamente, sea un zote que no haya pasado del fish & chips, de la pizza margarita, de la cuatro quesos, el arroz tres delicias, la doble chessburguer, el pseudo curry del indio de la esquina  o el bocadillo de choped. El obediente seguirá sus consejos como si de un inspector de la guía Michelin se tratara y acabará, en no pocas ocasiones, haciendo bola con la comida o probando “delicatesen” 
locales que no hay Dios que se las coma.

Al confiar su suerte viajera en los demás, se cree en la obligación de replicar o repetir exactamente todo el viaje. Si fulanito o menganita tuvieron una experiencia mística en un templo budista, el o ellos también la tendrán (en su plan de viaje o itinerario prefijado remarcarán algo así: de 16:00 a 18:00 experiencia mística en el templo…) luego comentarán la jugada con quien les aconsejó más que nada para ser aceptados en la tribu de “experiencias místicas”.

Como el obediente se deja llevar y no fluye, como cree en el viaje perfecto, cualquier situación que viva que no corresponda a la realidad leída le descoloca profundamente y descubre que la garantía o la seguridad que le ofrecía la guía es falsa; que viajar como vivir es un asunto muy personal y que cada uno debe vivir el suyo. Poco a poco se va desengañando de todas aquellas promesas de playas paradisiacas y solitarias, de las impresionantes vistas (que luego no son tal) que se obtienen tras pegarse una pateada muy sería; del buen karma de la población local, de las supuestas gangas que iba a encontrar en esa tienda de muebles que tenía pecios que ya quisieran los de Ikea; del apetitoso guiso de vísceras putrefactas que tenías que probar, de los agrios brebajes (aceite de ricino local); de tantas cosas, en fin…que acaba transformado y al final se rebela, no tragando con las “bacaladas y trolas” que meten algunos guías locales; pasando bastante de experiencias místicas, nirvanas y la madre que las parió; visitando lo que le apetece y a la hora que le apetece: Dejándose llevar por su intuición y su corazón.

Siendo él    

Continuará en octubre con 5 perfiles más que hay que escribir de otras cosas también.

sábado, 14 de septiembre de 2013

Fauna viajera IV: El Click & Go



En los viajes, hay un antes y un después del nacimiento del Daguerrotipo. Hasta entonces la única imagen que se tenía de otros lugares era la que proporcionaba la pintura. A los relatos de viaje se incorporó la imagen como testimonio de lo relatado, de lo vivido. Por primera vez se veía el mundo con los ojos y no con la imaginación. Aún pasarían muchos años hasta la aparición de las primeras cámaras fotográficas y su utilización masiva por los viajeros que debían contentarse con la compra de una postal o contratar los servicios de los pocos fotógrafos que existían. Pero eso fue hace mucho tiempo, de cuando el mundo era en blanco y negro.

Hoy en día, es raro, encontrar un viajero o turista que en su equipaje no lleve una cámara de fotos. Incluso aquellos que aseguran no llevarla nunca por considerarlo una vulgaridad acaban mostrando con orgullo las fotografías que otras personas las hicieron. La fotografía ya forma parte del viaje.

La pregunta que nos deberíamos hacer es la siguiente ¿No son suficientes nuestros ojos y nuestra memoria para vivir el viaje? Parece ser que no. Son varios los motivos para que esto no sea así. Pero hay uno que prima sobre los demás aunque nos cueste reconocerlo: La vanidad.

Vaya por delante que de vez en cuando doy la turra a mi familia con las fotos de los viajes que hago. Como en botica, hay de todo: algunos si quieren verlas, otros se escaquean después de decirte eso de “a ver cuando me enseñas las fotos”, y otros pasan olímpicamente: lógico y normal.

Solemos afirmar que lo que nos lleva a fotografiar es reforzar nuestros recuerdos, documentar, compartir lo vivido, emular a otros fotógrafos, mostrar una situación, expresar lo sentido; sin embargo, la mayoría de las veces, en realidad, lo que estamos haciendo más consciente que inconscientemente,  es dejar un testimonio de que estuvimos en un lugar: Las más de las veces no fotografiamos por necesidad, lo hacemos para justificar. Esto que estoy comentando seguro que no es muy popular entre aquellos que aman los viajes y más de uno se sentirá atacado y rebatirá mis argumentos asegurando que ellos no son así. No pasa nada; es sólo mi opinión.

