domingo, 24 de noviembre de 2013

Fauna viajera XIII: El gafe o el cenizo



Hoy número XIII de la serie, y como no podía ser de otra manera, es el turno del gafe o cenizo (la línea que los separa es casi inapreciable).

No tengo la menor idea de si está comprobado científicamente o si existen estudios al respecto, pero lo cierto es que hay personas que atraen la mala suerte para sí o para los demás. Si nos ponemos a pensar un rato, nos daremos cuenta de que en nuestro entorno (familia, amigos o conocidos) existen personas así; siempre encontraremos a gente cercana que le ocurran cosas malas o cuando menos extrañas. Ignoro la razón. No sé si se debe a una cuestión genética, a una maldición o un mal de ojo, - lo de casualidades de la vida no deja de ser una broma al porque la casualidad es esporádica y dispersa - pero hay gente que parece llevar todas las papeletas para que el infortunio se cebe con ella. No estoy hablando de aquella que tiende a buscárselo o que con sus actitudes lo provoca. Hablo más bien de esas almas cándidas que lo atraen sin comérselo ni bebérselo como por ejemplo el fulano al que la paloma “le pinta al oleo” la gabardina, el mengano que por instantes siempre pierde el autobús o ve como se cierran las puertas del metro ante sus narices, o el zutano al que en todos sus trabajos le ha tocado aguantar a un jefe cabrón. Tipos, en apariencia normales, encantadores muchos de ellos, pero gafes o cenizos de narices.

El gafe o cenizo

No es muy abundante y rara vez tienes la ocasión de confirmarlo si no coincides con él varias veces y en diferentes situaciones. Los viajeros gafes tienen eso que se llama mala suerte. Parece que la fortuna se ha reído de ellos. En el avión siempre les toca en el asiento de al lado alguien sobrado de quintales que le encajonará durante las horas, (a veces muchas), de vuelo, creándole  una sensación cercana a la claustrofobia, como si en lugar de un avión estuviese en la celda de castigo. Nunca pueden disfrutar de la compañía de alguien agradable – suele tocarles al lado el niño caprichoso y llorón, el maleducado, el soso, el guarro – . Jamás  conocerán al amor de su vida a diez mil metros de altura.

Si por un casual un compartimento de equipajes está mal cerrado y en un vaivén comienza a vomitar bolsos, ordenadores, abrigos y bolsas del duty free, será justo el que tiene sobre su cabeza, la cual tendrá ocasión de testar (y nunca mejor dicho) la dureza y rigidez de todos esos bultos.

En la aduana, sin saber cómo ni por qué, siempre elige la fila en la que los tramites se demoran más. Cuando llega a la cinta de recogida de equipajes, -que ya permanece semi vacía porque todos aquellos que no le siguieron cuando eligió cola, hace tiempo que abandonaron el aeropuerto,- observará, primero con cara de asombro, luego de mosqueo y finalmente de resignación, que su maleta, bien por timidez o inoperancia de las empresas de handling, ni está ni se la espera. Algo, por otro lado, que apenas le inquieta porque la costumbre de que le pierdan la maleta casi lo da por hecho al no ser la primera vez  ni la segunda ni la tercera ni la cuarta…que le pasa. Eso le ha convertido en un verdadero experto en reclamar equipajes que le permite no dejarse vacilar cuando el personal que le atiende le cuenta una milonga porque en realidad no tiene ni puta idea dónde está su equipaje.

El viajero gafe se toma las cosas estoicamente. Da la sensación de estar inmunizado emocionalmente para cualquier contratiempo que ocurra. Si un ascensor del hotel se para, le pillará dentro. En lugar de agobiarse, abrirá un libro y se pondrá a leer o, si ve que la cosa va para largo sacará una baraja y te invitará a jugar una partida de bridge. Cuando por fin llega a su habitación se dará cuenta de que le han dado la llave equivocada o no la han activado y deberá volver a recepción a que le proporcionen la adecuada. Ya en la habitación comprobará que en la hotelería mundial debe haber un gran problema con el aire acondicionado o con la calefacción porque siempre está helada, tan helada que la imagen del televisor siempre le sale congelada no pudiendo ver nada y para entretenerse tiene que conformarse, si no ha llevado algo de lectura, con leer la carta del servicio de habitaciones, el folleto del hotel o la guía telefónica.

