domingo, 15 de diciembre de 2013

Los 15 post más leídos del año


Este año, en lugar de ser yo quien haga una selección de los post que se han publicado durante el año, he decidido que sean los post más leidos los que aparezcan, lo que no quiere decir en absoluto que sean los que más han gustado o más me han gustado a mí. Sin embargo, si es cierto, que existe una relación entre el número de lecturas y las preferencias de los lectores que como sabéis los habituales del blog son variopintos y cada uno de ellos tiene una motivación para aterrizar aquí ya que aparte de viajes – que es el tema más recurrente- en este blog se habla casi de cualquier tema; de cosas y negocios que me interesan, aunque de esto último menos, o  no desde una perspectiva convencional lo que ha provocado que más de uno piense que estoy como una cabra, - algo que por otra parte no voy a desmentir- o que mis reflexiones sobre la gestión de negocios rozan la utopía por aquello de que muchos no creen que puede haber un forma diferente de hacer las cosas; o ¿cómo no? que también sea una memez lo que digo, que puede ser porque siempre faltan datos. 

El caso, es que hoy os quiero dejar este resumen del año que tiene un poco de todo: Viajes, cosas que me interesan y negocios.   

Por último, os dejo el video que ha hecho la artista Didi Sand, que llevamos en exclusiva en la Smile Company con motivo de estas fiestas. Disfrutadlo.

Feliz Navidad para todos








8)    Hablas sonrisas










miércoles, 11 de diciembre de 2013

Fauna viajera XV: El paranoico


Dicen que el miedo es libre y no seré yo quien afirme lo contrario. De hecho, casi todo lo que nos paraliza tiene su origen en el miedo. Es normal: Desde pequeñitos, por esas cosas que tiene la educación y ciertas habilidades que tienen aquellos que de alguna manera controlan el sistema, vivimos bajo su yugo. Desprenderse de él es tarea ardua, un asunto tan preocupante como tu quieras que sea como conté en Convivir con el miedo. Lo peligroso es cuando el miedo se convierte en paranoia y, no es que vuelva díscolas a nuestras neuronas, es que las revoluciona de tal forma y tan de mal rollo que cualquier situación la convertimos en algo agobiante llegando a creer que el mundo ha conspirado contra nosotros, lo que nos lleva a sospechar y estar alerta de todo y de todos.

En los viajes una cierta dosis de prudencia es necesaria, pero eso no debe impedir que disfrutemos del viaje. Un viaje no es lo que te cuenten, digan o quieran hacerte creer; un viaje es lo que tu experimentes o veas, algo que no comprende muy bien nuestra especie viajera de hoy (que por cierto abunda mucho).

El paranoico

El paranoico es un viajero que antes de partir se ha informado en general sobre el destino: los atractivos turísticos, la población, los transportes, la política, la gastronomía y, en particular y en exceso, sobre la seguridad, higiene timos y estafas. Es decir, es un viajero que se fija más en la “letra pequeña” de los viajes, en los peligros y en las amenazas; en lado oscuro. El viajero paranoico es un tipo que un hecho aislado o puntual lo convierte en leyenda urbana, de tal manera que, por ejemplo, si lo puede evitar, no volará con ninguna compañía aérea que haya tenido un accidente aunque el último date de los años cincuenta del siglo pasado o no comerá en determinada ciudad de la India porque ha leído que en todos los restaurantes envenenan a los turistas. Tampoco visitará ningún lugar que su guía de viaje desaconseje y si lo hace, estará más pendiente de cuanto suceda a su alrededor que de disfrutar. Es tal su obsesión que si viaja sólo no se comunicará con nadie y suele agobiarse bastante si alguien le dirige la palabra. Si lo hace acompañado, establecerá turnos de vigilancia con su pareja o amigo para que nada suceda.

El paranoico es un gran vigilante de equipajes y podría decirse que es un poco consigna porque no pierde de vista ni el suyo ni los ajenos que están bajo su óptica visual al sospechar que pueden contener bombas, drogas o algo prohibido. Su equipaje es fácilmente reconocible. Es aquel que en la cinta del aeropuerto está plastificado por triplicado y tiene pegatinas o adhesivos con su nombre por todos lados; sí ya le ha quitado la funda, tendrás la sensación de estar viendo una maleta que además de un cierre de tres combinaciones, casi tiene GPS; si de mochila se trata, será punki, llena de candados y cadenas. 

El paranoico es un fan de los cinturones con monedero oculto, de la ropa con bolsillos secretos y en general de todos esos artículos que se venden en el Coronel Tapioca y similares con el objetivo de ocultar las pertenencias y que cualquier chorizo de medio pelo lo conoce porque están más vistos que el tebeo y eso se aprende en primero de “mangui”.

En el hotel, las cosas de valor siempre las deposita a la caja fuerte del hotel, no en la de la habitación. Dependiendo de las estrellas, bloqueará las puertas de la habitación, colocará una silla o los muebles en la puerta y no hará caso ni al personal del servicio de habitaciones. En el ascensor, si viaja con más gente, pulsará una planta diferente para despistar y el resto del trayecto lo hará vía escaleras.