La popularización de la fotografía ha convertido a cada viajero en un fotógrafo en potencia y cada lugar, cada persona en un posible objetivo. Hoy día podemos conocer cientos de lugares solo por las fotos, generalmente lo más bello, lo más espectacular ya que el viajero no tiende a idealizar sólo el lugar en el que se encuentra, también lo idealiza con la imagen captada, tuneando el resultado original mediante diferentes técnicas o programas de edición. Y así salen las luego las fotos, impresionantes. 

Un claro ejemplo de este comportamiento lo encontramos cuando en los viajes (y el que esté libre de pecado que vele la primera foto) a la hora de retratar un paisaje, un monumento, un hecho, procuramos que no salga ningún turista,  por aquello de darle una toque de autenticidad, exclusividad, etcétera lo que nos lleva a esperar o hacer cola para conseguir que nadie “nos joda” la foto, algo bastante complicado de conseguir en las horas punta de visita de determinados lugares.

Hay excelentes fotógrafos viajeros y viajeros que son excelentes fotógrafos (a los que no los conozcáis o recomiendo el blog de María Teresa Trilla o el de Cincuentones viajeros). Quizás mi amigo Javier Rodríguez Albuquerque o mi hermano, que saben de fotografía, no estén de acuerdo en esta afirmación: la diferencia entre un buen fotógrafo y el resto de la humanidad es que el primero, a la hora de hacer una foto, la piensa y la siente y, el resto, la tiramos o, como mucho, la intuimos. Un fotógrafo nunca será un Click & Go, al cual tengo el gusto de presentaros hoy.

El Click & Go

Se tiene la falsa creencia de que esta especie es endémica de algunas regiones de Asia en general, y de Japón en particular. Sin embargo, es bastante común en todos los continentes. Lo que si es cierto es que en ella predomina el sexo masculino.

El Click &; Go es un fotógrafo enfermizo que raya la paranoia. Le ocurre lo mismo que al comedor compulsivo de pipas: una vez que ha entrado en materia no puede parar, no puede dejar de hacer click y sólo se detiene cuando se le agota la batería de la cámara (que eso del carrete pasó a mejor vida). Dispara con su cámara a todo lo que se mueve y a lo que no se mueve. Lo que diferencia a los Clicks & Go de los “intrépidos reporteros” (que ya pasarán por aquí), es que ellos no pretenden mostrar una realidad, sólo cazar el mayor número de imágenes. Una vez conseguido el objetivo hay que ir a por otro. No pierden mucho el tiempo en admirar o sentir. Lo suyo es pura gula.

Tras estudiar concienzudamente el itinerario a realizar salen de su casa ya con deberes, con una lista de todo aquello que hay que fotografiar. Lo tienen tan claro que en aquellos lugares que merece pasar unas buenas horas, (se haya pagado o no una entrada), apenas permanecen unos minutos, los justos para sacar unas decenas de tomas. Viajan a través de un visor. Para saber si algo les gusta o les ha emocionado lo único que hay que hacer es contar el tiempo que permanecen quietos en un mismo lugar: el latido de su corazón se escucha en cada click.

Si el correcaminos quería abarcar mucho, el Click & Go, lo quiere abarcar todo. pero se suele conformar con lo que aconsejan las guías y rara vez se les encuentra en caminos menos trillados. No buscan experiencias y se sienten muy cómodos en compañía de otros turistas.

Para hacerse una idea de su productividad el Click & Go, sobrepasa ampliamente las ciento cincuenta fotos diarias (más de cuatro de los antiguos carretes de 36) lo que en un viaje de diez días puede suponer más de mil quinientas instantáneas en las que posiblemente aparezca en la mitad. Por eso el Click & Go siempre tiene un compinche (la santa de su mujer, un amigo incauto…) y si no lo tiene lo busca. Hasta que no lo encuentra se le ve tenso. Si no has estado hábil y advertido su presencia, te pilla por banda, solicita de tu amabilidad para lo de “Take the picture” y acaba tangándote: Lo que iba a ser una toma se convierte en una sesión fotográfica en la que te aburrirás de hacer fotos de él solo, acompañado por su santa o familia, en varias y creativas posturas, haciendo el chorras…  Mientras tu te solidarizas con el santo Job, el parece disfrutar como un cochino, ríe, grita, hace exclamaciones…Solo deseas que nadie te relacione con él, entre otras razones porque suelen meterse en problemas por tomar fotos donde no deben, unas veces por imprudencia, otras por falta de respeto y las más, por ignorancia.