El viajero gafe parece tener un imán para la comida y la bebida. Cualquier líquido o alimento que por efecto de una torpeza haya perdido el equilibrio invariablemente acabará en él, especialmente aquellos platos en los que abunden las salsas o grasas que harán hacer horas extras a Don Limpio o a los payasos de Micolor: la tostada ya sabe por qué lado va a caer.

Medio de transporte que utilice siempre se retrasará: un pinchazo, la junta de la trócola, una tormenta repentina, una manifestación… cualquier incidente le pilla cerca, bien de forma aislada, o todos a la vez.  

La climatología extrema se ceba con él. Le llueve en la playa o le nieva en la  montaña, o se derrite la que hay cuando va a esquiar. Nunca llueve a gusto de él. Tampoco tiene suerte con la fauna a la que atrae como atrae a los tropes. Si hay un perro rabioso le morderá, los insectos harán festín de él y si se encuentra en un safari no alcanzará a ver más que cuatro pajarracos o varias hileras de hormigas.

Su apellido debería ser overbooking, una palabra que sabe perfectamente que significa y que por esos azares de la vida experimenta con frecuencia sin comérselo ni bebérselo.

Todo lo desagradable que le pueda pasar a un viajero, le pasará a él, de forma reiterativa, implacable e inevitable. Pero eso no le impedirá seguir disfrutando del viaje, con serenidad, con templanza. Un estoico, vamos.

  

jueves, 21 de noviembre de 2013

Fauna viajera XII: El lapa




Viajar en solitario tiene sus ventajas y sus inconvenientes. Es una opción muy personal. A mí, por ejemplo, me gusta hacerlo solo, entre otras razones, porque así puedo ir más a mi bola, no depender de nadie y que nadie dependa de mi como ya conté en el post Lonely Traveller. Tampoco es que sea un ser huraño o esquivo. De hecho, en ocasiones me he juntado para compartir un vehículo, gastos de una excursión o he coincidido con alguien días después y nos hemos conversado unas cervezas o una comida. Luego, cada mochuelo a su olivo. Viajar sólo, como digo, es una opción tan buena o mala como hacerlo acompañado, en manada o a mogollón.

Sin embargo, si hay un viajero al que no acabo de entender mucho es al viajero lapa, un viajero solitario que a las primeras de cambio, te adopta y, a menos de que le hagas unas larga cambiada, le ocultes tus planes viajeros o huyas con premeditación y alevosía, te dará el viaje.

El viajero lapa

En primer lugar he de aclarar que este tipo de viajero puede ser hombre o mujer y suele darse mucho en las edades comprendidas entre los 25 y 50 años. Por debajo o por encima de esa franja no suele haber muchos.

El viajero lapa se equivocó al elegir viajar solo. Posiblemente, por la fascinación que le produjo la lectura de libros en el que se narran grandes viajes, novelas llenas de aventuras o diarios de viajes llenos de experiencias viajeras. De tanto leer o imaginar le ocurrió lo que a Don Quijote, que se le fue la olla. Pero con una diferencia: El ingenioso hidalgo, en su cuerda locura, tenía determinación, perseguía un sueño y él solito acabo construyéndolo; el viajero lapa, por el contrario, despierta del sueño nada más llegar a la aduana de cualquier país que no sea el suyo y se hace la primera pregunta existencial ¿Qué C…hago yo aquí sólo?

Es de fácil identificación. Además de dar el aspecto de estar más perdido que un bosquimano en Laponia – algo por otro lado que a todos nos pasa y nos seguirá pasando más de una vez – lo que realmente le define es su cara de abatimiento: Su cara es todo un poema. Dada la imposibilidad de atrapar a su presa en el aeropuerto por aquello de que la gente está más pendiente de recoger sus maletas y salir echando leches hacia sus hoteles o su próximo destino, se debe conformar con conocer a sus victimas en el hostal, en un bar en el que abunden los turistas, en un tren, en otro avión o en un autobús.