El paranoico no piensa que la gente le va a engañar, lo cree; y por eso nunca intima, ni se abre a los demás. Cuando establece una conversación, rara vez habla de él o de sus planes. Y si lo hace, cuenta vaguedades o unas trolas que sonrojarían al mismo Pinocho.

Es tal su obsesión y su poca Fe en la naturaleza humana que si alguna comida o bebida le ha sentado mal no lo achacará al cambio de temperatura, horarios o rutinas. Estará convencido de que le pusieron algo para debilitarle. Por esa razón, rechaza cualquier ofrecimiento o invitación que le haga un extraño incluso si esta es realizada por la persona más bondadosa del mundo o las siervas de la Madre Teresa; por eso, es frecuente encontrarle en los restaurantes de franquicias multinacionales y rara vez en los locales.

El paranoico es un transmisor de energía negativa del que hay que huir como la peste porque su manía es contagiosa.

Eso sí, cuando regresa del viaje, te dice que se lo ha pasado fenomenal y que la gente encantadora. ¡Será trolero!


sábado, 7 de diciembre de 2013

Fauna viajera XIV: El catedrático


Que cada uno somos de nuestro padre y nuestra madre es un hecho; que cada uno de nosotros tenemos nuestros gustos y preferencias también. En los viajes ocurre lo mismo. Sin embargo, existe una serie de viajeros que creen estar en posesión de la verdad viajera – lo conté en ¿Quién tiene la verdad de los viajes? - que no se limitan a expresar una opinión sino a sentar cátedra sobre los viajes y, en consecuencia, se pasan las vida dando consejos sobre lo que hay que hacer, visitar, comer e, incluso, sentir. 

Particularmente no me parece mal y muchos de los consejos son bastante útiles. Lo que no me gusta ya tanto, es el tufillo imperativo y excluyente de muchas de estas sugerencias ni el halo de jactancia con el que muchos de ellos las acompañan: da la sensación de que en lugar de ofrecerte una ayuda te están diciendo que eres medio imbécil si no sigues al pie de la letra sus indicaciones.  Hoy, el catedrático

El catedrático

El catedrático es un discípulo aventajado de las guías, publicaciones y artículos de viajes.  Rara vez te cuenta su viaje, su experiencia. Si acaso, unas leves pinceladas. Suele limitarse a hacer un listado (de obligado cumplimiento) con las cosas que tienes que hacer, a qué hora las tienes que hacer y cómo las debes hacer. Da lo mismo que haya estado unas horas en el destino o que haya pasado de refilón por algún lugar: El catedrático se autoproclama experto y se pasa la vida dando consejos, como si de clases magistrales se tratara, a una legión de seguidores que le doran la píldora y parecen abducidos por cualquier aportación que haga aunque sea una memez: Su palabra es la ley como cantan los mariachis en la canción el Rey.

Les sobran los consejos. Te dan cinco, quince o diez; lo que es imprescindible, lo que es una “turistada” – que por cierto, aunque renieguen de ella, les encanta- lo que tienes que comer sí o sí aunque tus preferencias gastronómicas no se acerquen ni de lejos; lo que debes visitar (en sus consejos siempre hay un amanecer o un anochecer) de tal forma que si le haces caso descubrirás que ese sitio tan solitario y místico que propone se ha convertido en una romería en la que solo faltan “Los del Río” para amenizar.

El catedrático, al menos el pata negra, cuando aconseja, da la sensación de que te está poniendo deberes. Cuando te lo encuentras en un viaje, más que informarte o asesorarte te marca la hoja de ruta, la agenda y si te descuidas el vestuario. Si le informas que posiblemente hagas otras cosas a las sugeridas, en el mejor de los casos te mirará con condescendencia y en el peor con desprecio. Es tal su ego que le encanta que le den la razón, considerando a aquel, que no hace caso a sus valiosos consejos, los pone en duda, los matiza o tiene ideas propias al respecto, como un indocumentado viajero, un principiante que nunca estará a su altura sin reparar que es demasiado pretencioso hablar de los cinco mejores restaurantes de Londres si no se ha comido más que en diez, o asegurar con una rotundidad que roza el despotismo que la mejor manera de viajar es con mochila y por tu cuenta restando valor y autoridad a otros viajeros que prefieren hacerlo de otra manera.

Lo curioso del caso, es que muchos de ellos se limitan a hacer copia y pega de otros “catedráticos”, de otros consejos lo que a la larga acaba restando valor a sus enseñanzas o, por el contrario, reforzando y certificando por cantidad, que no por calidad, su aurea viajera, su maestría viajera.

El viajero catedrático ofrece más datos que experiencias, compara y cuantifica cada el viaje en términos de lo mejor y lo peor sin detenerse a pensar que lo importante en un viaje no es valorar ni puntuar sino sentir, algo que no comprenden muy bien porque su objetivo es evangelizar a incautos que prefieren vivir el viaje de los demás. Pero esa es otra historia.

Buena semana




Soul Business

Gracias por visitar mi blog
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