No es que amen el riesgo, es que son un poco inconscientes y no tienen en cuenta ciertas prohibiciones o recomendaciones. Tampoco se caracterizan por tener un gran sentido común y muchos hacen ostentación de cámaras en lugares poco aconsejables, especialmente de noche, donde es mejor entrar con lo justo, aunque eso suponga perder la oportunidad de fotografiar algo interesante. Luego pasa lo que pasa, que acaban en hospitales siendo atendidos por alguna contusión o en comisarías denunciando un robo si no han tenido la cordura necesaria para esconder la cámara, la cautela y disimulo para fotografiar o la inteligencia y  celeridad suficiente para salir por patas.

Como curiosidad, no sólo hacen fotos, las compran y suelen ser las víctimas perfectas de los vendedores de postales que pululan cerca de muchos monumentos. Lo más divertido de todo es que algunos llegan a fotografiar las mismas postales que han comprado.

Son entrañables.

Continuará



martes, 10 de septiembre de 2013

Fauna viajera III: El correcaminos


Tras el No Thank You y el Media Markt le toca el turno a “El correcaminos”.

En la década de los sesenta del pasado siglo, estimulado por la aparición de grandes aviones a reacción, el nacimiento de los vuelos chárter y el crecimiento de las clases medias de los paises “industrializados”, irrumpió el turismo a gran escala o el turismo de masas. Hasta entonces, sólo unos privilegiados (los que tenían tiempo y dinero) podían permitirse viajar sin urgencias. Podían dar la vuelta al mundo en un crucero de un año, descansar en la Riviera Francesa durante seis meses o visitar, pongamos por caso Egipto, en dos meses. 

Como no todo el mundo disponía del tiempo y viruta necesarias para viajar “Slow”, se inventaron los circuitos y tours que, por un precio razonable, permitían visitar un montón de lugares y paises en apenas unos días o un par de  semanas. Así aparecieron programas de viaje del tipo “Italia en diez días”, “Sinfonía europea” para visitar casi toda Europa en quince o  “Joyas del Báltico” en cuatro. Verdaderas aberraciones que, sin embargo, gozaron y gozan de gran popularidad.

Cuando empecé a trabajar en viajes, recuerdo que en la agencia en la que trabajaba había un departamento que se encargaba de organizar esos grandes tours europeos para el mercado hispanoamericano (bastante rentables por cierto). Eran viajes de treinta días en los que se visitaban de una tacada Inglaterra, Francia, Los Paises Bajos, Alemania, Italia y España. Gran parte de ese recorrido se hacía en autobús, lo cual dejaba muy poquito tiempo para visitar las ciudades comprendidas en el itinerario. Recuerdo también que cuando estudiaba turismo, la profesora me dio un cinco “raspao” por haber tenido la osadía de realizar un itinerario de quince días por las provincias de Segovia, Ávila y Salamanca cuando lo tenía que haber resuelto en cinco: lo que resultaba absurdo pues el ejercicio consistía en mostrar lo mejor de los recursos turísticos de la zona y, además, a pasajeros muy entrados en años que en esa época se llamaban “tercera edad” y hoy se llaman “nuestros mayores”: sólo los desplazamientos, las subidas y bajadas del autobús, se “comían” bastante tiempo, lo cual dejaba poco tiempo para el disfrute del viaje según mi criterio, pero la lógica de la educación decía otra cosa.

Hoy en día, independientemente del tiempo del que se disponga, es más fácil planificarse y elegir, aunque seguimos eligiendo cantidad a calidad. Un poco en la línea de Si hoy es martes esto debe ser Bélgica. A veces nos puede el deseo, el ansía viajera y queremos concentrar en poco tiempo muchas cosas olvidando que los viajes son momentos, algo que el correcaminos pata negra ignora por completo.

