martes, 22 de octubre de 2013

Fauna viajera X: El integrado


En más de una ocasión he hablado de ellos; de esos turistas (perdón, viajeros que así es como se consideran) que en sus viajes, aseguran y lanzan a los cuatros vientos que se mezclan con la población local, que viven como ellos y, precisamente por ello, creen que su experiencia viajera es más auténtica, más válida, más molona en definitiva.

La soberbia viajera no tiene límites y todos, en mayor o menor medida, caemos en ella alguna que otra vez. Si pudiésemos hacer moviola de nuestras palabras viajeras, nos sonrojaríamos de lo arrogantes y estúpidos que podemos llegar a ser cuando afirmamos tal y cual cosa como si nuestra experiencia fuese como la de Livingstone o Marco Polo. Si la vida, como decía Chaplin, no da más que para ser amateur, el viaje no da más para que un simple vistazo a vuela pluma de una pequeña parte de la realidad: El viajero no hace nido nunca. Sabe que tarde o temprano tiene que partir. Cuando se asienta en un lugar, deja de viajar para residir, y cuando se reside en un lugar, el ojo y la mente viajera pierden la intensidad de la sorpresa, de lo desconocido para dar paso a las rutinas.

Por otro lado, dependiendo del entorno en el que nos movamos, la frecuencia con la que lo hagamos y nuestras motivaciones, podremos tener un mayor o menor roce con la realidad de un país, pero nunca nos integraremos al desconocer muchas de sus claves como son las tradiciones, la cultura, la organización social, la religión, las influencias del paso del tiempo, la historia etcétera que son los aspectos que configuran una sociedad. No podemos vivir ni ser como ellos si no pensamos ni sentimos como ellos; todo lo más, seremos capaces de comprender algo que, si bien no es suficiente, si nos ofrece un punto de partida. Esto que parece simple, o no es comprendido o no es asumido por nuestro invitado de hoy: El integrado, un espécimen, que toma la parte por el todo y es bastante dado a confundir la velocidad con el tocino.

El integrado

Abundantísimo en la fauna viajera. Facilísimo de detectar. En cualquier foro o blog de viajes ya te dicen que pertenecen a ese exclusivo círculo de los “enterados”. 

Es una especie que se reproduce con suma facilidad por esa inercia viajera que lleva a unos a replicar lo que hacen otros y más, si con ello, se consigue ser considerado como un viajero pata negra o pedigrí especial: un elegido.

El integrado es un viajero que te asegura haber conseguido mimetizarse con la población local, viviendo como ellos, comiendo lo que ellos y moviéndose con ellos y como ellos. Con un par.

Este tipo de fauna se caracteriza por, o bien mirarte por el encima del hombro o, en el mejor de los casos, por tomar una actitud paternal asegurándote de que la única forma de viajar es como lo hacen ellos.

Todo esto tendría su lógica si “sus verdades” fuesen acompañadas de una reflexión interesante o fuesen fruto de un profundo conocimiento del alma humana. Sin embargo, todo en él suele ser cáscara.

En los viajes son fácilmente identificables porque lo primero que hacen es ir a cualquier bazar o mercadillo a comprar ropa local para vestirse como una parte de la población local. El integrado cree que por disfrazarse con una chilaba y tomar un té a la menta con cuatro beduinos en una jaima del desierto de Wadi Rum y cabalgar por la arena le convierte en Lawrence de Arabia. Ellas, si están en India se vestirán con un sari o con un salwar, moda esta que no comprenden demasiado bien los locales pues unos lo consideran extraño, -generalmente la ropa que se compra es la que utilizan las clases sociales más bajas o la regional- otros una falta de respeto y, los más se despiporren: todos, menos el comerciante que les coloca las telas, fuera de lugar: Lo curioso es que esto solo lo hacen en paises menos desarrollados y es raro encontrar a una finlandesa vestida de lagarterana en España o a un tipo de Burgos vestido como un tirolés en Suiza. Claro, que, esto de integrarse en un país sólo es válido para determinados paises porque total, como estamos globalizados, integrarse solo es necesario en paises con una renta per capita ridícula: El integrado nunca te dirá que vive como un neoyorkino porque, en esencia, el también lo es: otra contradicción viajera.