Hay viajeros lapas que hasta el segundo o tercer día no se “pegan” a nadie. Incluso por lo visto, hace años se dio un caso, - que no está documentado y que pertenece más a eso que se llama leyenda urbana- de un lapa que aguantó una semana entera sin adherirse a nadie. Lo más normal, en cualquier caso, es que ataque a sus víctimas instantes después de haber certificado que se aburre como una ostra necesitando desesperadamente juntarse con más gente para continuar el viaje. Al principio, cuando se acerca a ti, no sospechas de que eres la víctima al hacer inocentes preguntas del tipo de dónde eres, a dónde vas. Ola ke ase¡¡…etc. A medida que coge confianza se va interesando más por tus planes, te va dando más palique hasta que llega un momento en el que hace la pregunta fatídica que tiene tres variantes en función del grado de intimidad que cree haber conseguido: Si es mucha te preguntará ¿Por qué no vamos? lo que implícitamente quiere decir: ahora que somos colegas me gustaría ir a tal sitio y quiero que tu vengas sí, o si. Es decir, ha decidido que vas a compartir el viaje y da por hecho que tu estás encantado con la idea. La segunda variante es utilizando el condicional: ¿Podríamos ir juntos a…? que, al menos, deja una puerta abierta para escaquearse o modificar las condiciones e el caso de que se acepte la invitación. Y, la tercera es casi de súplica y la que realmente te pone en un brete. Me gustaría ir contigo ¿puedo acompañarte?

En cualquiera de los tres casos hay que mostrar firmeza y decir que no, recurrir a la mentira piadosa y si se nos hace difícil, y aunque parezca rastrero, dar un plantón de los buenos. De no hacerlo así, tu viaje se convertirá en una pesadilla, porque además de sentirte muy marcado por un extraño que no te dejará ni a sol ni a sombra, te verás obligado a comer donde no quieres, visitar lo que  no quieres, hacer lo que no quieres… lo que sin duda pondrá no sólo a prueba tu paciencia sino también tus biorritmos viajeros. Sí además es un viajero con el que no compartes manías y, pongamos por caso es un metepatas, bipolar o demasiado tiquismiquis, tu viaje será un infierno.

Lo malo de todo esto es que si consigue dar con algún incauto o con otro viajero lapa, sus próximos viajes los seguirá haciendo en “solitario”, al acecho de otras víctimas, de otros viajeros, que “le lleven de viaje”. Y el muy ladino lo justificará diciendo que el viaja solo porque así conoce mucha gente en el viaje ignorando que, casi todos los viajeros huyen de él como se huye de la peste.

El viajero lapa es un perfecto jodeviajes.


domingo, 17 de noviembre de 2013

Fauna viajera XI: El inspector Gadget o el viajero tuneado



En el mundo en el que vivimos todo se puede convertir en negocio. Siempre hay una necesidad por cubrir, una necesidad por inventar o una bacalada para metérsela doblada al ingenuo, al vanidoso o al tonto del culo. El mundo que rodea los viajes no escapa a ello existiendo un mercado que mueve cifras nada desdeñables con el ánimo de surtir al viajero de todo aquello que podría necesitar en un viaje: Ropa, calzado, aparatos electrónicos, equipaje, fotográficos, menaje, seguridad, salud, complementos varios…una amplía oferta para satisfacer las necesidades del viajero más existente y las del más pringado: hay de todo y para todos. Cosas imprescindibles, útiles, absurdas, de excelente calidad o malas de narices. Lo sé, porque he comprado o me han regalado varios de estos artículos. Algunos los utilizo y, otros…han ido sin desprecintar o recién estrenados, no al baúl de los recuerdos, sino al del olvido.

Sin embargo, hay frikis del asunto que tienen de todo, que se exceden o pasan tres pueblos; que creen que por llevar tantos accesorios disfrutarán o tendrán más certezas de que el viaje será como lo imaginaron, se adaptarán mejor al entorno o eliminarán riesgos porque así se lo han creer las guías de viajes, las películas de Hollywood y más de un viajero “iluminao”. Allá cada cual. Como he apuntado un poco más arriba hay cosas muy prácticas y recomendables, pero de ahí a llevarlas todas a la vez, a todos los viajes y en todas las circunstancias, media un abismo: algo que no entiende nuestro invitado de hoy que parece que va por los viajes tuneado como si de un coche se tratará o como el inspector Gadget, lleno de utensilios para salir de cualquier situación

El inspector Gadget o el viajero tuneado

Lo primero que define a esta especie es que es un viajero paradójico. Se gasta mucho más dinero a veces en la preparación del viaje (guías, maletas y bolsa, ropa, calzado, electrodomésticos, etcétera) que en el mismo viaje. Compra todo lo que le dicen o lo que el considera le da más pedigrí o le convierte en un viajero más experimentado.