El correcaminos se caracteriza por querer abarcar mucho o “todo” en poco tiempo. Es un gran contabilizador de sitios; visita el mayor número de lugares posibles en tiempo record. Luego te cuenta que “conoce” un lugar y te da consejos aunque apenas haya pasado allí unos minutos. Es el típico que se emociona cuando lee un artículo del tipo ¿Qué hacer en Roma en 24 horas? , porque eso mismo ya lo ha hecho él en 12 y aún le ha sobrado tiempo para pegarse un bañito en la playa de Ostia, aunque eso sí, no se ha sentado en una terraza a tomarse un café ni se ha salido medio milímetro del itinerario que en el caso de Roma para doce horas suele comprender en El Coliseo, el Foro Romano, el Circo Máximo, los arcos de Constantino y Tito, (es decir todo lo de los romanos) más todas las basílicas, iglesias, la fontana de Trevi, las plazas, Villa Borghese el barrio del Trastevere, y el Vaticano con sus museos.

Los correcaminos son unos fanáticos de los horarios. El viaje para ellos es una carrera contra reloj. Cualquier retraso sobre el horario previsto les crea congoja y produce en ellos cierto nerviosismo que acaba por convertirse en histerismo si la razón de ese retraso no se debe a un error suyo de cálculo. Bajar la “marca” o tener que renunciar a una visita les descoloca profundamente. Es muy fácil identificarlos, al igual que a los Clicks & Go (primos hermanos, de los que hablaremos otro día). 

Los correcaminos, al caminar, siempre tienen metida una marcha más. Van a toda leche. Mueven la cabeza en todas direcciones, pero no fijan la mirada más allá de tres o cuatro segundos. Si te descuidas puedes ser atropellado por uno de ellos que si es educado te dirá eso de I´m very sorry y si no lo es te mirará con desdén por obstaculizar su camino. Dan la sensación de estar jugando a un video juego en el que el objetivo es pasar pantallas y pantallas (monumentos, paisajes, arquitectura, templos…) para luego contar que han pasado el nivel de las 300 ciudades…Y eso es lo que hacen, pasar por el mundo, pero no viajar, contar pero no sentir, correr pero no disfrutar del camino.

Y así le va, confunden los sitios, los momentos y siempre acaban por preguntarse o afirmar aquello de Si hoy es martes, esto debe ser Bélgica, pero  o te lo reconocerán.

Cosas de los tiempos modernos

Continuará



martes, 3 de septiembre de 2013

Fauna viajera II: El Media Markt o Yo no soy tonto


Tras los No Thank You, hoy toca el turno a una de las más curiosas especies viajeras: El “Media Markt” o “Yo no soy tonto”.

En muchos paises del mundo, especialmente en aquellos que tienen menos recursos económicos, apenas hay clase media o sus habitantes “disfrutan” de un régimen político bastante mandón y estricto y habitualmente corrupto, existe la fea práctica de incrementar los precios a los turistas o, directamente, metérsela doblada. Unas veces por costumbre; otras, porque saben que el poder adquisitivo del visitante es bastante superior al suyo y creen que el turista es un dólar, un yen o un euro con patas al que le sobra el dinero: las más de las veces, por pura golfería.

Ese es el precio que hay que pagar en determinados lugares por disfrutar del exotismo, por la diferencia, aunque nos parezca injusto o aberrante.  

En algunos paises, los gobiernos aplican tasas, impuestos y precios diferentes para los turistas, como puede ser el caso de las entradas a muchos atractivos turísticos. A veces desproporcionados, o multiplicados por diez o veinte respecto a lo que paga un local. En muchos hoteles también existe esta distinción al igual que en casi todo lo que gira en torno al turismo: transporte privado, comida, souvenirs, bebidas etcétera. Para entendernos: el turismo genera mucho dinero fresco, muchas posibilidades de ganar dinero de forma legal y “especial”. Eso facilita que haya mucha gente que prefiera “reinventarse” y se convierta en guía, chofer, agente de viajes, hotelero, se dedique a la intermediación, al trapicheo, o se haga magnate de una suerte de neo esclavismo que paga a comisión; eso facilita que los precios aumenten y como consecuencia de ello la inflación, disminuya el poder adquisitivo de aquellos que no pueden entrar en el juego y se creen, en ocasiones, más diferencias sociales por las “barreras de entrada” que suelen poner los que controlan el cotarro.

Evidentemente, me he ido a un extremo, pero pasa. ¿Quién o quienes son los culpables de esta situación? ¿Los gobiernos? ¿El ciudadano de a pie? ¿La industria turística? ¿El viajero? Todos. Cómo daría para un buen debate, lo dejo para otra ocasión.