Al integrado le gusta presumir de lo bien que se relaciona  con el entorno y te cuenta como si fuese algo muy especial que haya estado charlando con alguien durante horas y le haya invitado a comer a su casa, ignorando por otra parte, que si hay algo que el ser humano en determinados sitios no ha olvidado, -a pesar de que estemos convirtiendo el planeta en un bebedero de patos- es la hospitalidad, que por lo general se da más en los que menos tienen: no conozco a ningún integrado que haya sido invitado por un banquero o el primer ministro. Ni tan siquiera que se haya relacionado con ellos. Lógico: el integrado, por lo general, sólo se mueve en un ámbito que para él es el real, y extrañamente coincidente con los estratos medios bajos de la sociedad, nunca con los más bajos ni con los medios o medios altos; algo que choca ya que en su entorno natural, “at home”, (supongamos un estrato de medio para arriba, que son los que se pueden permitir realizar viajes a menudo) salvo excepciones, no se relaciona ni integra ni va a comer a casas de gente que no tiene parecida situación social o económica. Pero en esos paises es diferente. Son sólo unos días…Por otro lado el integrado procura no relacionarse con otros turistas y se monta su propio apartheid y solo hace migas contigo si necesita algo.

Se vanagloria de comprar en comercios locales y no en tiendas para guiris como si eso fuese un gran mérito; de comer exclusivamente en  restaurantes locales o en los puestos de la calle y no haber sufrido ninguna intoxicación, tan solo una leve diarrea. Esto te lo suele contar mientras se zampa una hamburguesa y bebe una gran cerveza o se pega un lingotazo de JB en cualquier bar al que suelen ir turistas: pero el se integra con la población y si está allí es por casualidad.

Creen conocer todos los precios locales y se niegan a pagar una rupia más desconociendo como funciona la oferta y la demanda en determinados paises o como se fijan los precios que, digamos, pueden ser muy flexibles en función de factores tales como hora del día, competencia, cara de pardillo que tengas etcétera. Esa integración, ese vivir como ellos siempre es un poco descafeinado. Sí, es muy integrado, pero no renuncia a sus cosas. Y sus cosas suelen ser el teléfono móvil, la cámara de fotos, el botiquín lleno de medicamentos y anti repelentes de mosquitos, sus paquetitos de galletas, sus botas de treeking, sus gayumbos CK de imitación y varias tarjetas de crédito. Igualito que ellos, integrado de narices.

Cree que por saber decir, hola, adiós, ¿cómo está usted?, ¿cuanto cuesta esto?, contar hasta diez y poder chamullar tres o cuatro frases o pedir un plato local le convierten en un experto en el idioma local. Y al principio, hasta puede dar el pego, pero dos frases más y ya no tiene ni puta idea de lo que le están hablando por lo que desiste de seguir practicando el idioma. Si además de integrado es tonto del culo, te justificará su desconocimiento argumentando que el nativo tiene un extraño acento que apocopa o se come las palabras mientras tu le miras con condescendencia y un poco de pena.

Una de las peores cosas que te pueden pasar es que uno de estos viajero integrados te invite a cenar y quiera agasajarte con alguno de los platos que le enseñó a hacer una viejecita en aquel poblado recóndito. Tu sospechas, pero por aquello de que es un integrado le concedes el beneficio de la duda: ni tiene todos los ingredientes originales, ni ha medido bien las cantidades, ni tiene la experiencia suficiente  y te arrepientes al descubrir que no aprendió bien: el resultado es intragable o produce unos extraños retortijones que te mantienen toda la noche en vela.

El integrado es una especie muy dañina que si se le hace mucho caso acaba por distorsionar la realidad de un país creando estereotipos que pueden ser válidos para su entorno, pero no para el conjunto de un pais, al cual ni aunque viviera cien años podría comprender en su totalidad. Así que cuidado con estos catedráticos del viaje. Es una sugerencia.

Continuará



sábado, 19 de octubre de 2013

Fauna viajera IX: El ladronzuelo


Lo conté en el post El Albornoz del hotel. Una de las cosas más asombrosas que he visto en mis viajes ha sido la “carta de precios” de enseres y mobiliario   que un hotel de Pakse dejaba encima de la mesilla de noche como aquel que no quiere la cosa, para advertirte que si eras un manazas y rompías algo o distraías algo de la habitación se lo cobrarían con mucho gusto: en dólares.