Ya en el mismo aeropuerto, observando sus mochilas, bolsas o maletas se pueden ver muchos. Parece que llevan la casa a cuestas. Da lo mismo si el viaje es de un par de días o un mes: todo y de todo ¡Qué no falte de ná!

El equipaje que van a facturar (siempre que no lo hayan plastificado dos veces y marcado con rotulador) les delata al estar lleno de etiquetas de diseño, candados de varias combinaciones, lacitos de colores, siempre muy nuevo y limpio, dando la sensación de que ese equipaje ha viajado poco. El que va a llevar de mano siempre roza, cuando no lo sobrepasa, los límites de “la legalidad” o las normas de la compañía aérea.

Tus sospechas se confirman al ver el despliegue que hace nada más llegar a su asiento del avión, sea el viaje de un par o siete horas. Lo  primero que hace es inflar o sacar un cojín para el cuello, dejar a mano un antifaz, una manta zamorana, unas pantuflas, un osito de peluche (tu compi viajero, dice la publicidad) o un completo neceser transparente lleno de frasquitos y sobrecitos que cumplen las exigencias de seguridad, pastilleros con varios compartimentos. Después saca el ordenador, la tableta, el E-book, el MP3 y los auriculares expandiendo sus posesiones por el exiguo espacio que le han asignado. Sólo saldrá de su mundo cuando el avión aterrice o, puntualmente cuando sirvan la comida o haya unas turbulencias que exijan abrocharse el cinturón, poner el respaldo en posición vertical, cerrar la mesita o acordarse de Santa Bárbara.

Pero es en destino, donde comienza la verdadera exhibición de sus artilugios viajeros. Si por ejemplo está en la montaña, poco a poco comenzarán a asomar la brújula, una navaja suiza de mil usos, un piolet, una cantimplora, una bengala, un barómetro… aunque el sendero esté muy marcado, el área esté supervigilada y le acompañen doscientos turistas más; lo mostrará todo con la ilusión de un adolescente boy scout que ha salido de excursión: si se encuentra en un safari en Kenya, pastillas potabilizadoras, una mosquitera, un infernillo, un cazo, cubiertos plegables, un paraguas que se convierte en tienda de campaña aunque todos los días duerma en un resort o campamento que ofrezca todas las comodidades. Llevará unos prismáticos grandes y gordos que permitan la visión nocturna, un medidor de mapas que no sabe como se usa, un termo para el té helado o el café con leche, además de un botiquín con más medicamentos, vendas, gasas y tiritas que muchos dispensarios de urgencias.

Suele llevar con él, vaya donde vaya (da lo mismo que sea Londres o Jakarta, las Hurdes o los Alpes), un buen número de electrodomésticos y cacharros electrónicos: plancha de viaje, lámpara de viaje, radio de onda media, adaptadores de corriente universales, un secador del pelo, una alarma de seguridad, una impresora…Todo es poco. Tiene una verdadera obsesión por cualquier producto que vaya acompañado por la palabra de viaje, de tal forma que acaba pagando un pastón por un cepillo de dientes plegable, más pequeño o de peor calidad simplemente porque cree que un cepillo de viaje debe ser mejor que el normal.

Lleva ropa con escondrijos secretos para salvaguardar sus pertenencias. Cinturón con compartimento secreto,  zapatillas con doble lengüeta, gorra de cremalleras, tobillera para esconder la cartera, porta documentos que se mimetizan con una chaqueta…va sobrecargado y se nota.

El inspector Gadget no escatima a la hora de disfrazarse para viajar y lo mismo lo ves vestido de esquimal, que de Doctor Livingstone I presume, si alguien se lo ha sugerido; lo mismo de montañero que va a ascender al Himalaya que de Capitán Pescanova si te lo encuentras en un barco o en un puerto de Mar. Eso sí, con toda la parafernalia, con todos los complementos, como un Madelman o un Geyperman: ¡Comme il faut!

El viajero inspector Gadget, puede que sea práctico, pero es un poco exagerado y un mucho exhibicionista: un viajero tuneado.