Al único que parece no afectarle esta situación es a nuestra especie invitada de hoy. Por una razón: No es tonto y siempre paga lo que el considera justo o menos.

El Media Markt o Yo no soy tonto

Antes de viajar, se ha informado muy bien de los precios que se manejan en el pais tras consultar foros, guías de viaje (da lo mismo que la edición sea de 1956) o tener información exclusiva o de primera mano proporcionada por un amigo que estuvo el año pasado. Lo tiene todo controlado. No, no se la cuelan nunca. Bueno, al menos eso es lo que afirma tras realizar el viaje.

Lo asombroso es que el último Media Markt que publica algo siempre consigue un mejor precio. Da lo mismo que tu hayas coincidido en las mismas fechas en un restaurante, en un bar y que los precios estén marcados en la carta. El asegura que le ha costado casi la mitad, aunque por lo general no suele citar dónde comió sino lo que costó la comida: Comimos por…

Como son personas de principios sólidos, pueden estar horas discutiendo unos céntimos de euro con un conductor de tuk tuk o enfadándose con un artesano que se niega a hacerle un descuento del cincuenta por ciento o intentando convencer al dueño de un hotel que su primo pagó siete dólares menos. Serían buenos gestores o financieros si además comprendiesen la diferencia entre valor y precio, oferta y demanda y fuesen más flexibles a la hora de intentar comprender el entorno en el que se mueven.

Cuando te encuentras con alguno de ellos debes tener cuidado, pues si bien te orientan sobre precios -a los que tu añades un tanto por ciento o un margen amplio por prudencia, y porque sabes que el Media Markt tiende a exagerar sus virtudes como negociador – a las primeras de cambio, si no tienes cintura, te chulea el tabaco o unas cervezas.

Si le comentas que has pagado más por algo te mira con condescendencia, como diciendo ¡vaya gilipollas¡ o en el mejor de los casos con lástima, siempre y cuando ¡claro¡ no te haya fusilado con la mirada o te reproche de forma vehemente tu conducta por promover la alteración de precios y no ser solidario con el resto de turistas si decides pagar un poco más o dar propinas. A diferencia de los No Thank You, ellos escuchan todas las "ofertas" que les  realizan.

Si has estado en un sitio que tiene intención de visitar para empezar no te pregunta si es bonito o si merece la pena sino ¿cómo has ido? y ¿cuánto te ha costado? En ocasiones, es tal la fijación que tiene con el asunto qué sólo habla de dinero, algo que, en mi opinión, es de mal gusto cuando frente a ti tienes por poner un caso las cataratas de Iguazu.

Erróneamente se cree que los “Media Markt” son roñosos, tacaños o viajeros de presupuesto escaso. No tiene que ver nada con eso. Al “Media Markt” lo que realmente le mueve es poder mostrar lo listo que es, ganarse un estatus de experto viajero,  la admiración de otros viajeros.

Lo malo de todo esto es que luego baja al bar de su barrio a contarlo y el camarero se la mete doblada a las primeras de cambio. Cosas de la vida.

Continuará



domingo, 1 de septiembre de 2013

Diario de viaje a Sri Lanka I: Si Shakespeare levantara la cabeza...





Minutos antes de aterrizar en el aeropuerto de Colombo uno ya percibe que Sri Lanka es pura naturaleza y un país eminentemente rural. Desde el silencio que se produce siempre en la cabina minutos antes de aterrizar, miraba por la ventanilla regodeándome en las diferentes tonalidades de verdes y el azul de los lagos que manchaban todo el país. A medida que descendíamos asomaban ya las primeras casuchas aisladas unas de otras, caminos de tierra rojiza, algún poblado, pero nada que te hiciese pensar que en apenas unos minutos aterrizarías en los alrededores de Colombo que yo imaginaba llenos de fábricas, enormes suburbios y depósitos de combustible como te sueles encontrar en cualquier ciudad grande.  

Antes de pasar el control de pasaportes, pude comprobar lo que ya había leído cuando estuve buscando información sobre el pais y me había hecho gracia: en el aeropuerto se venden lavadoras, neveras y otros electrodomésticos que por lo visto están libres de impuestos y son comprados por los emigrantes para sus familias. Da la sensación de encontrarte en una gran superficie en lugar de un Duty free.