Todos los años, los hoteleros dedican una parte importante del presupuesto a reponer estos pequeños hurtos que los turistas limpian con premeditación, alevosía y diurnidad. No me estoy refiriendo a las “amenities” como el champú, el jabón o la esponja de los zapatos, que es una cortesía del hotel, sino a cosas más golosas como el albornoz, las toallas, una plancha, las pilas de los mandos, las bombillas, las perchas  o cualquier cosa grabada con el logotipo del hotel. Ocurre mucho.

No es que el huésped entienda literalmente que cuando paga una habitación, todo lo que allí se encuentra pueda pasar a su propiedad. Más bien se trata de una tradición o costumbre no escrita que se inventó un golfo y otros siguieron haciéndola suya, tuneándola a su gusto, de tal manera, que unos roban por capricho, otros para recordar, porque da suerte, muchos para coleccionar, varios para emular a un ladrón de guante blanco y, algunos, por pura diversión: Ninguno por necesidad.

Recuerdo hace muchos años, en un viaje de incentivo, cómo tuvimos que negociar, con la mayor discreción sin que nadie se enterase, con el dueño de un restaurante para que no llamase a la policía y metiese en el trullo a uno de esos directivos “megasupertirunfadores” que junto a su mujer distrajeron dos bellos platos en un restaurante de Marrakech. Ni había necesidad ya que seguramente su cuenta fuese algo más que corriente y los platos no eran tan exclusivos como para no encontrarlos en el zoco o haber llegado a un acuerdo mediante el pago de un dírhams con el propietario del restaurante: asunto este que me lleva a certificar que existen bastantes personas que cuando viajan se trasforman y encuentran un oscuro placer en el arte del afane. Hoy, el ladronzuelo.

El ladronzuelo

El ladronzuelo suele ser un tipo simpático. Se relaciona bien y siempre está dispuesto a colaborar ya sea guardando tus pertenencias o acompañándote a cualquier lugar a resolver un asunto. En resumen: se mimetiza muy bien; puede pasar fácilmente inadvertido y no levanta sospechas; pero llega un momento en que determinadas actitudes le van delatando. A simple vista parece una persona bastante normal, inofensivo, lo que complica descubrirle salvo que te haya contando algo sobre sus intenciones o quiera hacerte cómplice de sus golpes.

Su área de actuación se circunscribe a medios de transporte, hoteles, aglomeraciones turísticas, restaurantes, tiendas de souvenirs… y sus víctimas son, preferentemente otros turistas, los prestadores del servicio o los dueños de los establecimientos. Por otro lado, como apuntaba más arriba, no le mueve el deseo de un súbito enriquecimiento ni una cleptomanía compulsiva. Más bien, la satisfacción, absurda eso sí, de creer que sus manos e inteligencia son superiores al resto de los mortales; como si fuese capaz una y otra vez de realizar el robo perfecto dejando como panolis a los servicios de seguridad de hoteles y compañías aéreas, al tendero Amin, al inspector Clouseau, al teniente Colombo, al comisario García o esa pareja de guiris que miran, de manera infructuosa  hacia todos lados pensando que así van a recuperar unas pertenencias que hace tiempo ya han volado y cambiado de propietario.

Una de sus especialidades es el mangue de mantas y almohadas en los vuelos intercontinentales. Para evitar ser pillados, cuando las azafatas minutos antes de aterrizar solicitan la devolución de las mismas, previamente se han hecho con otro “juego de cama” levantándoselo discretamente a otro pasajero de unas filas adelante o atrás mientras éste estaba en el “Lavatory” poniéndose guapo para aterrizar. Si además el ladronzuelo es un poco descarado procurará apropiarse de una o un par de bolsas del Duty Free a la hora de sacar el equipaje de mano del compartimento. Por si le pillan, el llevará también en el equipaje otras bolsas del Duty Free y lo achacará a una confusión deshaciéndose en disculpas y justificando su acción con la perorata de que bolsas eran iguales, que los equipajes se mueven mucho en los aviones...

Pero donde es realmente peligroso es en tierra. El poder moverse con mayor libertad facilita bastante sus operaciones: puede desaparecer en cuestión de segundos, crear confusión, inculpar a otras personas y seleccionar con más tranquilidad a sus víctimas, que rara vez están en estado de alerta. Mientras los incautos turistas admiran un paisaje o un monumento, el ladronzuelo mira con desinterés y un ojo lo mismo y, con el otro, e indudablemente mayor interés, a su presa, la cual ignora que en unos minutos verá reducido su patrimonio. Como algunos toreros, el ladronzuelo, en ocasiones se acerca demasiado al “toro” o “víctima” tras el robo con el fin de ayudar con tan mala fortuna de que ha sido visto por alguien en plena faena y ha acabado llevándose un par de buenas cornadas en forma de guantada de las que entran pocas en un kilo, contratiempo este que de ninguna manera le hace desistir de su afición y sí ser más prudente.