Continuará  

viernes, 15 de noviembre de 2013

El superviviente


Vestía un traje de otras modas, perfectamente planchado, que le quedaba grande. En una de sus manos llevaba una pequeña bolsa de las que se usan para llevar un ordenador portátil.

Casi pierde el equilibrio cuando el autobús reanudó su marcha. Zarandeado por el movimiento tuvo que agarrarse a una barra para no caerse. Subió torpe, muy despacio, lo que provocó la impaciencia de otros pasajeros que parecían tener mucha prisa por llegar a sus casas en esa noche de lunes. Era alto, pero en su espalda ya asomaba el peso y las curvas de una vida que siempre acaba doblándonos. Delgado y un poco chupado, se le veía débil, cansado y un poco asustado. Rondaría los setenta, si no eran más. Por su mirada, daba la impresión de ser un hombre bueno, de esos que han sido poco perros – una mirada a menudo cuenta más de una persona que su palabra-; por sus gestos,  el respeto y la humildad con la que se dirigió a los pasajeros que evitaron que cayese, estoy convencido de que era un hombre bueno. Todo él transmitía fragilidad.

Me estuve fijando un buen rato en él, especulando con cuál sería su profesión. Se me hacía raro que una persona tan mayor no estuviese jubilado; me parecía extraño que llevase un ordenador portátil y toda la pinta de venir de trabajar (para ver a los nietos o a los amigos poca gente se viste de traje y va paseándose con un ordenador). No tenía pinta de ser un gran ejecutivo -a esas edades ni van en autobús, y a esas horas están de cena, de saraos varios, en casita o los más agresivos en la oficina tocando las narices a sus empleados- ni tampoco un jefe de ventas ni nada por el estilo. Funcionario lo dudo. Es posible que fuese un autónomo, un corredor de seguros, un representante comercial, un médico o el visitador médico más longevo de la historia. Eso entraba dentro de lo posible. Aunque lo más probable, viendo como está el panorama es que fuese un profesor de una escuela privada, un investigador o un experto, pongamos por caso de literatura sueca.

El caso es que fuese lo que fuese allí estaba, luchando por vivir o sobrevivir en un mundo que cada día hacemos más hostil; no resignándose a ser derrotado y peleando por una dignidad que día a día se nos va arrebatando mediante el engaño, el miedo y las contradicciones del donde dije digo ahora digo diego. Sentí admiración por él y por otros muchos que sabiendo como se las gasta la sociedad cuando cumples una edad y el esfuerzo suplementario que hay que hacer para no quedarse atrás todavía tenía el coraje y la determinación de, a pesar de su aparente fragilidad, estar ahí, con un par, porque no todo el mundo tiene la fortuna (a esas edades depende más de con quien se de y donde se esté que de la valía profesional y la experiencia) de poder hacerlo.  

Y pensé en él como un superviviente que con seguridad no se adaptó nunca al entorno sino que él fue adaptando el entorno a las circunstancias. Un superviviente que fue educado o se educó para confiar en él mismo.

El entorno hoy va más rápido que lo que un ser humano puede asumir sin volverse gilipollas, muta a velocidad de vértigo y se prepara para que las generaciones venideras se adapten, no para las que aún pueden ser. En el camino, miles de cadáveres.

Vivimos en un mundo que va a toda leche, un mundo que se rige por eso que se llama obsolescencia programada y precisamente por ir a toda leche se nos ha olvidado que hacer con todos esos hombres (que ya van pasando de una edad razonable para trabajar) que el “Sistema” quiere que sigan cotizando per secula seculorum, y “Los mercados” dicen que nones que prefieren sangre fresca, más barata y seguramente más adaptable a “la nueva realidad”. Vivimos en un mundo en el que las cosas no se explican claramente o no se corrigen, haciendo bueno el dicho de que “el que venga detrás que arree”. Es más sencillo echarle la culpa al boogie que tener el coraje de cambiar e invertir en una educación que no esté hecha para la supervivencia del sistema y sí para el desarrollo de los hombres. Una educación que se preocupe de fomentar la solidaridad, el pensamiento, la colaboración, el conocimiento y la diversidad; una educación que permita transformar realmente a la sociedad para que no haya supervivientes sino gente que nace, vive y muere pero no la matan.

Y ese hombre del autobús es un buen ejemplo

Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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