Los trámites de entrada al país fueron razonablemente rápidos y en cuestión de minutos, tras haber cambiado algo de dinero me encontré con Rolland, el taxista que había contratado desde Madrid para que me llevase directamente a Anuradhpura.

Nos saludamos. Al decirle mi nombre sonrío contesto: Fernando, a Sri Lankan name. El nombre es muy popular en el país debido a la colonización portuguesa y hay Fernandos para aburrir. En ese momento no supe lo útil que iba a ser llamarme así, pues durante todo el viaje el hecho de pronunciar mi nombre despertaba bastante simpatías en el personal y todo parecía fluir más fácil. Eso sí, muchos pensaban que era portugués, asunto este que no desmentí en varias ocasiones.  

Subimos a su minivan y empezamos a conocernos, a tantearnos. Con ese aire simpático y golfo que es común en muchos choferes, Rolland iba preguntando e indagando sobre mi persona y futuros planes, calculando para sus adentros los posibles de su cliente. Pasaba la cincuentena y vivía en Negombo, una ciudad de pescadores próxima al aeropuerto donde suelen recalar la mayoría de viajeros que no pernoctan en Colombo. Atravesarlo nos llevó un buen rato por la cantidad de motos, coches, tuk tuks, autobuses y camiones que circulaban intentando avanzar a trompicones en una calzada en el que las normas de circulación eran bastante flexibles o daban lugar a una interpretación muy personal por parte de los conductores.

A ambos lados de la carretera ya asomaba ese caos asiático de tienduchas de madera, talleres de todo tipo, fruterías o pescaderías improvisadas, algún banco, un concesionario, un hotelucho; un desorden que apabulla pero que, en el fondo es muy práctico al estar todo a mano. Se veían muchas iglesias católicas, estatuas de Jesucristo y de la Virgen tan estridentemente coloreadas como las deidades Indias. Rolland me contó, que en Negombo el ochenta y cinco por ciento de los habitantes era católico. Según él, el catolicismo representa la segunda religión del país lo que me pareció un poco excesivo. Quizás, sabiendo que venía de la “católica” España quería impresionarme; o posiblemente por ese orgullo mal entendido del que hacemos gala los humanos exageró un poco, tirando a bastante.

El caso es que me iba entendiendo bien con él. Era uno de esos tipos que sabes que siempre se manejará bien por la vida. Regordete, con un cuidado bigote y una perilla de chivo que le daba un aspecto de malote, de canalla, era bastante avispado; un tipo de los que no te puedes fiar pero que te cae bien.

¿Qué como me entendía?

Antes de seguir, debo hacer una aclaración: mi inglés es como el de los mandingas o el de los indios de las películas; lo básico para ir tirando. Sin embargo, no sé por qué extraña razón consigo entenderme con un montón de gente. Poco a poco voy aprendiendo, pero el idioma me sigue dominando a mí y no al contrario. Es un hándicap que me limita mucho en general y en los viajes en particular; pero también se producen situaciones muy divertidas, especialmente con aquellos que tienen parecido nivel a ti.

Por ejemplo, uno va con un conductor de tuk tuk, con un chofer o un fulano cualquiera que ha decidido hacer de guía o acompañante ocasional y, de repente, te dice señalando un árbol: tree. Eso ya te da una pista de cómo va a ir evolucionando la conversación. Lo miras y asientes o contestas nice, beautiful o lo primero que te venga  a la mente. Roto el hielo, unos cientos de metros más adelante, repite la misma operación pronunciando la palabra lake, monkey, house, con una rotundidad casi paternal que parece descubrir algo inédito para ti, mostrándote aquello que por lo visto tus ojos no han advertido; con una expresión algo autosuficiente y satisfecha por haber instruido a ese guiri con gafas y aire de despistado. Yo, puestos a jugar al “veo veo” comienzo a tirar de vocabulario y con esa misma rotundidad pero con un poco más de guasa digo car, bird, church, people y cosas así.  Una vez que tu interlocutor ha calentado motores va cogiendo confianza y construye pequeñas frases del tipo It’s very hot today, o va haciendo las inevitables preguntas Where are you from? Are you married? Wath’s your job?.

A menudo me he preguntado cómo es posible que en cualquier lugar del mundo siempre te hagan las mismas preguntas. He llegado a sospechar que hay un manual o un protocolo no escrito; también que alguno de ellos sea bloguero y haya publicado un post sobre el asunto tipo 20 preguntas imprescindibles para hacer a un guiri.