El ladronzuelo es un experto en “tele transportación” y es capaz de mover objetos sin las manos: Una patadita con disimulo y un cómplice hacen el resto; por eso, no es aconsejable dejar cosas apoyadas en el suelo, ya sea en un restaurante o en un autobús porque si se hace, más de uno descubrirá lo que es magia: nada por aquí, nada por…

Si es importante señalar que el ladronzuelo se dedica al menudeo. En este sentido no es ambicioso y sus grandes golpes no van más allá de una cámara de fotos, unos billetes (las tarjetas de crédito son peligrosas), una camiseta o los souvenirs que otros han comprado para que a él le salgan gratis.

Cuando detecta otro ladronzuelo se reparten el terreno y las víctimas por aquello de que “entre bomberos no nos vamos a pisar la manguera”. Si existe “feeling” montarán una sociedad temporal que no durará más allá de unos días. Cuando te los encuentras en un bar, en un tren o en el mismo hotel no hay que ser muy sagaz para descubrirlos porque ellos mismos, con sus contradicciones se suelen delatar con su modus operandi que se traduce en lo siguiente: intentar hacerse coleguitas tuyos, sugerirte, por activa o por pasiva que te unas a ellos en su viaje, insistir en ir a otro lado a tomarse unas copas, al tiempo que te someten a un sutil interrogatorio sobre tus posibles, y no perder de vista a quien entra o sale de un lugar, a quien sube y baja o a quien va y viene.  Todo esto, adornado por informaciones imprecisas, datos vagos y mentiras varias que van asomando cuando a su vez, tu les interrogas con respuestas que precisan más de un sí o de un no.

A diferencia del pícaro viajero (del que ya hablaremos), que tiene como objetivo viajar y vivir a costa de los demás, el del ladronzuelo no es nada lucrativo y consiste, básicamente, en apropiarse de lo que no le pertenece para joder un poco a los demás; para alimentar el falso ego de una superioridad mental que sólo los pobres de espíritu o los tontos de remate se sienten cómodos con ella.

El ladronzuelo es una caricatura de sí mismo.

Continuará



sábado, 5 de octubre de 2013

Fauna viajera VIII: El inadaptado

Vang Vieng Laos (turistas viendo reposiciones de la serie americana Friends)


Decía Bernard Shaw que el hombre razonable se adapta al mundo y el irrazonable intenta adaptar el mundo a  si mismo. Si bien estoy de acuerdo con tal afirmación, creo que habría que matizarla porque no todos los razonables se adaptan y, tampoco, todos los irrazonables son inadaptados. Yo esto de la capacidad de adaptación lo veo como una cosa más cultural o de educación; de nuestro aprendizaje y el grado de interiorización o frontera que ponemos al entorno; de la tranquilidad que ofrecen las referencias, o como se dice ahora, de nuestro interés de vivir o abandonar una zona de confort o comodidad. Es decir, somos el resultado de lo que mamamos y, dependiendo de nuestras inquietudes, curiosidad, gusto por lo desconocido y amor por las cosas que nos ofrece la vida nuestra capacidad de adaptación y/o aceptación será mayor o menor.

Existen miles de razones para viajar. En este post citaba algunas. Muchas serán comunes entre la mayoría de los viajeros (conocer otras culturas, visitar un monumento, disfrutar de la naturaleza …) y por ello, millones de personas viajan saliendo de su entorno habitual enfrentándose a algo desconocido, poco predecible o no del todo controlado. En realidad, lo que nos diferencia a unos viajeros y a otros, son las expectativas o, lo que es lo mismo; la visualización anticipada de hechos, emociones y resultados, que en la imaginación viajera siempre son positivos. La manera en la que lo imaginamos, que tiene que ver bastante con nuestras creencias, experiencias y referencias, determinará el grado de satisfacción o decepción posterior: Es asunto nuestro y de nada ni nadie más: ni del destino ni de la gente ni del clima ni de lo que oíste o te dijeron.   

Luego ocurre lo que ocurre, que como el chip no se ha cambiado las expectativas viajeras no se cumplen y te encuentras por esos mundos a gente que no sólo es que no se adapte sino que el viaje para ellos se convierte tránsito temporal por un valle de lágrimas. Todo esto no tendría la más mínima importancia (allá cada cual) de no ser porque te lo cuentan en directo dándote una matraca sería y cansina a la menor oportunidad. Son los inadaptados viajeros, una especie a la que hay que procurar evitar, aunque no es fácil pues es bastante abundante, no conoce nacionalidad, distinción de sexo, edad o religión.

El inadaptado

El inadaptado es un viajero que creía saber adónde iba pero no dónde iba. Desde el instante en que aterriza o llega a un lugar se da cuenta que su viaje no va a ser lo que imaginaba. Entra en un estado de shock que provoca que su cerebro, progresivamente, vaya adoptando una postura defensiva, lastimosa y excesivamente nostálgica por lo dejado.
Es una especie viajero que elige el destino por las fotos; porque le han dicho que mola, porque su cuñada le ha puesto la cabeza como un bombo sobre lo maravilloso que es el lugar, o porque ha leído un artículo en el suplemento dominical en el que se asegura que el destino está de moda. 

Cuando preparaba el viaje se relamía de gusto pensando en todas las maravillosas experiencias que iba a vivir. Pero olvidó unos pequeños detalles: Las fotos no huelen ni saben ni miden la temperatura; olvidó que lo que le mola a una persona es posible que no le mole a otra; que su cuñada es una exagerada (siempre lo ha sido) y que al reportero o articulista del periódico le han dado muchas “facilidades” o se lo han puesto a huevo para que hable bien de un lugar.

Lo detectas a la primera. Tiene pinta de estar más perdido que un elefante en una cacharrería y su rostro es todo un poema. (mitad cara circunspecta, mitad cara de póker) Ya vas sospechando algo cuando en el autobús, el tren, el taxi compartido o en la recepción de un hotel comienza a quejarse del clima, del ruido, del humo o de que nadie hable español, inglés o suajili y lo certificas, cuando pretende no sólo hacerte partícipe de sus aseveraciones sino cuando decide “adoptarte” al haber notado que hablas el mismo idioma, tienes parecida edad o te diriges al mismo lugar. Si no estás fino, haces una larga cambiada, desapareces con disimulo o te excusas para ir al baño, lo más probable es que se pegue como una lapa y te dé la madre de todas la brasas, que consiste básicamente en:

Darte el parte meteorológico con exclamaciones y gestitos (¡Uff, que calor, no hay quien lo aguante! ¡Vaya frío..! ¡Como llueve!) para informarte de una realidad como si fueses insensible a las temperaturas o a los caprichos de la atmósfera: El inadaptado ignora que en el desierto a las doce de la mañana, lo lógico es que uno se achicharre, en la jungla a cualquier hora se empape de sudor y en los polos se congele sí o sí, salvo que lleve ropa especial o capas y capas de ropa. Y aun así…

Otra de sus aficiones es hacer comparaciones y afirmaciones peyorativas sobre todo lo que ve (algo que no es exclusivo del turista “Quejoso”) utilizando frases del tipo “Es más bonita la Sagrada Familia que esta catedral”, “Como en España no se come en ningún lado”, “Esta carretera es una mierda”, “Éstos (ponga aquí el país) no se enteran de nada”. Lo curioso es que suele terminar la perorata con esta sentencia “No tiene punto de comparación”, algo bastante contradictorio pues si no tiene punto de comparación ¿Para qué compara?

Si las dos anteriores no han provocado una aseveración y un tienes toda la razón el siguiente paso es hacerse la víctima o el Calimero porque los locales no le comprenden, no le entienden, se mosquean con él o no le hacen ni puñetero caso cuando se dirige a ellos o les pide cualquier cosa: algo perfectamente natural teniendo en cuenta su desconocimiento de que las costumbres, las normas de urbanidad y los códigos de comunicación pueden ser muy diferentes en según qué país y situación. Cuando mete la pata, lejos de disculparse suele apelar al mundo perfecto en el que habitualmente se mueve y en la falta de consideración que tienen en ese lugar hacia su persona.