Sin darte cuenta, llega un momento en el que te encuentras metido en una fantástica conversación; sobre todo cuando las dos partes se han venido arriba y ya es un toma y daca de preguntas y respuestas que pueden acabar de forma muy disparatada porque uno pregunta y el otro contesta lo que le da la gana o lo que sus entendederas le han dado a colegir. Sólo cuando pides una aclaración o que repita la pregunta te das cuenta que estáis hablando en distintas frecuencias y que si uno está hablando de barcos, el otro de zanahorias por poner el caso. A todo esto hay que añadir las caras de poker o ¿qué carajo me está contando este tipo? Digno de un sketch de televisión.

Pues así me entiendo yo muchas veces.

No llevábamos una hora de viaje cuando Rolland se detuvo en un restaurante panadería. Lunch - me dijo - tocándose la barriga. Pues lunch for you because I’m not hungry le di a entender. Compró varios rollos empanados y fritos rellenos de pescado y unas samosas a las que el llamaba bajiya. Compré unas botellas de agua y partimos. No me apetecía comer nada, pero él insistió tanto que al final tomé uno de los rollos de pescado y me lo comí. Estaba bueno. Me recordó un poco a las croquetas de pescado o las pataniscas de bacalao pero bastante más especiadas y bastas. 

De varios puntos de la carretera partían estrechos caminos que se perdían en la frondosidad de una naturaleza que nos rodeaba por completo a pesar de estar muy cerca de la orilla del mar. Me daban ganas de bajarme y tomar alguno de ellos: Si Sri Lanka era un país de sendas y caminos estaba seguro que iba a disfrutar mucho perdiéndome por ellos.

Me llamó la atención, la cantidad de fabricas de tejas que se veían a lo largo de la carretera. Tenían un aspecto muy antiguo, de revolución industrial, que le daban al paisaje un aire nostálgico, de tiempos que ya no existen.  El día se fue nublando. Al pasar por las marismas Nawadankulama, el cielo y el agua parecían del mismo color; un gris claro y denso. Cuando mirabas al horizonte daba la sensación de que se habían fundido y sólo el vuelo de una garza o la ondulación de la corriente te sacaba de tu error. Paramos en Puttalam, en un supermercado, a aliviar la vejiga. Me quedé un poco extrañado cuando Rolland me dijo que era al fondo a la izquierda, al lado de la carnicería y unos anaqueles repletos de detergente. Le miré, cómo preguntado si eso era normal y me hizo un gesto con las manos como diciendo tira, tira mientras le daba palique a las cajeras.

Antes de Puttalam había observado que más de un coche que venía de frente nos daba las luces. Minutos después veíamos un control o una patrulla de policía. ¡Vaya tramposillos! igual que en España hace unos años. A unos veinte kilómetros de Puttalam fueron tres los vehículos que nos guiñaron los ojos y aunque no pasábamos el máximo de velocidad (70 kilómetros/hora) nos paró la policía; yo creo que más por curiosear quien era el pasajero que por pedir los papeles ya que apenas les echaron un vistazo. 

   -Siempre quieren sacar dinero, paran a mucha gente y así ganan un poco de dinero, pero a mi no me pillan dijo Rolland una vez nos libramos de ellos.

Tras uno de esos necesarios silencios de carretera en los que sólo escuchas el rodar de las ruedas en el asfalto, acabé amodorrándome vencido por el cansancio. No duró mucho. Me sobresalté cuando Rolland, grito Jungle, Jungle, de una forma primitiva, casi tribal, volviendo a ese inglés básico al que sólo le faltaba para darle un poco de exotismo añadirle algún “akuna matata” o algo así. Durante un buen número de kilómetros me estuvo hablando de los muchos elefantes que había en la isla y cómo cruzaban la carretera. Se veían señales de paso de elefantes y de vez en cuando cagadas (shits en el dialecto que hablábamos) en los arcenes de la carretera, de tal manera que nos vimos envueltos durante un buen rato en una especie de concurso de localización de cacas de elefante: el para certificar que había un montón y yo por demostrar mi espíritu competitivo.

Tras casi cuatro horas de viaje, llegamos al hostal que había reservado. Cuando atravesé la cancela, supe que había acertado en mi elección.


Continuará 

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