Suspirar y buscar cualquier referencia que le “transporte” a un entorno conocido o amigable es otra de las características que hacen del inadaptado un ser especial. En este sentido, como no se encuentra en su hábitat natural, asunto que le descoloca bastante, no parará hasta encontrar un ecosistema en el que pueda sobrevivir sin grandes dificultades: un lugar donde le sirvan una chess Burger con doble de queso, una tortilla de patatas, una discoteca para bailar cosas como dale a tu cuerpo alegría macarena, un café o un bar con Wi Fi lleno de guiris como él. Si se ha cometido la imprudencia de invitarle a sentarse a tu mesa o a beberse unas cervezas, centrará la conversación en todo lo que echa de menos, en las carencias que ha encontrado y en la poca esperanza que tiene en que el viaje mejore.

El inadaptado es un viajero que sólo piensa en regresar para volver a su mundo predecible. Para él no existe el aquí y ahora; el futuro siempre es pasado.

En esas circunstancias, lo que realmente te gustaría hacer con él es  facturarle de vuelta a contra rembolso en la primera ocasión, aunque te toque pagar las cervezas, no vaya a ser que en un momento de debilidad te haga reparar en tu error o en tu creencia de que cuando se viaja uno debe tener la mirada y la mente abiertas y el alma en modo “VIVIR”.

Muy triste

Continuará

miércoles, 2 de octubre de 2013

Fauna viajera VII: El incoherente ideológico



Hace algún tiempo en el post Coherencia de usar y tirar comentaba lo difícil que resulta que pensamientos, palabras y actos vayan en la misma frecuencia. Cuando entra por medio la política, la economía o el modelo social, si no se tiene la cabeza bien amueblada, se corre el riesgo de que tu cerebro funcione utilizando el método LIFO (Last in, First out) o lo que es lo mismo el último input que te llega es el que adoptas como verdad, verdadera. Ocurre mucho con las cosas del fútbol y, en general, con todo aquello que pasa por los medios de comunicación. Sí además, esta información no se procesa, no se compara y no se analiza, lo más probable es que nuestra opinión no es que esté condicionada o influenciada sino limitada; es decir, sólo vemos lo que queremos ver sin tener en cuenta que, a menudo, caemos en una gran incoherencia, lo que no impide en absoluto empecinarnos en defender una postura que si bien en la forma (por aquello de la oratoria y fina dialéctica), puede ser válida desde el raciocinio, en el fondo no se sostiene (por aquello de del dicho al hecho hay un trecho). Hoy vamos a trasladar esto al mundo viajero.

Recuerdo hace muchos años, cuando jugaba al fútbol, que en mi nuevo equipo, el capitán había regresado de un viaje a Cuba. En el vestuario, mientras nos cambiábamos comentaba lo “hijos de puta” que eran los occidentales (especialmente los Usa y España) a los que achacaba todos los males de la isla. Curiosamente, él no se incluía en esa gran familia a la que por lo visto pertenecíamos los demás. Hablaba de que Cuba era un país libre y que toda la gente con la que había charlado estaba encantada con el régimen a pesar de las necesidades que se pasaban. Eran cosas de la vil opresión y el bloqueo económico y bla bla bla. El caso es que me dio por ofrecer otro punto de vista sin querer quitar ni poner razones y el resultado fue que acabé en el banquillo sin jugar un solo minuto y, en los siguientes, los “minutos de la basura” no por “manta” sino por “bocas”. Huelga decir que abandoné el equipo. Pues bien hoy toca hablar de estos fulanos que después de ponerse hasta las orejas de mojitos en un “Todo incluido” de Varadero o haber realizado una visita a la selva, a un poblado masai,  pretenden que te sientas culpable de lo mal que está el mundo dándote lecciones de economía, política, historia, religión o sociedad.

El incoherente ideológico

Este viajero, aparentemente persigue o quiere lo que todos: un mundo en el que reine la paz, la justicia y la igualdad. Sin embargo, a poco que se le escuche no desea realmente eso. Dependiendo de donde te lo encuentres te hará el “mitin”, rajará por lo bajini, o sibilinamente se callará si no le conviene. Cree ser un antisistema y alumno aventajado de Marx; alguien digno de admiración si no fuese porque en su cartera, aparte de la tarjeta Visa, tiene la de Iberia Plus, la del Vips o la del Carrefour que le dan puntos por alimentar e impulsar todo aquello que rechaza.

Cuando te lo encuentras en un viaje o al regreso de uno, te habla de la libertad, de la dignidad, de capitalismo salvaje y cosas así. Dice defender las causas nobles, apoyar al ser humano por encima de todo, pero eso no es obstáculo para visitar paises sujetos a regímenes autoritarios, dictaduras o pseudo democráticos que no se caracterizan por dar cuartelillo al personal; paises por otra parte en los que se siente muy a gusto aunque no exista la libertad de expresión, el trabajador cobre al mes lo que el se gasta en un rato tomando cañas con los amigos mientras arregla el mundo y sepa, y si no lo sabe es que es tonto de remate, que gran parte de sus divisas irán a las arcas de una oligarquía (que siempre muestra un mundo ideal), a un partido o a una junta militar. No se ha dado cuenta de que un país que endiosa a sus dirigentes nunca goza de libertad y tampoco de que la justicia no es más que una quimera, un fuego artificial al servicio de los que cortan el bacalao. 

Si te lo encuentras en algún país del sudeste asiático, echará la culpa de la miseria a los americanos, a los franceses o a los ingleses, (de portugueses y holandeses no controla) pero rara vez cargará las tintas sobre los chinos o japoneses (que de estos tampoco controla). Piensa que las potencias colonizadoras esquilmaron los paises (y no le falta razón), pero en un ajuste de cuentas o en una hipotética devolución de lo “robado” él se negaría a asumir su parte correspondiente. En ese caso, sugiere que no se pueden exigir facturas a la historia.  

Creen que por comprar un día en una tienda de comercio justo o unos abalorios a un indígena (que es como se suele llamar a muchos locales en paises más puteados o menos favorecidos) han salvado su alma y que con ese gesto son súper solidarios y enrollados, lo que no impide que, en cualquier otro momento, quieran sacar provecho de otra situación ya sea escaqueándose de pagar una entrada, regateando hasta la extenuación, actuando como si fuesen marqueses o comprando imitaciones de Loewe, Prada o Coco Channel hechas por esclavos del siglo XXI.

Si te lo encuentras en Hispano América la culpa de la miseria y las desigualdades es de los españoles, como si México o Colombia se hubiesen independizado ayer y no más de doscientos años atrás; como si la historia de la humanidad no hubiese sido un toma y daca entre tribus dirigidas por una élite que siempre juega a caballo ganador; como si en otros tiempos el personal pensase igual que ahora. Para él, la única verdad es que Colón la cagó. Lo curioso del caso es que todo esto te lo cuenta en un café de Antigua, en San Cristobal de las Casas o en otra ciudad colonial en la que no para de admirar la arquitectura colonial e hincharse a hacer fotos que compartirá en Face Book o Instagram.

Eso sí, si viaja a un país árabe, toda la vehemencia se le bajará por la chilaba. Será un sumiso corderito que reirá las gracias de Abu Abdullah y justificará, apelando a la costumbre, que en esos paises la mujer está bien donde está; comprenderá, y así te lo hará saber, que en nombre de la religión se cometan auténticas barbaridades y echará la culpa de los males del mundo, como ya hicieron muchos otros, a los judíos. Pero si se da un garbeo por Israel, seguramente a quien ponga a bajar de un burro sea a los palestinos.

En Nueva York, en Londres, en París o en Roma simplemente se callará y no osará criticar ni al sistema ni su forma de vida. Está de vacaciones y no renunciará a disfrutar de todo aquello que el capitalismo le ofrece: desde las comodidades de los transportes o los hoteles, a las luces de neón, de un buen ancho de banda, a manjares o ropa nueva: en definitiva, no renunciará a nada de todo lo que esta economía del exceso en la que vivimos nos ofrece.

Este tipo de viajero quiere arreglar el mundo y hacer bueno el eslogan con el que triunfó una revolución (Liberté, égalité, fraternité) siempre y cuando no le toquen sus derechos y privilegios. Si le argumentas que la única vía para conseguirlo es la solidarité, pero la de verdad, la de una distribución real de la riqueza en la que seguramente tendría que modificar sus hábitos de vida y, posiblemente, su estatus social, lo más probable es que te mande a la merdé mientras con la boca llena de gambas, chopitos o ternera, te hable de el hambre en África y lo cabrones que son (no el) el resto de la humanidad.

El incoherente ideológico es bastante veleta de pensamiento, acto y omisión. Rarito de narices y cansino como pocos.

Continuará
  



  

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